No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Margarita

La semana siguiente, Julieta se ve obligada a pedir algunos días libres para poder hacerse cargo de todo el papeleo que conlleva la aceptación de la herencia, además de reunirse con varios contratistas para pedir los presupuestos de la reforma.

Fue de nuevo a la finca y sacó mil fotos, después nos tuvo a Bea y a mí, durante horas, explicando con todo detalle qué era lo que necesitábamos y lo que queríamos.

Le hemos dado una lista de marcas, modelos, características y deseos que es más larga que mi brazo. Pero como ambas confiamos plenamente en ella, aparte de tomarnos algún café de más, no le hemos dado demasiadas vueltas.

Sé que mi hermana pequeña es la persona más eficiente del mundo, aun así, todo lo que ha hecho en tres días me parece una auténtica locura y me sorprende aún más cuando nos reunimos para cenar.

—Chicas… mañana voy a necesitar que lo dejéis todo ordenado antes de iros, a las once vienen los de la inmobiliaria para hacer las fotos del piso.

—Espera —Bea la mira con los ojos como platos—. ¿Has dicho mañana?

—Sí —nos mira con cierto temor—. Yo… creí que lo habíamos decidido, alquilaremos este piso y nos mudaremos a la casa de los abuelos.

—Bueno, sí —Bea nos mira a ambas un poco preocupada y, la verdad, yo también—, pero no pensé que todo esto fuese tan rápido.

—Es que he pensado que esperar más no es conveniente, veréis, ya nos han conectado el agua y la luz de la casa y del restaurante, además, la empresa de limpieza lo ha dejado ya todo listo para que entremos cuando queramos y ya tenemos las cosas nuevas que compramos allí.

—¿Ya lo han llevado todo? —pregunto sorprendida—. ¿Y estabas tú sola para hacerte cargo de todo?

—No —se sonroja un poco—. Resultó que el contratista elegido quería ir para medir, hacer unas cuantas fotos y ultimar detalles; él me ayudó —nos mira y se muerde el labio—. Me dijisteis que podía escoger a quien quisiera, ¿tendría que haberos enseñado los presupuestos?

—¡No, por Dios! —exclama Bea y sonrío.

—No, si le has escogido, a mí me parece bien —mi hermana sonrojada es aún más guapa—, pero no sé si me gusta que estés tú sola con un hombre a quien nadie conoce para hacerte cargo de todo.

—No estaba sola —musita—. También estaba Cristina, quien te ayudará en la cocina —me mira—.

Es una mujer muy simpática y ya había trabajado en el restaurante, o sea que lo conoce.

Por supuesto, tienes que dar tu opinión y tú tienes la última palabra, pero se acercó a preguntar, una cosa llevó a la otra y la conversación terminó en una entrevista de trabajo.

La verdad es que todos en el pueblo me han tratado de maravilla.

Y como podéis ver, todos son de lo más eficiente.

Sonrío ante el bueno corazón de mi hermana y su nobleza. Ojalá que nunca cambie, o mejor dicho, que no cambie aún más.

—Vale, entonces… ¿cuándo debemos presentar la renuncia Bea y yo?

—Cuando queráis —nos mira—. Yo preferiría que siempre estuviese alguien allí y yo ya no puedo coger más días libres, porque… bueno, eso no importa —coge aire y lo expulsa despacio—. Quizá pueda atrasar algunas cosas una semana, pero creo que deberíais dejarlo cuanto antes.

Bea nos mira y sonríe.

—Yo ya lo he hecho —tanto Julieta como yo nos mostramos sorprendidas—.

quiero decir, que le dije a la señora María que me iba, le presenté la carta de renuncia hace unos días.

Se lo tomó muy bien, la verdad, es una buena mujer.

Me ha pedido ayuda hasta que su hija se ponga la pilas, pero después dice que me puede firmar un despido para que tenga el paro un tiempo.

—No nos hace falta, Bea —le indica Juls—. Lo tengo controlado. El hecho de que puedas estar pendiente de las cosas por la casa y el restaurante, me facilita mucho la vida y es más valioso, económicamente hablando, que el finiquito que te vayan a dar .

—Pues en ese caso, puedo mudarme en unos tres o cuatro días.

Julieta se muerde el labio inferior y nos mira.

—En realidad, había pensado que nos podíamos mudar este fin de semana.

Margarita y yo podemos venir a Madrid, ella durante los días que le queden en el restaurante y yo…

bueno, para siempre, supongo. El tema de la vivienda está fatal y los de la inmobiliaria dicen que este piso es un caramelito, que lo tendrán alquilado al final del día.

—Joder, Julieta… va todo muy rápido —protesto aunque no es que esté molesta, quizá solo estoy abrumada.

—Yo… ¿malinterpreté algo? —agita las manos muy rápido—. En realidad, no importa. Puedo retrasarlo, tienes razón… debería ser algo más comedida.

—No.

Le cojo una mano y le sonrío.

—Es perfecto, es que no sé cómo consigues todo lo que consigues, pero si quieres que el sábado nos mudemos, pues nos mudamos —miro a Bea que asiente con la cabeza—. Tendremos que alquilar una furgo…

Me quedo en silencio cuando mi hermana pequeña baja la mirada.

—Ya has contratado a alguien.

—Sí —nos mira de reojo—. Una empresa de mudanzas viene el sábado a las nueve para embalar, recoger y trasladar a la nueva casa, he hecho unos inventarios con lo imprescindible, pero me tendréis que indicar qué queréis. También he comprado algunas cajas para las cosas más íntimas.

—Mira, eso te lo agradezco, porque a ver cómo le explico yo al de la mudanza que tengo diez consoladores .

El comentario fuera de lugar de Beatriz me hace sonreír.

—Yo tampoco quiero que nadie rebusque entre mis bragas —les guiño un ojo y nos echamos a reír a carcajadas.

***

En cuanto entro en el hotel me siento un poco incómoda.

Llevo trabajando aquí desde que salí de la escuela de Hostelería, me he formado y he crecido con ellos y no negaré que me siento un poco desleal al dejarles de una forma tan abrupta.

Anoche me quedé con Julieta mientras ella me transcribía la carta de renuncia. Le dimos mil vueltas, y al final, el resultado es algo profesional, pero también muestra lo agradecida que estoy con la dirección del hotel y con todos los magníficos profesionales que me han rodeado durante estos años.

Al único que no voy a echar de menos es a Enrique.

Así que cuando llamo a la puerta del director del hotel, siento que las rodillas me van a fallar en cualquier momento y que me cuesta respirar con tranquilidad.

—Adelante.

El señor Abelino García es un hombre de edad algo avanzada, no sé exactamente cuántos años tiene, pero está igual que cuando le conocí hace años.

Es un hombre guapo, se mantiene en forma, y las zonas plateada de las sienes solo le dan más misterio y atractivo.

Las mujeres de más de cuarenta del hotel, están locas por él.

Además de ser tremendamente inteligente, es muy empático y creo que jamás le he oído alzar la voz a nadie.

—Oh, señorita Salvatierra. Por favor, pasa .

Se pone en pie y me ofrece su mano que le estrecho encantada.

Siempre huele genial y los trajes le quedan de maravilla. Si tuviese veinte años menos, no dudaría en llevármelo a la cama.

Me sonrojo un poco por mis pensamientos y me siento frente a él.

Nos separa su enorme y precioso escritorio de caoba.

Todo el despacho tiene ese aire señorial a la vez que funcional y elegante.

Me encanta este espacio, aunque lo he visitado muy pocas veces, creo que en todos estos años, han sido unas cuatro.

—Verá, señor García, yo… —le entrego la carta y me sonrojo—. Quiero que sepa que le estoy muy agradecida por todo lo que me ha enseñado, por creer en mí, por… —me detengo cuando alza una mano.

—¿Nos dejas? —frunce el ceño—. ¿Es por las discusiones con Enrique? ¿Quieres un aumento?

—Oh, por Dios… no, señor García, le juro que no es nada de eso.

Suspira, deja el sobre sin abrir sobre el escritorio y entrelaza los dedos antes de inclinarse sobre el escritorio.

—Muy bien, en ese caso, cuéntamelo todo.

Y lo hago.

Le explico lo de la herencia, lo de la nueva vivienda, el pueblo, incluso le hablo de la leyenda y de su historia y por último —y juro que no sé cómo ha ocurrido—, le estoy enseñando las fotos de la propiedad que tengo en el móvil.

Nos tomamos un café mientras le explico con detalle lo que queremos hacer y cómo nos afecta la decisión que hemos tomado.

Y para sorpresa de nadie, el señor García se muestra tremendamente comprensivo .

Me hace una serie de preguntas que le respondo con los ojos húmedos. No soporto a Enrique y algunas otras cosas del puesto, pero no me mentiré a mí misma diciendo que no lo echaré de menos. A todo el mundo. Bueno, a casi todo el mundo.

—Bien, señorita Salvatierra —Abelino se pone en pie y me sonríe, cuando yo me levanto también, me tiende la mano y sujeta la mía con la otra—.

Te vamos a echar muchísimo de menos, pero te vas a enfrentar a un gran reto y siento cierta envidia por ello, es muy emocionante empezar con un negocio propio y desde cero.

Pudiendo diseñarlo por completo a su gusto.

—Lamento mucho haberle defraudado.

—Jamás has hecho eso, señorita Salvatierra —me dedica una sonrisa llena de ternura—.

Has sido todo un descubrimiento, una chef maravillosa y una persona aún mejor.

Sabes de sobra que tus evaluaciones anuales son cada vez más favorables —me suelta la mano y carraspea un poco incómodo—.

No quiero decir lo que voy a decir, porque creo realmente que tus hermanas y tú lograréis cosas increíbles, pero si alguna vez necesitas volver, las puertas del Hotel Grand de Madrid, siempre estarán abiertas para ti.

—Oh, gracias.

Y sin pensar mucho en lo que hago, le abrazo con todas mis fuerzas, y para mayor vergüenza, le mojo la chaqueta con mis lágrimas.

—Voy a acompañarte a darle la noticia a Enrique, con el disgusto, es capaz de matar a alguien —me dice con una sonrisa que le devuelvo.

Y no se equivocaba.

Intenta matarme a mí y cuando no lo consigue, porque el señor Fuentes se ha puesto delante, intenta matarle a él .

—En serio, Enrique. Necesitas un psiquiatra o un exorcista —me fulmina con la mirada.

—¡Eres una desagradecida! ¡¿Para eso llevo enseñándote nueve malditos años?! —lanza una sartén al suelo con todas sus fuerzas—. ¡Tú ibas a sustituirme algún día! —me grita como un poseso.

—Lo siento, Enrique.

La verdad es que me encantaría decirle cuatro cosas, porque aunque es el mejor chef de España, tiene un carácter tan temperamental que me vuelve loca todos los días. Pero sé que me respeta como chef, eso siempre lo he sabido.

Y al oírle la tristeza y la traición en la voz, no puedo evitar estremecerme de la cabeza a los pies.

—Me quedaré un tiempo, no es una decisión de la noche a la mañana —intento razonar cuando parece que empieza a calmarse.

Pero mis palabras le alteran de nuevo.

—¡No! ¡No! ¡No y mil veces no! Si te vas a ir, vete ya. Ahora mismo. No te quiero en mi cocina, no quiero tener que ver tu cara sabiendo que no te quedas conmigo, que eres quien rompe este equipo que funciona a las mil maravillas.

—Pero… —balbuceo nerviosa —si tú… nos odias a todos.

—¡Pues claro que os odio a todos y a ti, más que a los demás!

—grazna con su voz ronca y grave—. Pero eso no quita que seamos un equipo y que cada día, al terminar, me vaya a casa sabiendo que lo hemos hecho lo mejor posible, que con el paso del tiempo, hemos mejorado y que aún nos queda un camino que recorrer —me mira y creo que está muy dolido—, y tú acabas de desviarte para tomar tu propio camino. Por favor, vete ya.

Acto seguido se da media vuelta y se mete en la cámara frigorífica .

—Bueno…

El señor García me mira y sonríe.

—Se le pasará —me da unas palmaditas en el hombro—. Pero puedes irte si quieres, ya arreglaremos los papeles en otro momento. Es mejor que ambos respiréis un poco.

Cuando salgo de nuevo a la calle, no puedo evitar pensar que quizá Enrique tenga algo de razón. Les he traicionado. Les he abandonado.

Me siento culpable y me siento responsable de haber causado el estallido de Enrique. Porque sé que lo va a pagar con todos los demás y se lo va a hacer pasar muy muy mal.

Sin embargo, en vez de volver a casa para ayudar a Julieta con todo lo que tiene encima, algo me impulsa a pasear por las calles.

Siento que voy a echar mucho de menos Madrid.

Sé que es una tontería, porque en realidad casi nunca tengo tiempo para pasear por la ciudad, para ir de compras o para comer con mis hermanas o con mis amigos en algún sitio encantador.

Y a pesar de todo… sé que voy a echar mucho de menos a la ciudad misma.

No sé cuánto tiempo camino, pero me encuentro en la plaza de Sol. Eso me hace sonreír. Cuando éramos pequeñas, esta plaza era muy diferente de como es ahora.

Recuerdo los coches atravesando la plaza. Cuando me detengo delante del Oso y el Madroño, no puedo evitar sonreír. En casa, en uno de los álbumes de fotos que mi madre coleccionaba, hay una foto muy divertida de las tres al lado del icono de Madrid.

La plaza ha sido remodelada en varias ocasiones, pero cuando decidieron reducir el tráfico rodado y lo convirtieron en un mar de cemento y piedra, me costó acostumbrarme.

Y pertenezco a esa parte de madrileños a los que no termina de convencerles, porque pasear por aquí en pleno verano es como tostarse en una plancha a plena potencia.

Hay cosas que sí me gustan, por ejemplo la estatua ecuestre de Carlos III, la fuente sobre la que está ahora es bonita y sin duda, un punto muy refrescante en cuanto empiezan a subir las temperaturas.

Sigo caminando por las calles hasta que decido que ya he perdido demasiado tiempo y es hora de volver a casa, seguro que Julieta lo tiene todo bajo control, como siempre, pero nunca está de más que te echen una mano.