Capítulo 16
Margarita
Han pasado tres días desde la conversación con Ricardo en la cocina y aún no sé cómo gestionarlo, pero lo que sí tengo claro es que debo hablar con mi hermana y no puedo seguir posponiéndolo.
Quizá por eso me he levantado antes del amanecer, para pillarla a solas en la cocina y espero, que con ayuda de la falta de sueño que tiene, con la guardia baja.
—¡Joder!
Se lleva la mano al pecho y se le cae el bolso.
—Me has dado un susto de muerte, Marge. ¿Qué haces despierta a estas horas?
Le tiendo una taza de café cuando se alza después de recoger el bolso.
—Tengo que hablar contigo y llevo dos días sin verte el pelo. Así que siéntate, te he hecho el desayuno y te lo vas a comer todo mientras hablamos.
Se sienta de mala gana y fuerza una sonrisa.
—Tienes razón, he ido a las carreras últimamente.
Y yo también quiero hablar con vosotras.
He hecho otro estudio de mercado y he estado revisando las cuentas —frunce ligeramente el ceño—, creo que Ricardo y Marcos han ajustado el presupuesto al mínimo que han podido para no perder dinero y eso nos ha dejado un margen que podemos usar para…
—Frena.
Le pongo la mano en la boca para hacerla callar.
—Te juro que no sé cómo eres capaz de funcionar a semejante velocidad antes de tomarte el café, pero todo eso me da igual.
Tú te encargas de las finanzas, para mí eso es suficiente.
Quiero hablarte de Ricardo, pero no en algo referente a las obras.
Así que frena tu mente un instante e intenta prestarme atención.
Le quito la mano de la boca y me mira sorprendida.
—¿De qué quieres hablar?
—Esto no es fácil para mí, así que… —me hace un gesto con la cabeza para que siga hablando—. No sé muy bien cómo explicártelo, porque aún no entiendo qué es lo que ha sucedido. El caso es que el otro día estuve hablando con Ricardo, porque vino a tomar café y bizcocho.
—¡Ah, sí!
Rebusca en su maletín y me entrega una hoja. Son las puntuaciones que le ha dado a los postres de Bea .
—Juls, esto no nos ayuda. En todas has puntuado diez sobre diez.
Me sonríe de verdad, esa sonrisa que es tan suya que hace que se me encoja el corazón. Veo muy poco esa sonrisa. La preocupación por su estado físico me invade con fuerza.
—No, si te fijas, en la de chocolate y naranja le he puesto un once y a la Red Velvet también, y… a la Sacher con naranja amarga y canela le he puesto un veinte.
Me echo a reír y la miro con todo el amor que siento por ella. Ese postre es típico de quién era y de cómo era ella antes de que pasara todo lo malo. Antes de que perdiese el brillo en la mirada y la picardía en cada una de sus sonrisas.
—Bea te dirá lo mismo que yo, que es demasiado intensa.
—A mí me gusta.
Y con esa simple declaración, nos ha ganado. No importa que Bea no esté presente, se lo contaré y en cuanto lo haga, pensará lo mismo que yo.
Ahora me siento aún peor por lo que tengo que decirle.
—Mira —dejo la lista de sus evaluaciones a un lado—, esto no es fácil, así que deja que termine.
—Claro.
—El otro día estuve hablando con Ricardo y tengo la impresión de que he hecho algo que no debía porque creo, aunque no estoy segura, que se ha fijado en mí.
Mi hermana me mira y parpadea lentamente. Joder.
—Lo que quiero decir es que… bueno, por supuesto yo le hablé de ti y le dije lo perfecta que eres —me pone los ojos en blanco como ha hecho toda su vida, pero la ignoro; ahora no es momento de ese tema—, el caso es que me dijo…
yo… Lo siento Juls, me dijo que no está interesado en ti y creo, repito, creo, porque no usó exactamente las palabras que te voy a decir, que no se liaría conmigo porque somos sus clientas —dejo salir un enorme suspiro.
Y me atrevo a mirar a mi hermana. Sé que la he decepcionado. Pero es mi hermana.
—Ah, perdona, ¿ya has terminado? —La miro sin comprender y frunce el ceño—. Lo siento, no sé qué me quieres decir, Marge… ¿Quieres que le despida para poder acostarte con él?
—¿Qué? ¡No! —me froto las sienes—. Lo que quiero es que me perdones.
—Ufff, me parece que ahora sí que necesito un café porque no te sigo. Explícate despacio, como si yo fuese idiota.
—No eres idiota —me hace un gesto con la mano y suspiro de nuevo—. Vale. Yo… sé que te interesa Ricardo y creí que a él le interesabas tú…
—Espera ahí un momento —me corta—. ¿Sabes que a mí me interesa Ricardo?
¿Y cómo lo sabes? —suelta una pequeña carcajada —estás muy equivocada, hermana—.
La miro boqueando —es un hombre increíble al que respeto y al que le estoy empezando a coger cariño, pero no en ese sentido.
El otro día cuando estuve cenando con él y con su hermano Marcos, lo pasamos genial y me ayudaron a superar un día horrible.
Ambos son increíbles y encantadores, pero ahora no estoy lista para una relación.
—No lo entiendo.
—Es fácil —se encoge de hombros y se pone en pie—.
Ni estoy lista ni quiero una relación ahora mismo, creo que Ricardo es un hombre muy atractivo y un caramelo para la vista, pero no es para mí y no me interesa en ese sentido.
Así que si a ti te gusta y tú le gustas a él, por mí no tienes que preocuparte .
—Juls, haces esto porque soy… ¿yo?
—Lo haría si ese fuese el caso —encoje ambos hombros—, pero no lo es. Ricardo me hace reír, me hace sentir segura y me gusta hablar con él porque es un tipo genial. Pero eso es todo.
Mira el reloj y se pone nerviosa.
—Tengo que irme o perderé el tren.
Se acerca y me da un abrazo enorme.
—Te quiero muchísimo Marge. Eres la mejor hermana mayor que alguien podría soñar —me besa en la mejilla—. No te merezco y lo sé. Pero soy egoísta y Bea y tú sois mis personas favoritas del mundo y os quiero con toda mi alma. Adiós.
Un instante después está saliendo por la puerta con el maletín y el bolso colgando y el abrigo volando detrás de ella.
***
Mientras desayuno con Bea no soy capaz de quitarme de la cabeza la conversación con Juls.
—Julieta me ha dicho hoy que no nos merece.
Le tiendo la lista con las puntuaciones que me entregó antes y espero.
—Sabía que iba a elegir esta tarta. Le encanta desde que la hizo mamá para su cumpleaños al cumplir los doce —hace un mohín con la boca—. Es muy intensa.
—Me ha dicho que a ella le gusta.
Bea suspira y después sonríe.
—Pues ya está decidido entonces .
Lo sabía.
Sabía que iba a pensar exactamente como yo.
—¿Por qué te dijo que no nos merece?
Le explico la conversación que he tenido con nuestra hermana pequeña esta mañana y frunce el ceño.
—A veces te juro que pienso que lo sabe —alza ambas manos cuando me tenso—. Sé que no es posible. Pero a veces… desde que mamá murió, algo en ella se rompió. Desde que pasó aquella noche entre las cosas de mamá.
—Lo sé. Pero lo revisé todo y no hay forma de que ella lo sepa.
Ambas nos quedamos en silencio durante unos minutos.
—¿Y qué vas a hacer con lo que te dijo Ricardo?
Parpadeo y la miro a los ojos.
—Nada. ¿Qué quieres que haga?
—Bueno, te estabas poniendo freno porque creías que Juls estaba interesada en él, ahora te ha dejado claro que no. Así que me preguntaba qué es lo que vas a hacer con todo eso que sientes por él, porque permite que te diga que se te pone cara de tonta cada vez que oyes su nombre.
Suspiro y me recuesto en la mesa.
—No hay nada que hacer —explico—. Él lo dejó claro, aunque el corazón de Juls no esté implicado y me ha quedado claro que no lo está, soy su clienta y para él eso es un límite muy claro y, la verdad, tiene razón y me parece bien. También me gusta que haya sido sincero desde el principio.
—Sí —coge aire y lo expulsa despacio—. Eso no es muy habitual.
No obstante, yo creo que deberías hacer otro intento.
A ver, no te digo que te cases con él, pero ahora no tienes trabajo, las obras van bien sin nosotras porque Julieta es como Superwoman, así que te aburres como una ostra; lo sé porque yo estoy igual —me aclara cuando voy a protestar—, así que quizá deberías hablar con él, poner las cartas sobre la mesa y, si, chica, en el proceso te pone a ti sobre la mesa… pues mejor.
—¡Bea!
Pero me echo a reír porque mi hermana es absolutamente increíble.