Capítulo 18
Margarita
Mi hermana tiene razón.
Soy idiota.
Hace diez minutos que he colgado la llamada con Ricardo y aún sigo teniendo el corazón acelerado igual que la respiración. Hoy su voz era un poco más ronca y juro que la he sentido por toda mi piel.
Me quedo sentada en la cocina mirando las obras del jardín y suspiro.
Creo que jamás me había visto en la tesitura en la que estoy ahora mismo, de hecho, casi había renunciado a los hombres.
No es que no me interesen, porque está claro que sí que lo hacen, pero los últimos con los que me he relacionado han sido rollos esporádicos y todos han sido chefs o relacionados con el mundo de la hostelería.
No dejo de fantasear con Ricardo y sé que soy idiota perdida porque él dejó perfectamente claro que no está interesado, o bueno, mejor dicho, que no se liaría con una clienta. Y tiene toda la razón del mundo.
—¿Se puede?
La voz de un hombre al que no conozco me saca de mis ensoñaciones y sonrío por costumbre, hasta que me fijo en el hombre. Se parece muchísimo a Ricardo.
—Claro, entre.
—Hola —me tiende una mano y esboza una preciosa sonrisa—, soy Marcos, el hermano pequeño de Ricardo. El paisajista.
—Ah, claro —nos estrechamos las manos y me percato de que las suyas son fuertes, manos trabajadoras—. Bea está encantada contigo y con tu equipo. Y la verdad, tengo que decir que me asombra que seais capaces de seguirle el ritmo.
Suelta una pequeña carcajada que me hace sonreír de nuevo.
—Tu hermana es fantástica y una preciosidad, bueno, todas vosotras lo sois, la verdad—, me sonrojo un poco pero sigo sonriendo —no es difícil seguirle el ritmo, sabe lo que quiere y como lo quiere. Además, tenemos la guía de Julieta por si nos perdemos —me guiña un ojo y ahora la que se ríe soy yo.
—Entonces lo tenéis todo controlado.
—Venía a avisarte de que mañana traerán el material para la reforma del restaurante, aún no empezarán las obras, pero Bea me ha dicho que te lo diga .
—Sí, lo sé. Tu hermano me ha llamado hace un momento.
Su sonrisa se vuelve un poco enigmática.
—¿Puedo sentarme? Llevo todo el día de pie o agachado plantando.
—¡Oh, sí, claro! —le sonrío—. ¿Te apetece algo de beber o de comer?
—De beber. Mi hermano dice que tu café es sublime y soy adicto al café.
—Eso está hecho.
Me giro para empezar a preparar una cafetera y lo hago con movimientos automáticos y sin pensar mucho en lo que hago. Estoy nerviosa y no sé por qué. Este chico solo ha mencionado a su hermano y aquí estoy, pensando en que me encantaría volver a verle y volver a pasar un rato con él.
Soy tonta de remate.
Le sirvo el café mientras él mira algo en el móvil y como tengo la costumbre, también le sirvo un poco de bizcocho de naranja que Bea preparó ayer.
En parte tiene razón, nos aburrimos tanto al no trabajar y no poder participar activamente en la reforma de todo esto que nos pasamos el día limpiando como unas piradas y después cocinando. Tenemos los congeladores llenos hasta arriba. Y la nevera también.
—Madre mía… —gime Marcos y sonrío.
Una reacción sincera y así de positiva siempre es un chute para el ego de un cocinero.
—Esto está de muerte y el café es una delicia.
—Gracias.
Me mira durante un instante, se come otro trozo de bizcocho y se bebe un buen trago de café antes de clavar sus ojos en los mío.
—Seguramente te pareceré un imbécil y estarás en tu derecho de pensarlo, pero si no lo digo, reviento.
Me quedo paralizada, con el trapo de la cocina entre las manos sin saber cómo reaccionar. Lo que sea que quiere decirme parece serio y por algún motivo, ahora mismo me siento acorralada, aunque sé que es una tontería pensar algo así.
—Mira, si mi hermano se entera de que te lo he contado, me mata, así que esto queda entre tú y yo —asiento, porque, la verdad, no sé qué otra cosa hacer, y la voz no va a salir de mi garganta a juzgar por cómo me late el corazón—.
No puedo contarte por qué, porque eso sería traicionar a mi hermano, pero sí que puedo decirte que le gustas.
Joder, le gustas muchísimo. Pero no va a decir ni a hacer nada a no ser que le des pie, además como al parecer querías que se liase con tu hermana pequeña, se siente aún más imbécil que antes —debo estar expresando con mis gestos el pánico que siento ahora mismo—, joder, lo estoy haciendo mal.
Es que no lo he planeado, ¿sabes? Solo me ha salido así, de repente.
Lo único que quiero decirte es que Ricardo es un tío de puta madre, como hermano es el mejor del mundo; como jefe es un poco explotador —sonrío y él parece un poco menos tenso.
Coge aire y lo expulsa despacio—. No creas que es un cobarde o algo parecido, no lo es, pero…
bueno, la vida nos marca a todos —encoge los hombros—.
Así que solo quería decirte que está soltero, sin compromiso, que es un buen tío y que le gustas muchísimo.
Me echo a reír y él se ríe conmigo.
—Me siento como en el instituto —confieso entre risas.
—¿Quién te dice que yo he superado esa fase?
Me río aún más fuerte y me siento bien.
Creo que hacía muchísimo tiempo que no me dejaba llevar así por la alegría, que no me permitía ver más allá de las obligaciones, que no me soltaba.
Y me hace sentir bien.
***
A media tarde aparece un camión en la finca y Ricardo se baja del asiento del copiloto antes de que este se detenga del todo.
—¡Buenas!
Madre mía, yo también sigo en el instituto. Ha sido sonreírme y yo sonrojarme.
—Voy a darles las indicaciones de dónde deben dejar el material y para que recojan el mobiliario que Julieta descartó. Y después tengo que hablar con vosotras.
—¿Algo malo?
—No. Para nada.
Me guiña un ojo, se sube de nuevo al camión y les lleva hasta la otra parte de la finca.
Joder. Esto está pasando.
Está pasando de verdad.
Saco el teléfono del bolsillo de mis vaqueros cortos y le mando un mensaje rápido a Juls.
Yo:
Ricardo quiere hablar con nosotras, no sé de qué. Ha dicho que nada malo.
Casi de inmediato recibo su respuesta.
Juls:
Ok. Llámame cuando estéis todos juntos.
Me guardo de nuevo el móvil y suspiro.
Hoy Ricardo está tremendo. Bueno, como siempre.
Pero lleva unos vaqueros que le hacen un culo increíble y no me he cortado un pelo al mirar descaradamente cuando se ha subido al camión. La camisa que lleva por encima de la camiseta blanca parece a punto de reventar por culpa de sus impresionantes brazos.
Trago con fuerza.
Tiene que ser increíble que un hombre de su tamaño te rodee con fuerza y te mantenga a salvo para siempre. Por no hablar de que es tremendamente sexy y me vuelve completamente loca.
Apenas unos minutos más tarde se acerca de nuevo a mí con una sonrisa en los labios, también trae unos cuantos papeles en las manos.
Le hago un gesto para que me siga hasta el interior de la casa y por el camino le pego un grito a Bea que no sale de la zona del jardín que están mejorando.
Una vez que los tres estamos en la cocina, les informo de que Juls espera mi llamada.
—Hola, Juls. Ya estamos con Ricardo.
—Hola a todos —saluda mi hermana—. Dadme un segundo, chicos —me tenso ante su voz cansada—.
Que sí, Pedro, que te he oído antes y las diez veces que me lo has dicho esta mañana.
No, eso es asunto tuyo y no, esta llamada no te incumbe, a no ser, claro, que quieras hablar con mis hermanas.
¿Es eso? ¿Quieres saludar a Marge y a Bea?
—no sé si sonreír por orgullo o echarme a llorar por pena—.
Eso me parecía —murmura en voz baja—, en fin, chicos.
Ya estoy con vosotros. Hola, Ricardo, ¿hay algún problema?
—Trabajas demasiado preciosa .
Me quedo un poco paralizada ante su comentario, pero no me parece que haya sido con intención de seducirla. Más bien se parece al tono que uso yo con mis propias hermanas.
—Es que tengo un contratista al que pagar un montón de facturas —responde Juls y noto la sonrisa en su voz.
Bea y yo nos miramos y sé que ambas pensamos lo mismo: joder. La hace reír. La hace soltarse. Este hombre es bueno para Julieta.
Me arde el pecho y siento una molesta punzada en el corazón. Todo el mundo puede decir lo que quiera, pero Ricardo y Julieta deberían estar juntos. Hacía años que no veía a mi hermana así con nadie que no fuésemos nosotras e incluso con nosotras, cada vez se estaba conteniendo más.
La carcajada que ha soltado Ricardo ante el comentario de mi hermana no me ha impedido pensar en todo esto, aunque es el sonido más sexy del mundo.
Mierda.
—Pues tengo buenas noticias en ese caso —prosigue Ricardo—.
Te voy a mandar unas fotos. Resulta que el proveedor tenía una oferta muy buena en el suelo rústico, un pedido que le han dejado tirado y que tenía que quitarse de encima, así que lo he cambiado por el que habías elegido tú y…
—alza un poco la voz—, antes de que te acuerdes de todos mis antepasados, te diré que es de una calidad superior a la que habíais elegido.
—Me fío de tu criterio.
Tanto Bea como yo abrimos la boca y los ojos sorprendidas. ¿Mi hermana confía en el criterio de Ricardo?
—Pero me gustaría verlo con mis propio ojos y obviamente, mis hermanas tienen que dar su aprobación. ¿Puedo ir a verlo?
—Lo tienes esperando por ti en el restaurante, los chicos han dejado una caja abierta para que la estudies a fondo. No cambian en nada el resto del diseño, te lo prometo.
—¿Y la variación del precio?
—Te salen más baratos que los que me habías comentado.
Casi puedo oír los engranajes del cerebro de mi hermana girando.
—En ese caso, y hermanas, espero que estéis de acuerdo conmigo, quiero que mantengas el precio que nos diste.
—Julieta. No. Yo no hago esas cosas ni estafo a mis clientes.
—No es una estafa —la oigo suspirar—. He comprobado los precios en tu proveedor, has ajustado tus beneficios al mínimo y después de cenar con vosotros, sé que adorábais a nuestros abuelos y que la finca y el restaurante son importantes para vosotros.
También sé que habéis retrasado trabajos para haceros cargo de esto y que estáis doblando horas.
Sé que no es mucho, que es una tontería en realidad, pero no creo que nos vayas a cobrar lo que realmente vale vuestro trabajo y no creo que la diferencia de la que hablamos sea si quiera compensatoria, así que yo que sé, usa el dinero para invitar a los chicos a unas cervezas o lo que sea.
La expresión de Ricardo es totalmente pétrea. Y algo me dice que no le han gustado nada las palabras de mi hermana.
Es una pena porque me pone muchísimo, pero si se le ocurre decirle lo más mínimo a Juls, se va a ir de aquí con una patada en la entrepierna y a juzgar por la mirada de Bea, serán dos.
—Joder, Juls… —se frota la cara y relaja los hombros—. Tú y yo vamos a tener una charla.
—Puedes invitarme a cenar un día de estos o mejor aún, invita a mi hermana Margarita. Yo no tengo tiempo y Bea tiene que prepararme un par de encargos para alguien de la oficina.
—¿Ah, sí? —el tono de Bea es de pura diversión .
—Sí, te mandé un email por la mañana, no pude llamarte, lo siento, estaba con otra conversación —Bea pone los ojos en blanco—. Chicos, tengo que dejaros. ¡Que sí, que ya voy! —la oímos alzar la voz—, perdonad de nuevo. Chicas, os veo esta noche. Mil gracias por todo Ricardo. ¡Adiós!
Y sin más, cuelga.
Los tres nos quedamos en silencio un momento hasta que Bea empieza a esbozar una sonrisa y no soy lo bastante rápida como para detenerla.
—¡Pues hale! Vosotros dos a cenar y yo a hornear.
Y con una sonrisa de lo más pícara, sale de la cocina tarareando una canción.
No me atrevo a mirar a Ricardo, me voy a morir de la vergüenza, pero mi madre no crió a una cobarde, así que lo mejor será que aclare todo esto y que le libere de la propuesta de mi hermana.
De Juls ya me encargaré más tarde.
Alzo la mirada y me pierdo en sus ojos oscuros y cálidos. Dios… cada día que pasa le veo más guapo.
—Bueno… —comienza él—, entonces… ¿te recojo el viernes para cenar?
Me atraganto con mi propia saliva y me pongo a toser como una idiota. Lo que yo diga, al parecer, Marcos no es el único que aún no ha superado el instituto.
—¿A las ocho te parece bien? Podemos tomar algo antes.
Y como una idiota, me encuentro asintiendo.
—Perfecto, encanto.
Pasa por mi lado y siento que además de que el corazón me late a mil por hora, mis piernas no están todo lo firmes que deberían.
—Es una cita —me susurra al oído.
Y después, sale por la puerta con un paso lleno de seguridad y yo diría que incluso un punto de arrogancia.
Y… me encanta. Cuanto más detalles veo de este hombre, más me gusta.
Decidido, tengo que matar a mis hermanas por meterme en estos berenjenales.