Capítulo 3
Ricardo
Unos suaves golpes en la puerta me hacen levantar la cabeza y sonrío al ver a la persona que está entrando en mi despacho.
Fermín es amigo de mis abuelos desde que tengo memoria. Y cuando murieron fue un apoyo enorme para mi hermano y para mí. De hecho, no habría podido montar la empresa sin su ayuda.
—Sabía que pese a la hora, te encontraría aquí.
—¡Fermín! —Nos abrazamos y sonrío—. Me alegra muchísimo verte. ¿Qué tal las cosas?
El hombre se sienta y me mira con esa actitud suya tan paternalista. Lo cual me cabreaba sobre manera cuando era adolescente, pero que ahora, extrañamente, me reconforta un poco.
—Hoy me he reunido con las hermanas Salvatierra.
Me siento yo también y le escucho. Sé que todo este asunto le preocupa bastante.
—¿Crees que se harán cargo de la herencia? ¿Y que mantendrán el legado de Paco y Elisa?
Suspira y se recuesta del todo en el sillón frente a mi escritorio.
—Eso espero —se afloja la corbata y se desabrocha el primer botón de la camisa—, pero no sé qué decisión tomarán. Sé que tanto Paco como Elisa era lo que querían, así lo dejaron estipulado y se pasaron los últimos años pensando solo en esas chicas —se frota la cara—, pero…
—No las ves preparadas.
—No, no es eso… exactamente —me mira con expresión resignada—. Las tres son unas profesionales excelentes, por lo que hemos podido averiguar son trabajadoras, y está claro que los genes de mis viejos amigos corren por sus venas, salvo por las de la más pequeña que se dedica a las finanzas.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—No sabría decirte —me levanto y saco una botella de agua de la nevera que tengo en mi despacho, se la tiendo—. Gracias, hijo. Me apena mucho que no llegaran a conocer a sus abuelos, que no sepan nada de su padre.
—Era un cabrón, no se han perdido nada.
—Seguía siendo su padre y no digas tacos, hijo.
Sonrío ante su pequeña regañina y le indico con un gesto que continúe hablando.
—Son muy dulces y compasivas, o al menos eso me han parecido. Pero también es cierto que por muy bonito que yo les haya pintado todo el asunto, esas chicas ya tienen sus vidas hechas y esto se las va a cambiar por completo. Además, son chicas de ciudad.
—Y sin embargo, estás deseando que acepten.
Fermín sonríe y yo con él. Nos conocemos demasiado bien el uno al otro.
—Sí. Así es. Ojalá le den al restaurante y a la casa los buenos años que vivieron con Paco y Elisa. Ellos hacían por este pueblo mucho más que dar comida a los vecinos.
—Cierto.
Y no miento lo más mínimo.
Paco era un emprendedor nato. La energía de ese hombre parecía no tener fin, por eso quizá todo el pueblo se sorprendió y lloró la muerte repentina de un hombre que jamás le negó nada a nadie.
Fue un palo tremendo para todos. Y la que peor lo llevó fue, evidentemente, Elisa.
Quizá por eso el cáncer se la llevó de forma tan fulminante.
O al menos, eso es lo que dice mi madre.
El caso es que este pueblo les perdió a los dos con apenas un par de meses de diferencia y aún no nos hemos recuperado.
Y cuando se hizo público que tenían tres nietas en la ciudad, el pueblo entero se dividió en sus opiniones.
Unos decían que iban a echar a perder el legado y la herencia de sus abuelos, otros, que siendo grandes señoritas de la ciudad, nos abrirían las puertas al turismo de nuevo y que eso era bueno para todos.
Yo aún no me he echo una idea de qué supondrá para el pueblo que esas tres chicas vengan aquí. Si es que lo hacen.
—En fin, ya veremos qué pasa con la herencia. ¿Qué tal te van las cosas?
Sonrío y me recuesto en mi sillón .
—Van bien, gracias. Tengo a Marcos en una obra al norte de aquí. Están reformando un chalet enorme que han comprado unos alemanes. La verdad es que se van a dejar un dineral, pero va a quedar bien. ¿Quieres echarle un ojo a los planos?
Fermín asiente y yo se los muestro encantado.
Jamás habría terminado la carrera de arquitecto sin el apoyo de Fermín y de mi abuelo.
Y durante un par de horas, me discute todas y cada una de las decisiones que he tomado en el diseño. Es una sensación extraña. Es como volver al instituto pero con la certeza de que sé lo que hago.
Con él siempre ha sido así. Cuando era más joven pensaba que lo hacía por tocarme las pelotas, pero no. Es su forma de hacer que me esfuerce, que si tomo una decisión sea con fundamentos y no por intuición. Siempre me ha llevado por el camino del razonamiento.
Es una gran persona y un amigo en el que se puede confiar plenamente y es una suerte que esté de mi lado, porque cada vez queda menos gente así.
Marcos y él fueron los únicos que jamás dudaron de mi palabra con todo el asunto de Ana. Y nunca sabrán el enorme respiro que eso supuso para mí.
Mucha gente cree que tolero las tonterías de Marcos porque es mi hermano, pero no es por eso, es que él siempre ha estado ahí. Jamás me ha decepcionado y sé que puedo contar con él para cualquier cosa que me proponga y eso es un alivio increíble.
Igual que podido haber contado siempre con el apoyo y el ánimo de Fermín.
Cuando era más joven no aprecié del todo su sabiduría ni sus buenas intenciones y él no tenía por qué aguantar mis tonterías, pero lo hacía. Sin quejarse, jamás les contó a mis abuelos lo capullo que llegaba a ser a veces.
—¿Qué te parece si cenamos juntos?
—Me encantaría, pero no puedo, cojo un vuelo a primera hora, solo quería pasar a saludar.
***
Al día siguiente a primera hora de la tarde, mi hermano entra en el despacho y se deja caer en el sillón.
—Estoy reventado, tío.
Me levanto y le lanzo una botella de agua que se bebe casi de un trago.
—Si mamá te pilla bebiendo así, te daría una colleja —me burlo y él me saca la lengua. A veces es como un crío de doce años.
—He comido con ella hoy, papá estaba con los de su club de ajedrez.
—Podías haber llamado —le recrimino sin darle más importancia.
—Tenías trabajo —me guiña un ojo y sonrío. Es un descarado—. Además, fue una comida muy rápida porque la llamaron sus amigas del bingo y me dejó tirado. Desde que papá y ella se han jubilado, es casi imposible pasar tiempo con ellos.
Sonrío porque tiene toda la razón del mundo. Aunque tampoco es que sea una novedad. Siempre han estado demasiado ocupados.
Salvo en las fechas más señaladas del calendario, el resto del año es casi imposible hacer planes con ellos. Cuando no está cada uno en su club, están viajando por el mundo y joder, hacen de puta madre. Se han pasado toda la vida trabajando como cabrones. Ahora les toca disfrutar.
—Pero aunque el almuerzo ha sido corto, a mamá le ha dado tiempo a preguntarme si hay alguna mujer en tu vida y cuándo piensas hacerla abuela. Dice que es el hazmerreir de sus amigas porque es la única que no tiene nietos.
Me froto la cara y el pelo con fuerza y de repente, se me ha pasado todo el buen rollo.
—Joder…
—Yo te digo lo que me ha dicho —mi hermano se encoge de hombros.
No es culpa suya, eso lo sé. Pero joder…
cuando pasó todo lo de mi ex, mis padres se portaron muy bien, la verdad.
Y más cuando se hizo público que me habían demandado para reclamarme la paternidad de un bebé que si llegó a existir, desde luego no era mío.
Aunque nunca estuvieron seguros del todo de mi versión.
Mi hermano me debe ver agobiado porque cambia de tema enseguida y se lo agradezco con un gesto de la cabeza.
Nos pasamos el resto de la tarde desglosando cómo van los trabajos en el chalet de los alemanes y algunos trabajos menores que también estamos haciendo.
—Vamos a tener que coger a más gente —le digo al ver que tenemos un pequeño retraso en un par de obras.
—Lo he pensado también, yo digo que como mínimo necesitamos a cuatro personas más.
Me quedo observando las planificaciones de los próximos meses.
Llevamos posponiendo lo de meter a más gente en la empresa demasiado tiempo y nos hace falta porque tanto Marcos como yo nos estamos dejando la piel en esto y la verdad es que no es necesario, nos lo podemos permitir y contratando más gente, podríamos coger más trabajos.
—Hay una cosa de la que quiero hablarte —mi hermano me mira y espera a que yo siga hablando—. Fermín ya se ha reunido con la herederas de Paco y Elisa.
—Joder, ¿y?
—No sabe lo que van a hacer —le miro a los ojos—. Si se hacen cargo y quieren reformar el local, la casa o la finca, voy a hacer lo imposible por conseguir el contrato.
—¡Joder! ¡pues claro! Yo tampoco quiero que unos desconocidos urgen entre las cosas de Paco y Elisa.
Nos miramos y asentimos.
Trabajar con mi hermano es genial porque nos entendemos sin palabras y me hace sentir bien que comprenda lo importante que es para mí.
—Entonces mejor contratamos a siete personas, si sale lo de Casa Elisa, yo quiero estar ahí —le informo y él asiente.
Marcos es uno de los mejores paisajistas del país. Tiene unas ideas muy locas a veces, pero los clientes se lo rifan y eso siempre es bueno para el negocio. Pero además es que su visión de conjunto es tremendamente acertada siempre.
—Y si deciden hacer algo con el jardín, yo también quiero participar.
—Eso por descontado.
Mi hermano plantó algunos de los frutales de la propiedad junto con Paco y nuestro padre.
Sí, los dos tenemos una conexión muy fuerte con aquel lugar que se quedó vacío de forma repentina. Y sé que ambos estamos deseando volver a verlo brillar.