No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Ricardo

Estoy con mi hermano terminando de pulir algunos detalles de otras obras. Es tarde. Pero ambos hemos tenido un día muy complicado y muy largo y no hemos tenido más tiempo.

Ambos estamos concentrados cuando unos suaves golpes en el cristal de la puerta de mi despacho nos hace alzar la cabeza.

—Jooooder —murmura mi hermano y pongo los ojos en blanco.

Camino hasta la puerta y la abro con una sonrisa profesional.

—Señorita Salvatierra. Es un poco tarde, ¿ocurre algo?

Julieta me sonríe con amabilidad.

—No, nada importante al menos, pero pasaba por aquí y he visto luz. No me he dado cuenta de lo tarde que es —da un paso atrás—. Lamento haberles molestado, podemos hablar mañana.

Y hay algo en ella que me impulsa a rodearla con los brazos y no soltarla hasta que se sienta segura.

Es una auténtica belleza y tiene un cuerpazo, pero lo que siento por ella es más protección de hermano mayor que otra cosa.

No la conozco de nada, pero me jugaría el sueldo de un año a que a esta mujer le pasa algo.

—Julieta.

Me mira a los ojos y algo se remueve dentro de mí. Esta mujer no está bien y que me aspen si consiento que se vaya sola en este estado.

—Pasa, por favor. Mi hermano y yo agradecemos mucho la interrupción.

—Oh, claro.

Mira a mi hermano con la disculpa en los ojos.

—Siento…

—Por favor —Marcos hace lo que mejor se le da, quitarle importancia a todo—. Siéntete muy libre de interrumpirme siempre que quieras.

—Gracias —su sonrisa es tan leve que siento que le duele.

La acompaña hasta el sofá de mi despacho que creo que nunca hemos usado y le ofrece algo de beber que ella rechaza.

—Dime, ¿querías comentar algo en particular?

Me mira y sus ojos azules me golpean como un yunque. Joder, es pura tristeza y desolación.

—Nada en particular, solo… mis hermanas me han escrito y me han dicho que ya habéis comenzado con las obras de los jardines. Quería daros las gracias por la rapidez, sé que tenéis mu cho trabajo.

Sus ojos se humedecen y miro a mi hermano preocupado, él se encoje de hombros.

Los dos somos igual de inútiles ante las lágrimas de una mujer.

Joder.

—Iremos un poco más lentos en todos los trabajos y listo —el comentario de mi hermano me parece de lo más estúpido porque con las nuevas contrataciones podemos cumplir los plazos, pero sinceramente, a mí no se me ocurre qué más decir—, y ya hemos solicitado al ayuntamiento el permiso para la reforma del restaurante —carraspea y empieza a mover una pierna nervioso—; también empezaremos con ello en breve.

—Oh, eso es… genial.

Su voz es muy dulce, pero ahora mismo suena más ronca de lo normal y sé, no sé cómo, pero lo sé, que está haciendo un esfuerzo enorme por no echarse a llorar.

—Dinos lo que ocurre. ¿Alguien te ha hecho daño?

Ella alza sus preciosos ojos y una lágrima solitaria le recorre el rostro.

Es la viva imagen de la tristeza.

Hace que se me encoja el corazón.

—Eres muy amable —se limpia la lágrima con un gesto delicado y sonríe a medias—. Nadie me ha hecho daño, es solo que… —sonríe y nos mira avergonzada—. Por Dios, vais a pensar que soy una histérica.

—No.

Mi hermano le coge una mano y la mira a los ojos. Yo asiento. En esto somos exactamente iguales. Nuestra abuela y nuestra madre nos han criado bien. Cuando una mujer llora no es síntoma de debilidad ni de histeria, es que la vida la supera y joder, eso nos pasa a todos en un momento dado.

La vemos tragar con fuerza y por hacer algo, me levanto y voy a la nevera, saco una botella de agua y se la tiendo. La coge con manos temblorosas y bebe un par de pequeños sorbos.

—Siento todo este drama —bebe otro sorbo y parece recuperarse milagrosamente—.

Yo… no sé qué me ha pasado. Solo quería pasar a saludar y a daros las gracias por la diligencia, la rapidez y la eficacia con la que estáis llevando todo esto.

Mis hermanas están encantadas. Y a mí me alegra porque contábamos con meses de reformas, de esperas y demás y ninguna de ellas lleva bien lo de no trabajar.

Mi hermano está igual de confuso que yo, pero ambos aceptamos que lo que sea que la llevó a detener el coche y buscar compañía, ya lo está asimilando.

Aunque ahora me preocupa que encuentre consuelo en unos desconocidos. La relación con sus hermanas me parece que es muy sólida, como la mía con Marcos. Quizá por eso me pone nervioso que no esté con ellas, buscando su consuelo y su apoyo.

—Tengo que irme.

Se pone de pie y se tambalea un poco, es apenas perceptible. Pero tanto Marcos como yo nos acercamos a ella.

—Lo siento, no he comido nada en todo el día —se justifica—. Pero estoy bien, seguramente Marge me haya hecho una cena llena de calorías que disfrutaré.

Coge su bolso del sofá y nos mira.

—De nuevo, gracias.

—Julieta —la sujeto por el codo y la obligo a mirarme a los ojos—. Yo también me muero de hambre, ¿qué te parece si los tres vamos a cenar y así te explicamos cómo van las cosas en la reforma ?

—Oh, no podría… yo…

—Sí, yo también me muero de hambre —sentencia Marcos—. Sería genial poder charlar mientras comemos algo. ¡Tengo una idea! ¿Qué te parecen unas alitas al horno con salsa de mostaza y miel y patatas fritas?

Julieta le mira y sonríe. Esta vez de verdad.

—Me parece que sería una molestia, pero reconozco que suena bien.

—Ven con nosotros —le pido—. Come algo, bebe una cerveza o cinco si es lo que necesitas, yo te llevaré a casa. Y con nosotros estás a salvo. Envía un mensaje a tus hermanas, diles con quién estás.

Juro que se me rompe el corazón cuando me mira y sus ojos muestran un dolor crudo.

—Sé juzgar a las personas, lo he aprendido por las malas. Sé que no me haréis nada malo.

Mi hermano y yo hemos dejado de respirar. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué coño le ha pasado a esta mujer?

—Probaré la cena, pero no beberé. Iré con mi coche, si no os importa.

—Claro.

***

Cuando entramos en el bar-restaurante que está veinticuatro horas abierto y al que solemos venir cuando nos quedamos hasta tarde en la oficina, juro que Julieta se ha transformado por completo.

Ya no hay rastro de ojos llorosos ni de debilidad en su rostro o en sus gestos. No es que sea una fuerza de la naturaleza como lo es su hermana mayor, pero ahora parece mucho más decidida que antes.

—¡Ricardo, Marcos! Me alegra veros chicos —Samuel mira a Julieta con una sonrisa—, y tan bien acompañados, mejor. Encantado de conocerla, señorita, soy Samuel Gómez. Bienvenida.

—Encantada, yo soy Julieta.

Casi suelto una carcajada cuando ella le sonríe y él parpadea.

A ver, es que esta mujer es de bandera. De hecho, todas las personas que hay —que no son muchas y todas son hombres—, se han girado para mirarla. O más bien, comérsela con los ojos.

—Vamos.

La guío por el restaurante hasta una de la mesas más alejadas que son las que nos gustan a Marcos y a mí. Solemos hablar bastante de trabajo y algunas cosas no queremos que las oigan terceras personas.

—Samuel, tres raciones de alitas con mostaza y miel, tres raciones de patatas… —mira a Julieta —¿tienes alguna intolerancia o alergia alimenticia?

Ella sonríe y asiente con la cabeza.

—Intolerancia a la lactosa.

—Joder —murmura mi hermano—. Vale. Tres raciones de las alitas, dos raciones de patatas fritas con queso y beicon y una de patatas —la mira de nuevo—, ¿solo con beicon? —ella asiente sonriendo—, y tres cervezas —la mira serio—, por una cerveza no te va a pasar nada.

—Lo sé, pero no, gracias —mira a Samuel que aún no se ha recuperado—. Para mí agua fría si es tan amable. Gracias.

Cuando el hombre al fin reacciona, mi hermano suelta una carcajada .

—Debes estar acostumbrada, pero joder, ha sido de lo más divertido.

Julieta le mira confusa y mi hermano se tensa.

—Venga, tienes que darte cuenta de cómo te mira todo el mundo —miramos a nuestro alrededor y efectivamente, todos la están mirando—. Eres una auténtica belleza y llamas mucho la atención.

—Oh.

Se remueve nerviosa en el asiento y se cierra la chaqueta sobre su cuerpo. El gesto me enfurece. Joder. Nadie tiene derecho a hacerle sentir mal.

—Oye —le alzo el rostro con un dedo bajo su barbilla—. Eres preciosa y por aquí no estamos acostumbrados a tanta belleza, simpatía y dulzura todo en uno. Solo danos unos días para acostumbrarnos.

—Exacto. Somos todos idiotas, vemos a una mujer como tú y se nos olvida respirar —sentencia mi hermano.

—Oh… —se coloca un mechón de su dorado cabello tras la oreja y nos sonríe con timidez—.

Gracias. Yo… no suelo darme cuenta de esas cosas, mis hermanas dicen que suelo estar en mi mundo y tienen razón —frunce el ceño cuando mira a nuestro alrededor—, aunque creo que me miran porque voy muy elegante en comparación con el resto de los comensales. Sin despreciar a los presentes, claro.

Suelto una carcajada y me recuesto en la silla.

—Tienes razón. Aquí solemos venir con nuestras peores ropas, pero te prometo que la comida es de primera.

Frunce el ceño y se muerde el labio. Acto seguido saca una tablet y empieza a tomar notas y fotos de todo.

—Este local será competencia del restaurante de mis hermanas, no está lejos de Valdearenas. ¿Os importa que tome notas mientras comemos y charlamos? Me ayudará con el estudio de mercado.

—Madre mía —mi hermano la mira con los ojos como platos—. ¡Eres una sabelotodo de esas! —pone una cara fingida de horror que la hace reír. Solo por eso, ya merece la pena oír sus desvaríos.

—Lo confieso —sonríe sin dejar de anotar cosas en la tablet—. Mis hermanas son increíbles y tienen un talento maravilloso, en serio, si nunca habéis probado las carrilleras estofadas al vino tinto con puré de patata y trufa de Marge o la Red Velvet de Bea… no habéis disfrutado de verdad.

—¡Ostras! ¿Vais a servir comida tan sofisticada en el restaurante?

La pregunta de mi hermano es muy válida.

Julieta nos sonríe.

—Da igual lo sofisticado que suene. Marge tiene un don en la cocina, os lo prometo.

Sus platos no son pretenciosos ni son de esos con ridículas porciones o nombres raros.

Os podría decir un millón de platos que le salen de maravilla.

Otro increíble es el risotto de setas silvestres, o el bacalao confitado con mantequilla de cítricos…

es… increíble. Y después de eso, uno de los postres de Bea…

en serio… son maravillosos todos, su especialidad es la Red Velvet, pero también hace uno de crema de lima que…

—Los he probado —ella me mira con una ceja arqueada y yo asiento—.

Y joder, tienes razón. Ayer por la tarde nos pasamos por allí, empezamos con las mediciones y demás, pero yo me tomé un par de tazas de café con tu hermana y me dio a probar los postres.

El rojo ese tan esponjoso estaba de muerte, pero el que me conquistó fue el de crema de chocolate y naranja.

—Te entiendo —suspira y me hace sonreír—. Tengo que darles aún mi opinión al respecto y no sé cuál elegir.

Mientras hablamos, Samuel nos sirve la comida y la bebida sin quitarle los ojos de encima a Julieta que parece ser cierto que no se entera de cómo la miran los demás.

—Espera un momento —nos interrumpe mi hermano—. ¿Quieres decir que mientras yo me eslomaba ayer cargando con sacos de tierra tú te estabas poniendo ciego de pasteles?

—Sí —le confirmo con una sonrisa—. Y, joder, cómo los disfruté; además —le miro a los ojos—, Margarita hace un café igual de delicioso que el de su abuela. Esa mujer tiene un don en la cocina.

Oigo una risita de Julieta y la miro sorprendido, ella se sonroja y ladea la cabeza con delicadeza.

—Le diré a mi hermana que os llame cuando diseñe los menús para el restaurante, os aconsejo que vengáis con ganas de comer, porque aunque las raciones serán muy pequeñas porque son de prueba, seguro que habrá como treinta platos.

—¡Me apunto!

Y con un ambiente mucho más relajado y divertido, los tres disfrutamos de las alitas, el postre y de la conversación.

Julieta es una mujer muy divertida e interesante cuando se suelta un poco, aunque no deja de tener ese aura de delicadeza que me pone nervioso. Me dan ganas de ocultarla de las miradas del mundo y encerrarla en una vitrina para que nadie pueda dañarla nunca más.