No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Margarita

—Me siento una completa estúpida —me quejo cuando me siento en la cocina de nuestra nueva casa.

Bea está preparando otra de sus recetas, podría pensarse que no me escucha, pero tiene la habilidad de hacer varias cosas a la vez y todas bien.

—Pues no entiendo por qué, la verdad. ¿No ibas a reunirte con el contratista? No creo que te hayas perdido de aquí al restaurante.

—No seas idiota —le lanzo una uva que ella coge al vuelo y se la mete en la boca—. Me siento imbécil porque le estuve dando la paliza con todo detalle de lo que queríamos, de cómo debía ser todo.

—Lo lógico, vamos.

—Ya, pero es que se me olvidó que a este hombre le contrató Julieta —Bea se gira y me mira un segundo antes de hacer un mohín—.

¡Exacto! Ella ya le había dado todas las medidas, le había dado una lista de los electrodomésticos que queremos, incluso había añadido unas fotos con cómo debería verse la cocina y el restaurante una vez que terminen las obras.

Me apoyo en la isla central y suspiro.

—Hale, hale… —Bea me da unos toquecitos en la cabeza como si fuese un perro—. No sería para tanto. ¿El tipo se cabreó o te dijo algo?

—¡Qué va! Si es un encanto de hombre, un poco serio, pero aguantó mi charla sin decir ni una sola palabra, sin poner caras y sin cortarme. Hasta que no le recriminé que no había tomado notas, no me informó de que Julieta ya le había dado todo lo necesario.

La carcajada de mi hermana es de lo más molesta.

—Al menos podías haberle invitado a tomar un café, mujer… si mamá levantase la cabeza…

—¡Lo hice! —me sonrojo de inmediato, vete tú a saber por qué—. Quiero decir que sí que le invité e incluso le expliqué el por qué, pero le llamaron de la empresa que había un problema y se fue pitando.

Vuelvo a poner la frente sobre la isla de la cocina.

—Va a pensar que soy imbécil.

—Pero una imbécil encantadora y con muy buenos modales —me consuela mi hermana. Si es que a eso se le puede llamar consuelo, claro.

—Bea …

—Vamos a ver, tampoco es para tanto —se gira, se apoya en la encimera y se cruza de brazos—. No es más que un malentendido sin la menor importancia. Te conozco, así que no le insultaste ni fuiste grosera. No pasa nada.

—Ya…

En el fondo sé que tiene razón, pero me sigo sintiendo una completa estúpida.

Tendría que haberme dado cuenta de que Julieta no iba a contratar sin más a alguien sin darle todos los datos habidos y por haber.

—Bueno, ¿y qué pinta tiene el señor contratista? Porque a Juls solo le saqué el otro día que era más joven de lo que esperaba.

—No mintió. Tiene más o menos mi edad, calculo.

Es atractivo, con músculos muy definidos, imagino que debido a su trabajo.

Ya sabes, brazos enormes y espalda ancha.

Llevaba vaqueros y le sentaban muy bien y la camiseta que le atenazaba los bíceps era de color verde oliva que le daba a su piel morena un toque muy sexy —me encojo de hombros.

—O sea, que está como un tren y te avergüenzas de haber quedado como una idiota que no estaba preparada para la reunión.

—Sí, más o menos es eso.

—Oye —se acerca y le presto toda mi atención, parece preocupada—, ¿no crees que deberíamos hacer algo con Juls? Sé que no tiene tiempo ni ganas para una relación, pero por favor… si ya ni siquiera se fija en los tíos buenos… eso tiene que ser un problema.

—No lo hagas, Bea. No te metas en su vida.

—¿Y por qué no? Está sola. No, peor. Tiene que trabajar cada día con su ex prometido y con su ex amiga que ahora es la mujer del ex prometido. ¡Vamos! Algo tendremos que hacer .

—Sí, respetar sus decisiones y su forma de vivir la vida.

Cuando rompieron nos lo dejó perfectamente claro, nada de intervenciones.

Así que eso es lo que haremos. Ella es feliz en ese trabajo, le encanta lo que hace y le encanta ser la mano derecha del dueño de la empresa.

Ahora está ilusionadísima con esto de la reforma, dejémosla que vuelva a ser ella poco a poco, a su ritmo.

Bea se sienta a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro.

—Solo estoy preocupada por ella. Echo tanto de menos esa impulsividad y odio tanto ese autocontrol que tiene…

—Lo sé. Pero la muerte de mamá la afectó más que a nosotras, era más joven y… bueno, todo lo vive de forma más intensa. Ya sabes lo que siempre decía mamá.

—Sí —suspira—, pero es que a veces siento que se aleja de nosotras, aunque esté en la misma habitación y eso me pone de los nervios. ¿Qué haría si algún día se entera de…? Ya sabes.

Suspiro yo también.

—Solo lo sabemos tú y yo. Julieta no tiene por qué enterarse nunca. Así que preocuparse por eso es una pérdida de energía innecesaria.

—¿Alguna vez piensas en ello?

Le acaricio el pelo a Bea y le beso la cabeza.

—Sí. A veces. Cuando la veo tan solitaria o cuando se aleja de nosotras. Yo también me doy cuenta, pero prometí que nunca lo contaría y no lo haré.

—Yo tampoco.

Y suena a una renovación de la promesa que le hicimos a nuestra madre antes de morir.

Cuando Bea y yo estamos poniendo la mesa para cenar, Julieta entra en casa y parece más cansada de lo normal.

Claro que ha estado trabajando como una mula desde que nos mudamos, es ella quien se ha estado encargando de todo.

Ha puesto el piso en alquiler y se ha encargado de mirar varios presupuestos y ha hablado con un montón de gente desde que nos hicimos cargo de nuestra herencia.

—Juls, ¿estás bien?

—¿Qué? —alza la mirada de su bolso en el que estaba rebuscando algo y me sonríe—.

Sí, sí… solo estoy cansada y me muero de hambre.

Por cierto, se me pasó deciros que le envié al señor de la Torre todas las especificaciones que me distéis y le adjunté algunas fotos de cómo queríais las cosas —se golpea la frente—.

No sé dónde tengo la cabeza. He perdido las llaves.

Me acerco a ella y sonrío.

—No las cogiste por la mañana y ya estás dentro de casa, ¿para qué las necesitas ahora?

—Ah… sí, claro… yo… estoy distraída.

Pero es más que eso.

La conozco y sé que le ocurre algo, pero también sé que no me lo contará hasta que se sienta preparada para ello.

—Vamos a poner la cena ya, ¿quieres cambiarte primero?

—Id cenando vosotras —me mira solo un instante—. Voy a darme una ducha caliente y me pondré un pijama, después picaré algo.

—Como quieras.

En cuanto empieza a subir las escaleras, Bea se acerca a mí y se apoya en la pared a mi lado.

—¿Qué le pasa?

—No tengo ni idea. Pero está algo pálida —la miro con preocupación—. Creo que se está encargando de muchas cosas.

—¿Crees que nos hemos equivocado?

—No lo sé. Solo me preocupo.

***

Cuando me levanto al día siguiente, veo que el plato que le dejamos en la cocina a Julieta, sigue intacto. Duerme cada vez menos, y está dejando de comer. A este paso, un día le da un parraque.

Tras desayunar, salgo al jardín a disfrutar del sol. La verdad es que la tranquilidad y la paz que se siente en esta propiedad es una maravilla. Cuando vuelvo a entrar, Beatriz ya tiene desplegados más de diez platos con diez postres diferentes.

—Vamos a elegir dos postres de la casa que estarán siempre en la carta y vamos a poner otros cuatro que rotarán.

Sonrío y me siento en la isla central.

—Y mañana empezaré a programar el menú del restaurante. Ya he hecho algunas averiguaciones y tengo unas ideas interesantes —la informo y ella me sonríe.

—Va a ser un gustazo volver a disfrutar de tu comida —me guiña un ojo—. Esto va a salir bien, lo presiento.

—Seguro que sí.

Y así nos pasamos la mañana, probando diferentes combinaciones que Beatriz apunta con muchísimo cuidado en su libreta de recetas.

Es genial verla derrochar toda esa creatividad. Puede que el postre sea una tarta Selva Negra de toda la vida, pero ella le da un toque increíble que hace que sea aún mejor.

Aunque por supuesto, su obra maestra, es siempre la tarta o los pastelitos Red Velvet.

Recibo una llamada y me sorprendo al ver el número desconocido.

—¿Diga?

—Hola, soy Ricardo de la Torre, el contratista.

—Ah, sí, buenos días. Dígame.

—Habíamos acordado tutearnos, ¿recuerdas?

—le oigo reír con ligereza y se me acelera el pulso, ¡seré idiota!

—, te llamo porque mi cuadrilla de jardinería ha terminado el trabajo con el que estaban y pueden ir al restaurante esta tarde.

Tu hermana me dijo que para organizar los horarios te llame a ti, así que… ¿qué me dices?, ¿les mando esta tarde?

—Madre mía… no me acostumbro a esta rapidez —sonrío—. Sí claro, puedes enviarles esta tarde. Imagino que mi hermana ya diseñó un plan de actuación, ¿verdad?

Le oigo reír y es una risa de esas tan sexis, grave, algo ronca… perfecta.

—Sí, hasta nos envió un plano de la propiedad con las delimitaciones de los distintos jardines y del huerto.

—Claro que lo hizo —suspiro—. En realidad no somos tan snobs, es que nos hace mucha ilusión y queremos que todo salga bien.

—No tengo problema con las personas eficaces que saben lo que quieren. Me caen peor los que me hacen cambiar mil veces el proyecto.

—¡No tendrás ese problema con nosotras!

Suelta otra de sus carcajadas y se me eriza un poco la piel .

Lo que decía. Tonta de remate.

—Bien, entonces… ¿qué te parece si estamos ahí a las cuatro? Así te presento al equipo.

—Perfecto.

—Nos vemos a las cuatro, encanto.

Suelto una risita tonta que no sé de dónde ha salido y cuelgo la llamada con tal sonrojo que noto cómo me arden las mejillas.

Además, debo tener cara de pánfila porque mi hermana Beatriz me está mirando con los ojos como platos.

—¡Vaya con el contratista si te pone cachonda con un par de risas!

—¡Bea!

—¿Qué? —se deja caer a mi lado—. Yo también echo de menos el sexo, no me acuesto con nadie desde que Jim estuvo en Madrid y de eso hace más de un año. En serio, esta sequía no puede ser normal ni buena para el organismo.

Me echo a reír porque es imposible no hacerlo con Bea.

Aunque no le falta razón. Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me acosté con un hombre.