Capítulo 10
Ricardo
Cuanto más observo a esta mujer menos la entiendo, no es que sea capaz de entender a ninguna de las mujeres que han pasado por mi vida, pero debo decir que a Margarita la comprendo aún menos que a las demás.
Lleva más de diez minutos hablando sobre la necesidad que tiene que de las líneas de la cocina y de todo el restaurante en realidad, sean limpias.
¿Acaso se cree que es mi primer rodeo? ¿O es que me ha visto cara de simular a Gaudí en las reformas que llevo a cabo?
Me estoy planteando la posibilidad de mandarla a tomar por culo a ella y a su reforma del restaurante, pero joder, es que me encantaría que este lugar volviese a la vida.
Aún puedo recordar a sus abuelos sonriéndonos a mis abuelos, a mi hermano y a mí, recuerdo que Elisa siempre nos daba a Marcos y a mí una bola de helado de postre y siempre gratis.
Recuerdo las interminables charlas de fútbol entre los hombres y las sonrisas condescendientes de las mujeres.
Echo de menos a la gente que estaba aquí todos los días.
Porque esto era más que un restaurante o una cafetería, era un referente para todo el pueblo, casi un club social.
En las mesas de este lugar me he pasado tardes enteras haciendo deberes o aprendiendo a jugar a las cartas con mi hermano y todos los varones disponibles que pululasen por aquí en esos momentos.
Aquí me tomé mi primera caña de cerveza y en el jardín trasero me dieron mi primer beso y me fumé mi primer cigarrillo.
Tengo tantos recuerdos de este lugar que no me veo capaz de decirle a la señoritinga esta de la ciudad que sé lo que me hago, que además de mezclar cemento también tengo un título en arquitectura.
No es que quiera impresionarla, pero joder, me molesta la gente que viene de Madrid y se cree que lo saben todo.
Ni que nosotros viviésemos en una cueva.
—Bueno, creo que eso es todo lo que quería explicarle acerca de la reforma. No le he visto tomar notas, ¿acaso es de esas personas que tiene una memoria privilegiada?
Sonrío de medio lado porque me encantaría vacilarla un poco, pero me da que esta no es de las que se lo tomaría a bien.
—No, pero su hermana, cuando nos contrató ya me especificó, con todo lujo de detalles, lo que necesitaban aquí.
—Mi hermana Julieta es tremendamente eficaz y eficiente en todo lo que hace, señor de la Torre, pero quién va a cocinar aquí, soy yo.
Pongo el maletín sobre la encimera de acero y saco los documentos que me envió la hermana eficaz con la que firmé el contrato de la reforma, y le enseño las fotos que también me envió dicha mujer. Así como las especificaciones de todo el proyecto.
—Créame, soy perfectamente consciente de todo lo que ha dicho, creo que lo ha repetido tal cual me lo envió su hermana.
Margarita coge los papeles y a medida que los ve y los lee va sonriendo, y joder, esa sonrisa merece aguantar otros diez minutos de charla y la condescendencia que la acompaña. Es jodidamente preciosa.
Cuando conocí a la más pequeña de las hermanas, me quedé un poco bloqueado, porque esa mujer es como una modelo de pasarela, decir que es preciosa es quedarse corto, sin embargo, esa timidez que mostraba y la distancia que puso desde el principio, para mí, le quitó todo el atractivo.
A mí me van más las mujeres que saben lo que quieren.
—Le ruego que me disculpe —observo a la mujer que tengo delante—.
No sabía que mi hermana Julieta le había dado ya todo este material —se muerde ligeramente el labio inferior y casi tengo ganas de hacer yo lo mismo—, y aun así, ha permitido usted que le robe su tiempo explicando algo que ya sabía. Le agradezco su paciencia.
Se ha ruborizado un poco y no puedo decir que eso me moleste, la verdad. Le da un punto de ternura que me interesa.
—Parecía usted encantada de explicarme los pormenores de su trabajo —me encojo de hombros—, y como dijo hace un momento, quien va a cocinar aquí es usted, cabía la posibilidad de que a su hermana se le pasase algo.
—Dice eso porque no la conoce —me sonríe de nuevo—.
Julieta es la persona más perfeccionista del mundo.
Ahora me siento mal por haber sido tan pedante, ¿le puedo invitar a un café para limar asperezas?
A fin de cuentas, con quien va a tener que tratar es conmigo y no me gustaría que este comienzo marcase la relación laboral.
Soy muy exigente y cuanta menos munición tenga contra mí, mejor .
Le sonrío y asiento con la cabeza.
¡Qué coño! Tomarme un café con una preciosidad que sabe quién es y que no se deja llevar por el orgullo me parece perfecto.
—Si es tan amable de acompañarme a casa, aquí aún no puedo preparar nada. Nos han dado de alta la luz y el agua, pero aún no he comprobado lo que funciona y lo que no.
—Tampoco se lo tome como una obligación —le indico con amabilidad—. Podemos tomar ese café cuando sea.
—Ufff —me mira y frunce el ceño—. ¿Podemos tutearnos? Es que me pone nerviosa hablar de usted continuamente y más con un hombre que parece tener la misma edad que yo.
Suelto una carcajada.
—Trato hecho. Yo también prefiero un trato cercano, me hace las cosas más fáciles.
Juro que su mirada se vuelve luminosa.
—Entonces ven a tomar un café a casa; mi otra hermana hizo ayer un pastel de crema de naranja que es delicioso –hace un mohín encantador con los labios—. No me gusta tener cuentas pendientes.
Estoy a punto de responder cuando mi teléfono suena.
—Disculpa —le digo cuando estoy a punto de responder—. ¿Diga? —Escucho a mi hermano a otro lado de la línea y me pellizco el puente de la nariz—. Me tienes que estar tomando el pelo —me jura y me perjura que no—. Salgo para ahí ahora mismo.
Cuelgo de malas maneras y guardo el teléfono en los vaqueros.
—Vas a tener que disculparme pero tengo un problema en la empresa y mi hermano está histérico. Como le dije a tu hermana, podemos empezar con los permisos y demás en esta semana y yo calculo que la semana que viene, podremos empezar con la reforma en sí.
—Me resulta un poco curioso la rapidez con la que se hacen aquí las cosas —me sonríe—. En Madrid no es así ni aun pagando tres veces más.
—Los pueblos tienen su encanto.
—Gracias por tu tiempo y tu paciencia.
—No hay de qué.
En cuanto salgo del restaurante, voy corriendo hasta la camioneta y de ahí, haciendo rueda hasta la carretera.
Juro que lo último que necesito en estos momentos es que mi ex mujer me esté tocando los cojones en la oficina.
Conduzco más rápido de lo normal mientras pienso de cuántas maneras se puede retorcer un cuello antes de que este ceda. Aunque aún no he decidido si el cuello a retorcer es el de mi ex mujer o el del imbécil de mi hermano que no es capaz de decir que no a nada.
—¡Me cago en la puta!
Acabo de pasar por delante de un coche de policía con un radar.
***
Estupendo.
Otra multa.
Otra charla que me espera acerca de la velocidad a la que conduzco. Y no es que no tengan razón, que la tienen .
Me obligo a respetar las señales de velocidad y en cuanto llego a la empresa, meto el coche en el aparcamiento para empleados. Para ser un pueblo relativamente pequeño, lo de aparcar en la calle es un problema porque en esta zona nunca hay sitio.
En cuanto atravieso la puerta me llega el olor del pesado perfume de mi exmujer.
Desde que empezó a salir con el patán de su nuevo novio, se pone un perfume que me marea. Es más intenso que ella y eso ya es decir.
—Buenos días, Ana María.
La llamo así solo para tocarle las pelotas, porque sé lo mucho que le molesta.
—Odio que me llames así —me encojo de hombros y dejo el maletín sobre la mesa de mi administrativa.
—¿Y qué se te ha perdido por aquí?
—Tengo que hablar contigo —se cruza de brazos haciendo que sus pechos sobresalgan del generoso escote que lleva.
Tengo que decir que es una mujer muy guapa, siempre lo ha sido y tiene un cuerpo escultural que cuida con esmero. Sesiones de gimnasio, dieta constante y un estilo de vida muy intenso.
No obstante, desde que empezó con su nuevo novio, se ha hecho unos cuantos retoques que no me terminan de convencer. Cuando yo la conocí hace cinco años, apenas se maquillaba y apenas se ponía ropa provocativa, no necesitaba nada de eso para ser despampanante.
Pero con el paso del tiempo se ha hecho adicta a los retoques de cirugía plástica, a la ropa de diseñador y a un maquillaje que le quita lo poco natural que le queda en el rostro.
—No creo que debamos hablar de nada, el divorcio fue hace un año —no hace falta que se lo recuerde, pero lo hago de todas maneras.
Si ella viene a molestarme en mi trabajo, no comprendo por qué yo no puedo molestarla un poco.
—Tenemos que hablar. En privado.
Me echo a reír a carcajadas. Y ella se enfurece en el acto.
—La última vez que accedí a hablar contigo en privado, me acusaste de ser el padre de tu supuesto hijo y de eso hace unos seis meses, si has dado a luz ya, estás estupenda, por cierto.
—Ojalá no fueses tan imbécil, en serio. Te digo que tengo que hablar contigo.
—Y yo te repito que no tengo nada que decirte ni que escuchar de tu parte —me cruzo de brazos y me apoyo en la mesa de mi administrativa.
A Laura solo le faltan las palomitas. Se lo pasa de maravilla cada vez que mi ex me monta un número.
—Por favor…
Estoy tentado a abrirle mi despacho. De verdad que sí, porque en el fondo me jode que venga a pedirme ayuda, pero si lo hace es porque lo necesita y aunque nunca estuve enamorado de ella, sí que tuvimos una relación de tres años que incluyó un matrimonio de año y medio.
—Joder…
—Ricardo, no lo hagas —me advierte Laura con un tono tajante. Estoy seguro de que es el mismo que usa con sus hijos.
—Está bien —suspiro porque soy imbécil, al final, mi hermano va a tener razón—, pero la puerta se queda abierta en todo momento .
—Vale.
Y por un instante, solo uno, atisbo a la joven que conocí y que me encandiló con su sencillez, con su belleza atemporal y con una mirada limpia.
Entramos en mi despacho y me coloco en la puerta mientras ella se acerca a mi mesa.
—Tú dirás.
La apremio porque sé que estoy haciendo una tontería. Pero es que tampoco entiendo qué es lo que quiere de mí, dinero no es, su familia tiene muchísimo más que yo. Y claramente, sexo tampoco, por lo que sé, tiene una lista enorme de amigos.
—Te echo de menos.
—Ana, no. No vayas por ahí.
—Es cierto —me sonríe y se apoya en mi mesa—.
Las cosas con Carlos no van bien y me siento cada vez más artificial y yo…
—suspira y se le humedecen los ojos—. No sé por qué hago lo que hago a veces.
Solo sé que no puedo dejar de pensar en ti, en lo bien que estábamos juntos, en lo mucho que nos divertíamos.
—Uy, sí —ironizo—. Yo me divertía un montón, sobre todo las tres veces que te encontré en mi cama follando con otro tío —alzo una mano para detener su protesta—. Cierto, la última vez, eran dos tíos.
—¿No puedes olvidarte del pasado?
—Ana, ¿qué quieres?
—Que volvamos juntos —se acerca y yo doy un paso hacia atrás.
—Si te acercas más, salgo del despacho. Soy un poco idiota, pero hasta yo aprendo. No me vas a volver a meter en uno de tus líos .
—Aquello… bueno, podría haber ocurrido, ¿verdad?
—Pues no, porque no nos habíamos acostado, que es lo principal para que haya un embarazo, según tengo entendido.
—Bueno, al final se demostró que tú tenías razón. A la única a la que pusieron de vuelta y media fue a mí, ¿sabes que perdí dos contratos publicitarios?
—¿Y tú tienes idea de cuántos trabajos perdí yo por tu culpa?
—Richi…
—Odio que me llames así.
—¿Es que no puedes perdonarme?
Dos horas más tarde, cuando mi hermano me encuentra en el bar de un pueblo cercano, se sienta a mi lado y sin decir nada, pide otra cerveza.
—Hoy la víbora venía potente.
—Odio a las mujeres —musito.
—Claro… ¿qué quería esta vez?
—Se sentía sola, creo —bebo un gran trago y pido otra cerveza al camarero—. No lo sé —me froto la cara con fuerza—. Pero me deja agotado.
—Lo que no entiendo es qué espera conseguir, porque te sacó todo lo que pudo y un poco más –le fulmino con la mirada—. No te cabrees porque te diga la verdad —se encoge de hombros—. Te dije desde el principio que no era una buena idea liarte con una posible clienta.
—Te recuerdo que estuvimos casados un año y medio .
—Y yo te recuerdo que durante ese tiempo te puso los cuernos al menos tres veces, que sepamos.
—No me ayudas nada.
—Vale —le da un trago a su cerveza—. ¿Qué pasa con la reforma de Casa Elisa? ¿para qué querían verte?
—Ufff —bebo otro trago de cerveza y me preparo para otra charla—. Esta visita la concertó otra hermana. Son tres las que han heredado el restaurante y la casa y solo quería recordarme cómo quieren las cosas, por si con la primera hermana no nos hubiese quedado claro.
Mi hermano se descojona de la risa y, la verdad, le entiendo.
—Ánimo, tío. Al menos estaba buena, ¿la hermana de hoy también? —asiento con un gesto y se parte de la risa—, a esta no te la tires ni te cases con ella y todo irá bien.
—De verdad que no sé qué haría sin tus consejos —ironizo.