Capítulo 13
Margarita
Oír en la voz de este hombre el orgullo y el cariño con el que habla de mi abuelo ha despertado algo en mí. Quizá un recuerdo que aún no termina de salir, me froto el pecho intentando aliviar el dolor y hago lo imposible por no echarme a llorar.
No sé por qué de repente estoy tan triste. Solo sé que tengo una sensación extraña, un sentimiento que no sé de dónde sale, pero que me hace querer acurrucarme en mi cama con mis hermanas y llorar desconsolada.
Sin embargo, cierro las manos en puños y aprieto con fuerza hasta que las uñas se me clavan en la piel y me obligo a sonreír. No es de verdad, pero es todo lo que tengo ahora mismo.
—¿Y qué hay de mi abuela?
La sonrisa de Ricardo se ensancha y en sus ojo puedo ver verdadera admiración.
Mierda. No era esto lo que pretendía.
—Tu abuela era un genio de la cocina. No soy capaz de recordar cuántas veces ha consolado a los jóvenes del pueblo con sus helados, sopas, pasteles y cremas…
Tenía una mano increíble con nosotros. Creo que todos la respetábamos más que a nuestras propias madres —frunce el ceño—, y si la mía se entera alguna vez de que lo he dicho, me dará collejas hasta que me quede tonto.
Suelto una risilla nerviosa y de inmediato me avergüenzo. Pero es que es muy divertido imaginar a este hombre, con tanta pinta de hombre rudo, recibiendo collejas de su madre.
—Tú ríete, pero doña Rosa Martínez, es mucha Rosa.
Suelto otra pequeña carcajada y no puedo evitar mirarle sonriendo.
—Seguro que jamás te ha puesto la mano encima —aseguro convencida.
—¡Anda que no! —se ríe y me guiña un ojo—. Yo era un trasto incorregible, un rebelde sin causa.
—Pues yo no te veo nada mal —de inmediato me sonrojo. Puedo sentir el calor hasta en las pestañas—. Quiero decir —carraspeo— que eres un hombre trabajador con su propia empresa y con personas a su cargo.
—Me reformé con el tiempo —encoge un hombro.
Durante unos minutos nos quedamos en silencio mientras él se come más pasteles y bebe más café. Cuando se termina su segunda taza, me guiña un ojo y se pone en pie.
—Tengo que irme —mira su reloj—. Hace tiempo que debería estar en otro sitio.
—¡Oh, lo siento! Te he retrasado… —cojo aire y me obligo a mirarle—. Muchas gracias por ser tan diligente y por hablarme de mis abuelos. No les conocí y siento que he perdido algo importante para nosotras.
Ricardo se mete las manos en los bolsillos y asiente con la cabeza.
—Quizá otro día puedas organizar otro… —señala la mesa con la mano y sonrío.
—¿Otra prueba?
—Eso. Tú me das de comer y café y yo te cuento cosas de tu familia.
—Trato hecho.
No sé qué me lleva a tenderle la mano, pero cuando él me la coge, se la lleva a los labios y me besa.
¡Madre de Dios! Estoy a punto de desmayarme. Toda mi vida he querido que un hombre me hiciese eso.
—Un placer.
Juro que aún me siento volando cuando mi hermana Bea entra en la cocina y me mira con los ojos entrecerrados.
—Ya estás contándome hasta el último detalle.
—No hay nada que contar —sonrío como una tonta.
—Pues tienes cara de otra cosa.
—Tengo cara de ponerse a trabajar. ¿Qué pasa con los jardines?
Mi hermana no se traga el cambio de tema, claro, pero lo acepta. Se sienta en un taburete y suspira .
—Julieta está como una cabra. Los chicos me han enseñado sus planes y todo lo que quiere hacer y es una locura.
Entiendo su punto de vista y estoy de acuerdo en que ya que nos vamos a meter en obras, se haga todo a la vez —suspira—, pero hasta que todo esté terminado, todo esto va a ser un enorme campo de batalla.
Me dejo caer en el asiento y la miro con preocupación.
—No me preguntes cuánto va a costar todo esto porque no tengo ni la menor idea y he usado todas mis artimañas para convencer a esos hombres, pero nada. No han soltado prenda. Al parecer, el único autorizado a hablar de los costes, es el jefe con el que estabas tonteando.
—Yo no estaba… —agito una mano en el aire—, no importa. Vamos a tener que hablar con Juls.
—Pues buena suerte, porque a mí no me coge el teléfono y tampoco me responde a los mensajes.
***
Miro a mi hermana a los ojos y veo la preocupación en ellos. También la intención de enfrentarse a Julieta en cuanto esta entre por la puerta. A veces, ser la hermana mayor puede ser un coñazo cuando tus hermanas pequeñas son como las mías.
—Está trabajando —comento como si nada mientras empiezo a recoger las tazas.
La oigo resoplar mientras las aclaro antes de meterlas en el lavavajillas.
—Juls debe tener una relación muy caliente y adictiva con su calculadora —me giro a mirarla y me sonríe—. ¡Ya sé! Por su cumpleaños le regalaremos un consolador que le recite las tablas de multiplicar, ¡seguro que lo desgasta del uso !
—¡Bea! —le lanzo el trapo con el que me estoy secando la manos mientras me río—. No tienes remedio.
Ella se encoge de hombros y sonríe.
—Me preocupa —y veo lo profunda que es esa preocupación—, y la quiero. No la veo sonreír mucho.
Se le humedecen los ojos y me acerco a ella con una sonrisa.
—¿Y crees que un consolador es la solución?
—¡Pues claro que sí! Seguro que sonreiría muchísimo más.
Me río con ella y le paso un brazo por los hombros. Después la beso en el pelo.
—Solo tenemos que estar pendientes de ella, nada más.
—Bueno… ¿y qué hay de ti?
Me pongo tan nerviosa con el cambio de tema que el puñetero trapo de cocina se me cae al suelo. Lo recojo con rapidez y me dirijo de nuevo al fregadero, no tengo nada que hacer, así que empiezo a recoger lo que queda de los pasteles sobre la isla de la cocina.
Bea se pone de pie y mira a través del enorme ventanal hacia el jardín.
—Los chicos ya han empezado a medir y a tomar notas. Julieta ha diseñado un jardín de ensueño. Todo perfectamente delimitado, claro, pero va a quedar impresionante.
Me tomo el cambio de tema como un respiro porque no puedo dejar de pensar en que Ricardo me ha besado la mano, en que su aroma, su intensidad y su calma aparente me están volviendo loca.
—Yo también creo que hacerlo todo ahora es lo mejor. Aunque no mentiré diciendo que no me preocupa tanto el proceso como los costes .
Mi hermana me mira cuando se gira y se apoya en la mesa.
—Siempre podemos torturar a Juls hasta que nos lo cuente todo con detalle —entrecierra los ojos y sé que se avecinan problemas—, pero hasta que llegue…
—Ni se te ocurra.
Me río porque no sé qué otra cosa hacer. Sé de lo que quiere hablar. Sé lo que está pensando.
—Pues claro que se me ocurre.
—No.
—Sí.
—Bea, no empieces.
—Pero si aún no he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
Mira hacia la isla de la cocina y me sonríe de nuevo.
—Solo me pregunto cuánto café le has dado al contratista buenorro para que saliese de aquí con esa cara.
No quiero entrar en su juego, pero tampoco sé cómo evitarlo.
—¿Qué cara?
—La de un hombre que ha pasado un buen rato.
—Bea, por Dios…
Me tapo la cara con las manos e intento por todos los medios controlar mi respiración.
—Solo ha probado tus pasteles y hemos charlado un poco. Eso ha sido todo.
—Claro.
Vale, es el momento de desviar el tema porque no sé cómo enfrentarme a los recuerdos. Noto un ligero cosquilleo en la mano que me ha besado antes y ni de broma se lo pienso contar a Bea. Jamás me dejaría olvidarlo.
—Me ha contado algunas cosas de los abuelos.
—Vale —asiente con la cabeza—. Un cambio de tema nada sutil, pero vale. ¿Qué te ha dicho?
—Al parecer el abuelo era una persona muy emprendedora y obstinada, capaz de hacer participar a todo el pueblo en sus ideas.
—Eso es genial —su sonrisa es brillante.
—Y la abuela tenía una mano especial para los helados. Conseguía consolar a todo el mundo con ellos y con sopas, cremas y dulces.
—Vaya —da un paso hacia mí—, es… debían de ser unas personas maravillosas.
—Creo lo mismo.
Estamos la una al lado de la otra, en armonía, como lo hemos estado siempre desde que dejamos la adolescencia atrás.
—Es genial que alguien que les conoció nos acerque más a ellos —comenta como si nada—. Tendremos que invitarle más veces a… café.
Suelto una carcajada y le golpeo el hombro sin hacerle daño.
—Eres insoportable.
—Pero tengo razón.
Y sí, la tiene.
Las dos nos giramos casi al tiempo y contemplamos el exterior de la casa. Los jardines parecen diferentes con esos hombres yendo de un lado para otro, marcando algunas zonas con espray de color naranja fosforito .
Es extraño.
Estamos aquí, en una casa que hemos heredado intentando conocer mejor a unos abuelos que no hemos conocido y con los que a la vez, siento algún tipo de conexión.
Hubiera sido magnífico conocerles, quizá aprender a cocinar con ellos. Compartir esos momentos tan especiales de lo que me ha hablado Ricardo.
Con nuestra madre nunca nos faltó de nada, pero cuando nos quedamos las tres solas comprendí que al perderla a ella, perdimos a toda nuestra familia.
Nuestros orígenes. Que solo nos teníamos unas a otras y sin embargo, al estar aquí, en esta casa, con un negocio lleno de posibilidades y un hogar, un verdadero hogar…
siento que podemos formar parte de algo más.