No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Margarita

Estoy de lo nervios.

Llevo más de media hora intentando encontrar algo que ponerme, pero es que solo tengo ropa para el trabajo y un par de vestidos de hace años que para andar por casa están bien, pero no para una cita.

Madre mía, ¿pero qué hago yo teniendo una cita con nuestro contratista? ¿No se suponía que como soy su clienta nunca iba a pasar nada conmigo?

—Esto es absurdo.

Me convenzo a mí misma tras mirarme en el espejo.

No tengo ni la más mínima idea de a dónde piensa llevarme, solo recibí un mensaje hace un par de días recordándome que me recogería en casa a las ocho y que antes de cenar iríamos a tomar algo. Y tengo que decir que me pareció el mensaje más soso del mundo.

Me siento en la cama y me miro en el espejo de cuerpo entero que tengo en una esquina.

No debería ser así.

Me muerdo el labio inferior y me siento una completa estúpida. No me ha pedido salir, mi hermana pequeña ha arreglado una cita para mí con él y estoy segura de que aceptó por compromiso. Y yo aquí, muerta de nervios pensando en qué ponerme.

Si es que no se puede ser más ridícula.

Y para colmo de males, Bea me ha dicho esta mañana que no la espere despierta, que se va a cenar con su amiga Silvia y que después saldrán a tomar algo y se quedará en su casa. Me he sentido muy avergonzada cuando me ha dicho que tendré la casa para mí sola.

Hoy es viernes, así que Juls ha fingido que quedaba con los de su oficina pero sé que lo que en realidad hará será ir a su cafetería favorita, tomarse un café con mucha nata y pasarse las horas leyendo una novela.

Se me encoge el corazón al pensar en ella.

Debería ser mi hermana pequeña la que estuviese eligiendo ropa que ponerse.

Me suena el móvil cuando me llega un mensaje y lo cojo esperando que Ricardo cancele la cita y por un segundo, ni siquiera me supone una decepción.

Pero no es él, es mi hermana Julieta para decirme que esta noche se quedará en casa de una amiga y que tengo la casa para mí y Ricardo .

Y no sé por qué, pero siento que algo no va bien.

La llamo de inmediato.

—Hey, ¿no deberías estar buscando qué ponerte?

—Y eso hacía hasta que he recibido tu mensaje —sí, es mentira, pero ella no tiene por qué saberlo—. ¿En casa de quién te vas a quedar?

—Ay, Marge… que ya tengo una edad.

—Por mí como si ya tienes edad para jubilarte, sigo siendo tu hermana mayor. Nunca te quedas en casa de nadie, Juls…

—Está bien —suspira—. Si te digo que he conocido a un hombre y que me ha invitado a cenar, ¿qué pasaría?

—Que te pediría que me contases una de piratas.

La oigo sonreír y se me encoge el corazón.

Jamás sabrá cuánto la quiero y cuánto la necesito en mi vida.

El secreto que guardo desde hace años no me importa lo más mínimo, Julieta siempre será mi hermana pequeña y uno de los motivos por los que cada día me levanto de la cama dispuesta a comerme el mundo.

Y Bea es el otro. Ellas son toda mi vida.

—Vale, no es cierto. No hay ningún hombre… —suspira de nuevo—. Te he mentido, es que… —casi puedo sentir cómo giran los engranajes de su cerebro—. Joder, Marge, lo siento mucho. He tenido un accidente con el coche esta mañana, llegué tarde al tren así que decidí conducir hasta Madrid…

—¿Estás bien?

Me pongo en pie y me enfundo en los vaqueros a toda velocidad, no tengo coche con el que ir a Madrid porque Bea se ha llevado el suyo, pero no me importa suplicarle a algún vecino que me preste el suyo o convencer a Ricardo de que me lleve con mi hermana. Ahora mismo es todo en lo que pienso .

—Marge, estoy bien, te lo prometo. A mí no me ha pasado nada, pero el coche… bueno, está en el taller y me han dicho que serán varios días, así que como es tarde y aún me queda trabajo que hacer, he pensado en pasar la noche en un hotel aquí en la ciudad.

—Tú te has vuelto loca.

Me pongo las zapatillas de deporte a tirones mientras jadeo por el esfuerzo. No es buena idea quitárselas sin desatar los cordones, después cuesta mucho más ponérselas.

—Voy a por ti en cuanto Ricardo llegue a buscarme, Bea está con su amiga Silvia y se llevó el coche.

—No, Marge, no hagas eso, por favor… no. No quiero estropearte la cita con Ricardo.

—Bueno, para empezar no debería tener una cita con él y no me digas lo que debo hacer, eres mi hermana pequeña, has tenido un accidente de coche y sabe Dios por qué no me has llamado en cuanto ocurrió. Así que dime dónde estás porque voy a por ti.

—Marge…

—Mira Juls, no lo voy a dejar estar y lo sabemos las dos. Así que dime dónde estás.

Me estoy poniendo la camiseta cuando el timbre de casa suena y durante un segundo me quedo paralizada, pero la voz de Juls me activa de nuevo.

—En La Paz.

Ha susurrado. Oh, Dios mío… siento como si un puño me está apretando el corazón con todas sus fuerzas. Mi hermana está ingresada en un hospital.

Me dirijo corriendo hacia la puerta y la abro de golpe.

Ricardo está guapísimo y lleva un precioso ramo de flores en las manos, pero se le tuerce el gesto en cuanto me mira. No le doy tiempo a reaccionar.

—Tienes que llevarme al hospital de La Paz. Juls ha tenido un accidente.

—Vamos.

Me pongo el móvil de nuevo en la oreja y oigo el sollozo de mi hermana. Joder.

—Venga cariño, ya voy. Llego lo antes posible, tú tranquila, ¿vale?

—No quiero que vengas, Marge… por favor.

—Oh, cielo. Sabes que nada me impedirá llegar hasta a ti.

***

Estoy temblando.

Ricardo ni siquiera se lo ha pensado, ha ido directamente al aparcamiento del hospital y aunque ahora no tengo tiempo ni energía en pensar en lo que significa, sí que me siento agradecida porque no sea el típico que mira el dinero en momentos de emergencia.

Aparca cerca de las puertas de entrada y salgo del coche casi antes de que lo detenga del todo, empiezo a correr y solo puedo oír el ruido de mi sangre en los oídos.

No me percato del olor del aparcamiento, no soy consciente del ascensor, solo empiezo a subir las escaleras de cemento como si me persiguiese el mismísimo diablo.

Solo me detengo un instante cuando unos pesados pasos me siguen y miro sobre mi hombro para ver a Ricardo justo a dos pasos de mí .

—Te sigo. Vamos a ver a Juls.

Ni siquiera está jadeando.

Por un instante mi corazón da un vuelco, pero no es lo suficientemente fuerte como para hacerme olvidar que mi hermana está en una cama de hospital. Cuando llego a la superficie, dos plantas más arriba, tengo el corazón en la garganta, todo mi cuerpo está sudando y siento que me falta el aire.

Estamos en una plaza abierta que conecta los distintos edificios. El General, Traumatología y Materno. Es un espacio de baldosas grises azotado por el viento que baja de la sierra o se cuela entre las Cuatro Torres.

Hay gente por todas partes. Hay personas con el ridículo pijama del hospital fumando y veo algunas ambulancias maniobrando a cierta distancia.

Por un instante me invade el pánico porque no sé hacia dónde tengo que ir.

Ricardo parece leerme la mente cuando entrelaza su mano con la mía y me obliga a mirarle a los ojos.

—Si ha tenido un accidente de coche, lo más seguro es que esté en Traumatología. En las urgencias —mira a nuestro alrededor—. Yo creo que es por allí.

Ni siquiera me lo pienso. Echo a correr de nuevo pese al dolor que siento en el pecho.

La entrada a Urgencias tiene una marquesina donde hay un par de ambulancias del SAMUR. Las puertas automáticas de cristal se abren con siseo que me eriza la piel.

Sí que noto el cambio tan brusco de temperatura y el penetrante olor a alcohol y otros desinfectantes.

Odio los hospitales con toda mi alma .

Ricardo me guía hacia el mostrador de información, aún vamos cogidos de la mano y me cabrea como nunca la típica mampara de metacrilato tras la que se encuentra un administrativo con cara de querer estar en otro sitio.

Aunque a su alrededor hay un caos horrible de carpetas, monitores y un teléfono con varias luces rojas y que suena con insistencia.

Me falta el aliento y para mi horror, cuando intento hablar, de mi garganta no sale el más mínimo ruido.

Es Ricardo quien toma la iniciativa.

—Hola, buscamos a Julieta Salvatierra. Ha tenido un accidente de coche.

—¿Y ustedes son…?

—Soy Ricardo, el marido de su hermana Margarita. Julieta nos ha llamado hace unos minutos, hemos venido lo antes posible.

Sé que mi cerebro ha registrado algo importante, pero en estos momentos la ansiedad me puede. Necesito ver a mi hermana y necesito verla ahora mismo.

—Sí —nos dice el enfermero—, ingresada por trauma. Está en Observación de Urgencias en la planta baja. Deben seguir la línea amarilla del suelo hasta el fondo y después, pregunten en el control de enfermería.

Quiero salir corriendo de nuevo pero Ricardo me lo impide ya que aún sujeta mi mano entre la suyas.

—Tienes que recuperar el aliento. Y no debes correr en el hospital, puedes hacerte mucho daño si te chocas con alguna camilla.

Me mira a los ojos con tanta intensidad que casi me desmayo. Aunque quizá sea por la hipoxia debido a la carrera, no puedo recordar cuándo fue la última vez que he corrido así.

Seguimos la línea amarilla y Ricardo evita en varias ocasiones que me choque con otros pacientes, celadores y camillas. Esto es un caos.

En el control de enfermería, Ricardo repite lo que ha dicho hace un momento y nos indican en qué box está mi hermana y nos indican con malas formas que sólo nos permiten estar como mucho diez minutos y que solo puede pasar uno a verla.

Ricardo le murmura algo a la enfermera y esta intenta ocultar una sonrisa, después niega con la cabeza y le mira soñadora.

—Vale, pasad los dos. Pero de verdad, solo diez minutos.

—Gracias.

Ricardo le guiña un ojo mientras me empuja por el pasillo.

Cruzamos la puerta que nos separa de las urgencias en sí y la zona se vuelve diáfana de repente. No hay paredes, solo hileras de camas separadas por cortinas de tela azul que cuelgan de raíles en el techo.

Mi hermana está en la primera camilla.

No oigo ni veo nada más.