Capítulo 6
Margarita
La vivienda es una construcción totalmente independiente de dos plantas, con fachada encalada y contraventanas de madera oscura.
Tiene un porche modesto en el frente que da acceso a la puerta principal y un balancín en el que Beatriz no duda en sentarse haciéndonos reír a todos con su alegría y descaro.
—¡Me lo pido!
Niego con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Ni que estuviésemos en el colegio —me burlo y ella me saca la lengua.—. Quizá sí que aún sigas en el colegio.
Ella pone los ojos en blanco y vuelve a sacarme la lengua. A veces es como una niña, pero su felicidad y su positivismo son contagiosos.
—Les cuento: la casa tiene cinco dormitorios dobles, todos con armarios empotrados.
Tiene tres cuartos de baño. Cocina, salón, comedor, garaje para dos coches —mira algo en el teléfono y asiente con la cabeza— y un anexo que sus abuelos no tuvieron tiempo a terminar, por lo que es un espacio vacío, por dentro tiene las paredes con azulejos y el suelo también, tiene instalación eléctrica e instalación de fontanería. ¿Por dónde les apetece empezar?
Julieta me mira un segundo y acto seguido se coloca frente al hombre.
—En realidad, nos gustaría hacer esta parte de la visita a solas —el hombre se mantiene impertérrito y asiente—. Si no le importa, claro.
—Por supuesto que no, es su propiedad —nos sonríe y nos entrega el manojo de llaves—.
En el bufete tenemos una copia de todas, por si surge algún problema o se pierden —le entrega a Julieta una tarjeta—.
Es mi número personal —le guiña un ojo—, también el del trabajo, mi email…
Cualquier cosa que necesiten, no duden en ponerse en contacto conmigo.
A lo largo de la tarde, le enviaré los datos necesarios y empezaré a tramitar el alta de la luz y el agua.
—Muchas gracias —mi hermana está sonrojada a más no poder.
Coge las llaves con manos temblorosas y las tres esperamos a que Diego se vaya. Una vez que estamos solas, nos miramos las unas a las otras.
—A lo mejor debí preguntar, pero me pareció que esta parte deberíamos hacerla a solas .
—Estoy de acuerdo contigo —le sonrío—. Vamos a ver nuestra nueva casa.
En cuanto ponemos un pie dentro, sé que la tres hemos sentido lo mismo. No huele a cerrado, si no a una casa que está cuidada y que desea ser habitada de nuevo.
El recibidor no es muy grande pero sí bien iluminado. No tiene ningún mueble, al fondo se abre un pasillo con varias puertas. Lo atravesamos y vemos que a la izquierda está la cocina, a la derecha el comedor. Bea es la primera en entrar a la cocina.
—Bueno, está claro que a los abuelos les gustaba cocinar, pero no eran fans de la repostería —protesta con los brazos cruzados bajo el pecho.
—Podemos cambiar eso —la consuelo.
La cocina es amplia, acogedora, con azulejos blancos, muebles de madera con molduras y encimera de color oscuro. Tiene una gran ventana que da a un jardín abandonado y una puerta al fondo para llegar a él.
Entramos en el comedor y vemos una mesa ovalada de madera para seis comensales, visillos en ambas ventanas y un aparador algo anticuado al fondo.
La sala siguiente es el salón. Hay un mueble enorme con un montón de libros, una chimenea de piedra y un conjunto de sofá y dos sillones que parecen de lo más cómodos. Una enorme alfombra cubre el suelo. También hay una mesa de café entre el sofá y el mueble.
En la planta baja hay un dormitorio que a juzgar por la foto sobre el cabecero de la cama, debía ser el de los abuelos.
No sé muy bien qué sentir al entrar en él.
La cama es grande, con un cabecero y una trasera de madera de cerezo, una cómoda con un enorme espejo encima y todo ello a juego con las puertas del armario empotrado.
La ropa de cama está perfectamente colocada y doblada con precisión.
La colcha es de un suave beige con algunos bordados verdes y morados.
Y al fondo del todo, un baño completo.
Si bien todas las estancias son amplias, tengo la sensación de que da la impresión de que no están bien distribuidas porque parecen más pequeñas de lo que en realidad son.
Las escaleras que suben al segundo piso son de madera con una barandilla robusta y bien pulida.
Arriba hay cuatro dormitorios y dos baños, todas las habitaciones grandes y bien iluminadas. Salvo porque el mobiliario está algo anticuado, la verdad es que son todas preciosas. Y los baños también son amplios y luminosos.
En la zona central hay un espacio abierto en el que hay una librería con varios libros de cocina y novelas. Julieta se dirige hacia allí y comienza a emocionarse con los títulos que ve.
—Eran grandes lectores —nos informa con una sonrisa tímida.
—Voy a ser la primera en dar mi opinión —Beatriz nos mira y puedo ver la ilusión en sus ojos—.
La verdad es que me encanta todo. Lo que menos me gusta es la cocina, pero tampoco necesito reformarla para ser feliz.
Puedo adaptarme sin problemas y si vamos a reformar la del restaurante, la de aquí no es necesario tocarla.
El resto… bueno… quizá me gustaría modernizar algo el mobiliario, pero no es una necesidad vital.
Asiento con la cabeza.
—Opino lo mismo, la verdad es que me gusta todo. Y creo que por ahora, ya que debemos ajustarnos al presupuesto que nos marque Juls, creo que deberíamos centrarnos en el restaurante —miro a mi alrededor y asiento—. Sí, quizá algunos cambios aquí y allá, pero nada demasiado caro .
Bea y yo miramos a nuestra hermana pequeña esperando su opinión.
Frunce el ceño, mira su tablet, en la que ha estado tomando notas toda la visita y después se muerde el labio inferior.
—Necesito que me deis una lista de los cambios que queréis, después tendré que pedir presupuestos y hacer un montón de papeleo, pero si aquí en la vivienda no queréis más que cosas básicas, eso podemos hacerlo esta misma tarde.
Yo por mi parte, solo cambiaría los colchones y el textil de la casa —encoge un hombro.
—Entonces creo que deberíamos escoger nuestras habitaciones —les indico con una sonrisa.
—Sí, eso es algo que no sé si me gusta… hay dos habitaciones en cada lado, una de nosotras estará más lejos que las otras dos.
Julieta la mira y sonríe.
—A mí no me importa estar más alejada, son solo unos metros y…
—No.
La corto de inmediato porque sé por qué lo hace y no me gusta cuando mantiene las distancias con nosotras. Y me duele el corazón porque llevo guardando un secreto desde hace demasiado tiempo.
—Yo me pido la habitación que tiene la colcha azul aciano, que obviamente cambiaré —comento quitándole importancia—, y vosotras dos os podéis quedar con las que dan al jardín y a la fuente. Las otras dos también tienen unas vistas estupendas. Así que por mí, todo bien.
—Yo… —Julieta nos mira con timidez.
—¡Me parece genial! —comenta Beatriz abrazándola con fuerza—. Así por la noche, me colaré en tu habitación y podremos poner de vuelta y media a nuestra malvada hermana mayor —bromea haciendo sonreír a Julieta.
—No tenemos una malvada hermana mayor —comenta mientras me mira de reojo.
—Ya veremos cuando mi caprichosa hermana pequeña me agobie en la cocina.
Las tres sonreímos y juntas, volvemos a las que serán nuestras habitaciones.
***
Tal y como sugirió Julieta, esa tarde nos la pasamos de compras.
Resulta que a tan solo media hora en coche, hay un negocio que se dedica a la venta de todo lo relacionado con el hogar. Es como un enorme centro comercial donde puedes comprar desde cucharillas de café, hasta dormitorios enteros.
Escoger los colchones nos costó más de dos horas, pero es que Bea no hacía más que hacernos reír a carcajadas y la dependienta, la pobre, terminó llorando de la risa. Una vez que los hemos elegido, empezamos a elegir la ropa de cama.
Yo elijo tonos verde salvia y lino natural.
Me gustan los tejidos naturales que dan la sensación de paz y calma que necesito para descansar.
También quiero algo de lo que no me canse dentro de seis meses.
Paso la mano por la funda de lino lavado y cierro los ojos.
Sí, puedo ver la imagen de mi dormitorio nuevo, madera cálida de cerezo, luz natural y colores suaves.
Perfecta. Equilibrada.
No me gustan nada los tejidos que resbalan, que tienen brillo o satinado, me parecen demasiado artificiales. Me gusta el algodón grueso para el invierno y el lino fresco para el verano. Capas sencillas que pueda combinar sin tener que pasarme horas pensando en posibles combinaciones.
—Eres la persona más previsible del mundo —Bea se asoma por encima de mi hombro y yo sonrío.
—Y tú eres tan impredecible que ha convertido su cama en un escaparate de pastelería.
Beatriz no elige nada delicado. Eso habría sido muy aburrido para ella.
Se planta delante de una estantería llena de colores y empieza a meter cosas en el carro que llevamos.
—La vida ya es bastante beige —me mira de reojo y me guiña un ojo con una sonrisa.
Escoge una funda en blanco roto con un ligero relieve, añade un edredón de color coral, es muy alegre sin resultar estridente. Lo combina con cojines de color turquesa apagado y para rematar, coge uno pequeño de color mostaza que en teoría no debería funcionar.
Hasta que lo coloca todo sobre una de las camas de la exposición y la verdad es que el contraste es sorprendente, equilibrado y muy como ella. Lleno de color y calidez.
No obstante, no puedo evitar meterme un poco con ella.
—Eso es una ensalada.
—Eso —me mira con los ojos entrecerrados—, es equilibrio cromático, mi querida chef.
Después, descarada como ella sola, me lanza un beso y me hace reír.
Bea no podría elegir nada romántico o con flores y puntillas. Ella no es así. Hay líneas limpias, energía fluyendo y contraste.
Yo creo que la dependienta está alucinando con ella porque no se atreve a intervenir.
—Mmmm —Bea se acerca a otra estantería y nos mira—. Me hace falta algo verde. Siempre hay que dejar espacio para que crezca algo.
—Yo creo que Julieta debe elegir sus cosas, después nos centraremos en más detalles —le indico porque nuestra hermana pequeña ha empezado a desconectar.
—Oh, sí, claro —Bea se acerca a Julieta y entrelaza su brazo con el de ella—. Y bien, mi querida Juls… ¿qué vas a elegir tú?
—Yo…
Echa un vistazo rápido y con su eficacia natural, escoge una funda gris perla, un par de cojines en un gris más oscuro y una manta del mismo tono.
No duda ni compara.
Frunzo el ceño y con un gesto le indico a Bea que no haga ningún comentario.
Julieta nos mira con una sonrisa pequeña, esa que ahora utiliza casi siempre, como si no quisiera destacar. El gris que elige es limpio, pulcro, casi frío y no me gusta nada para ella. No tiene textura de ningún tipo.
Suspiro y me dirijo de nuevo a la zona de los cojines, escojo un par más en tonos arena un poco más oscuro para equilibrar el verde y me acerco a mi hermana pequeña.
—¿Seguro que no quieres algo más? No has cogido apenas nada.
Cuando vamos a pagar, Julieta duda, me mira y tras morderse el labio, se dirige a una estantería y coge una manta de color fucsia brillante, es demasiado contraste para los colores que ha elegido, pero coge la manta con delicadeza y la pone sobre sus cosas con mucho cuidado.
No dice nada y apenas nos mira, pero Beatriz y yo compartimos una mirada y ambas sonreímos.
Tampoco hacemos ningún comentario ni le preguntamos al respecto.
Mi hermana pequeña jamás hubiese elegido el color gris antes de que tantas cosas malas le sucediesen, y echo de menos su intensidad y su pasión, pero son los pequeños gestos los que me hacen pensar que un día, mi hermana chispeante, divertida y apasionada volverá.
Después de pagarlo todo, lo metemos en mi coche.
—Podríamos ir a comprar algunas plantas —sugiere Julieta.
—Podemos —le respondo con una sonrisa.
—¡Y enotnces podré tener algo verde! —exclama Beatriz haciéndonos reír de nuevo.