No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1)
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Prólogo
Llego a casa completamente agotada.
El día no ha podido ser más complicado y más desesperante, todo ello a partes iguales.
Aún me duele la cabeza de escuchar los gritos del jefe de cocina, hasta el tintineo de las llaves al caer en el platito tan mono que Beatriz encontró en una tienda de antigüedades me destroza los oídos.
Se me escapa una sonrisa cuando escucho cómo mis hermanas bajan el volumen de la televisión, no he podido ocultarles que sufro de dolores de cabeza crónicos, pero tampoco les he contado nada más.
Son mis hermanas pequeñas, no es su labor preocuparse por mí, al contrario, es mi labor preocuparme por ellas y asegurarme de que son felices.
Y no hay nada que me enorgullezca más que eso.
Me quito los tacones y los dejo en el zapatero, cuando meto los pies en las carísimas zapatillas que Beatriz y Julieta me compraron, suspiro de alivio. El dolor de cabeza remite de inmediato.
—Buenas noches, Margarita.
Alzo el rostro y juro que la sonrisa me sale sola.
Mi hermana Beatriz es preciosa, todas somos muy guapas, y la más hermosa de todas es Julieta, pero la sonrisa de mi hermana Beatriz la hace ser especial, es como si te envolviese una cálida manta y como siempre, huele a vainilla, azúcar y canela.
Alzo la bolsa con la cena del restaurante y ambas se apresuran a descubrir qué les he traído hoy.
En la cocina del hotel siempre sobra muchísima comida y tirarla me parecía un desperdicio horrible, así que le comenté al gerente que podíamos repartirla entre los empleados, a él le pareció una idea sublime, al jefe de cocina por poco le da un ataque.
Pero merece la pena porque las caras sonrientes de mis hermanas es todo lo que necesito para soportar mil días más como el de hoy.
—Estás un poco pálida.
Julieta coloca sus manos enmarcando mi rostro y me mira a los ojos.
Mi preciosa e inteligente hermana pequeña es todo control y mesura y mentiría si dijera que ella es así, no lo es.
Cuando era pequeña era un torbellino de emociones y risas, descontrolada, intensa y tremendamente divertida, pero cuando nuestra madre murió algo se murió dentro de ella y desde entonces no la hemos recuperado.
Me duele en el alma saber que sufre, que no podemos ayudarla y creo que se ha resignado a vivir a medio gas.
—Me duele la cabeza, pero estoy bien. ¿Y tú?
—También —su sonrisa tranquila apenas le llega a los ojos cuando baja las manos hacia su propio cuerpo—. Mario me ha subido el sueldo, no mucho, pero…
—Eso es maravilloso —Beatriz la rodea con sus brazos y la besa en la mejilla.— Por supuesto, este fin de semana será ella quien nos invite al spa.
Suelto una carcajada y me uno al abrazo antes de darles las malas noticias.
—Este fin de semana…
—¡No lo digas! —me reprende Beatriz—. Tienes que descansar. ¿Es que ese jefe negrero tuyo no entiende que la esclavitud terminó hace siglos?
—La última vez que te tomaste un día de descanso fue por mi cumpleaños —me recuerda Julieta—, y de eso han pasado cuatro meses.
—Lo sé…
Nos encaminamos a la espaciosa cocina y tras lavarme las manos, me siento en la isla central donde mis hermanas ya han sacado la cena y ya la están repartiendo entre los platos.
Me sirvo la mitad de una copa de vino blanco y suspiro .
—Es un encargo a parte, muy bien pagado.
—Ahora estamos ganando suficiente dinero, ¿no es cierto?
Beatriz le pregunta a Julieta que es quien se encarga de nuestra economía familiar, y esta asiente una sola vez.
—Sí, os quería comentar —se pone nerviosa y se coloca un mechón de pelo tras la oreja, a la vez que se sonroja con fuerza—. Yo… he cancelado el préstamo de vuestros coches —nos mira de reojo—. No os lo comenté y quizá…
—Si has tomado esa decisión, bien hecho está —le cojo una mano a mi hermana—. Sabes que confiamos en ti con los ojos cerrados.
—Sí, bueno, es que… —suspira y baja la mirada—.
He estado invirtiendo algo en bolsa, no grandes cantidades, nada muy…
gordo, pero me ha salido bien —se retuerce los dedos con fuerza y es Beatriz quien entrelaza sus dedos con los de ella—.
Esto es más a largo plazo, pero compré unas acciones hace unos meses y ayer las vendí… y… bueno…
—¿Somos ricas? —la sonrisa iluminada de Beatriz me hace sonreír.
—¡No! No, no, no es nada de eso… solo han sido unos pocos miles, lo suficiente como para quitarnos esos dos préstamos —nos mira a los ojos un instante —solo eso.
—Pues a mí me parece que es mucho —le aprieto la mano con suavidad—. Muchas gracias, ahora podremos ir a elegir un coche para ti.
—Yo no lo necesito —me responde de inmediato—, ni lo quiero, la verdad. Me pone muy nerviosa conducir en esta gran ciudad, yo con el metro me apaño de maravilla.
—Pues no lo considero justo —Beatriz se cruza de brazos .
—Yo sí —responde Julieta—. Estoy bien, para mí es mejor así.
Es una discusión que hemos tenido hasta la saciedad. Y jamás hemos logrado convencerla.
Le hago un gesto a Beatriz que tras apretar los labios con fuerza, asiente.
Empezamos a comer y nos contamos cómo nos ha ido el día.
Bueno, ellas me lo cuentan a mí, pero yo edulcoro muchísimo mi jornada laboral, creo que a ambas les daría un ataque si supiesen que hoy Enrique me ha tirado un cuchillo a la cabeza y que lo esquivé por poco.
Tampoco les cuento que derramó un cuenco de sopa sobre una de las camareras para demostrar que no estaba lo suficientemente caliente.
Obviamente se equivocaba y la pobre chica terminó en el hospital.
Enrique es un genio de la cocina, eso no hay quien lo discuta, ha ganado innumerables premios gastronómicos y gente de todo el país viene para probar su comida. Ha servido a toda la realeza europea e incluso fue el chef personal de Barak Obama y su esposa cuando estuvieron de visita en España.
Pero en mi opinión es un genio loco de atar.
Nos agrede a la mínima de cambio, nos grita constantemente y su desprecio por el sexo femenino aumenta por días. Es el ser más misógino y egocéntrico que he conocido jamás.
Pero a su lado aprendo tantas cosas y disfruto tanto de sus momentos de genialidad que me digo a mí misma que sigo a su lado porque necesito el trabajo. Pero lo cierto es que realmente no me veo en otro lugar.