Capítulo 2
Margarita
Durante unos segundos no se oye ni el ruido de una mosca.
Es mi hermana Julieta la primera en reaccionar.
—¿Está diciendo usted que nuestros abuelos nos han dejado una casa y un restaurante en ruinas?
—No, nada está en ruinas, señorita Salvatierra.
El restaurante cerró hace unos tres años, pero una empresa de limpieza lo ha mantenido en buenas condiciones y la casa está en perfecto estado.
Sus abuelos la reformaron por completo un año antes de morir.
El tejado fue cambiado por uno más eficaz energéticamente, la casa ha sido aislada con las últimas técnicas, cañerías, electricidad…
todo ello está nuevo. Y la misma empresa que limpia el restaurante, ta mbién se encargaba de la casa.
—¿Puede darnos más datos?
—Por supuesto.
Nos tiende un dossier a cada una de nosotras y sonríe complacido.
La casa es una magnífica propiedad de quinientos metros cuadrados, dispone de seis habitaciones, cuatro cuartos de baño, una cocina enorme, garaje para tres coches, cuarto de lavadora y plancha y un precioso jardín con un montón de hierbas aromáticas que me hace abrir los ojos como platos.
El restaurante también me deja impresionada, aunque claramente tiene un estilo anticuado y nada eficaz, no se puede negar que exuda encanto por todas partes. Es amplio, bien iluminado y desde luego, no está nada mal.
Beatriz también está impresionada a juzgar por la expresión de su rostro.
Sin embargo, ninguna dice nada, ahora es el momento de Julieta.
—Señor Fuentes… esto es…
—Eso no es todo, por supuesto —nos mira a las tres—. Si son tan amables de ir a la última hoja, ahí hay un inventario detallado de las joyas, las propiedades y el dinero que también pasará a sus manos.
—¡Madre de Dios! —Beatriz se sonroja y la verdad, creo que yo también—. Debían de estar forrados…
—Bueno, es cierto que heredaron una pequeña fortuna, pero sus abuelos, ambos, eran muy trabajadores y muy ahorradores, no malgastaron un solo céntimo en toda su vida —hace un gesto hacia nuestros dosieres—, como pueden comprobar .
—Esto es…
—Alucinante —termina Beatriz por mí.
Sin embargo, me tenso al ver la expresión preocupada de mi hermana Julieta.
—¿Pasa algo?
—No, bueno, no lo sé… —frunce el ceño—. Algo no encaja… no sé… —se muerde el labio, entrecierra los ojos y entonces mira al notario—. Las cifras no están bien.
Él, lejos de sonrojarse, sonríe satisfecho.
—Sus abuelos me habían contado de su habilidad, señorita Salvatierra, pero es un placer ver a ese cerebro suyo trabajar.
Juro que besaría a este hombre. Mi hermana resplandece por un instante, solo uno, pero sé que ha sido importante para ella. Y para nosotras.
—Ciertamente, las cifras no encajan, porque sus abuelos dejaron estipulado que los impuestos de sucesiones los pagarían ellos, no ustedes.
Así que esas son las cifras que les quedarían limpias, con los impuestos ya pagados en nombre de las tres.
La única condición que pusieron es que ni la vivienda ni el restaurante pueden ser vendidos, alquilados o traspasados a nadie en los próximos veinte años.
—Querían que permaneciese en la familia —deduce Beatriz y el hombre asiente.
—Señor Fuentes, todo esto es mucho que asimilar, tengo que pensar y que hacer cuentas y… bueno, hablar con mis hermanas en privado, por supuesto.
—No esperaría otra cosa —nos sonríe— como le dije, yo me retiro definitivamente, mi hijo vive en Grecia y me voy a vivir con él y con su familia.
Pero en este bufete están al tanto de todo, lo lleva otro buen amigo de sus abuelos y mío, toménse el tiempo que necesiten para pensarlo, pero si me aceptan un consejo, digan que sí.
Sus abuelos querían compensarlas por no haber estado presentes en sus vidas y por no haberlas protegido de su único hijo.
No digo que esto les solucione la vida, pero sí que se la facilitará un poco, ¿no les parece?
Poco después nos despedimos y las tres salimos en un estado de aletargamiento que me tiene un poco preocupada.
Cuando llegamos a casa, Beatriz saca una tarta Red Velvet y prepara unos batidos de chocolate en un minuto, cuando lo tiene todo preparado como a ella le gusta, nos trae todo al salón, donde Julieta y yo hemos estado en silencio.
Mi hermana pequeña no hace más que tomar notas al margen del dossier mientras se destroza el labio inferior con los dientes.
—Juls, deja eso ahora —Beatriz le sonríe—. Hay tarta y batido, primero azúcar, después números.
Julieta le hace caso, por supuesto, porque nadie se resiste al encanto de Beatriz.
—Estoy… preocupada —nos mira a los ojos—. Yo… es que…
Beatriz y yo nos dedicamos una mirada y ambas asentimos.
—Sabemos que estás preocupada, pero eres nuestra hermana, Juls —le digo con total sinceridad—. Si no lo ves claro, si algo te preocupa, diremos que no y que el señor Fuentes o el bufete de su amigo se encargue de este problema, o lo cogemos las tres juntas, o no lo cogemos.
—Yo no soy como vosotras.
—¿Ah, no? ¿Acaso tienes tres piernas y nos has estado engañando todo este tiempo?
Beatriz nos hace sonreír. Le tiende un plato con tarta y un vaso de batido .
—Eres nuestra hermana —se encoge de hombros—. Si tú dices que no, yo digo que no.
—Estoy totalmente de acuerdo —miro a mis hermanas—. O todas, o ninguna. Hemos estado siempre juntas y eso para mí, es más importante que todo lo demás.
Una solitaria lágrima recorre el rostro de mi hermana pequeña y juro que destrozaría todo a mi alrededor ahora mismo. Noto la cálida mano de Beatriz en mi pierna y me obligo a relajarme.
¿Por qué una persona tan buena como ella ha tenido que sufrir tanto? ¿Por qué fui tan débil que no pude protegerla?
Ni Beatriz ni yo le decimos que no llore. Puedo recordar a mi madre diciéndonos con infinita ternura cuando éramos niñas y nos burlábamos de Julieta por llorar, que era un alma demasiado sensible, que ella lo sentía todo con tanta intensidad que su pequeño corazón se rompería sin remedio.
Recordar a mamá me pone triste. Hace años que la perdimos y todas hemos superado su muerte lo mejor que hemos podido, pero eso no lo hace más fácil. Ella nos ayudaría a tomar esta decisión, nos escucharía con paciencia y nos daría su sincera opinión.
La echo de menos, creo que todas lo hacemos. Nos quería tanto… y nos dejó demasiado pronto.
—¿Qué crees que estará pensando mamá ahora?
** *
La pregunta de Beatriz me hace estremecer. A veces pienso que nos leemos el pensamiento.
—Creo que nos diría que tenemos que mantenernos unidas —Julieta apenas susurra, más lágrimas caen por su rostro—. Que nos diría que si estamos juntas, nada puede salir mal, que si nos equivocamos y aprendemos por el camino, nada puede ser tan grave.
Beatriz y yo sonreímos.
Por supuesto que diría eso.
—También nos diría que ofrezcamos lo mejor de nosotras mismas —continua Beatriz—. Que nos fiemos de la inteligencia y la intuición de Juls, que nos dejemos llevar por la fuerza de Marge y que nos sumerjamos en mi alegría infinita.
Termina de hablar con los ojos húmedos y una sonrisa tan dulce como el azúcar en los labios.
Miro a mi hermana pequeña, sigue preocupada, se lo noto en la tensión de los hombros.
—Julieta, esto es cosa tuya —me encojo de hombros—. Nosotras no tenemos ni idea de leyes ni de números a esos niveles.
—Voy a necesitar un par de días para investigar y para… no sé… decidir, supongo —se frota las sienes—. Voy a llamar a Mario y le pediré dos días libres, espero que no me ponga pegas.
—Imagino que no lo hará teniendo en cuenta que no tienes vacaciones desde hace tres años —apunta Beatriz con gesto serio—. De verdad os lo digo… trabajáis demasiado.
—¿Acaso tú no lo haces? —pregunto con una ceja arqueada.
Puede protestar todo lo que quiera, pero es igual que Julieta y que yo. Si su jefa la llama, pierde el culo por ir corriendo.
Mi hermana no contesta, solo nos mira y hace un mohín con la boca, el mismo que hacía mi madre cuando le daba vueltas a algo.
—La casa es enorme… —comenta con apenas un susurro—. Y el jardín… una maravilla.
Todas miramos hacia nuestra minúscula terraza donde tenemos tres macetas con plantas aromáticas y una planta de aloe vera. No nos cabe nada más.
—Siempre quisimos tener un jardín, ¿os acordáis de lo que solía decir mamá? —les pregunto emocionada.
—Que nos enseñaría a plantar, a hacer esquejes, a recolectar nuestra propia fruta para los batidos —suspira Beatriz—, y que pasaríamos tardes enteras haciendo coronas de flores, ¿te acuerdas de la que te hizo mamá por tu cumpleaños, Juls?
—Sí —el suspiro que sale de sus labios nos emociona a todas.
De la tres, es la que menos recuerdos tiene de nuestra madre, ya que es la más pequeña de las tres. Cuando nuestro padre se largó de casa —o bueno, cuando lo hizo de forma definitiva—, yo tenía cuatro años, Beatriz dos y Julieta acababa de nacer.
Mi madre nunca nos habló mal de nuestro padre, simplemente nos explicaba las cosas de una forma que tres niñas pequeñas pudiesen comprender.
Aunque creo que ninguna de las tres notó jamás su ausencia, porque ya antes de llevarse todas sus cosas y lo que había de valor en casa, había veces que desaparecía durante meses.
Yo no recuerdo su apariencia, solo tengo la conciencia de que a veces, había un hombre que estaba por casa. Pero no tengo ni un solo recuerdo suyo.
Sin embargo, cuando nuestra madre murió, le odié con todas mis fuerzas. Hicimos de todo para encontrarle, hasta pusimos un anuncio en el periódico, pero no conseguimos nada. Y yo apenas sabía qué hacer con mi dolor, como para saber cómo consolar a mis hermanas pequeñas.
La enterramos una semana después de que yo cumpliese los diecinueve, Beatriz tenía diecisiete y Julieta solo tenía quince años. Fue un año terriblemente duro para las tres.
Hojeo las fotos del dossier de la casa y del restaurante mientras paladeo la tarta Red Velvet que Beatriz nos ha hecho y bebo el delicioso batido a sorbos pequeños.
La verdad es que tiene una pinta estupenda.
Miro de reojo a mis hermanas y sonrío.
Beatriz mira las fotos con atención y una sonrisa en los labios, seguro que está imaginando cómo pintaría las paredes, cómo colocaría los nuevos muebles y cómo arreglaría todo lo que ella considere que no está bien. Tiene un cerebro de artista, siempre lo he pensado.
Julieta apunta números de forma frenética en la tablet que lleva con ella a todas partes. La veo mover los dedos sobre la pantalla mientras se muerde el labio inferior con fuerza. Siempre tiene los labios llenos de heridas a causa de la tensión.
Y yo solo puedo pensar en que si aceptamos la oferta, podríamos irnos de Madrid, podría dejar mi trabajo que empieza a consumirme y podría trabajar para mí misma. Sé que soy perfectamente capaz de llevar un restaurante y sé que le sacaría beneficios como para mantenernos a las tres.
Miro a mi alrededor y le doy gracias a mi madre.
Vivimos en un piso de tres habitaciones bastante amplio en la zona de la Casa de Campo.
Mi madre compró este piso cuando éramos niñas, se dejó la piel trabajando y vendió todo aquello de valor que tenía para poder pagar la hipoteca, cuando nuestro padre nos dejó y se llevó todo lo que tenía valor, creí que perdería la cabeza.
Pero no. Mi madre no. Simplemente se permitió llorar un día y después alzó el rostro y continuó adelante ella sola. En realidad siempre estuvo sola.
Ella nos sacó adelante y ella nos enseñó todo acerca del trabajo duro, del esfuerzo y de fijarse metas realistas y conseguirlas.
Cuando vivíamos las cuatro aquí, sin nuestro padre, mamá ocupaba la habitación más pequeña, Julieta ocupaba una de tamaño medio y Beatriz y yo compartíamos el cuarto más grande.
Pero en las semanas siguientes a su muerte, Julieta nos pidió quedarse con la habitación de nuestra madre y la verdad, no nos atrevimos a decirle que no.
La veíamos tan perdida, tan sola y tan triste…
que hubiésemos hecho cualquier cosa que nos hubiese pedido.
Beatriz se empeñó en dejarme a mí la habitación y ella se quedó con la de Juls.
Con el paso de los años, hemos ido adaptando el piso a nuestras necesidades y gustos, y no negaré que me encanta este piso, pero por mucho tiempo que pase, no puedo evitar mirar hacia la puerta con la esperanza de ver a nuestra madre entrar con su preciosa sonrisa.
Y aunque lo disimulo muy bien y jamás se lo he contado a nadie, no soy capaz de entrar en la habitación de Julieta.