Capítulo 5
Margarita
Dos días más tarde, la tres vamos en mi coche en dirección al restaurante que nuestros abuelos paternos nos han dejado.
No sé cómo lo consiguió Julieta y creo que no quiero saberlo, pero una vez que tomamos la decisión, todo fue rodado y super rápido. Y ahora, a las nueve de la mañana de un sábado, vamos hacia el norte en dirección a un pueblo del que no he oído hablar en toda mi vida.
—He estado leyendo —Beatriz que va a mi lado, pone los ojos en blanco al oír a Julieta—.
Resulta que Valdearenas fue un punto estratégico muy importante en el siglo XIII.
Incluso había una fortaleza. Pero ahora solo quedan ruinas porque sufrió un incendio y se destruyó. También tiene su propia leyenda .
—Lo que significa que en tu tiempo libre vas a estar fisgoneando en todos los papeles que encuentres —bromeo y veo a mi hermana pequeña asentir en el retrovisor.
—Creo que este tipo de historias y de leyendas es… ¿sabéis una cosa? Me encantaría que de verdad existiese un Ministerio del Tiempo, la serie de Hugo Silva…
—Sí, bueno, que existiese no quiere decir que te dejasen husmear en todos los acontecimientos pasados —la miro de nuevo por el retrovisor y sonrío—, aunque tú serías capaz de encontrar una puerta oculta.
—Puede —se coloca entre ambos asientos y sonríe—.
Sé que al principio no tendré mucho tiempo, pero me encantará investigar toda la historia.
Además —nos mira emocionada—, a principios de verano, se celebra una fiesta medieval que es muy famosa y al parecer es algo digno de visitar.
Si vamos a formar parte del pueblo, tal vez podríamos participar también.
Beatriz me mira y sé que ambas pensamos lo mismo, con tal de que Julieta recupere esa ilusión desbordante que tenía antes, haremos que lo haga falta.
—Claro que podremos, será cuestión de hablar con el alcalde o con quien organice esas cosas.
—Me hace ilusión —musita y se me encoge un poco el corazón—. Y sé que os voy a volver locas con los presupuestos y con los números, que el agotamiento nos hará estar más irascibles, pero me hace ilusión empezar algo juntas.
—Somos hermanas —Beatriz se gira y la mira—. Pues claro que empezamos las cosas juntas. Y a mí también me hace ilusión. Lo vamos a pasar de fábula decorando y comprando.
Las tres nos reímos porque Bea tiene razón. Nos lo vamos a pasar de maravilla.
El camino hasta el pueblo es bastante cómodo, la carretera es amplia, está bien cuidada y muy bien señalizada. Es fácil seguir las indicaciones del GPS hasta el restaurante.
Cuando nos indica que atravesemos el pueblo y a un par de kilómetros nos dice que ya hemos llegado, las tres fruncimos el ceño.
Hay una enorme verja que ha visto días mejores, cerrada a cal y canto. No obstante, aparco el coche a un lateral y las tres nos bajamos.
—¿Seguro que es aquí? —me pregunta Bea.
—Yo he puesto la dirección que me dio Juls.
—Sí, es aquí —nuestra hermana pequeña nos mira y sonríe con timidez—. Está allí.
Señala algo entre las rejas y la verdad, cuesta verlo con tanta maleza y hierbas altas, pero cuando nos fijamos con más atención, sí… se ve el edificio. Aunque no vemos nada más.
En ese instante, un coche deportivo gris plateado, se detiene al lado de mi coche y de él sale un hombre joven, con un traje caro y una sonrisa de sabelotodo. Mal empezamos.
—Este es todo tuyo, Marge.
El comentario de Beatriz casi me hace sonreír.
—Las hermanas Salvatierra, supongo —nos tiende la mano y soy la primera en estrechársela—. Soy Diego Pardo, el bufete de mi padre es quien se encarga de esta propiedad.
—Creía que nos habían dicho que la propiedad estaba bien cuidada.
—Y lo está. En el interior. En el exterior, como claramente se puede ver, no se han hecho los trabajos necesarios.
Sus abuelos no dejaron nada al respecto y nosotros no tenemos la capacidad para tomar una decisión al respecto, así que lo hemos dejado estar, pero ahora que es suyo, ustedes podrán tomar todas las decisiones.
Frunzo el ceño y el hombre carraspea.
—Bien, entremos.
Saca un manojo de llaves y tras trastear un par de intentos, abre el enorme cerrojo y retira la pesada cadena de la verja, le cuesta un enorme esfuerzo abrirla de par en par.
—Creo que será mejor que entremos con los coches —nos indica y cuando asiento, se dirige al suyo.
Las tres nos subimos en el mío y sigo al deportivo, no es que tengamos que recorrer una larga distancia, pero cuando por fin podemos ver el restaurante, tengo que reconocer que las fotos que nos mostraron sí le hacen justicia.
Nos reunimos de nuevo con el tipo del traje y este nos recibe con una enorme sonrisa.
—Bien, si les parece, les mostraré primero el restaurante y después la casa.
Asiento y se gira para abrir las enormes puertas de madera que ceden sin poner impedimentos y sin ruidos que denoten abandono. Es más, se abren con suavidad y en silencio. Así que deduzco que las bisagras están engrasadas.
El olor es lo que primero me recibe y me sorprende, huele a madera antigua y limpia, a piedra fría y a detergente suave. También detecto un ligero toque de romero.
Cuando las tres entramos, estoy segura de que pensamos lo mismo y es Julieta quien lo verbaliza.
—Vaya…
Las paredes son de piedra vista, irregulares, con un tono arena y gris que le da un toque de calidez a las construcciones antiguas y bien conservadas .
Las ventanas tienen un grueso marco de madera oscura, con contraventanas interiores. La luz entra en franjas inclinadas iluminando el interior con demasiada intimidad.
Miro hacia arriba e intento permanecer inmóvil. Pero es que me encantan los techos altos.
Y este, es altísimo. Vigas de madera oscura —del mismo tono y color que los marcos de las ventanas—, cruzan el espacio de lado a lado, se nota que llevan tiempo ahí, pero están en perfecto estado. No hay manchas de humedad ni grietas visibles.
El suelo es de un material que no reconozco, pero son piedras grandes ligeramente desgastadas en la zonas de paso. Tampoco hay ninguna pieza rota, solo… usadas.
Hay unas veinte mesas distribuidas con demasiada distancia entre ellas. Todas de madera robusta y pesada, oscura, con sillas a juego sin cojines en ellas.
A la izquierda hay una enorme chimenea de piedra. No parece decorativa. Encima, en el saliente también de piedra, hay varios platos de cerámica colocados a una distancia equidistante.
—Como pueden ver, todo está en perfecto estado.
La voz de Diego interrumpe el momento, pero le escucho y mis hermanas también.
—Una empresa viene una vez al mes a limpiar y a asegurarse de que todo funciona correctamente, la luz y el agua se dieron de baja, pero hay una partida para ello.
Ustedes no tendrán que hacerse cargo, es cosa del bufete.
Sus abuelos lo dejaron todo muy bien atado.
Se hizo una reforma bastante importante, creo que unos cuatro años antes de que se retirasen.
—¿La chimenea funciona? —pregunta Julieta.
Casi me la puedo imaginar delante del fuego, con una novela en las manos y una taza de té a su lado .
—Por supuesto. Las personas que vienen a limpiar, también se hacen cargo del tiro, les pasaré las fichas de limpieza y las revisiones que se han llevado a cabo.
Julieta le entrega una tarjeta.
—Yo soy la que se encarga del papeleo.
—Por supuesto. Como les he dicho antes, sus abuelos lo dejaron todo bien atado.
Por supuesto que lo hicieron.
Se nota en cada detalle que amaban este lugar. Siento un pellizco en el corazón. Me hubiese encantado conocerles.
A la derecha, hay una enorme y larguísima barra de madera oscura, claramente pulida por el uso.
Detrás, una estantería empotrada con baldas de cristal simétricas, aunque no queda ni una sola botella.
El mármol del mostrador debajo de la baldas, tiene unas elegantes vetas gris azuladas, es elegante, no lo niego, pero no parece encajar del todo con el resto del lugar.
En cuanto a la iluminación… bueno, podría ser peor.
No niego el encanto de los faroles de hierro rústico que cuelgan del techo, pero me parece que es insuficiente, incluso si el ambiente que se quiere dar es íntimo.
En mi opinión, la intimidad de un comedor no está reñido con una iluminación adecuada, a fin de cuentas, la cocina es un arte y como tal, se tiene que apreciar con todos los sentidos.
—Pasemos al comedor privado.
Diego nos guía a un lateral donde abre una puerta doble de madera oscura.
Es más pequeño y más sobrio. Tan solo hay una mesa ovalada para unas diez personas.
Las paredes están revestidas en madera hasta media altura y el resto está cubierto con un papel, me acerco y lo toco y frunzo el ceño. No sé si es papel o tela. Pero la sensación es de que acabo de viajar al pasado, tal vez a la época victoriana.
Pero tiene algo bueno. Un enorme ventanal que da a lo que imagino que es el jardín trasero.
—Mi recomendación es que visitemos ahora la cocina y después les enseñaré el huerto y el jardín, si les parece bien.
—Sí, claro —accedo.
Cuando cruzamos las puertas batientes revestidas de madera oscura, el cambio es inmediato.
Aquí no se respira ese aire antiguo y lleno de vestigios del pasado.
La cocina es amplia y a primera vista, bastante funcional. Es claramente profesional. Todo es de acero inoxidable. Las encimeras están impecables y tiene un horno de gran capacidad, una cocina de seis fuegos bajo una campana extractora brillante y a un lado, cámaras frigoríficas de gran capacidad.
—Como dije antes, se hizo una gran reforma unos años antes de que sus abuelos se retirasen.
—Ya veo —comento mientras sigo observándolo todo con atención.
Hay una isla central que será perfecta para emplatar. También un fregadero doble y un lavavajillas al lado. En una de las paredes hay estanterías abiertas para las especias, aunque no queda ninguna en ellas.
Miro a Beatriz y comprendo que ambas pensamos lo mismo, la zona de cocina está muy bien, pero no hay zona de repostería. Esta será una de las cosas que tendremos que reformar, porque aunque las dos trabajamos muy bien en la cocina, cada una necesitamos nuestro espacio.
—Desde aquí hay un acceso directo tanto al huerto como al jardín trasero —nos indica Diego.
La puerta es sencilla, de metal y cristal, pero bastante gruesa, lo que imagino que servirá para el aislamiento.
En cuanto ponemos un pie fuera, sí que se nota un poco de abandono.
El jardín es enorme, más grande de lo que se apreciaba desde dentro.
En su época tuvo que ser precioso, hay un camino de piedra que atraviesa el terreno desde la cocina hasta cada una de las mesas de hierro forjado.
Hay unas quince. Este debía ser un lugar encantador para disfrutar del buen tiempo de Madrid en primavera y verano.
No obstante, la maleza se ha apoderado de la sillas y mesas.
Nos dirigimos al huerto y oigo suspirar a Beatriz. Le encanta. Ya la imagino soñando con recoger ella misma la fruta y preparar nuevas recetas.
No se aprecia mucho debido al descuido, pero debe haber unos siete y ocho árboles frutales, distingo un manzano, un peral, un níspero y un limonero, el resto no podría decir lo que son. Más alejado, hacia la izquierda, hay una zona algo más recogida pero claramente abandonada.
—Allí, sus abuelos tenían las plantas aromáticas —me informa Diego—.
Tengo el inventario en el expediente, pero creo recordar que había romero, lavanda, hierbabuena y menta…
y otras más que no recuerdo. Bien —nos señala al fondo—, atravesando el arco se accede al terreno de la vivienda.
También pueden acceder a él por un camino lateral del restaurante, después podemos volver por ahí, si les parece bien.
Las tres asentimos.
Entre el jardín y la casa hay un muro natural formado por mirtos densos y zarzamora salvaje. No puedo decir que no sea totalmente idílico. Es como si nuestros abuelos, esos a los que nunca conocimos, nos leyeran la mente y pusieran todo lo que nos fascina a las tres.
En el arco, hay una puerta de hierro forjado que también se abre de forma suave cuando Diego introduce la llave en la cerradura y gira suavemente.
La verdad es que pese al descuido de la zona exterior, todo parece funcionar a las mil maravillas.