Capítulo 19
Ricardo
En cuanto llego al pueblo, lo primero que hago es parar en la floristería de Marta.
—Buenas tardes, Ricardo —me enseña su preciosa sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Quiero encargar un ramo y que lo envíes a una oficina en Madrid, ¿puede ser?
—Claro —sale de detrás del mostrador y me guía por la tienda—. ¿En qué tipo de ramo estás pensando?
—En uno que diga: gracias —digo muy serio y ella sonríe—. Y para el viernes por la tarde me gustaría uno más personal. Para una mujer antes de una cita.
—¡Ah! Eso es fantástico —me dice con alegría y sinceridad—. ¿Y los dos son para la misma mujer? —frunce el ceño—, ¿no serás de esos que van de flor en flor? Porque me decepcionarías muchísimo.
—No, no… te lo prometo. La mujer de la cita del viernes es la que me interesa, la única. El otro ramo es para su hermana, por arreglárselas para que tengamos una cita.
—Ah, entiendo —juro que le brillan los ojos.
Al cabo de tan solo unos minutos, ha preparado un colorido ramo de flores muy bonitas y me ha explicado que el significado de todas ellas es la amistad.
De verdad que hay cosas que se me escapan del pensamiento femenino, pero Marta es una experta en esto y si dice que esto es así, yo me lo creo a pies juntillas.
La verdad es que el ramo es muy bonito y no es nada pomposo.
Marta me tiende una tarjeta y un bolígrafo.
Pienso lo que quiero decir y sonrío.
Escribo: “ Aquí va la diferencia. El viernes, Margarita tendrá otro. Trabajas demasiado, preciosa. Gracias ”.
Guardo la tarjeta en el pequeño sobre y Marta lo prende con eficacia al ramo que ya ha envuelto en papel de seda naranja y un plástico transparente. Tengo que buscar la dirección de la oficina en la que trabaja Julieta en Google y se la dicto a Marta que toma nota en su enorme libreta de encargos.
Le pago los dos ramos y justo cuando estoy a punto de salir, me giro de nuevo.
—Y prepara uno enorme para mi madre, como con ella el domingo —sonríe encantada—, y que sea grande, este lo pagamos mi hermano y yo .
—Pasa a buscarlo el domingo por la mañana, cielo.
Me despido de ella con una sonrisa.
Es genial vivir en un lugar en el que todo el mundo se conoce y en el que las cosas son siempre tan fáciles.
Recuerdo cuando vivíamos en el centro de Madrid y me estremezco. Tomar la decisión de abrir mi negocio aquí es lo mejor que he hecho en la vida.
La rapidez, la indiferencia y el anonimato de la ciudad no son para mí. A mí me gusta saludar a mis vecinos, pararme a charlar con ellos un rato, tomarme una cerveza discutiendo por el partido con mi hermano y mi mejor amigo… las pequeñas cosas, los pequeños gestos, como solía decir mi abuela.
En cuanto entro en la oficina, Laura, mi secretaria y administrativa me espera con un café.
Debería rechazarlo, porque después del café tan bueno que prepara Margarita, el resto parece solo agua sucia. Pero conociendo a Laura, si le hago ese desplante es capaz de tirarme la taza a la cabeza. Así que acepto el café.
—Ha llamado tu ex mujer —me dice entrando en mi despacho detrás de mí.
—¿Y te ha dicho lo que quería?
—Sí, que fueses a rescatarla en tu caballo blanco con tu brillante armadura —la miro fijamente a los ojos y ella suspira, sabe que no me gusta nada que hable así de ella—. La princesa ha tenido un accidente con el coche.
—Joder —me pongo en pie de inmediato—, ¿está bien? ¿En qué hospital está?
—Ricardo… —coge aire y se siente frente a mí—. Sé cómo eres, y sé que te sigues preocupando por ella pese a todo lo que te hizo, pero tienes que dejar esa relación atrás .
—Es más fácil decirlo que hacerlo. Y sí, fue importante para mí, estuvimos casados, compartimos una vida.
—Durante un año y medio —me recuerda enfadada—. Y te costó una fortuna y toda tu reputación acabar con ese matrimonio y esa supuesta vida compartida.
—Joder, Laura… dime cómo está.
Suspira y se rinde. Aunque sé que sigue enfadada conmigo.
—Está en el Hospital Puerta de Hierro. Tiene un brazo roto y le van a poner un collarín —me mira —Ricardo, debería ser su novio el que esté con ella, no tú.
—¿Tú querrías estar sola en un hospital después de un golpe así?
—Yo querría que mi marido estuviese conmigo.
—Ya.
Ni siquiera se lo puedo discutir porque tiene toda la razón del mundo.
Joder, desconfío de Ana con todo mi ser, pero no soy capaz de dejarla en la estacada.
El novio que tiene ahora es tan desastre como ella.
Sé que se engañan el uno al otro y que la relación que tienen es muy tóxica, pero Carlos fue uno de tantos con los que me engañó a mí y es con el que más tiempo lleva.
No creo que nadie lo entienda, pero mi ex me da pena. Me da muchísima pena.
Y yo la quise, la quise muchísimo y aunque ahora no siento nada por ella, eso no borra el tiempo que estuvimos juntos de verdad, cuando yo era todo lo que ella necesitaba.
Apenas un minuto más tarde ya estoy camino del hospital.
** *
En el hospital no me dan información sobre Ana, la enfermera me ha dicho que como ex marido no tengo ningún derecho de estar ahí y lo entiendo, pero me jode.
Así que, jurando en arameo, desbloqueo el número de Ana y la llamo.
Tuve que bloquearla cuando pasó todo lo del embarazo porque si no iba a terminar por volverme completamente loco. Ana no tiene filtro ninguno y toda aquella situación fue tremendamente difícil.
Me responde al segundo tono.
—Hola, Richi…
—No me llames así —el tono ha sido demasiado duro y me arrepiento de inmediato—. Ana, estoy en el hospital, pero no me dicen dónde estás.
—Eres un amor. Pero ya no estoy en el hospital, Richi, estoy en casa. Tuve que pedir un taxi porque Carlos no tiene tiempo para mí, pero puedes venir a verme a casa. Te enviaré la dirección.
—No.
Me ha salido de repente, pero la verdad es que Laura tenía toda la razón del mundo.
Ana me sigue manejando a su antojo y yo sigo yendo detrás de ella como si tuviese quince años.
Me froto la cara con una mano y tomo una decisión.
—Ana, esto no puede seguir así. Ya no puedo más. Yo…
—Richi, no me abandones —me corta y me siento un miserable .
—Tienes un marido, Ana y siento que las cosas no te vayan bien, pero esto se acabó. Tú y yo hemos terminado para siempre.
—¿Es porque no estoy en el hospital?
Su pregunta en ese tono infantil que usa a veces para manipular a los demás, me ha puesto la piel de gallina.
—No. No es porque no estés aquí, es porque el que no debería estar aquí soy yo —cojo aire y lo expulso despacio—. Hubo un tiempo en el que te quise, Ana. En el que tú eras la única mujer a la que yo podía ver, con la que me imaginé teniendo una vida entera. Pero ese tiempo ya pasó.
—Richi… no… por favor. No lo hagas.
—Ya está hecho —me aparto del medio y me apoyo en una de las frías paredes—. No vuelvas a llamarme, no vuelvas por mi oficina, olvídate de mí de una puta vez. Y no me llames Richi, es ridículo.
—¿Por qué haces esto ahora? Después de todo lo que hemos vivido…
—Precisamente por todo lo que hemos vivido. No quiero volver a saber de ti nunca más, Ana. Adiós.
Y cuelgo el teléfono. Después vuelvo a bloquear su número y tras una muy breve conversación con Laura para que no atienda de nuevo sus llamadas, me dirijo a la salida.
Joder.
Me siento como el mayor cabrón del mundo, pero a la vez como el más imbécil.
Durante mucho tiempo Ana me manipuló a su antojo, yo me mataba a trabajar para pagarle sus caprichos, incluido un piso en el centro de Madrid con el que se quedó ella en el divorcio. También le compré el coche que conduce y con el que al parecer ha tenido un accidente .
Es extraño. Me siento vacío.
Sé que debería volver a la oficina, tengo un montón de papeleo atrasado y tengo varias obras en las que podría echar una mano, pero ahora mismo me siento totalmente incapaz de hacerme cargo de nada de eso. Y desde luego, no quiero ver la decepción en la cara de mi secretaria.
Saco el coche del parking y tras unos minutos conduciendo al azar, termino poniendo rumbo a casa.
No sé qué necesito ahora mismo, pero ponerme un partido de algo en la tele, tomarme una cerveza bien fría y dejar la mente en blanco, me parece el mejor plan del mundo.