Capítulo 21
Ricardo
El sonido de las máquinas de los pacientes me invade los oídos. Sé que a nadie le gustan los hospitales, pero a mí en particular me ponen la piel de gallina y no es que tenga motivos para ello, en realidad.
O quizá está siendo la sensación que me ha recorrido desde que he visto a Margarita en la puerta de su casa. Era pura desesperación.
Sé que no está siendo consciente de nada de lo que la rodea y no me imagino lo que es estar en su lugar, si yo mismo, que apenas conozco a Julieta me siento casi fuera de mí, ¿cómo sería si fuese Marcos el que está ingresado?
La verdad es que Margarita lo está llevando sorprendentemente bien.
Aunque se la ve un poco distraída y no puedo culparla por ello.
En cuanto las puertas batientes se han abierto, se ha lanzado hacia la primera camilla, pero se ha quedado a un par de centímetros de su hermana. En cuanto me acerco, entiendo por qué.
Julieta está tumbada, lleva un collarín en el cuello de espuma blanco, tiene algunos pequeños cortes y moratones en el rostro que quedan a la vista.
El camisón le queda enorme y se puede apreciar un hematoma oscuro en su piel clara.
Justo en ese momento Julieta tose y hace un gesto de dolor.
Las lágrimas comienzan a resbalar por su piel maltratada.
Es terrible verla en este estado.
Tiene el brazo izquierdo vendado y en la mejilla del mismo lado una gasa que le tapa la mitad del rostro. El resto de su cara es de un color rojo brillante. Tiene un polvo blanco en el pelo y una mirada llena de tristeza que me encoge el corazón.
—Juls…
Margarita le coge la mano con tanta suavidad que algo se retuerce dentro de mí.
—No quería que me vieras así.
—No hagas esto, ahora no, Juls —le besa en la frente con delicadeza—. Te quiero. Tienes que convencerte de una vez por todas. Jamás te dejaré sola —le acaricia el pelo con ternura—. ¿Te duele mucho?
—No…
Margarita sonríe con tanta pena que hasta yo lo siento.
—Mentirosa —susurra—. Dime la verdad.
—No hay una sola parte del cuerpo que no me duela.
—Ay… ¿Qué te ha dicho el médico ?
—Que me voy a quedar esta noche en observación y que aunque parece muy aparatoso, en realidad no es tan grave. Es más por precaución que otra cosa.
Margarita asiente y besa de nuevo a su hermana.
—Te quiero tanto y estaba muerta de miedo —confiesa sin vergüenza alguna, ella también está llorando—. Yo… ni siquiera sé qué decir.
—El accidente no fue culpa mía.
—¿Y a quién le importa? Mírate… oh Dios mío… solo… estás…
—Estoy bien —es entonces cuando Juls se percata de mi presencia y me mira avergonzada—. Siento muchísimo haber estropeado vuestra cita. Gracias por traerla.
Doy un paso adelante haciendo lo posible por no chocarme con nada porque el espacio es minúsculo.
Le toco el dedo gordo del pie que descansa bajo una manta ligera de color azul.
—No has estropeado nada y me alegra muchísimo ver que dentro de lo malo, estás bien.
Me dedica una ligerísima sonrisa antes de hacer una mueca de dolor.
—Estoy donde quiero estar —sentencio mirándola a los ojos.
Estoy a punto de decir algo más cuando un médico descorre la cortina y nos mira con el ceño fruncido.
—Solo puede haber un visitante por paciente y se tenían que haber ido hace cinco minutos.
—Es mi hermana pequeña, doctor.
La súplica en la voz de Margarita me enfurece. Entiendo al médico, son las normas del hospital y se ponen por un motivo, pero ya es bastante malo ver sufrir a estas dos mujeres como para soportar las malas maneras del doctor.
—Solo… —a Margarita se le quiebra la voz—, solo quiero saber cómo está.
El médico se fija en el dolor que refleja el rostro de Margarita y agita levemente la cabeza.
—Su hermana se recuperará, está estable lo cual es algo bueno y más teniendo en cuenta cómo llegó —mientras habla, apunta algo en los papeles sujetos en la carpeta metálica que tiene en las manos—.
Tiene un traumatismo craneoencefálico moderado, aunque no hay fractura ni hemorragia ya que el TAC ha salido completamente limpio.
Ha sufrido un latigazo cervical de grado dos, por lo que deberá llevar el collarín unos días, se le darán las indicaciones oportunas cuando le demos el alta mañana —toca unos botones de la máquina y comprueba el gotero—, también ha sufrido los cortes y hematomas esperables tras un accidente como el suyo y tiene una contusión pulmonar leve, también esperable, porque aunque el cinturón de seguridad le ha salvado la vida, el golpe lateral comprimió las costillas contra el pulmón.
Tampoco se aprecian hemorragias internas, lo que es una muy buena señal.
En cuanto a la quemadura en el rostro por el airbag tampoco es grave y si cuida la piel de forma correcta las próximas semanas, no le quedará ni una leve cicatriz.
Nos mira con severidad y tras escribir un par de cosas más, se inclina encima de Julieta, le abre un párpado y le pasa una linterna pequeña por delante de los ojos. Repite la operación en el otro ojo. Le pasa un palito metálico por las plantas de los pies y le mueve las manos y los dedos.
Después nos mira fijamente.
—Entiendo la preocupación, pero su hermana está bien y se recuperará.
Ahora, lo mejor que pueden hacer por ella es dejarla descansar, le hemos puesto un sedante muy fuerte y va a dormir toda la noche estrechamente vigilada.
Vayánse a casa, descansen lo que puedan y cuando les avisemos, podrán venir a buscarla.
—Gracias doctor.
Margarita no es capaz de decir ni hacer nada, así que le tiendo la mano al médico y le dedico un gesto serio. Después, le cojo la mano a Julieta y le beso los nudillos.
—Nos has asustado, preciosa. Te veremos mañana.
Parece que Margarita se toma mis palabras como la señal para reaccionar, besa a su hermana en la frente durante varios segundos.
—Te quiero, Juls. Vendré mañana a por ti con Bea, ¿vale? Te vamos a cuidar muy bien.
Más lágrimas caen por sus mejillas.
—Yo también te quiero —su mirada se ha vuelto vidriosa—. No se lo digas a Bea, deja de disfrute de esta noche.
—¿Para que nos mate a las dos? No, gracias.
La sonrisa que se extiende en sus labios es la más triste que he visto nunca.
***
—¡Bea, por el amor de Dios!
Margarita grita de nuevo a su otra hermana.
Hace un rato que hemos llegado a su casa y estamos en la cocina, mientras ella se armaba de valor para llamar a Beatriz, yo me he dedicado a intentar hacer café. Sé que Margarita no va a dormir y, la verdad, no creo que yo pueda hacerlo tampoco .
—Te repito por activa y por pasiva que no vas a poder verla —se frota la sien con la mano con la que no sujeta el móvil—.
He estado con ella y sí, te lo prometo, he hablado con el médico.
Sí. Tiene un aspecto horrible pero el médico me aseguró que no era grave y que estaba estable.
Le darán el alta por la tarde, no lo sé seguro.
¡Joder! ¡Pues porque no te dan todos los detalles!
—suspira llena de frustración—. ¡No! No pienso decirte en qué hospital está, porque estás como una cabra y solo empeorarás la situación.
No, no, no… perdona, no he querido decir eso —más lágrimas le recorren el rostro—.
Perdóname, yo también estoy muy asustada, solo intento…
no sé qué intento. Perdona Bea. —Se queda en silencio un par de minutos mientras escucha a su hermana pequeña—.
Lo sé. Yo también te quiero y sé que estás tan preocupada como yo, pero ahora no podemos hacer nada por ella, solo esperar —suelta una risita triste—.
Lo sé, cariño… sé que no es una de tus virtudes.
Está bien, puedes llamarme cuando quieras. Te quiero, Bea.
Cuelga el teléfono y juro que es como si la viese perder todas las fuerzas de repente.
Ahora mismo sé que se siente vulnerable y tremendamente frágil porque todo su cuerpo lo demuestra. Generalmente huyo de las mujeres con este aspecto, pero ahora mismo… joder, no me iría de aquí y la dejaría sola ni aunque me pagasen por hacerlo.
Así que me acerco a ella y la abrazo con todas mis fuerzas.
Y un instante después, Margarita se echa a llorar.
Le tiemblan los hombros, su respiración es acelerada e incontrolada.
Las lágrimas me están mojando la camisa y lo único que puedo hacer es abrazarla aún más fuerte.
La levanto ligeramente del suelo y me siento en uno de los taburetes con ella en mi regazo.
—Se va a poner bien.
—Lo sé.
Sé que lo sabe. Pero también entiendo el terror que debe sentir ahora mismo.
Así que simplemente la dejó llorar con la cara enterrada en mi pecho y la sostengo. Tomo aire profundamente e inhalo el suave olor de su pelo y entonces, por loco que sea, siento que la sostendría entre mis brazos el resto de mi vida si ella me lo permitiese.
Se me acelera el corazón y todo mi cuerpo se tensa en contra de mi voluntad, me preocupa que Margarita lo note y piense lo que no es, pero está tan triste que no creo que se esté dando cuenta de cómo está reaccionando mi cuerpo a ella.
Joder. Estoy jodido.
Una de sus manos se desliza por mi cuello y mi piel se eriza. Ahora siento el corazón acelerado por dos cosas y la segunda no es nada apropiada cuando una mujer está tan vulnerable por el miedo que siente por lo ocurrido con su hermana.
Así que mientras ella llora desconsolada, yo estoy recitando mentalmente la tabla periódica con los estados de oxidación para controlar la erección que me ha provocado un gesto del todo inocente.
Lo que parecen ser horas más tarde, Margarita se tranquiliza y me mira a los ojos.
Dios… está absolutamente preciosa en este instante.
La cara sonrosada, los ojos brillantes, los labios más rojos que nunca…
¿Qué dice de mí que la encuentre tan hermosa en un momento como este?
Madre mía… no sé si necesito un psiquiatra o un cura.
—Lamento mucho todo esto.
—No tienes nada que lamentar —me sale por instinto.
Se baja de mi regazo con torpeza y me tengo que obligar a no mantenerla ahí más tiempo. Por mí se podría quedar sobre mí toda la vida.
—Sí que lo tengo —se limpia el rostro—. Yo… es que… es mi h ermana.
—Lo sé —me recompongo un poco mentalmente y la miro a los ojos—. Yo habría perdido la cabeza si fuese Marcos. O Fernando.
—¿Tienes otro hermano?
Sonrío y niego con la cabeza.
—Biológicamente, no. Es mi mejor amigo, no compartimos ADN, pero le siento como a otro hermano.
—Eso es bonito —otra lágrima silenciosa le cae de los ojos—. No puedo dejar de llorar —me explica—, y no sé por qué, porque Juls está bien, teniendo en cuenta las circunstancias, sé que está en buenas manos y sé que volverá a casa. Pero no puedo dejar de llorar.
—Es lógico. El susto ha sido enorme.
—He estropeado la noche.
—No —le cojo la barbilla con suavidad y la obligo a mirarme a los ojos—.
No has estropeado nada —cojo aire y lo expulso con lentitud mientras intento encontrar las palabras apropiadas—.
Me gustas, me gustas mucho y quiero tener una cita contigo, pero no soy un capullo.
Hoy necesitabas un amigo y quiero ser ese amigo para ti.
Este no es el momento de hablar de esto, pero te lo diré de todas maneras.
Quiero ser más que tu amigo y quiero estar ahí para ti.
Pero ahora, lo que menos necesitas es preocuparte por lo que sea que hay entre nosotros, lo único que tiene que ocupar tu cabeza es tu hermana Julieta. Es como deben ser las cosas.
Se toma un momento para sopesar sus palabras imagino, a tenor de cómo me está mirando.
Mierda. Seguro que he vuelto a meter la pata.
—Gracias —la miro confuso y ella me dedica un amago de sonrisa—. Es verdad que ahora no puedo pensar en nadie más que en mi hermana y te agradezco que hayas estado ahí para mí. Yo… sí que me preocupa lo que hay entre nosotros, pero ahora mismo…
—Lo sé.
Le cojo la mano con suavidad y le beso los nudillos.
—No hay prisa. Ahora solo importa que Juls vuelva a casa y que se recupere por completo.
Y antes de que pueda reaccionar, Margarita se acerca a mí y posa sus labios con suavidad sobre los míos. No es un beso largo, pero juro que ha despertado todas mis terminaciones nerviosas. De hecho, no es más que una suave, delicada y breve caricia, pero joder…
—Gracias, eres un gran hombre.
Cuando salgo de su casa y me siento en mi coche, miro a mi entrepierna abultada y dolorida.
Joder.