No estaba en mis planes Capítulo 30
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Capítulo 30

C assidy no ha dejado la consultoría y Diane lo sabe porque, además de que estuvo toda la semana poniendo a Tatiana como máxima prioridad estar atenta a todo lo que ocurriera en Recursos Humanos, Clara la ha sacado de su agonía el lunes por la tarde cuando le confirmó que habló con la rubia un día después de la catástrofe y calmó su instinto de matarla, renunciar e irse lo más lejos que su bolsillo le permitiera.

Sale de su despacho directamente hacia el ascensor, selecciona la planta seis y el aparato hace un ligero zumbido en cuanto las puertas se cierran.

Se estira el puño de la camisa azul que lleva hoy puesta y mueve los hombros intentando soltar la tensión que la acompaña como una sombra.

No tenía pensado tener esta conversación hoy, pero por una vez en semanas, todo se ha alineado a su favor.

Las reuniones que había estado teniendo durante meses fuera de la oficina han dado sus frutos y cuando le pidió al CEO de Whitestone una charla privada, Ethan Brooks le dijo que el martes estaría disponible durante cuarenta y cinco minutos.

Hoy es martes y con ese tiempo tiene de sobra para soltar lo que va a decir.

—Pasa, te está esperando —dice la secretaria cuando llega a su puerta.

Diane le da las gracias y entra con toda la seguridad que siempre ha proyectado y, esta vez, de verdad la siente. No hay una pizca de duda ni de miedo.

—Diane, ¿qué tal estás? —Ethan se pone de pie, le estrecha la mano y le muestra una sonrisa de dientes blancos—. Por favor, toma asiento. ¿Quieres un café?

Diane niega mientras se sienta.

—Prefiero ir al grano. —Cruza las piernas y deja sus manos sobre ellas—. Tengo una presentación que supervisar.

—Así me gusta, el trabajo lo primero —dice el hombre con un entusiasmo corporativo tan falso como su pelo—. Soy todo oídos.

La morena se acomoda en la silla con calma.

—Vengo a presentarte mi dimisión. —Diane observa cómo la cara de Ethan se tuerce—. Por supuesto que os puedo dar un mes para capacitar a mi sucesora y hacer todo el traspaso necesario.

Hay un silencio incómodo que se apodera del despacho y Ethan tiene que carraspear para romperlo.

—Es una sorpresa, he de decir. No me esperaba esto; personalmente pensaba que estabas contenta con tu cargo. —El CEO ahora endurece el gesto como si se hubiera dado cuenta de una traición—. Te hemos mantenido durante muchos años en tu puesto como para que ahora te vayas de esta manera.

Diane sonríe; sospechaba que algo así iba a ocurrir.

—El puesto me lo he ganado yo, Ethan, a base de esfuerzo y mucho trabajo.

—Lo mira con intensidad—. Durante casi dos décadas he dado lo mejor de mí y os he hecho ganar mucho dinero, pero no te miento: ponerme a prueba frente a Frances Hartwell como si fuera una niña en el patio de un colegio fue, cuando menos, rastrero.

Ethan levanta la barbilla dándole a entender que él es quien manda y no tiene por qué darle explicaciones.

—Con esa absurda competición no solo os he demostrado que mis métodos no son obsoletos, sino que también me he dado cuenta de que valgo bastante más de lo que yo misma creía.

—Mueve las manos suavemente—. Me retiro para convertirme en consultora estratégica privada; mis servicios estarán a vuestra disposición si queréis contar con ellos.

De todas formas, ya tengo varios clientes que están esperándome.

He trabajado con ellos y les gustaría mantenerme: ya sabes, por todo eso de que conozco bien sus empresas y les he hecho ganar mucho dinero.

Ese leve movimiento en los hombros de Ethan y la subida antinatural de su pecho le dicen a Diane que ha dado en el clavo.

Lleva casi un año teniendo encuentros estratégicos disfrazados de visitas profesionales con los responsables de todas las empresas que están en la cartera de Whitestone.

Les ha hecho muchas recomendaciones: un cambio de estrategia para la venta de un producto, una disminución de inversión en alguna adquisición o simplemente ha soltado consejos como mujer que lleva media vida dedicándose a mantener los negocios lo más alto posible.

Puede que les haya dejado caer en los últimos meses, como un pequeño secreto entre colegas, su intención de marcharse de la consultoría para abrirse camino en solitario, y es posible que alguno de ellos se haya sentido bastante interesado en firmar con ella en un futuro próximo.

Por supuesto que Diane ha trabajado de la mano con dos abogados que le han costado un ojo de la cara para asegurarse de que Whitestone no arremeta contra ella por competencia desleal o robo de clientes.

Y es que dejar muy claro —oficialmente— que no ha sido ella quien ha ido tras esas empresas no es tarea fácil, pero sin duda el camino recorrido hasta aquí ha merecido mucho la pena porque no ha dejado la consultoría todavía y ya tiene trabajo que hacer.

—Como comprenderás, Ethan, no es lo mismo pagar los servicios de Whitestone que los de una asesora externa. Bueno, bien lo sabrás. —Sonríe mientras mueve una mano como si le restara importancia al comentario—. Haber contratado a Frances Hartwell debió darte una idea.

Otro disparo en el pecho, esta vez a quemarropa y acompañado de una sonrisa que no enseña los dientes.

A Diane Carter ni siquiera le hace falta seguir trabajando; tuvo tantos problemas económicos durante la primera parte de su existencia que jamás derrochó ni un céntimo de lo que ganaba.

Hizo compras inteligentes: las propiedades, la ropa poderosa, el entrenador privado y las cenas en su restaurante favorito.

No tiene personal de servicio en casa, ni ha hecho grandes viajes.

Lo único que ha hecho es trabajar para hacerse un nombre y se ha olvidado de vivir en el proceso, pero ahora, haciendo las cosas a su manera, podrá poner un poco de orden en su cabeza, tener algo de lo que poder sostenerse cuando el ruido en su mente sea demasiado insoportable y empezar a darle sentido a su vida.

Nunca ha creído en eso de recuperar el tiempo perdido; ni siquiera es físicamente posible, así que seguirá hacia adelante sin mirar atrás.

—Necesitaremos que envíes la dimisión oficialmente al departamento de Recursos Humanos. —Mira su reloj y finge que se le ha acabado el tiempo para seguir hablando con ella—. Una vez recibida, te diremos cuál es el siguiente paso.

Diane se pone de pie antes de que Ethan suelte una absurda excusa para echarla de su despacho.

—La tengo preparada. —Se pasa las manos por los muslos, planchando arrugas inexistentes—. Primero quería darte la información en persona —lo que se resume en querer verle la cara de imbécil al enterarse de que su mayor activo se marcha—, para luego enviarla.

Ethan también se levanta; Diane sabe que lo hace porque un CEO jamás puede perder los papeles de la manera en que está segura de que lo ha hecho, y extiende la mano hacia ella.

—Suerte en el camino. —La mira con frialdad.

—Gracias, Ethan. —La mujer imprime más fuerza al apretón—. Suerte a ti también.

Diane lo suelta y se gira para marcharse.

Sale del despacho con la barbilla levantada y el paso ligero.

Ethan Brooks se cree que por ser el jefe mayor de Whitestone posee una inteligencia superior a la del resto, y tiene que ser doloroso darse cuenta de que no es más que un pelele mediocre en el momento en que una mujer se sienta frente a él y le dice no solo que se marcha de ahí, sino que se llevará consigo las gallinas que ponen los huevos de oro.

Que traiga nuevamente a Frances Hartwell y que esa imbécil le diga qué hacer.

● ● ●

—Han puesto en marcha el comité de crisis —explica Tatiana al lado de la ventana, justo frente a su jefa—. Y esta mañana ha llegado Antoine de Villiers, director de operaciones del grupo empresarial Delacroix.

Diane tiene la mirada fija en la calle observando a un hombre intentar sofocar el calor bebiendo de una botella de agua después de secarse el sudor con un pañuelo.

Fuera, el sol pica y la morena agradece estar dentro con el aire acondicionado encendido.

Sonríe cuando su asistente le cuenta lo que está pasando en la planta seis desde hace tres días, cuando salió del despacho de Ethan y envió a los pocos minutos su dimisión a Recursos Humanos.

En ese mismo momento le dio la información a Tatiana, no solo para que la mantuviera informada de lo que se decía en los pasillos, sino porque ella es una de las pocas personas que se merecían saber que su odiada jefa la dejaba en libertad.

Para su sorpresa, la chica se veía realmente apenada.

—Aunque te cueste creerlo, voy a echarte de menos —le dijo Tatiana sin romper la distancia entre ellas—. Trabajar contigo ha sido enriquecedor; he aprendido mucho y de verdad espero que te vaya muy bien.

Diane tuvo sus dudas, pero decidió creer en lo que le decía la que fue su asistente los últimos años, la más competente de todas con diferencia.

—Estarán nerviosos, pensando que declararé alguna clase de guerra.

—Diane se mete las manos en los bolsillos de su pantalón mientras frunce los labios—.

Por mucho que quieran, una sola mujer no puede ganar a una consultoría como Whitestone, y tampoco es mi intención hacerlo; no le encuentro la motivación.

—Han sonado varios nombres para tu reemplazo, pero el que más suena es el de Clara —sigue comentando Tatiana sus actualizaciones.

Eso era algo que Diane ya sabía y, aunque la relación entre ellas sigue siendo cristal roto, no podía hablar con Ethan sin antes hacerlo con ella.

Fue en la misma conversación en la que Clara le dijo que Cassidy seguía siendo una trabajadora de la consultoría, y a lo otro le restó importancia: le quedaban muchos años aún para jubilarse y, si la empresa le pedía un cambio, ella lo aceptaría. Le gustaba en general su trabajo.

—Lo hará bien; Clara es buena en cualquier cosa que hace. —Tatiana abre los ojos sin poder evitar demostrar su sorpresa. Es la primera vez que escucha a su jefa elogiar a alguien de esa manera—. En fin, ¿está todo listo para la reunión?

—Sí, en media hora en la sala dos. —El modo trabajo regresa y Tatiana toquetea su iPad.

El día transcurre con una calma específica, la que precede a una tormenta que por primera vez Diane no tendrá que contener.

Tuvo dos reuniones de equipo y una con el departamento financiero.

A última hora la llamaron de Recursos Humanos para que estampara su firma en un par de documentos y ahora, por fin, está en su despacho.

Son las ocho de la noche de un viernes y está segura de que es la única en todo el edificio; por suerte, está a punto de marcharse, aunque completamente agotada.

Camina hacia la puerta y, justo antes de abrirla, dos voces en el pasillo hacen que sus movimientos se detengan.

El corazón da un salto tan alto que está segura de que el pecho le ha vibrado: es Cassidy hablando con Clara.

La conversación no la comprende del todo, solo fragmentos sueltos sobre una campaña antigua; hay risas y luego lo que parece una despedida seguida de unos pasos alejándose.

Diane se queda allí no sabe por cuánto tiempo, esperando que su alma deje de sacudirse dentro de ella; no había vuelto a escucharla y hacerlo ha sido como un mazazo directo a la cabeza.

Sale de allí cuando está segura de que puede mantener la firmeza en sus pasos y avanza por el pasillo sin mirar a ninguna parte más que al frente.

Presiona el botón del ascensor, las puertas metálicas se abren y ella entra a la vez que saca su móvil del bolsillo para mirar una notificación que le ha llegado hace un rato y no había podido revisar.

No es consciente de que las puertas vuelven a abrirse y un destello rubio le hace levantar la mirada.

—Hola —saluda Cassidy más por educación que por ganas y presiona el botón de planta baja antes de darle la espalda a Diane.

El movimiento del aparato desplazándose hacia abajo apenas dura unos pocos segundos, pero para Diane Carter es como si el tiempo se hubiera detenido para darle una tregua y que tuviera la posibilidad de pensar lo que significa este momento.

Entonces una ráfaga de recuerdos la golpea: sus padres exigiéndole que se case por el bien de la familia.

Ella con diecisiete años, sola y asustada en una ciudad desconocida.

Desmayada en la barra de un bar después de beber más de lo que su cuerpo aguantaba.

Soledad. Clara. Dolor y Cassidy. A partir de ese punto, los flashes cambian de color y el verde prado lo tiñe absolutamente todo.

Sonrisas que jamás le dio a nadie, su cama por fin sin estar vacía, vida.

Eso es lo que Cassidy Collins significa para ella: sentirse viva.

—Te ofrezco un trato. —Diane se sorprende de lo que ha salido de su boca, aunque la voz se escucha firme justo en el momento en que las puertas del ascensor se abren.

Cassidy se queda congelada por un instante; no esperaba escucharla, eso está claro, pero lo que hace que su cuerpo se convierta en objeto inerte es la frase que ha dicho, la misma que hace lo que parece una eternidad le dijo ella misma a Diane en la puerta de su despacho para demostrarle que cometía un error despidiéndola.

—Un mes. Y yo no puedo prometerte que no cometeré errores. —La morena aprieta el asa del maletín con fuerza—. Pero sí que intentaré demostrarte con todo lo que tengo lo que significas para mí y lo equivocada que estaba por sacarte de mi vida.

Cassidy se mantiene firme; las puertas del aparato vuelven a cerrarse y solo se escucha la respiración agitada de las dos.

—Para esto no hay ninguna lista negra en la que incluirte —la rubia repite aquellas palabras con las que la amenazó cuando cometiera su primer error.

—Que mi vida se convierta en el infierno de recordar cada día lo idiota que fui por dejarte escapar es un castigo que me acompañará para siempre.

Cassidy se gira despacio y, cuando el verde se funde con el azul, el corazón se le acelera y la energía se mueve por su cuerpo con violencia.

Guarda silencio unos segundos mientras escudriña ese rostro que tanto quiere, buscando algo, una señal para dar un paso atrás.

No la encuentra; no sabe si es porque no existe o simplemente porque no sabe leerla.

—Entonces, tenemos un trato. —Extiende la mano para sellar el acuerdo y, a diferencia de aquella vez, Diane levanta la suya y sus palmas se encuentran.

La morena siente cómo los pulmones se expanden. Joder, ha vuelto a respirar.

—Lo tenemos —da un asentimiento de cabeza.