Capítulo 1
Margarita
—¡A ver si nos dejamos los temas personales en casa!
El gruñido malhumorado de Enrique me hace poner los ojos en blanco.
—Puedes responder en recepción —me indica Carmen, la más reciente de las incorporaciones al hotel y que aún siente terror ante nuestro reputado chef.
—Sólo me llaman si es grave —respondo mientras me lavo las manos.
No me responde, se limita a tirarle un trapo a otro de sus ayudantes. Este hombre cada día está peor.
En fin, me encojo de hombros mentalmente mientras atravieso el hotel en dirección al despacho privado que está detrás de la recepción que es donde el personal podemos atender asuntos privados.
Tiene que ser algo importante si mi hermana Julieta no ha podido resolverlo sola. Desde luego, si hay alguien capacitado en este mundo, es ella.
Saludo a un par de empleados y cuando cierro la puerta me preparo para recibir malas noticias. Tomo asiento y tras suspirar, cojo el auricular y aprieto el botón que me conectará con mi hermana.
—Hola, soy yo. Dime.
—Lamento muchísimo haberte interrumpido, Margarita, pero es que no he tenido más remedio —la noto demasiado nerviosa y me pongo tensa de inmediato.
—¿Estás bien? —Miro el reloj que llevo en la muñeca—. Puedo estar ahí en…
—No, no tranquila, no es por mí —suspira de nuevo—. Es que… es todo muy raro. Se ha puesto en contacto conmigo un notario que dice que tiene que reunirse con las tres, algo sobre una herencia y algo sobre nuestro padre.
Ahora la que está tensa soy yo. ¡Ese cabrón! Sin embargo, no puedo decirle eso a mi hermana, bastante tiene ya con sus cosas como para que yo me dedique a desenterrar secretos familiares.
Cojo aire profundamente antes de responder.
—¿Y qué crees que debemos hacer? Confío en tu criterio en estas cosas, yo no quiero nada de ese sinvergüenza, ya lo sabes, pero somos tres las que tenemos que tomar la decisión y tanto Beatriz como yo, haremos lo que tú nos digas.
—Eso es mucha presión para mí, no… yo no… ni siquiera debe ría ser… —Suspira y se toma un par de segundos—. Creo que deberíamos escuchar lo que tiene que decir, no deberíamos tomar ninguna decisión sin saber exactamente a qué nos enfrentamos.
—Me parece razonable. Te enviaré mi horario…
—No —me interrumpe —el hombre no es de Madrid y solo estará aquí esta tarde, mañana a primera hora coge un vuelo a no sé dónde, no me quedé con su destino, tenemos que verle esta tarde.
—¿Y dónde será la reunión?
—En el despacho de abogados Pardo Varela —casi puedo verla encogiéndose de hombros— nos pueden atender hoy a las cinco. Naturalmente le he dicho que sin hablar con vosotras dos no podía confirmar nada.
—Estaré allí, iré desde aquí. ¿Has hablado ya con Beatriz?
—No, quien lo tiene más complicado eres tú, si tú no puedes estar, que estemos nosotras no sirve de nada. Te enviaré la dirección del bufete.
—Eres la eficiencia hecha persona —sonrío—. ¿Estás teniendo un buen día?
—Sí —noto su delicada sonrisa—, después de la reunión tengo que volver a la oficina, pero nada con lo que no pueda.
—Eso por descontado —sonrío aunque no puede verme—. No hay nada que no seas capaz de hacer. Te quiero, hermana.
La oigo coger aire con fuerza.
—Te quiero, hermana —me responde con apenas un susurro.
Cuando ambas colgamos, me duele el corazón.
Julieta tiene un corazón de oro, es dulce, buena, amable y muy cariñosa, pero le han hecho daño tantas veces y de tantas formas que creo que jamás volverá a confiar en nadie. Me enfurece no haber sido capaz de ver las señales, de no haber sido capaz de protegerla del mal del mundo.
Me llevo una mano al pecho y me lo froto con fuerza.
Voy a odiar a Lucas y a María toda la vida.
Le rompieron el corazón a mi hermana e hicieron que dejase de creer en los demás, se ha aislado tanto que solo tiene contacto con nosotras, ella dice que queda con gente del trabajo, pero tanto Beatriz como yo sabemos que no es verdad.
Lo que hace es ir a una cafetería cerca de su oficina y se toma un café con mucha nata mientras lee una de sus muchas novelas.
Me recuesto en la silla y suspiro.
He intentado hablar con ella, pero se cierra en banda y tan solo consigo que ambas suframos, así que cada viernes, las tres fingimos que Julieta está con sus compañeros de trabajo disfrutando de unas cervezas y riendo. Aunque las tres sabemos que no es verdad.
La puerta del pequeño despacho se abre de golpe y Enrique entra hecho una furia y como siempre, gritando.
—¡¿Acaso te crees que te pago para que te quedes aquí descansando?!
Me levanto despacio y me enfrento a él, no es la primera vez y no será la última.
—Primero, tú no me pagas y segundo, no estaba descansando, estaba atendiendo a mi hermana.
—¡No me cuentes tu puta vida y vuelve al trabajo!
—Hoy me voy a las cuatro.
—¡Eso no te lo crees ni tú!
—Percibe el tono, Enrique —le miro a los ojos—. No te he pedido permiso ni te he preguntado, te he informado de que a las cuatro en punto me largo .
Alzo una mano cuando abre la boca y se detiene.
—Es mi familia, Enrique. No hay nada que discutir.
Le veo apretar los dientes y tras darme un empujón, me saca del despacho y sale casi corriendo.
Fue hace dos años, cuando tuvieron que operar de apendicitis a Beatriz cuando mi jefe comprendió que mis hermanas eran un límite infranqueable para mí.
Recuerdo a Julieta llorando en el hotel porque nadie me había pasado la llamada de mi hermana pequeña, Beatriz se había levantado con vómitos y mucha fiebre, además de un dolor horrible, Julieta la llevó al hospital —porque aunque no tiene coche propio, sí que tiene carnet de conducir—, y allí la dejaron ingresada para operarla.
Aquel día casi mato a Enrique.
Y no es una exageración, llegamos a las manos, incluso cogí una enorme sartén y le amenacé con ella.
Cuando la dejé caer de golpe a sus pies y no le dí por poco, comprendió que mis hermanas están por encima de todo y de todos.
Y desde entonces, si una de ellas me llama, me pasan la llamada de inmediato.
—Más te vale que lo dejes todo listo antes de irte a las cuatro —me ladra Enrique en cuanto atravesamos las puertas de la cocina.
Las ganas y la necesidad de mandarle a la mierda son enormes y crecen a cada segundo.
***
El bufete es uno de los más prestigiosos de la ciudad y se nota en cada detalle.
Mis hermanas ya están arriba esperándome, pero no puedo evitar fijarme en la elegancia sencilla —aunque grita dinero en cada rincón—.
Las obras de arte son increíbles, serenas, hermosas.
La combinación de colores cálidos y maderas nobles está creada para invitar a la calma y la relajación.
Imagino que en un lugar en el que no siempre dan buenas noticias, estos detalles son importantes.
Una vez que subo en el ascensor y las puertas se abren, ante mí se despliega más elegancia sencilla. La sobriedad en esta planta es más evidente, pero no intimidante. Eso me gusta. Creo que da confianza, aunque no es que yo me vaya a fiar sin más de lo que nos cuenten.
Al menos, no sin que mi hermana Julieta dé su opinión al respecto.
—Ya estás aquí.
Beatriz me mira nerviosa y le cojo la mano.
—Esta gente es muy… seria.
No puedo evitar sonreír. Mi hermana corregiría los problemas del mundo con una de sus luminosas sonrisas y su tarta Red Velvet.
Julieta está sentada leyendo un dossier que tiene en las manos, ni siquiera se ha dado cuenta de que he llegado.
—Está peor que nunca, como un robot —me susurra Beatriz—. Se ha descargado no sé cuántos libros sobre leyes en el móvil, es como si quisiera sacarse la carrera de derecho en una tarde.
Sonrío mientras miro a mi hermana. Puede parecer una tontería, pero cuando se obsesiona con algo, casi puedo percibir algo de su antigua pasión en ella y eso me llena de orgullo y alegría.
—Si se lo propusiese de verdad, lo haría.
—Desde luego que sí.
Ambas tenemos una fe inquebrantable en nuestra hermana pequeña. Somos muy conscientes de todo el esfuerzo que ha tenido que hacer en la vida, en cómo superó el instituto a la delicada edad de quince años y con la muerte de nuestra madre tan reciente.
Pasó llorando en su habitación tres días enteros en los que apenas salía, solo cuando Beatriz y yo la obligábamos. Pero después de esos tres días, salió distinta. Como si algo dentro de ella se hubiese destruido para siempre.
Cojo aire y me dirijo hacia ella, no nota mi presencia hasta que me siento a su lado.
—Julieta.
—¿Qué? —Parpadea con esos increíbles ojos verdes—. Ah… Hola Margarita —me sonríe—. Solo estaba leyendo un poco —cierra el dossier—. Voy a avisar de que ya estamos listas.
—Oye… —Pongo mi mano en su brazo y la detengo—. ¿Todo bien?
—Sí, sí… claro… —me sonríe —sí. Estoy bien.
Pero creo que las tres sabemos que no es verdad y también sé que no me lo contará hasta que lo que sea que la haya sumido aún más en la soledad ya no tenga remedio.
La veo caminar con su elegante traje de falda y chaqueta, sus tacones de infarto y ese paso firme y grácil que le sale con tanta naturalidad.
Llama la atención de la secretaria y tras unas palabras susurradas, esta se levanta, llama a una puerta y cuando le dan paso, nos mira con una sonrisa.
—Adelante, señoritas Salvatierra. El señor Fuentes las está esperando.
—Muchas gracias, Miriam.
No me extraña que Julieta conozca el nombre de la mujer. Mi hermana es capaz de hacer que hasta una piedra hable, lo cual es curioso, porque no creo que realmente le guste el trato con las personas.
Dentro del despacho, que claramente le pertenece a un hombre, nos espera un señor de pelo blanco y porte elegante que se pone en pie con cierta ligereza impropia de la edad que parece tener y nos tiende una mano firme.
—Señoritas, tomen asiento, por favor. Soy Fermín Fuentes —nos sonríe con amabilidad cuando todos tomamos asiento—. Su hermana Julieta, y por favor, permitan que las llame por su nombre de pila, me ha informado de que todas desconocían que tenían familia en el norte de la provincia.
Julieta me mira de soslayo y asiente. Su señal silenciosa para que yo me haga cargo de la situación.
—Así es —confirmo—. La verdad es que no tengo claro qué estamos haciendo aquí, señor Fuentes.
—Bueno, eso lo entiendo, por teléfono fui un poco críptico con su hermana —se dirige a mí—. Si quieren, puedo explicarles con detalle por qué me puse en contacto.
—Eso sería de agradecer.
Tras sonreírme con indulgencia un poco paternalista, saca un dossier que tiene demasiadas hojas para mi gusto, frunzo el ceño, pero me fijo en la tranquilidad que emana de Julieta y como ella es quien controla los temas legales, me relajo un poco.
—Su padre, el señor Pedro Salvatierra, tenía unos padres con los que no tenía relación alguna, los abuelos de ustedes fallecieron hace un mes, lamento su pérdida, por cierto.
—Dado que no les conocíamos, no sé si las lamentaciones son apropiadas.
Me mira a los ojos y asiente con un gesto seco de la cabeza, es evidente que no le ha gustado mi respuesta.
—Eran buena gente —se quita las gafas y se frota los ojos—.
Permitan que yo sí me tome unos segundos, eran mis mejores amigos desde hace cincuenta años —nos mira y tiene los ojos húmedos—.
Gracias a ellos pude superar la muerte de mi Adela, eran unas personas excelentes.
Y lamento su pérdida cada día desde que ocurrió.
Mi hermana Beatriz es la primera en reaccionar. Se levanta y le ofrece un pañuelo con una de sus sonrisas curativas.
—Lo sentimos mucho, señor Fuentes, ha tenido que ser horrible para usted perder a tantos seres queridos, le rogamos que nos disculpe por nuestra frialdad, solo estamos confusas, en ningún momento hemos querido faltarle al respeto a sus queridos amigos. Le ruego que nos disculpe.
El rostro del hombre se suaviza y le da unas palmaditas en la mano a mi hermana.
—Lo siento, ha estado fuera de lugar, sé que nunca les conocieron y sé que su padre las abandonó cuando nació Julieta.
Mi hermana se tensa y yo le cojo de la mano, se la aprieto un instante. No importan los secretos de nuestra familia. Julieta es mi hermana pequeña y nada ni nadie va a cambiar eso jamás.
—¿Se encuentra mejor? ¿quiere que vaya a por un poco de agua?
Beatriz sigue algo preocupada por el hombre y eso me hace sonreír. Esta chica es puro algodón de azúcar.
—Muchas gracias, estoy bien —le dedica una sonrisa muy tierna—. Sigamos.
Carraspea y coge uno de los documentos.
—Mi gran amigo Paco y su esposa, mi querida amiga Elisa, sabían de todas vosotras, supieron de la muerte de vuestra madre, pero por aquel entonces las circunstancias no les parecieron las apropiadas para darse a conocer y después…
bueno, la vida, supongo, lo complicó todo aún más.
El caso es que —coge aire y nos mira— son ustedes las tres herederas de sus abuelos, los padres de su padre.
Ellos tenían un restaurante que en su momento gozó de gran popularidad y la verdad es que no les fue nada mal, aunque hace unos años tuvieron que cerrarlo cuando se jubilaron, se les aconsejó traspasarlo, pero para ellos, ese restaurante y la casa que hay en la misma finca, les pertenecía a ustedes.