Capítulo 17
Ricardo
Tengo un dolor de cabeza brutal.
Salir con mi hermano y con mi mejor amigo no ha sido la mejor idea que he tenido este año.
Sin embargo, el olor a café y tostadas hace que mi estómago ruja con fuerza.
Me arrastro por el pasillo del piso en el que vivo y no me sorprende encontrarme a Marcos y a Fernando en mi cocina tan tranquilos. Tampoco es la primera vez que los tres nos quedamos a dormir aquí después de una noche de fiesta.
—¡Hombre! ¡Bienvenido entre los vivos!
—¡Baja la voz, joder!
Me aprieto las sienes con fuerza y me dejo caer sobre una silla.
—Estoy muerto —declaro casi gimiendo.
La ronca carcajada de mi mejor amigo me pone de mal humor y le fulmino con la mirada.
—Tío, es que ayer te bebiste hasta el agua de los floreros —se burla con una carcajada a la que se une mi hermano.
Me va a estallar la cabeza.
—Toma anda.
Mi hermano me ha preparado huevos revueltos medio crudos, tostadas quemadas y el peor café del mundo. No tiene ningún talento en la cocina. No es que yo sea un prodigio, ni mucho menos, pero al menos mi café es decente.
No obstante, me lo trago todo con la esperanza de que se me pase un poco la tremenda resaca que tengo encima.
Claro que bebí todo lo que había disponible. Cada vez que pienso en lo gilipollas que he sido con Margarita se me revuelve el estómago.
No soy de los que se olvidan de las cosas cuando se emborrachan, así que lo recuerdo todo de anoche.
Recuerdo a la perfección que les conté a Marcos y a Fernando lo que le dije a Margarita.
Obviamente están de acuerdo conmigo, hay que ser muy gilipollas y muy capullo para dejarle perfectamente claro que a quién me encantaría tirarme es a ella, pero que eso no ocurrirá porque es mi clienta, cuando ella, lo único que dijo fue que su hermana pequeña es una belleza.
Apoyo los codos en la mesa y la cabeza en las manos.
Joder.
Tengo que verla a diario. Me encargo de la reforma de su restaurante.
A Marcos le suena el móvil y en cuanto gruño, sale de la cocina para contestar.
Fernando se sienta a mi lado y se ríe.
—Tío, estás fatal.
—No me digas.
El muy cabrón suelta otra carcajada.
—Tampoco es tan grave. Pensará que eres un imbécil y listo. Tampoco será la primera en pensarlo. ¿Que saca el tema porque quiere hablarlo? Perfecto, le dices que malinterpretaste la situación y quedas como un señor porque ante todo está tu ética profesional.
Me lo quedo mirando un rato y suspiro.
—Odio a los abogados.
—Pero a mí me adoras —me palmea la espalda y sonríe—. ¿Qué es lo peor que puede pasar? No va a romper el contrato porque crea que eres un capullo. Todos los tíos somos idiotas ante una mujer guapa y al parecer, estas hermanas son de lo mejorcito que hay.
—Tío, que no son ganado.
Me mira ofendido.
—Y yo no digo que lo sean, ni mucho menos. Solo digo que según tu hermano son preciosas y que los tíos nos volvemos unos imbéciles delante de ellas.
—No te haces una idea —meneo la cabeza—.
Es verdad que Julieta es como una supermoderlo tío.
Tiene una cara de ensueño y un cuerpazo alucinante debajo de esa ropa super elegante que siempre lleva.
Beatriz, la del medio, tiene una belleza de esas atemporales y una sonrisa tan pícara que podría volver loco a cualquiera.
Pero joder… es la mayor, Margarita, la que me vuelve lo co.
Y no creas que no es una belleza también, porque lo es. Y con un cuerpazo tremendo.
—Siempre has tenido buen gusto en mujeres —se encoje de hombros y yo me echo a reír, o lo haría si no me fuese a estallar la cabeza.
Soy muy consciente de que Fernando tiene razón. Lo más lógico sería que le hiciese caso, que aunque me joda, además de ser mi mejor amigo, también es mi abogado. Y es de los mejores de Madrid.
Los chicos me hicieron ver que la película me la había montado yo solo en la cabeza, que mientras yo fantaseaba con subir a Margarita a la isla de la cocina y comérmela a ella en vez de el bizcocho, ella solo me hablaba del orgullo que sentía por su familia y realzaba un hecho: que Julieta es preciosa.
Y eso que ni mi hermano ni mi mejor amigo saben que mientras ella me servía el café, yo solo podía imaginar que se inclinaba más frente a mí y me dejaba ver su escote. En mi mente ni siquiera llevaba sujetador.
Me froto la cara con fuerza y me tambaleo un poco al ponerme en pie.
—Me voy a la ducha.
—¿Necesitas ayuda? —le fulmino con la mirada mientras él se descojona de la risa. Salgo al pasillo igual de cabreado que ayer cuando me fui del restaurante—. ¡Las cocineras de élite tampoco te ayudarían mucho en la ducha!
Me grita cuando me alejo un poco.
¡Será cabrón!
Sin embargo, cuando el agua me golpea la piel y se me pone tiesa, pienso que sí. Que la cocinera de élite me sería de gran ayuda en estos momentos .
Joder.
La cabeza me va a estallar, tengo el cuerpo entumecido porque me he dormido retorcido en la cama, pero la polla la tengo más dura que una roca y está claro que no se va a rendir hasta que le dé lo que quiere. Joder, como si yo no quisiese lo mismo.
***
En cuanto entro en la oficina, Laura, la administrativa, me tiende una taza de café y un ibuprofeno.
La fulmino con la mirada y ella se parte de risa.
—Marcos me contó lo de la pequeña fiesta de anoche.
—Genial.
Me bebo el café de golpe, me trago la pastilla y gruño antes de entrar en mi despacho.
Una vez que cierro la puerta, me dirijo a mi sillón y me dejo caer en él.
Soy un completo imbécil. Yo aquí bebiendo los vientos por la cocinera y ella pensando en que me tire a su hermana pequeña.
Sonrío ante mi propia estupidez y me obligo a centrarme en el trabajo.
Un par de horas después, recibo la llamada del proveedor informándome de que todo el material que pedí para empezar con las obras del restaurante está listo y esperando a que lo recoja.
No tardo ni un minuto en llamar al ayuntamiento.
—Ayuntamiento de Valdearenas, ¿dígame ?
—Hola Carmen, soy Ricardo, ¿me pasas con el idiota del alcalde?
Oigo la suave risa de la mujer y me hace sonreír.
—Claro que sí, cielo. Ahora mismo te paso a tu primo.
—Algún día tú y yo tendremos que tener una cita.
Su risa es como una deliciosa y suave lluvia en mitad de un desierto. Es la mujer más dulce del mundo. También es unos doce años mayor que yo y no despierta mi lujuria. Pero joder, por ella haría lo que fuese.
—Te paso con él.
Al cabo de unos pocos segundos, mi primo contesta con la diversión en la voz.
—Me ha dicho un pajarito que anoche alguien tenía ganas de fiesta.
—Vete a la mierda —pero me río. —Oye, te llamo porque ya tengo el material del restaurante de Elisa y Paco, ¿cómo van mis permisos de obra?
—Los firmé el otro día. Estaba todo en regla, como siempre —le oigo coger aire y expulsarlo despacio—. He oído hablar de las hermanas. Joder, tío, echo de menos a Elisa y Paco.
—Como todo el pueblo.
No le veo pero sé que está asintiendo con la cabeza.
—¿Crees que lo sacarán adelante? Por lo que tengo entendido son chicas de ciudad de los pies a la cabeza.
—Por lo poco que las conozco, creo que sí.
Con la que más he tratado es con la pequeña, pero parece tenerlo todo bien atado y si las hermanas son la mitad de buenas de lo que me ha dicho, no tendrán problemas en poner a andar todo aquello y que resplandezca.
Te puedo decir que el café que prepara Margarita, que es la mayor, es igual de bueno que el que hacía Elisa.
—Le diré a Carmen que te envíe una copia por email de los permisos y si quieres, el domingo te los llevo a casa de tu madre.
—¡Ostia! ¿Claudia y tú venís a comer a casa?
Carraspea y casi puedo notar la tensión en su cuerpo. Me gustaría saber más y me deja un poco preocupado, pero sé que si le pregunto me va a mandar a la mierda, porque Toni dice las cosas cuando quiere decirlas, no cuando le presionan.
—Sí, bueno… será mejor que lo hablemos el domingo.
Lo que yo decía. Que notaba la tensión. Pero ya ha dejado claro que lo que sea que ocurre, nos informará el domingo en casa de mis padres.
—Muy bien. Hasta el domingo.
Le envío un mensaje a Marcos para informarle de que los permisos están listos y de que nuestro primo y su guapísima mujer vienen a comer el domingo a casa de nuestros padres.
Un instante después, estoy marcando el número de mi madre.
—Ya era hora.
Siempre me hace reír cuando contesta al teléfono.
—Hola mamá, ¿qué tal?
—Pues ya ves hijo, aquí, esperando a que mis hijos se acuerden de que tienen una madre.
Sonrío aunque no pueda verme.
—Perdona. He estado liado.
—Sí, ya lo sé. Saliendo borracho de los bares de madrugada —me froto los ojos.
Jamás me acostumbraré a que mi madre se entere de todos mis episodios vergonzosos—.
En fin, cuéntame, cariño. ¿Cómo van las cosas por el restaurante de Elisa y Paco?
Tu hermano dice que el proyecto del jardín es ambicioso pero no imposible y que esas chicas saben lo que hacen.
—Y tiene razón. El domingo cuando vayamos todos a comer, te puedo llevar los planos para que veas cómo va a quedar todo.
—Siempre me ha encantado ver vuestros dibujos —puedo notar el orgullo en su voz y también un atisbo de tristeza que me pellizca el corazón—. Te diré que me muero de curiosidad. No se las ha visto mucho por el pueblo.
—Ya, se están instalando todavía. Las mudanzas no son fáciles y llegar a un sitio con tanta historia, imagino que tampoco.
Tras unos minutos más de charla con mi madre, me despido de ella y cuelgo el teléfono.
Siempre tengo una sensación agridulce cuando hablo con ella.
La quiero mucho, por supuesto, pero a veces siento que no la tuve cuando más la necesitaba.
Cuando éramos pequeños, ni mi madre ni mi padre estaban nunca en casa.
Tenían unos empleos muy absorbentes y los fines de semana los pasábamos en Valdearenas con los abuelos. Y las vacaciones escolares también.
Sé que no es muy justo pensar así, pero es que a veces les echaba mucho de menos y aunque mis abuelos y el resto del pueblo fueron geniales con mi hermano y conmigo, nadie puede sustituir a los padres.
El caso es que ahora que ambos se han jubilado, tampoco es fácil pasar tiempo con ellos, salvo la comida del domingo cuando están en el pueblo y en fechas señaladas.
Me recuesto en el sillón y empiezo a organizar el calendario de trabajo para que mañana mismo se recoja el material del almacén del proveedor y que se lleve ya a la finca de las hermanas.
Y cuando todo está listo, como un auténtico imbécil, me paso más de cinco minutos pensando en volver a oír la voz de Margarita. Tengo que llamarla para tenerla al tanto de cómo van las cosas, de que mañana mismo se le puede llevar el material y que todo va según lo previsto.
—Joder…
Le doy al botón con su contacto y cojo aire profundamente.
—Hola, Ricardo.
El corazón me bombea como un loco en mitad del pecho. Esto tiene que ser lo que se siente cuando te está dando un infarto.
Estoy jodido.