No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Ricardo

Cuando llego por la tarde a la finca de las hermanas, lo que menos me esperaba era encontrarme a dos de ellas con esos vestiditos que insinuan demasiado sin enseñar nada y con esas sonrisas tan espectaculares.

—¡Joder! ¿Esas dos son las clientas?

Le doy un codazo a Jero con fuerza antes de poner el freno de mano.

—O te comportas o te parto la cara.

—Joder, jefe, hay dos… una para ti y otra para mí. Te dejo elegir, me vale cualquiera de ellas.

Los otros dos idiotas que van detrás se echan a reír y yo me froto la cara y el pelo con fuerza.

Jero es un gran trabajador. También es un picha brava que nos ha metido en más de un lío, pero tiene una mano increíble con las plantas y por eso aún conserva el trabajo.

Bueno, y que su madre es prima de la mía, claro.

—Te lo digo en serio. Nada de flitreos con estas mujeres y tío, deja de babear.

—Joder, jefe, es que están buenísimas —indica Juan.

Me lo dicen como si yo no las estuviese viendo también.

Si llega a estar aquí mi hermano, esto sería una muy mala idea. Por fortuna, está muy ocupado con su propio proyecto. Hay que dar gracias por las pequeñas cosas.

—Venga, abajo. Os las presento y a currar. Como reciba una sola queja…

—Que sí… que ya lo sabemos —responden todos a la vez y eso me hace bufar.

Ellos se parten de la risa, claro.

En cuanto ponemos un pie en el suelo, Margarita se acerca con su preciosa sonrisa y con el vestido ondeando alrededor de sus largas piernas.

Esta mujer mejora por momentos.

—¡Hola! —me saluda con efusividad y me hace sonreír—. Esta es mi hermana Beatriz. Bea, te presento a Ricardo de la Torre.

—Un placer.

La hermana que me quedaba por conocer me mira de arriba abajo y después le sonríe a Margarita. Es como si hablasen entre ellas sin decir nada. Pero se han dicho algo, lo noto .

Les presento a los chicos y todos se quedan embobados con ellas, no es para menos.

Margarita es algo más formal, pero la pasión con la que habla de lo que quiere en el huerto o la curiosidad que muestra con las preguntas a mis chicos, me fascina más de lo que quiero admitir.

La otra joven, Beatriz, si no me equivoco, se los lleva de calle. Es pura energía y vitalidad y aún conserva cierto encanto juvenil que está volviendo locos a mis chicos. Y sin embargo, tengo la sensación de que es más que capaz de mantenerles a raya a todos ellos. Y sin perder la sonrisa.

Cuando la más joven se los lleva hacia los frutales, yo me quedo con Margarita.

—Mi hermana les va a volver locos —se lamenta haciéndome reír.

—No sufras, les viene bien que les pongan las pilas. ¿Qué tal os va la mudanza?

—Pues no puedo decir que complicada porque Julieta se ha encargado de todo —suspira y después sonríe—. Oye, quería disculparme otra vez por haberte hecho perder el tiempo ayer por la tarde. No dejo de darle vueltas y me siento fatal.

—No te preocupes —le sonrío para quitarle importancia al asunto—. Para mí, ya está olvidado.

Miro a mi alrededor y no puedo evitar sonreír. Me quedo embobado mirando hacia el rosal que está a nuestra derecha, es un rosal trepador que se enreda de forma natural con los mirtos que delinean la propiedad. Toda la vegetación está en un estado lamentable, pero aun así, este sitio es especial

—¿Sabes? Ahí me dieron mi primer beso —no sé por qué se lo digo, pero lo hecho, hecho está.

—¡No me digas! —se ríe de una forma encantadora—. ¿Así que conocías a mis abuelos? ¿Conociste este lugar cuando estaba en su esplendor?

—Así es —confirmo. —Tu abuela Elisa hacía el mejor helado casero del mundo. Mi favorito era el de lima. Cuando era niño solía venir al pueblo a pasar los fines de semana y las vacaciones y veníamos casi todos los días aquí —lo miro todo con cariño—; este era un lugar muy especial.

Cuando me vuelvo para mirarla a ella, la veo fruncir el ceño.

—Ahora estoy preocupada —me dice—. Madre mía… qué presión… ¿Y si los cambios que hacemos no os gustan a los antiguos clientes? —se frota las manos con fuerza.

Y por instinto, el mismo que siempre me mete en problemas, le cojo las manos y se las acaricio para calmarla.

—Los cambios son buenos y son necesarios.

Los que hemos visto el proyecto estamos de acuerdo en eso.

Es algo bueno lo que vais a hacer aquí. Sois las herederas de Elisa y Paco, no creo que podáis hacer nada mal.

Además, sé que tú eras la cocinera de un gran restaurante con muchísima fama y todo eso y que tu hermana es una pastelera casi famosa, yo diría que empezáis con buen pie.

Como consejo, te diré que te olvides de las raciones minúsculas con cosas impronunciables, aquí nos gusta comer bien.

Se echa a reír y algo me bulle por dentro.

Joder. Ya empezamos.

Que no puedo tener otro lío con una clienta, que la última vez —bueno, y la única—, me salió como el culo y me costó una pequeña fortuna.

—Muchas gracias por el consejo —le suelto las manos que aún tenía entre las mías y me sorprende lo suaves que son—. ¿Te apetece ahora ese café? Mi hermana ha hecho esta mañana decenas de pastelitos y sería fantástico que alguien me ayude a decidir .

Miro el reloj y la verdad, tendría que estar en otra obra en una hora, pero cometo el error de mirarla a los ojos y sé que no podré decirle que no.

Así que asiento con la cabeza y la sigo hasta su casa.

Nunca he entrado en esta parte de la propiedad y la verdad es que tengo algo de curiosidad.

En cuanto llegamos a la cocina, Margarita me sonríe.

—¿Te apetece un café con hielo? Hace mucho calor para ser Abril.

—No, lo siento. No soporto el café aguado. Me gusta solo, caliente y con dos de azúcar.

—Vaya, un hombre tradicional, lo tendré en cuenta.

Prepara la cafetera con soltura, no es que me sorprenda sabiendo que es cocinera, pero me gusta verla moverse por la cocina. Llevan poco tiempo aquí, pero parece que ya se han adaptado al lugar y eso es bueno, Elisa y Paco estarían encantados con ellas.

Me fijo en el despliegue que hay sobre la isla central antes de sentarme.

—¡Madre mía! No bromeabas cuando decías que tu hermana había hecho decenas de pasteles.

Ella se gira y me sonríe.

—Estamos decidiendo el menú principal y los opcionales.

Hoy le tocaba a Bea elegir dos postres que siempre estarán en la carta y serán los de la casa —hace el gesto de las comillas con los dedos—, y luego varias alternativas que irán rotando.

Quizá alguna especialidad en alguna fecha en particular…

no sé, tenemos varias opciones en mente.

—Vale —me froto las manos—. ¿Tú cuál me recomiendas ?

—Mi hermana hace un pastel Red Velvet que está de muerte. De hecho, le he prohibido que lo haga en casa, porque no podríamos dejar de comerlo.

Me acerca un platito con un cuadradito de bizcocho rojo y con algún tipo de glaseado por encima.

—Prueba, ya me dirás si no es como el sexo…

La miro sorprendido y ella carraspea.

—Perdona, no sé por qué he dicho eso… es… una broma entre hermanas, no me hagas caso.

Se ha puesto roja y es… ella sí que es comestible.

Joder. No. No puedo pensar eso.

Me meto el pastelito en la boca de una sola vez —porque es bastante pequeño—, y lo saboreo. La verdad es que está riquísimo.

Cuando me chupo un dedo en el que me ha quedado un poco de crema, Margarita fija la mirada en mis labios y de repente se gira para servirme el café.

Mmmm, es interesante.

Sé que no debo fijarme en ella, pero joder, está muy buena, es guapísima y tiene un cuerpazo. Además es inteligente, divertida y sexy.

Va a ser un problema.

Pero hasta que lo sea, voy a probar más pasteles.

—Espero que te guste —me pone la taza de café delante y me acerca otro pastelito—. Este es de crema de limón y menta.

—¿Vais a servir raciones tan pequeñas?

Suelta una pequeña carcajada y me hace sonreír.

—No, serán raciones normales, estas pruebas se hacen para elegir sabores, texturas… esas cosas.

—Pero… ¿las preparáis ya así de pequeñas?

—En realidad son un poco más grandes. Bea y yo ya hemos comido un trozo por la mañana y ya hemos decidido cuáles son nuestros preferidos, y le hemos guardado una parte a Julieta, para cuando vuelva esta noche.

—Menos mal… no me puedo imaginar lo que da que preparar estos bizcochitos tan pequeños. La presentación está muy bien.

Me lo como de un bocado de nuevo y sonrío.

—Delicioso.

Ella se apoya en la encimera y me sonríe llena de orgullo.

—Mi hermana es un genio —y lo dice con total convencimiento.

No detecto en ella ningún aire de superioridad ni de falsa modestia. Simplemente brilla de orgullo por el talento de su hermana.

—Entonces, tú eres cocinera, tu hermana pastelera y tienes otra hermana, ¿a qué se dedica?

—Es contable, bueno, eso es simplificar mucho lo que hace. Pero en esencia, sí.

—¿Así que ella no cuenta con el gen de la cocina?

Se echa a reír y me encanta verla y oírla.

—Se le da bien, aunque ella diga que no. Simplemente su camino fue el de los números. También es un genio.

Madre mía, esta mujer siente tanto orgullo por sus dos hermanas que no sé si le queda algo para ella.

Pruebo el café y casi suspiro de alivio. Prepara el café igual que lo hacía su abuela, no he probado un café tan bueno en ninguna otra parte.

—Tienes el mismo don para el café que tu abuela —se le ilumina el rostro y la sonrisa.

Joder.

Se sienta al otro lado de la isla central y me mira.

—A lo mejor te parece una tontería, pero… ¿te importaría contarme algunas cosas de ellos?

La miro embobado. Esta mujer va a acabar conmigo. Parece avergonzada y tímida y a la vez, ansiosa por conocer a su familia.

Carraspeo y tras otro sorbo de café, la miro a los ojos.

Son alucinantes. Entre verdes y dorados y con esta luz parece un puñetero ángel.

—No me importa en absoluto. Eran unas personas increíbles.

Tu abuelo Paco era capaz de obligar a todo el pueblo a moverse.

Fue él quien empezó con la tradición, hará como cien años —le guiño un ojo y ella me sonríe—, de hacer la feria medieval que se celebra la última semana de Junio o la primera de Julio.

También fue cosa suya que pusiesen una estación de cercanías a quince minutos del pueblo.

Era un hombre muy inteligente y muy muy perseverante.

Suelta una pequeña carcajada y de inmediato se le humedecen los ojos. Joder. Si se echa a llorar, me da un ataque. Jamás he sabido qué coño hacer con las lágrimas femeninas.