No estaba en mis planes Capítulo 29
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Capítulo 29

C lara Fitzgerald camina con las manos puestas en sus caderas alrededor de un arreglo floral que acaba de terminar y le parece la cosa más hortera que ha visto en su vida.

El aire acondicionado colocado a una temperatura bajísima le hace mover los hombros en un corto escalofrío mientras acerca una mano a las ramas de eucalipto torcidas.

—Te ha quedado bien, cariño —afirma Elizabeth mientras se quita las gafas y coloca la novela romántica que está leyendo sobre sus piernas.

Clara hace un chasquido con su lengua, bastante segura de que su mujer miente.

Llevaba unos días inquieta, de tensión extrema en la oficina, por lo que cuando volvía a casa y llegaba la hora de dormir, tenía que moverse a la habitación de invitados para no despertar a Elizabeth con sus cambios de posición que variaban cada cinco segundos.

Entonces, aburrida, empezó a ver un tutorial sobre manualidades y la relajante creación de preciosos arreglos con flores.

Una vez que estudió a conciencia los cinco capítulos en los que una mujer de setenta años explicaba con calma la importancia de elegir un buen musgo, Clara se dio cuenta de que estaba en calma, así que decidió dar el último paso: comprar todo lo necesario para crear un ramo con todo lo aprendido. El resultado es un desastre.

—Es horrendo. —Clara sigue de frente a su creación y entrecierra los ojos—. No se parece en nada a la foto en la que me he inspirado.

Su mujer suelta una risa melódica que le afloja el pecho a la directora de marketing. Se acerca a ella, se sienta a su lado y la abraza.

—Te quiero —susurra Clara y le da un beso en los labios—. No sé qué haría sin ti.

Lo dice de verdad porque desde que la conoció hace varios años, Elizabeth ha sido su ancla en todo y se convirtió en su persona favorita después de conocer a mucha gente y decidir que el mundo es un sitio feo en el que habita gente que no merece la pena.

—Yo también te quiero —Elizabeth le regala una sonrisa—. ¿Qué tal si...?

El timbre suena primero una vez y, pasados dos segundos, vuelve a sonar. Esta vez un poco más largo, como si la persona al otro lado de la puerta hubiera dejado pulsado el botón.

Clara tuerce el gesto, pero igualmente se levanta del sofá.

Un sábado por la mañana esa visita solo puede ser de un grupo de señoras mayores que van por las casas entregando folletos sobre la vida en el paraíso y la llegada de Cristo.

Siempre ha tenido el deseo insano de decir que en su casa el pecado es la regla principal dado que está casada con otra mujer, pero Elizabeth, siempre amable, la obliga a recibir la delgada revista, agradecer y volver al interior de su hogar.

Eso es lo que va a hacer, coge el pomo, compone una sonrisa y abre la puerta.

Una mujer con apariencia extraña la observa desde detrás de sus gafas oscuras. A pesar de que viste un glamuroso pantalón de lino blanco y una camisa sencilla sin mangas, no parece más que una percha barata y bastante desgastada.

—Diane —dice Clara a modo de saludo sin apartarse de la puerta—. ¿A qué debo el honor de tu visita?

Aunque las gafas le ocultan la mirada, Clara nota el leve movimiento en su ojo izquierdo, un sobresalto que, a pesar de ser su gesto más evidente, no ha podido aprender a controlarlo.

No han vuelto a hablar desde aquel viernes en el restaurante asiático y de eso ha pasado casi una semana.

Sus encuentros e intercambios se han limitado al plano profesional sin que haya sido difícil en absoluto poder seguir siendo el buen equipo que hasta ahora han sido.

La historia entre ellas es larga y espinosa, sus inicios fueron complicados, aprendieron muy bien cómo balancear su relación con el trabajo cuando fueron pareja y se hicieron expertas en disimular lo rotas que estaban cuando lo dejaron mientras Diane seguía ocultando que estaba borracha frente a un cliente que pagaba medio millón de euros por los servicios de Whitestone.

—¿Podemos hablar un momento? —la voz de Diane sale ronca, como si llevara días sin hablar con nadie.

Clara endurece la expresión y cuando está a punto de cerrarle la puerta en las narices, su comprensiva mujer aparece flotando a su lado.

—Diane, cielo, me alegro de verte. —Elizabeth empuja a su mujer con delicadeza para que se haga a un lado—. Pasa, por favor, no te quedes ahí fuera con este calor.

La morena mira a Clara esperando su aprobación y la respuesta de su amiga es soltar un bufido antes de hacer un gesto con la cabeza e invitarla a pasar.

Las tres mujeres avanzan por el pasillo como si estuvieran de camino a un funeral y cuando llegan al salón el silencio las aprieta.

Convenientemente, Elizabeth revisa su reloj y une sus manos.

—Tengo que hacer una llamada, pero Diane, ponte cómoda y recuerda que estás en tu casa.

—Gracias, Elizabeth —contesta y recibe su sonrisa cálida.

Antes de marcharse, besa a su mujer y la mira durante un instante. El «pórtate bien» silencioso no le pasa desapercibido a Clara.

Cuando Elizabeth se gira, las amigas —o parcialmente enemigas— se sientan. Una en la butaca, la otra en el sofá. Se miran de frente, pero ninguna habla hasta que pasan unos segundos.

—Lo siento —comienza Diane y aunque a Clara algo se le remueve en su interior, su expresión no cambia—. No solo por ponerte en una situación profesionalmente problemática, sino por ser quien he sido contigo.

Vaya, eso la mujer de pelo corto no se lo esperaba.

—Tienes razón, Clara, siempre has estado a mi lado sin importar lo terriblemente difícil que podía llegar a ser mantenerme ahí —se quita las gafas que hasta ahora llevaba puestas y la otra mujer contiene el aliento.

Desprovista de maquillaje, a Diane se le notan los dos surcos oscuros bajo sus ojos, la mirada apagada y la piel sin brillo—.

Lo que te dije el otro día no es cierto...

—¿Qué parte? —la interrumpe la directora de marketing—. Porque dijiste varias cosas, Diane, la mayoría de ellas tremendamente hirientes.

Diane asiente, encaja cada palabra como lo son: reproches.

—Nunca he necesitado de nadie para obtener lo que quiero; sin embargo, sí que te he necesitado a ti para avanzar en muchos aspectos de mi vida —se aprieta el puente de la nariz con fuerza, parece muy agotada—.

La mayor parte de mi existencia he dado por hecho que las cosas que he logrado han sido porque me las he merecido, que mi esfuerzo, de alguna u otra manera, ha dado frutos.

En parte es así, pero sin ti muchas cosas no hubieran funcionado.

Diane cierra los ojos un instante y respira con lentitud. A Clara le recuerda a la gente enferma postrada en una cama de hospital dando sus últimas bocanadas. La piel se le eriza.

—Hace tiempo le dije a Cassidy —el nombre le atraviesa el pecho como una lanza envuelta en fuego—, que te debía mi vida, que sin ti estaría muerta.

No estoy segura de habértelo dicho jamás y esa es una de las tantas cosas que he hecho mal contigo.

Eres la persona más importante que existe para mí, no mis padres, ni mis hermanos, tú, Clara.

Eres mi familia, mi amiga y una auténtica tocapelotas, pero conservarte en mi vida es una necesidad que no conocía hasta ahora porque nunca te habías hartado de mí. Perdóname, por favor.

Clara Fitzgerald se enamoró de aquella mujer recién llegada a Los Ángeles que, aunque con un carácter regio, tenía un corazón que sabía querer.

Recuerda la primera conversación seria que tuvieron en la que Diane le contó por qué para ella era tan importante hacer que la gente la respetara sin importar que le temieran o la odiaran.

Había logrado conseguir un puesto decente en ventas cuando vivía en Nueva York y su jefe —para su propia sorpresa— le dio la responsabilidad de llevar a un equipo de tres comerciales.

Para Diane fue pan comido y con los meses supervisaba a otros siete trabajadores.

Una noche estuvieron trabajando hasta tarde y al final, uno de ellos tuvo la intención de invitarla a tomar una copa.

Para entonces la morena tenía claro que le gustaban las mujeres, por lo que rechazó al tipo.

No se lo tomó bien, se acercó a ella de forma intimidante, le soltó cuatro cosas que Diane borró de su mente y se fue.

Al día siguiente ella acudió a su jefe, le contó lo sucedido y la respuesta —24 horas después— fue echarla a la calle.

«No tienes lo que se necesita para infundir respeto, no eres capaz de controlar a nadie sin venir llorando hasta mí.

No llegarás a ningún sitio». Clara está segura de que Diane guardó esas palabras en algún lugar de su cerebro y se aferró tanto a ellas, que se transformó en una tirana con el potencial de convertir a cualquiera en un flan.

Sin embargo, esa mujer dulce que escapó de Idaho hace casi tres décadas sigue dentro de ella, solo que agazapada bajo capas de hierro fundido.

—Te he hecho daño a ti y se lo he hecho a ella —Diane continúa hablando porque si guarda silencio durante mucho tiempo no cree que pueda continuar. Le ha costado mucho presentarse en esa casa—. Al menos déjame arreglarlo contigo.

Clara cruza una pierna sobre la otra y pone sus manos a los lados.

—¿Y con ella no piensas hacer nada? —pregunta sin hacer mención a todo lo que ha dicho antes sobre ellas. Ya habrá tiempo para eso.

Diane hace una mueca con los labios.

—No se me da demasiado bien esto. En algo tenía razón Cassidy: soy una cobarde —toma una respiración pausada—.

Voy a dejar Whitestone —levanta una mano, Clara iba a interrumpirla—.

Todo esto tiene mucho que ver, pero también es algo que me ronda la cabeza desde hace bastante tiempo.

Quiero seguir haciendo lo que se me da bien por mi cuenta, sin imbéciles que me pongan a prueba ni socios que me endosen becarias.

Clara levanta las comisuras de los labios. Samuel Barnes, querido y odiado al mismo tiempo.

—¿Y ya está? —quiere saber Clara—. Vas a montar tu propio negocio, ¿y qué pasa con tu vida personal?

Diane, si no te conociera, podría decirte que si eres feliz así, que sigas adelante.

El problema es que no lo eres y te llenas de montañas de trabajo que te hacen llegar tarde a casa para no enfrentar tu soledad.

Me dijiste que estabas enamorada de Cassidy, tanto que no soportabas verla si no era contigo, ¿eso no te da una pista?

Diane aprieta la mandíbula. Claro que le da una pista, una bastante sólida de hecho, porque su vida no ha sido más que un infierno incómodo desde que dejó de tocar a la rubia.

Desde que Cassidy empezó a apartar la mirada y desde que dejó de entrar a su despacho a las siete de la mañana.

Esa chica era luz para ella, la que la hacía sentir en paz con la vida, la única persona con la que sentía la confianza suficiente para contarle cosas que jamás había dicho en voz alta.

Por culpa del miedo absurdo —que aún siente y no será tan fácil de estrangular— prefirió quedarse sin oxígeno e irse apagando lentamente.

—Es joven, lo superará —se muerde los labios—. Además, está con esa chica que me dijiste, ¿no? Está avanzando y no soy quién para frenarla. Bastante mal le he hecho.

—Joder, Diane, jamás me has parecido más imbécil que ahora —Clara se aprieta la nuca con fuerza—.

Te lo dije un día y te lo repito ahora, no eres de la jodida realeza.

A nadie va a importarle lo que te llevas a la boca en tu propia cama.

Sé que tus vivencias son el reflejo de tus actitudes, pero ya no tienes veinte años, no eres una niña indefensa que no podía aguantarle la mirada a alguien durante tres segundos.

Te has hecho un nombre, la gente te respeta, tienes dinero y ahora saldrás de las garras del trabajo corporativo para hacer las cosas a tu manera sin que alguien de arriba te señale con el dedo.

Lo has conseguido todo, incluso a la chica.

Deja de patearla fuera cuando la quieres dentro.

Diane echa la cabeza hacia atrás y suelta un quejido lastimero. Las palabras de Clara son puntapiés rápidos en las costillas y ella no tiene forma de detenerlos. No le quita la razón, de hecho, lleva toda la semana sabiendo que ha cometido cientos de errores, simplemente no sabe cómo resolverlos.

—¿Y si le pido una oportunidad de hablar y me rechaza? —la voz le sale floja y no se parece nada a la de Diane Carter—. ¿Si simplemente no quiere saber nada de mí?

—Pues lo vuelves a intentar y si aun así te dice que no, te jodes, lloras, avanzas y lo superas —Clara abre las manos como si todo eso fuera bastante obvio—.

Las meteduras de pata tienen sus consecuencias y tú llevas mucho tiempo metiendo las dos piernas hasta el fondo sin importarte que alguien te cobre factura.

Nunca pensaste que alguien como Cassidy te haría replantear tu existencia.

La vida es una puta, ¿qué quieres que te diga?

Diane se aprieta las manos mientras asiente dándole la razón una vez más a su amiga. Levanta la mirada y la enfoca.

—Gracias por todo esto, Clara —se detiene un segundo y se atreve a preguntar—. ¿Estaremos bien?

Ahora es la mujer de pelo corto la que suelta una exhalación larga.

—Lo estaremos, de eso estoy segura, pero necesito algo de tiempo para volver a la normalidad —cuando hace una pausa, Diane mueve la cabeza, diciéndole en un gesto que lo entiende—. Me has hecho daño y necesito un poco de aire.

La morena frente a Clara sonríe con tristeza y la expresión melancólica. Se pone de pie.

—Es mejor que me vaya antes de que Elizabeth venga, no quiero quitaros más tiempo de vuestro sábado. —Clara se levanta también y no la invita a quedarse. De verdad necesita espacio.

Cuando Diane se gira se queda durante un instante observando el arreglo floral que está en el centro de la mesa del comedor.

—Si quieres, puedes llevártelo —ofrece la directora de marketing.

Diane aparta la mirada y la observa ahora a ella.

—Es espantoso —contesta y se coloca las gafas de sol.

Clara suelta una carcajada y Diane estira los labios y, con ese gesto, ambas confirman que estarán bien, que jamás podría ser de otra manera.