Capítulo 8
Margarita
El sábado por la mañana nos toca madrugar. Los de la mudanza llegan en un par de horas aunque la verdad es que estos días Julieta y yo hemos avanzado mucho.
Nos hemos reído un montón mientras guardábamos algunas cosas y se me ha roto un poco el corazón cuando Julieta ha envuelto con muchísimo cariño y cuidado una foto de ella con nuestra madre. Creo que de las tres, es la que más la echa de menos.
—Dios… necesito café en vena.
Bea entra en la cocina y mira a su alrededor, después suspira y se deja caer en una silla.
—Creo que hacemos bien, pero lo voy a echar de menos —me mira de reojo—. ¿Cómo lo llevas?
—Sorprendentemente bien —respondo con una sonrisa mientras le tiendo una taza de café—.
Quizá es porque llevo sin vacaciones los dos últimos años, y creo que me merezco unos días libres, pero de momento me siento bien.
Sé que lo echaré de menos, ha sido mi primer y único trabajo y allí he aprendido mucho y he crecido como persona, pero también me hace mucha ilusión el rumbo que ha tomado nuestra vida.
Y me hace mucha ilusión compartir cocina contigo.
—Sí, eso también me hace ilusión a mí. ¿Recuerdas cuando los domingos que mamá libraba en el bar, nos pasábamos la tarde entera cocinando? —Nos miramos con el recuerdo exacto en los ojos.
—Galletas de limón —decimos a la vez.
—Madre mía, casi nos matamos cuando Juls tenía unos cuatro años —Bea suelta una carcajada—. Intentar coger el dichoso bote de galletas no fue nuestra mejor idea —sentencio, y mi hermana se parte de risa.
—Recuerdo a mamá haciendo ese glaseado para los filetes de cerdo, ¿recuerdas?
El de miel —asiento con una sonrisa—, y…
—se levanta y camina hasta una esquina de la cocina y mira el techo— ya no está, pero aquí mamá y yo hicimos caramelo y no sé cómo, terminó en el techo.
Nos moríamos de la risa —se apoya en la encimera y me mira—.
Tuvimos una suerte increíble de tenerla.
—Opino lo mismo.
Las dos nos quedamos en silencio hasta que Juls entra con una carpeta en una mano y con la otra sujeta el móvil junto a su oreja.
—Sí, ya estamos. Genial. Sí, podéis ir subiendo ya. Es fantástico. Sí. Gracias —nos mira y nos sonríe—. Los de la mudanza se adelantan un poco, pero cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
—Oye —la detengo sujetándola del brazo—. ¿Qué te han dicho los de la inmobiliaria?
—Ah, que mañana se instalan los nuevos inquilinos. Es un matrimonio con dos niñas pequeñas, ella es profesora de infantil y él es médico en el 12 de Octubre. Las niñas son gemelas y tienen cinco años.
El móvil comienza a sonar y al ver quién llama, se mete de nuevo en su habitación.
—¿Quién era? Se ha puesto pálida.
La pregunta de Bea también se me ha ocurrido a mí. Es cierto que en cuanto ha visto quién era, no solo se ha puesto pálida, es que todo su cuerpo se ha tensado.
Niego con la cabeza y me dispongo a recoger la cocina, si los de la mudanza están ya aquí, hay que ponerse las pilas.
***
En cuanto atravieso la verja, sonrío.
Ya han recortado un poco la hierba y ahora el camino es más transitable.
Yo voy sola en mi coche porque Bea se ha empeñado en ir con Julieta, tiene toda la intención de interrogarla sobre las llamadas misteriosas que está recibiendo últimamente y que afectan tanto a nuestra hermana pequeña.
Pero Juls lo contará solo si quiere hacerlo.
Bea aparca a mi lado y el camión de mudanzas lo hace justo al otro lado, lo más cerca de la puerta de entrada.
Vienen tres chicos en el camión y si ha sido flipante verles embalar ropa y utensilios con rapidez y eficacia, es aún más flipante verles descargar. Julieta corre delante de ellos para indicarles dónde va cada caja.
—¿Le has sacado algo? —le pregunto a Bea en voz baja.
—Ni una sola palabra —refunfuña.
Menudas dos.
Seguro que han terminado un poco enfadadas, menos mal que ninguna de ellas es rencorosa.
Bea entra en casa para guiar a uno de los chicos que lleva una caja enorme con sus cosas y yo me quedo observando todo a mi alrededor.
Toda la propiedad tiene mucho trabajo por delante y sé que vamos a sudar la gota gorda, pero… me siento muy feliz de haber dado este paso. Emprender algo con mis hermanas es algo que siempre he imaginado hacer, aunque nunca lo haya comentado con nadie.
Respiro profundamente y sonrío. También me hace sentir más cerca de mis abuelos paternos y aunque no llegamos a conocerles, siento que debían ser unas buenas personas.
Es una lástima que no pueda preguntarles qué pasó a ninguno de los implicados porque todos están muertos, pero tengo la esperanza de que al estar aquí, al rebuscar entre sus cosas, pueda hacerme una idea de cómo eran.
—Hola.
Abro los ojos de golpe y por un momento casi me atraganto con mi propia saliva.
¡Madre del amor hermoso! ¿De dónde ha salido este pedazo de hombre?
Le sonrío cuando consigo centrarme.
—Hola, ¿puedo ayudarte ?
—Eso espero —se quita las gafas de sol y sonríe. ¡Joder!—. Soy Ricardo de la Torre.
Debe notar mi cara de confusión, pero aun así me adelanto a él.
—Disculpa, pero el nombre no me dice nada.
Sonríe de nuevo y me tiende la mano.
—Me presentaré como Dios manda, soy Ricardo de la Torre, el contratista que Julieta Salvatierra ha contratado para la reforma de la propiedad.
—¡Ah! Sí, perdona, no recordaba cómo era el nombre. Soy Margarita Salvatierra, la hermana mayor de Juls.
Me mira de arriba abajo y enarca una ceja.
Estoy perdida…
Tiene una pinta tremenda de chico malo pero que está muy bueno. Justo mi tipo de chico.
Si no fuera porque nunca en la vida he mezclado los negocios y el placer… ahora mismo le lanzaba alguna indirecta, pero no tengo la intención de empezar ahora a romper mis normas y principios.
—¿Y cuánto de mayor eres? ¿Cinco minutos?
Suelto una pequeña carcajada y el chico sube varios puntos.
—Adulador… —me guiña un ojo travieso—. Soy cuatro años mayor que mi hermana, pero te agradezco el cumplido.
Pone los ojos en blanco y me mira sonriente.
—Tu hermana me dijo que hoy hacíais la mudanza y me pareció que es de buen vecino acercarme por si os hace falta un par de manos extra.
—Eres muy amable, gracias —le sonrío encantada—. La verdad es que mi hermana lo tiene todo controlado.
Él asiente con un gesto y mira alrededor.
—Veo que los chicos ya pasaron por aquí para hacer la primera corta del exterior.
—¿Los chicos? ¿También os encargáis de los jardines?
—Sí —me mira a los ojos. Los suyos son preciosos… de un marrón oscuro, como el caramelo—. En la empresa nos encargamos de todo, básicamente —lo dice como quitándole importancia.
Me gusta este chico. No es falsa modestia. Parece orgulloso de su trabajo y eso me parece bien. Yo también estoy muy orgullosa del mío.
—¡Marge!
Oigo la voz de Julieta y me giro hacia ella.
—Ah, estás ahí —se acerca un poco y sonríe con timidez mientras le tiende la mano al pedazo de hombre que está conmigo—. Hola, de nuevo, señor de la Torre. Es un placer volver a verle. ¿Cómo le va todo?
—Lo mismo digo, señorita Salvatierra. Todo va de maravilla —ambos sonríen con picardía.
Veo a mi hermana sonrojarse y al contratista mirarla con ternura.
Mierda.
A mi hermana pequeña le gusta este hombre y como es lógico, él ya ha perdido la cabeza por ella. Me trago el suspiro y sonrío yo también.
No pasa nada. Soy perfectamente capaz de controlar mis hormonas y mi atracción por el chico que ha llamado la atención de Juls. Si es capaz de hacerla sonreír o tan siquiera de hacerla sacar la cabeza del agujero en el que la metió hace años… es perfecto para ella.
No me importa morir sola rodeada de gatos si mis hermanas son felices.
La verdad es que hacen una pareja increíble. Ambos son guapísimos y él es tan duro y fuerte como mi hermana delicada y sensible. Sí, se compensan.
Salgo de mis pensamientos cuando oigo una carcajada de Julieta.
Joder… ¿Hace cuánto que no ser ríe así?
Trago con fuerza y me uno a la conversación.
—Chicos, voy a ver cómo van las cosas por casa —le aprieto a mi hermana el brazo con cariño para que sepa que estoy conforme con el hombre que la hace sonreír—. Es un placer haberle conocido, señor de la Torre.
—Lo mismo digo. Margarita.
Sonrío y me alejo de los dos.
Es lo mejor.
Aunque siento una sensación muy desagradable en el vientre y creo que tengo nauseas, pero lo controlaré. No puede ser que una interacción de apenas unos minutos se interponga entre mi hermana pequeña y yo. No, de eso nada. Ella está antes que cualquier otra persona en el mundo.
Y si alguien se merece ser feliz, esa es Julieta.
Una vez dentro de casa, Bea me pregunta por el hombre del jardín que se ríe con Julieta y le explico a grandes rasgos quién es, pero también es cierto que hago lo posible por entretenerme lo más lejos de todo el mundo.
De repente, creo que la mejor idea que he tenido en años, es ponerme a doblar ropa y a deshacer cajas.
A la hora de cenar, Julieta viene a buscarme, no he tenido ánimo para salir de la habitación.
—Ey, Marge, ¿qué te parece ir a cenar al pueblo? Bea dice que está reventada y que pasa mucho de hacer la cena, además, no tenemos gran cosa en la nevera.
—La verdad es que estoy muy cansada —le digo sin atreverme a mirarla, colocar el maquillaje es mi prioridad.
—Claro, es normal —la veo bajar la mirada a través del espejo y me siento fatal—. Yo me encargaré de la cena, algo podré hacer —me sonríe y se me cae el alma a los pies.
—Juls… espera.
Me giro y la estudio. Está animada. Contenta incluso. Y sé que se ha pasado todo el día corriendo de un lado a otro, indicando a los chicos de la mudanza, después ha ido hasta Madrid con ellos y le entregó las llaves del piso a los de la inmobiliaria.
No puedo ser así con ella. No es justo para ninguna de las dos y no lo permitiré. Es mi hermana.
—Creo que tienes razón, deberíamos ducharnos, vestirnos e ir a cenar al pueblo.
Celebrar que estamos en nuestra nueva casa —me acerco un poco a ella y me dedica una de sus sonrisas más bonitas—.
Hoy has hecho un gran trabajo. También te mereces un descanso y así podrás contarnos con todo lujo de detalles, qué hay entre el contratista y tú.
—¿Eh? ¿Qué? No… yo… nada… quiero decir… —carraspea incómoda y juro que es lo más adorable del mundo.
Al cabo de un segundo suspira—. No mentiré diciendo que no es guapísimo y que es un placer para la vista, pero no hay nada.
Es muy profesional, sabe de lo que habla y eso me gusta; además, no me juzga por ser tan pesada —encoge un hombro—.
Me cae muy bien. Pero eso es todo. No tengo ni tiempo ni ganas para una relación . Ahora no.
Y algo en su tono me hace comprender que lo que sea que le está pasando es más grave de lo que me imaginaba.
—Julieta —le cojo las manos—. Te quiero. Y estoy aquí para ti. Siempre.
Me mira con los ojos húmedos.
—Yo también te quiero y sé que estás ahí. Lo sé.
Es Bea quien rompe el momento apareciendo solo con una toalla alrededor del cuerpo.
—¿Nos vamos de cena?