No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Margarita

Ha pasado solo una semana desde que empezaron las obras en la zona exterior y ya estoy de los nervios.

El ruido, el ir y venir de los trabajadores por la finca me pone nerviosa, sé que son necesarias y que las hemos contratado nosotras, pero… creo que aún me siento un poco desubicada con todas estas novedades.

Mi teléfono suena y lo miro con hastío.

Eso también me pone nerviosa.

Suspiro y lo cojo con desgana .

—Hola, Enrique. Dime.

—Ya te has tomado unas vacaciones. Vuelve.

Cierro los ojos y suspiro.

Lleva así los últimos cuatro días y yo ya no puedo más. Me tiene harta con tanto mensaje y tanta llamada. Hay desde súplicas hasta amenazas.

—Ni son vacaciones ni voy a volver. No sé cómo decírtelo ya. He dejado el trabajo, Enrique. Ahora tengo otra vida. Otra de la que tú no formas parte.

Como era de esperar, los insultos no se hacen esperar y las amenazas tampoco.

Dejo el móvil sobre la isla de la cocina y apoyo la frente en la madera. Me haré la sorda mientras mi antiguo jefe sigue gritando, lanzando cosas a juzgar por el estruendo y deseándome la muerte.

Este hombre es puro amor…

Al cabo de un momento, noto una presencia a mi lado y cuando alzo el rostro, veo una mano grande y morena acercarse a mi teléfono, y un dedo tocar el botón de colgar la llamada.

Alzo el rostro siguiendo ese atrevido dedo, la mano, el brazo y llego hasta el rostro de Ricardo. Y como una estúpida, me sonrojo.

—No deberías permitir que nadie te diga esas cosas.

Me pongo en pie y le sonrío.

—Enrique no es peligroso. Solo es un chef con más ego que sentido común, cree que le he traicionado al dejar el trabajo y tiene que sacar ese veneno de dentro porque si no se porta aún peor con el resto de los compañeros de cocina. Y yo ya estoy tan acostumbrada que ni siquiera le escucho.

—A mí no me ha parecido inofensivo en absoluto.

El que no es inofensivo es él. Era lo que le faltaba, ser un caballero de brillante armadura para dejarme tonta del todo. A ver, que no es que necesite a un hombre para defenderme, nunca lo he necesitado, pero a nadie le amarga un dulce y menos si viene envuelto como lo hace Ricardo de la Torre.

—Trabajamos juntos durante diez años —me dirijo a hacer café; sé que le gusta y yo tengo que tener las manos ocupadas en algo—, al principio sí que me asustaba, pero en los últimos tiempos incluso me enfrentaba a él.

Tiene un temperamento irascible y bastante impredecible —encojo un hombro—, solo está enfadado porque me fui y no ha podido sobornarme para que vuelva con él.

Ricardo me mira con los brazos cruzados en el pecho. Tiene una expresión demasiado seria, demasiado intensa. Y la verdad, a él sí que no sé enfrentarme. No es que le tenga miedo ni mucho menos, pero no sé cómo manejar que alguien se preocupe por mí.

Mis hermanas a veces también lo intentan o al menos, yo las dejo creer que lo consiguen, pero lo cierto es que desde que murió nuestra madre, he estado yo sola.

Siempre. Cuidando de mí y de mis hermanas, guardando un secreto que le rompería el corazón a Julieta y que me llevaré a la tumba antes de hacerle eso a ella.

Pero no sé cómo sentirme ni cómo actuar cuando este hombre que es un desconocido en realidad, está aquí, furioso porque cree que no sé protegerme.

—Escucha…

—No —me interrumpe y alza ambas manos—, no he debido hacer lo que he hecho ni he debido ponerte en esta situación. Tu hermana Beatriz me dijo que viniera a buscar una taza de café y estaba todo abierto de par en par. Debí llamar a la puerta. Está claro que sabes perfectamente lo que haces.

Frunzo en ceño porque algo en su postura o en su tono —no sabría decirlo con seguridad—, me hace rechinar los dientes.

—También quería decirte que ya tenemos los permisos para la reforma del restaurante, así que empezaremos las obras mañana. De momento vamos sobre el calendario fijado.

Me apoyo en la encimera y le miro a los ojos. Está furioso. Mucho. Pero se encierra en el trabajo. Eso sí sé manejarlo, yo hago lo mismo.

—Estoy bien —le aseguro y sus ojos se clavan en los míos—, lo digo de verdad.

No te negaré que el ambiente de aquella cocina era muy tóxico y que creo que Enrique necesita medicación.

Pero trabajé con él durante diez años y fue un mentor increíble, además de una experiencia profesional impagable.

Fui afortunada al poder trabajar con él, pude mantener a mi familia unida.

Que me grite, me insulte y me amenace se ha convertido en lo más parecido a una conversación sobre el tiempo con él.

Sé que no debería permitírselo y soy muy consciente de la imagen que da.

Pero ahora estoy bien, estoy mejor que bien.

Mis abuelos, unas personas a las que no conocí, me han dado esta nueva oportunidad y gracias a mis experiencias anteriores estoy convencida de que lograremos sacar todo esto adelante.

—Perfecto.

Y el cabreo evidente que aún siente me hace sonreír. Es muy dulce que sin conocerme de nada, se preocupe tanto por mí.

—Entiendo que te parezca mal y estás en tu derecho. Te agradezco la preocupación y me parece muy dulce por tu parte que estés ahí enfurruñado intentando controlar tu temperamento —frunce aún más el ceño—. ¿Por qué no te tomas una taza de café conmigo y me cuentas más cosas de mis abuelos?

Tarda un par de segundos, pero al final, agita la cabeza y se sienta en la isla de la cocina.

—Añade algo de comer y trato hecho.

Sonrío y le sirvo un trozo del bizcocho de limón que Bea preparó anoche.

—Bizcocho de limón —le guiño un ojo y sonrío—. El café te lo sirvo ahora.

***

Al cabo de un par de minutos, ambos estamos sentados con un café en la mano y mirándonos a los ojos.

Es increíblemente guapo y muy atractivo y cuanto más lo veo, más me gusta.

Y al darme cuenta de cómo me hace sentir comprendo que sería un compañero ideal para mi hermana Julieta. Un hombre protector pero sin avasallar, que cuidaría de ella y la haría sentir a salvo. Es todo lo que siempre he querido para ella, que alguien la ame de verdad.

Así que tras beber un sorbo de mi café, le dedico una sonrisa amable.

—Imagino que Julieta ya te habrá puesto al corriente de todo, pero si necesitas algo mientras hacéis la reforma, Bea y yo estaremos por aquí.

—Así es —me sonríe—. Tu hermana es la persona más eficaz que he conocido jamás. Tengo hasta diseños en color de cómo deber quedar todo.

—Sí —el orgullo que siento por mi hermana pequeña estalla dentro de mí. Es perfecta. Igual que Bea. Ambas lo son—. Julieta es maravillosa, por no decir que es una belleza.

—Tú tampoco estás nada mal, encanto.

Casi me atraganto con mi propio café.

—¿Comparada con ella? Un orco —me río de mí misma y bebo más café. No me apetece lo más mínimo, pero que se fije en mí me apetece aún menos—, pero volvamos a hablar de Juls —le sonrío.

Me mira durante un minuto entero en completo silencio y me pone nerviosa. Más, quiero decir.

—Podemos hablar de lo que te apetezca —deja el café sobre la mesa y su mirada se oscurece—, pero soy de esos que prefieren dejar las cosas claras desde el principio.

Tu hermana Julieta es una auténtica belleza con un cuerpazo increíble, mentiría si dijese que no me he fijado, pero no me interesa lo más mínimo.

Carraspeo y tengo que soltar la taza antes de que se me caiga al suelo.

—Yo… creo que no te entiendo.

—Vale, me explicaré mejor. Me parece que intentas hacerme hablar de tu hermana porque albergas alguna fantasía sobre ella y yo.

Dios… me estoy poniendo del color de los tomates maduros. Siento tanto calor en el rostro que tengo la sensación de que en breve se me va a empezar a derretir la cara.

—Yo…

—Mira, Margarita —deja la taza de café y se pone en pie, cuando da un paso hacia mí, juro que me quedo congelada en el sitio—.

Habría que estar ciego para no ver que tu hermana es preciosa y habría que ser idiota para no darse cuenta de que es una mujer encantadora y muy dulce.

Pero es que esas no son las mujeres de mi tipo —da otro paso hacia delante—.

Mi tipo de mujer es aquella que además de preciosa y con cuerpazo —me mira de arriba abajo y me tiemblan las piernas.

¿Hace cuánto tiempo que nadie me mira así?

—, saben lo que quieren, no tienen miedo de ir a por ello y tampoco se arrugan ante la adversidad.

Cuando está a pocos centímetros de mí, tengo que tragar con fuerza .

—No obstante, tengo una norma —noto el corazón en la garganta—: no volver a liarme con una clienta. Así que por mucho que me atraigas, y lo haces, esto se queda en una relación laboral.

Acto seguido vuelve a su sitio y a mí me cuesta respirar.

Espera un momento… ¿Qué acaba de pasar?

Me quedo muda y apenas soy capaz de apartar los ojos de mis pies. Pero soy muy consciente de cada uno de sus movimientos y cuando se termina el café, me mira de nuevo de arriba abajo, entrecierra los ojos un instante y después coge aire y lo expulsa lentamente.

—Nos vemos, encanto.

—Claro.

Es lo único que soy capaz de decir.

Cuando entra mi hermana Bea con una enorme sonrisa en los labios no tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado.

—¡No te lo vas a creer! El hermano de Ricardo, Marcos, es paisajista y con muchísimo talento.

Empieza a revolotear por la cocina y saca de los armarios la preciosa vajilla de nuestros abuelos. La dispone en una bandeja y en otro plato un poco más grande, coloca un enorme trozo de bizcocho. Lo corta en cuadraditos y les clava unos palillos.

—Esto no es que quede muy bien, pero es muy práctico.

Me guiña un ojo y saca media docena de vasos altos. Después se dirige a la nevera y saca la enorme jarra de limonada que preparó hoy a primera hora mientras yo tostaba unas rebanadas de pan.

Sé que sigue hablando, lo siento, pero no puedo oír o mejor dicho, entender nada de lo que dice porque la sangre me bombea con tanta fuerza en las sienes y me siento tan… ni siquiera sé cómo me siento.

—Voy a llevarles esto a los chicos, Ricardo me ha dicho que ya ha tomado café y me ha pedido que te diga que mañana vendrá para empezar a traer material y esas cosas, al parecer estabas distraída con una llamada de teléfono. ¿Quién te ha llamado? ¿Era Juls? Anoche no la vi.

Parpadeo y salgo de mi ensimismamiento.

—¿Qué? —la miro confusa.

Y es justo lo que necesita Bea para centrarse completamente en mí.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Claro y yo soy la reina de Saba.

Se apoya en la isla de la cocina, se cruza de brazos y me mira fijamente.

Las dos sabemos que no se va a ir hasta que le diga algo que la tranquilice, pero es que sinceramente, primero debería encontrar algo qué decir que me tranquilice a mí.

Porque solo puedo pensar en que creo que Ricardo me ha dicho que de no ser una clienta, nos liaríamos. Y que Julieta no le interesa.

Julieta.

Joder.

Joder.

Parpadeo y miro a mi hermana pequeña.

—Ricardo me ha dicho que no le interesa Juls.

—¿Y? —suspira—. A ver, que nuestra hermana es la fantasía sexual de todos los hombres heteros con sangre en las venas de entre dieciséis y cien años, lo sabemos desde que éramos pequeñas.

Pero gracias a Dios que no todos se enamoran de ella a primera vista o el resto de las mujeres no tendríamos nada que hacer.

¿Por qué parece que eso te ha dejado fuera de combate?

Además, yo creo que ese pedazo de hombre está interesado en ti.

Me giro hacia ella como un relámpago.

—Estás perdiendo la cabeza. Juls está interesada en él. ¿Tengo que decir algo más?

Mi hermana ladea un poco la cabeza y finalmente alza ambas manos.

—¿Sabes? Algún día te alzarán una estatua por tu continuo sacrificio por nosotras, cosa que te agradecemos en el alma.

Pero ya somos adultas y Juls no es tan frágil como parece, sí estoy preocupada por ella y creo que lo que sea que le ocurre le está pasando factura.

Pero te aseguro que es perfectamente capaz de aceptar la negativa de un hombre y más si ese hombre está interesado en su hermana mayor a la que adora con todo su ser. Igual que yo.

Me besa en la mejilla y coge la bandeja con esa elegancia y eficiencia con lo que lo hace todo.

—A veces me enfada cómo haces las cosas —me dice por encima del hombro—. Pero te quiero por ello y rezo para que no cambies nunca.