No estaba en mis planes Capítulo 31
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Capítulo 31

L a espalda de Diane está tan dolorosamente erguida que parece que en cualquier momento se romperá en pedazos. La línea marcada de la mandíbula y las manos rectas sobre la mesa son solo una evidencia más de lo tensa que está.

—¿Seguro que está bien? —pregunta Kenny en un susurro, oculto como un niño tras la puerta de la cocina—. Creo que va a desmayarse en cualquier momento.

Cassidy saca dos cervezas sin alcohol de la nevera, las deja en la encimera y asoma la cabeza al lado de su hermano.

Payton le está diciendo algo a Diane mientras gesticula sin parecer muy exagerada.

A su lado, Owen, el novio de la abogada, hace algún comentario suelto en la conversación que solo parece estar teniendo ella.

—Está bien, le cuesta adaptarse a nuevos entornos y resulta que está bastante nerviosa. —Cassidy regresa a la nevera, saca los refrescos y abre el mueble superior para coger los vasos—. Se ha cambiado de ropa al menos tres veces antes de venir.

—Pues la señora arpía no lo parece tanto. —Kenny asiente orgulloso de su propio comentario. Se gira y se acerca a su hermana—. ¿Tú estás bien? ¿Le has hecho pagar todo lo que te hizo vivir?

Cassidy sonríe de la misma forma traviesa que tenía Kenny cuando volvía a casa cubierto de tierra y decía que de ninguna manera había sido él quien había destrozado el jardín de esa mujer odiosa que había mirado mal a su hermana.

—Vaya si lo he hecho. —Se muerde los labios y niega con la cabeza.

Han pasado tres meses desde aquella noche en la que hicieron un pacto, en la que Diane le prometió a Cassidy que haría todo lo que estuviera en su mano para demostrarle que, aunque su cobardía le había puesto una venda en los ojos, sería capaz de arrancársela costara lo que costara y convertirse en una versión menos atroz de lo que había demostrado hasta ahora.

Al principio, Diane Carter pareció perdida, sin idea de cómo hacer aquello que había prometido, por lo que la primera cita entre ellas no salió del todo bien.

—Es un lugar precioso —dijo Cassidy mirando a su alrededor mientras se sentaba a la mesa a la que la había llevado un camarero.

El salón era pequeño, discreto, pero de techos altos y con una iluminación tenue que invitaba a la intimidad. Un día antes, Diane la había llamado con su tono serio para decirle que había reservado en un restaurante y tendrían una cita la noche siguiente.

—¿Sin preguntarme si estaba disponible o si quería cenar contigo? —La rubia estaba segura de haber escuchado un chirrido de dientes al otro lado de la línea.

Un carraspeo le dijo que Diane se estaba preparando para modificar su propuesta.

—Conozco un sitio donde se come muy bien, ¿quieres acompañarme mañana por la noche? —reformuló la pregunta y le salió más bien mecánica, como una tarea que tienes que repetir porque la primera vez el resultado fue lamentable.

Cassidy en ese momento comprendió que le había dado la oportunidad a una mujer que no tenía idea de cómo amar.

Estaba segura de que Diane Carter no había organizado una cita de ese tipo jamás, ni había tenido que demostrar que era capaz de ser alguien para otra persona.

Su corazón empezó a latir despacio, pero no por eso iba a ceder tan rápido; ella merecía sentir que esa mujer estaba tan interesada en ella como decía.

—Me gustaría, ¿a qué hora pasas por mí? —Cassidy escuchó un jadeo de horror; claro, Diane tampoco sabía que, aunque no era obligatorio, sería bonito recogerla en su casa—. Aunque si lo prefieres podemos quedar en el restaurante.

—Pasaré a recogerte a las... —Se aclaró la garganta para cambiar la dirección de las palabras—. La reserva es a las siete, ¿te parece bien que vaya a por ti a las seis?

—Perfecto, te envío mi dirección más tarde.

Y ahí estaban entonces, sentadas frente a frente en la primera cita oficial, una fuera de Whitestone y lejos de la casa de Diane.

Rodeadas de parejas que se daban la mano por encima de la mesa y se miraban como si no existiera nada más en el mundo que ellos.

La morena tenía los ojos clavados en el menú y Cassidy podía jurar que no lo estaba leyendo.

—¿Has encontrado algo que te guste? —soltó Cassidy con la voz entre melosa y contenida—. El pollo a la parmesana puede ser una buena opción.

Cuando la rubia levantó la mirada, Diane la observaba fijamente con los labios entreabiertos y el pulso demostrando en su cuello lo acelerado que estaba.

Suprimió una sonrisa; ver a la Cobra nerviosa por algo tan sencillo como sentarte frente a la mujer con la que llevabas meses acostándote era incluso adorable.

—Es una buena elección, aunque el tataki de ternera japonesa está increíble. —Dejó el menú sobre la mesa y bebió de su copa de agua—. Viene con verduras salteadas con salsa de soja.

A partir de ese momento, la conversación empezó a fluir con una naturalidad aceptable; hablaron de los planes de Diane una vez saliera de la consultoría y de lo asombrosamente cómoda que se sentía la rubia en el departamento de comunicación corporativa.

Bailaron por los bordes de los temas que podían escocer; en ese primer encuentro sacarlos a relucir no se sentía bien.

La comida llegó y, como si fuera algo que hacían todos los días, Cassidy probó el tataki —demasiado crudo para su gusto— y la otra mujer hizo lo propio.

Un buen rato después caminaban bajo el calor de julio que a esa hora era menos desagradable, hasta el coche de Diane, que la llevó directamente de vuelta a casa.

—Gracias por la cena, lo he pasado muy bien. —Cassidy la miró con un leve estiramiento de labios.

Diane apretó el volante del coche hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Apartó la mirada de la calle y clavó sus dos esferas azules en su acompañante.

—Yo también lo he disfrutado. —Hizo una pausa que llenó con una buena bocanada—. Quiero volver a verte y... —Se apretó el puente de la nariz—. Si te parece bien...

—Diane —la interrumpió Cassidy con un movimiento de manos—. Aprecio el esfuerzo, pero esta no eres tú. Es desolador verte intentar ser otra persona y entiendo que para ti sea la primera vez que tienes que esforzarte en algo que no sea tu trabajo, pero la mujer que me interesa no es esta impostora.

Los labios de la morena se fruncieron, luego lo hizo su entrecejo y finalmente un movimiento seco de cabeza le confirmó a Cassidy que lo había entendido.

—Hasta la próxima —se despidió la rubia y se bajó del coche. A Diane le costó unos minutos moverse; el vientre le había vibrado desde el momento en que vio a Cassidy y ahora se había convertido en un terremoto penoso y húmedo.

La siguiente vez que se vieron, Diane la llevó a un brunch en un viñedo —sí, rodeadas de barricas de vino que olían estupendamente bien— donde servían unos huevos Benedict perfectos y horneaban su propio pan de hogaza.

—El placer y el castigo de una alcohólica —le dijo a Cassidy, que masticaba con calma un bollo repleto de azúcar—.

Me encanta este sitio y también me hace sentir orgullosa de mí misma.

La mimosa que sirven aquí es la mejor de California.

Vine a su inauguración hace mucho tiempo y me tomé doce de ellas.

Cassidy abrió mucho los ojos; todavía le resultaba increíble que esa mujer inaccesible, capaz de atraer hasta a los clientes más escépticos, ordenada y metódica, hubiera tenido semejantes problemas con la bebida.

Las citas empezaban a darse con más frecuencia: la primera semana se vieron tres veces, la segunda, cinco.

Diane parecía más cómoda, sonreía más y soltaba esos comentarios secos tan propios de ella, aunque Cassidy no podía evitar darse cuenta de cómo se tensaba cada vez que, por cualquier motivo, sus cuerpos se rozaban en público.

La morena miraba a los lados, buscando a un fotógrafo imaginario que pudiera captar el momento para crear después un reportaje que mágicamente llegaría a los más de ocho mil millones de habitantes del planeta.

A la chica de ojos verdes no le preocupaba en ese momento, pero sí era algo que más adelante —si las citas seguían tan bien— tendrían que hablar.

Ella no estaba dispuesta a llevar una relación que solo funcionara entre cuatro paredes.

Lo que Cassidy se autoimpuso como norma inamovible fue evitar cualquier tipo de acercamiento íntimo.

Cero besos, ni mucho menos nada que conllevara despojarse de la ropa.

Era una manera de mantener eso que ocurría entre ellas sin que la magia del sexo nublara sus pensamientos.

No era fácil; a menudo llegaba a casa, se encerraba en su habitación y se masturbaba hasta que su cuerpo le daba una tregua.

Diane

¿Te vienes a casa mañana?

Cassidy lo leyó unos minutos antes de coger el ascensor para salir del trabajo.

Diane llevaba unos días fuera de Whitestone y, aunque había decidido quedarse el mes entero para hacerle un traspaso a la nueva jefa de desarrollo, la directiva prefirió dejarla ir antes.

No se fiaban de ella. Su marcha causó revuelo; la gente del grupo Delacroix hizo un cambio de estrategia y unificó ese departamento con marketing, poniendo a Clara Fitzgerald a la cabeza, debajo de ella a una mujer que ellos mismos eligieron y luego a Cassidy, que salió de comunicación interna ese mismo día, lo que convirtió sus jornadas en un infierno, pero con la esperanza de que fuera así solo mientras el mundo corporativo se acostumbraba a trabajar sin Diane.

La puerta de la verja se abrió al día siguiente a las seis y diez de la tarde.

Cassidy accedió casi arrastrando los pies por el cansancio.

La puerta principal estaba entreabierta; la empujó y de inmediato sus pulmones se llenaron de ese olor tan conocido de madera seca y almizcle frío.

No había vuelto a esa casa desde el día en que apareció ahí con la garganta estrangulada porque sabía que a Diane le ocurría algo.