Capítulo 31 #2
Hasta ahora —en medio de ese mes de citas— la morena no la había invitado y a ella le parecía bien; prefería que sus encuentros fueran diferentes y lejos de allí.
Todo estaba exactamente igual, incluso Diane, que la esperaba de pie, descalza en el salón, vestida con un conjunto sencillo, la mirada puesta en el móvil y una botella de agua en la mano.
Cassidy quiso cogerla por la cintura y besar esa boca con la que llevaba semanas fantaseando. Tuvo que frenar sus impulsos.
—Estoy muerta —dijo, en cambio, la rubia, acercándose a Diane—. Ha sido una semana infernal.
Diane levantó la vista, y sus ojos azules estaban brillantes. Estiró los labios y las aletas de su nariz se movieron varias veces.
—He pedido pasta carbonara —dijo, y a Cassidy se le hizo agua la boca—. Y he buscado una película que tiene buena pinta.
Estaba en su elemento, en su lugar seguro, en donde podía moverse con la certeza de que sabía dónde pisaba.
Cassidy se dejó caer en el sofá con un gesto dramático y Diane se sentó frente a ella, en la mesilla baja. La miró largo e intenso; después extendió un brazo y le cogió la mano.
—Me gustas —le dijo, y Cassidy se irguió—.
Me gustas mucho. No me había pasado antes: eres odiosa algunas veces, cabezota, y haces que mis nervios...
—Hizo un gesto de explosión con la mano libre, y la rubia levantó las cejas—.
Pero todo eso desaparece cuando me miras, porque tú lo haces de verdad.
No ves a la mujer que proyecto, sino la que está dentro, la que llora de pánico pensando que puede estar enferma, la que tiembla cada vez que la tocas y la que sonríe gracias al último comentario absurdo que te has atrevido a soltar.
Cassidy tenía los ojos muy abiertos; no se esperaba nada de esto cuando había atravesado la verja hacía unos minutos.
—Quise demostrarte durante cuatro semanas que haces de mí una mejor persona y que esa versión es capaz de hacer que el mundo vaya más despacio si tú me lo pides.
—Apretó el agarre y entrelazó sus dedos con los de la chica—.
Y he esperado hasta este día para decirte lo que me haces sentir, porque hacerlo sin haberlo dejado en evidencia me parecía saltarme la parte más importante.
Hoy hace un mes de nuestro trato y yo quiero seguir a tu lado, pero no estoy segura de cuántos errores he cometido todo este tiempo.
Cassidy se mordió los labios; Diane era una caja enorme de sorpresas.
—Has cometido muchísimos. —La morena se tensó; Cassidy puso la otra mano sobre las que estaban unidas—.
Pero de eso se trata la vida, ¿no? De meter la pata, pero tener la suficiente madurez para reconocerlo y arreglarlo.
Para seguir adelante, para reparar lo que se ha roto.
Nunca te exigí nada, Diane: que cambiaras tu manera de ser, que fueras más simpática o más abierta.
Yo solo quería esto: conocerte mejor, pasar tiempo de calidad a tu lado y confirmar lo que ya sabía, que hacemos una pareja de puta madre.
Cassidy tiró de ella y Diane se impulsó, abrió las piernas a ambos lados y se sentó a horcajadas de la chica. Se observaron durante unos segundos y casi al mismo tiempo sonrieron.
—Cuida esa boca, Collins. —Y la besó.
—Me alegro de que entienda que con el corazón de mi hermanita no se juega. —Kenny coge las bebidas y ayuda a Cassidy a llevar todo al salón.
—Parece un buen plan. —Oye a Diane decir cuando se acercan a la mesa—. Lo único que necesitas es una buena estrategia; el conocimiento ya lo tienes.
Payton sonríe, y no lo hace de cualquier manera. Le regala a la morena su sonrisa más sincera y de alguna forma logra que Diane se la devuelva. A su manera.
—¿De qué hablabais? —pregunta la rubia mientras reparte las bebidas con Kenny.
Diane levanta una ceja, advirtiéndole que no sea cotilla. Payton abre la boca, entusiasmada.
—Owen y yo estamos pensando en ofrecer un servicio jurídico fuera de nuestros despachos.
—Bebe un sorbo de su cerveza sin alcohol—.
No interfiere con los trabajos principales, nos daría a conocer y ganaríamos algo extra.
Diane dice que puede ser posible; solo hay que montarlo bien desde el principio.
Cassidy le sonríe a su hermana y de inmediato desvía la mirada hacia Diane.
Le coge la mano y su chica ya no da un respingo —ya se ha acostumbrado—, sino que más bien sus hombros empiezan a descender, el gesto adusto desaparece y su cuerpo pierde la tensión que en ocasiones parece perpetua. Es el efecto del toque de Cassidy.
La comida se alarga más de lo que tenían estipulado.
Payton había organizado el encuentro porque, bajo su criterio, ya era hora de que la familia conociera a Diane.
Llevaba meses secuestrando a su hermana cada fin de semana y algunas noches sueltas entre medias.
Y cuando supo que se iban una semana a la cabaña que Diane tiene en Big Bear Lake, el momento le pareció el indicado.
La morena está a gusto; Cassidy lo ha notado de inmediato, sobre todo con Kenny, con quien ha mantenido una larga conversación y al final han acordado que Diane le llevaría el coche para que le hiciera una revisión.
—Eres bienvenida cuando quieras. —Payton hace alarde de su educación mientras se despide de los invitados.
—Cuando volvamos de la cabaña, la comida puede ser esta vez en mi casa —ofrece Diane, y Cassidy se muerde los labios para ocultar una sonrisa. Su chica ha entendido muy rápido lo de las cosas verdaderamente importantes y se involucra con facilidad.
Cuando caminan en dirección al coche, un aire desagradable les produce un escalofrío.
—Va a llover —dice Diane elevando la mirada al cielo, y entran en el coche de un salto.
El móvil de Diane rompe la tranquilidad que habían creado en un instante porque, aunque el número es desconocido, ella sabe perfectamente quién es; pero, a diferencia de hace meses, cuando Diane prácticamente perdía la cabeza, ahora desliza el dedo por la pantalla y cuelga la llamada.
—Sí que es insistente —murmura Cassidy mientras se ajusta el cinturón de seguridad. Diane le explicó el motivo de las llamadas de su hermana hace semanas—. ¿Te ha dicho algo el abogado?
Diane enciende el coche y gira el volante para salir del aparcamiento.
—Este mes debería quedar todo zanjado —contesta, escueta.
Cassidy no necesita saber más porque sabe a qué se refiere su chica.
Diane contrató a un detective privado que se encargó de recabar toda la información posible sobre su familia; no porque le interesara, sino porque un abogado desgranó todos esos datos para construir una demanda tan sólida que ni el más astuto pudiera echar abajo.
Acoso, extorsión y amenazas fueron algunos de los términos que Cassidy leyó en el documento que recibió la morena.
Este mes la presentarán formalmente; si algún miembro de su familia se atreve a intentar contactarla, se topará de frente con el muro de la justicia, y los Carter prefieren morir de hambre antes de pasar por esa vergüenza pública.
—Veo que te has llevado bien con Kenny. —Cambia de tema, y Diane se relaja visiblemente—. Es el más divertido de los tres.
La mujer al volante la mira de reojo; ve en el hombre un pedazo de ella misma, ese que lucha cada día contra sus adicciones.
—Sí, me ha caído bien. —Gira en un semáforo para incorporarse a la avenida—. Su historia es la única que no me has contado.