No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Margarita

Más o menos a medianoche, la puerta de mi habitación se abre y las cabezas de mis hermanas aparecen por la rendija.

—¿Estás dormida?

—No.

Las dos entran e igual que cuando éramos niñas, se meten conmigo en la cama.

—Nosotras tampoco podemos dormir —me informa Beatriz con un suspiro—. Cuando fui a ver a Juls, la cabeza le daba vueltas y le salían números por las orejas.

Suelto una pequeña carcajada y miro a mi hermana más pequeña.

—Estaba redactando un plan de viabilidad del negocio de hostelería —le saca la lengua a Beatriz y esta sonríe—, y he investigado un poco sobre la zona.

—Lo que significa que es como Wikipedia pero con piernas y grandes tetas —apunta Beatriz, haciéndonos reír de nuevo.

—Lo ves como algo real, ¿no es cierto? —le pregunto apartándole un mechón del rostro—. Crees que puede funcionar.

Suspira, se muerde el labio y tras un par de segundos nos mira a los ojos.

—Sí. Creo que podemos hacerlo funcionar.

Tenemos la gran fortuna de no tener que pagar hipoteca y he cancelado los préstamos que teníamos, lo que significa que tenemos fondos suficientes como para mudarnos a Valdearenas, ocuparnos de la reforma del restaurante y lo que pueda necesitar la casa y poner en marcha el negocio…

—¿Pero?

Conozco a mi hermana y sé que hay un pero en todo esto.

—No nos quedarían fondos para contratar a más de dos personas, así que al principio, vosotras dos tendríais que llevar todo el peso del negocio —se muerde el labio—.

Yo me quedaría en mi puesto y tendríamos que alquilar este piso, ahora que los alquileres dan dinero…

Entre mi sueldo y el alquiler, podríamos hacer frente a los pagos del préstamo que tendremos que pedir, porque aunque nos han dejado dinero, yo creo que no deberíamos tocarlo por si acaso.

—Pero las tres tomaríamos las decisiones, ¿verdad? —pregunta Beatriz y yo observo a mi hermana pequeña.

—Sí queréis sí, pero la verdad… yo no puedo aportar mucho a todo esto, solo ocuparme de los números y creo que es egoísta po r mi parte cargaros a vosotras dos con el restaurante, da mucho trabajo y…

—¡No digas tonterías! No estarías mano sobre mano, si no ayudando en la parte financiera que es donde mejor nos puedes ayudar. Lo único que me preocupa es que ese pueblo está a…

—Sesenta y cinco kilómetros de Madrid —termina Julieta por mí.

—¿Y qué hay del transporte? ¿Hay tren, cercanías, autobús o algo?

—Hay una línea de autobús que pasa cerca del restaurante cada tres o cuatro horas, creo, la información por internet no parece muy fiable.

Y a quince kilómetros del restaurante hay una estación de cercanías, es la parada “El Robledal” y conecta con Atocha, y de allí sería coger la línea 1 y llegar a Plaza de Castilla.

—Dado que entras a las nueve de la mañana, ¿a qué hora deberás levantarte?

Sé por qué se lo pregunto. Uno de los vicios de Julieta es dormir hasta tarde, odia madrugar, aunque lo ha hecho toda su vida y jamás se ha quejado lo más mínimo.

—Pues quince minutos en coche hasta la estación de cercanías, cerca de una hora hasta Atocha y media hora más hasta Plaza de Castilla… tendría que salir de aquí sobre las siete más o menos. Pero no me importa, creo que el esfuerzo que haréis vosotras, si al final aceptamos, va a ser mayor.

—Te llevarás mi coche —y, la verdad, las palabras de Beatriz no han sonado a petición o a oferta—. Seguro que del restaurante a tu trabajo es menos de una hora.

—Puede ser —Julieta sonríe con timidez—.

No lo he mirado porque no lo voy a hacer —se encoge de hombros—.

Odio conducir por Madrid, además, allí tendría que alquilar una plaza de aparcamiento y no me parece razonable.

Si voy en tren o en autobús puedo ir trabajando por el camino, escuchar música o leer… para mí es perfecto.

—Pero en invierno llegarías de noche a casa —Beatriz le coge las manos.

—En invierno, todas llegamos de noche a casa, mira a Marge, hay veces que no llega hasta la madrugada, mis horarios no son tan exigentes.

Me acabo de dar cuenta de que las tres queremos aceptar. De que las tres queremos un cambio en nuestras vidas y sí, soy consciente de que el cambio es totalmente radical, pero también me doy cuenta de que ninguna tiene miedo a empezar de nuevo.

—Imagino que eso significa que vamos a aceptar.

Mis hermanas asienten con la cabeza y las abrazo mientras nos recostamos en el colchón.

—El único punto complicado podría ser el tema de las posibles conquistas, pero como ninguna de las tres es que esté trayendo a muchos chicos, la verdad, no creo ni que debamos preocuparnos… nos moriremos a los cien años, solas, solteras y con un montón de gatos.

Nos reímos a carcajadas ante las vehementes palabras de Beatriz, pero la triste realidad es que todo lo que ha dicho es absolutamente cierto.

***

Como de costumbre, soy la primera en levantarme. Preparo el café y enciendo el horno para que se vaya calentando mientras me ducho y me preparo para volver a mi tortura diaria.

Hoy les he preparado a las chicas rollos de crema con fresas y arándanos.

Cuando salgo de la ducha veo a Julieta bebiendo café de forma compulsiva a sorbitos pequeños mientras con la mano derecha sigue haciendo anotaciones en el margen de las páginas del dossier.

Evito tropezarme con Beatriz de milagro, que sale de mi habitación —donde las tres nos quedamos dormidas anoche—, y se dirige al baño con los ojos aún medio cerrados.

Una vez que me seco el pelo y me visto, me dirijo a la cocina y me siento al lado de Julieta.

—¿Estás nerviosa?

—No —me mira de reojo—, bueno, un poco. Pero ya tengo toda la legislación sobre las herencias en la Comunidad de Madrid y también he empezado con un pequeño estudio de mercado, he pensado que este fin de semana podríamos ir a ver toda la propiedad, aún no he hablado con quien la está gestionando, pero…

—mira su reloj de muñeca—, en media hora me llamarán del bufete para darme hora y espero que también me den los datos para poder concretar la visita.

—¡Madre de Dios! ¿cuándo has hecho todo eso?

Mi hermana se sonroja y se encoge de hombros.

—Anoche… no podía dormir y ni tú ni Bea os enteráis de nada cuando os dormís, trabajé un poco y después… estuve investigando.

—Deberías dormir más —me bebo el zumo de naranja y cojo uno de los bollos que Julieta ha sacado y puesto en una bandeja —cada vez duermes menos.

—Lo recupero el fin de semana —me mira a los ojos—. ¿Tú estás nerviosa?

—No —sonrío—. Me muero de ganas de verle la cara al imbécil de Enrique —me froto las manos como la bruja malvada.

—Va a salir bien, lo presiento.

—Y si no sale, aprenderemos algo.

Oímos a Bea salir del baño y Julieta se pone en pie en el acto.

—Me voy a la ducha que quiero dejar algunas cosas listas antes de ir a trabajar, si vuelvo a dejar colgado a Mario hoy, es probable que me baje el sueldo y ahora lo necesitamos todo.

Le sonrío y observo cómo se aleja.

Mientras, Beatriz ya está en su habitación secándose el pelo y con la música puesta. Está más alta de lo normal, pero como los dos vecinos que tenemos en esta planta, están sordos como tapias, no es que se moleste a nadie.

Ahora, estos diez minutos en los que estoy a solas en la cocina, son solo para mí, mi momento de tranquilidad antes de sumergirme en la vorágine de ser la mano derecha de un hombre que tiene mucha fama, un ego aún mayor y una personalidad sociópata.

No he hablado con las chicas sobre qué les parece lo de alquilar el piso.

Y no sé si me atrevo a hacerlo. Porque para mí es…

un alivio. Aquí hemos vivido cosas buenas, cosas maravillosas, pero también cosas horribles.

Creo que ni Bea ni Juls lo recuerdan, pero yo aún puedo ver a nuestra madre llorando y suplicando a nuestro padre que no la abandonase.

Puedo recordarla en la bañera, llorando a mares mientras el agotamiento la desgarraba.

Recuerdo sus pesadillas, recuerdo su mirada llena de tristeza y recuerdo su expresión cuando volvimos aquel día a casa y estaba desvalijada. Un escalofrío me recorre de arriba abajo, como siempre que pienso en aquel día. Fue casi como si pudiese ver cómo su corazón se rompía para siempre.

Después de eso, jamás se relacionó con ningún otro hombre. Al menos, no lo hizo de forma tan seria como para que nosotras le conociésemos, y en el barrio tampoco la vieron nunca con nadie.

Me sirvo el café y de paso cojo el dossier de mi hermana. No puedo evitar sonreír.

Hay anotaciones en los márgenes en varios colores, hay preguntas, hay datos… y en las líneas del informe hay frases subrayadas.

Sí, quizá sí que aún queda algo de pasión en Julieta. Sé que ella lo vive todo intensamente y que las cosas la afectan de una forma diferente a como lo vivimos Beatriz y yo.

—Buenos días, hermana.

Me giro para saludar a Bea y sonrío.

—Como te pille cotilleando sus cosas… —bromea y se sienta a mi lado, coge el dosier y sonríe—. Joder, echo de menos sus locuras, echo de menos sus risas descontroladas y… —repasa con la punta de los dedos las anotaciones de colores—. Pero no se ha ido del todo, ¿verdad?

—Estaba pensando eso mismo —la miro a los ojos—. Creo que necesita un proyecto nuevo, alejarse de toda esa gente que le hace daño y creo… creo que irnos de esta casa será bueno para todas.

Mi hermana me mira y, tras dejar la fina carpeta en la mesa, me abraza.

—Aún la ves —me susurra al oído y asiento—.

Yo no recuerdo algunas cosas, Margarita; creo que mi cerebro solo ha retenido las cosas buenas —se encoje de hombros cuando vuelve a su asiento—, pero siento que un cambio drástico nos vendrá bien.

Ahora tenemos esta oportunidad y sé que es un riesgo enorme —me sonríe con toda su luz—, pero me siento preparada para enfrentarme a él.

Además, creo que nunca olvidaremos a mamá —mira a su alrededor—.

Mamá era mucho más que este piso, era mucho más de las cosas buenas y malas que pasaron aquí…

Mamá nos dejó a todas una parte de ella.

Así lo veo yo, así que dejar el piso no me supone un problema, porque cuando me miro en el espejo, veo los ojos de mamá.

Cuando te veo sonreír, la veo a ella y cuando veo a Julieta, concentrada, mordisqueando la uña del meñique izquierdo, también la veo.

—Genial, ahora tengo que volver a maquillarme —protesto.

Porque sí, me siento tan sumamente vulnerable que mi hermana me ha hecho llorar. Porque tiene razón, porque nuestra madre era una fuerza de la naturaleza y está en cada una de nosotras.

Y recordar eso, me da la serenidad y la fortaleza necesaria como para enfrentarme al terrible día que tengo por delante.