Capítulo 28
C uando pasa su tarjeta de identificación por el torno de seguridad, son las nueve y cinco de la mañana.
Llega tarde como lo había previsto, pero le resta importancia porque no sabe cuántas veces ha entrado antes de su horario y bastante más tarde que la hora reglamentaria de salida.
Se sube al ascensor y en apenas segundos está saliendo en la planta tres de Whitestone.
Al primero que se cruza es a Adam, que la saluda con un asentimiento educado y continúa su camino; desde aquel día que lo rechazó con hartazgo, el hombre se ha limitado a ser profesional y a intentar intercambiar el menor número de palabras posible.
Se apresura a llegar a su cubículo, enciende el ordenador y se sienta porque, aunque necesita otro café con urgencia, le parece un tanto descarado ir a servirse uno si ha llegado con retraso.
Primero va a revisar la agenda del día, luego los correos —que deben ser pocos por ser lunes— y luego podrá darse unos minutos para llenar un vaso.
—¿Qué...?
Cassidy se acerca a la pantalla para leer mejor un correo enviado al final de la tarde del viernes desde el departamento de comunicación corporativa en el que se le da la bienvenida y se le dice que la esperan en la planta cuatro para la introducción del primer día.
Lo tiene que leer varias veces para confirmar que desde luego no se trata de un error, cuando su nombre junto a su apellido encabeza la comunicación.
Mueve el ratón y se pasea por su bandeja de entrada, y no ve ningún mensaje de Clara Fitzgerald ni de otro responsable. Se pone de pie, inquieta.
Ve por el rabillo del ojo que Tanya se acerca a su puesto, así que la rubia se gira para enfilar el pasillo hacia el despacho de su jefa antes de que su compañera la entretenga.
—Gianna, ¿Clara no ha llegado?
La secretaria, que siempre parece aterrorizada por algo, da un respingo y la mira.
—No, todavía no —revisa con rapidez algo en su ordenador—. Tiene una reunión con un cliente fuera.
Cassidy le agradece a la chica, que le devuelve una sonrisa tímida. Desde que no está a las órdenes directas de Diane se la ve algo más tranquila, pero su eterno gesto de cautela la hace parecer como si trabajara para una carnicería humana.
Se mueve hacia el ascensor sin poder hacer nada más que acudir a la cuarta planta y, al menos, que le aclaren qué pasa con ella.
—Hola, soy Cassidy Collins —dice con tono formal en cuanto llega al departamento—. Me han pedido que me presente aquí esta mañana.
Un chico rubio que conoce de vista de la cafetería se pone de pie y asiente con la cabeza.
—Bienvenida, Cassidy. Yo soy Michael. —Se lleva una mano al pecho—. Soy el asistente de Claire Donnelly, ven conmigo.
La rubia camina tras él, que contonea sus caderas como un verdadero maestro. Va saludando a todos los que se cruzan en su camino hasta que se detiene frente a una puerta.
—Su despacho está justo al lado de mi mesa, pero ha preferido esperarte aquí dentro. —Michael señala la puerta con el pulgar, compone una sonrisa y gira el pomo—. Claire, aquí tienes a Cassidy Collins, nuestra nueva compañera.
Michael hace un movimiento extraño, una especie de reverencia acompañada de un saltito después de presentarla.
—Genial, gracias. —Claire se levanta de su asiento y tiene ya la mano extendida—. Te estábamos esperando, Cassidy, bienvenida a bordo.
Claire sonríe, enseña los dientes y su mirada brilla de satisfacción.
La rubia se siente agotada de repente, demasiadas cosas sin que ella haya estado preparándose, y una amabilidad que desde luego no es usual.
Sin embargo, se repone tan rápido como su mal humor ha empezado esa mañana, cuando ha leído el correo.
—Encantada de conocerte, Claire. —Ladea la cabeza con cierto encanto—. Aunque he de decir que todo esto ha sido una sorpresa. No sabía que vendría a tu departamento.
La nueva jefa mantiene su expresión alegre.
—Yo tampoco, pero créeme, fue un alivio saberlo.
—Le hace un gesto para que se siente y ambas ocupan la mesa.
Michael desaparece en silencio—. He tenido tres bajas que no me esperaba y me han dejado incompleta en medio del caos.
Hice un comunicado interdepartamental por si alguien podía cederme a una persona momentáneamente con ciertos conocimientos, y marketing contestó de inmediato.
Serán solo un par de meses, pero tu experiencia será de mucha ayuda.
Además, podrás aprender cómo llevamos las cosas por aquí. Todos ganamos.
En la última frase, Claire levanta dos puños, como si celebrara una gran victoria. Cassidy se obliga a estirar los labios.
Durante la siguiente hora, la jefa de comunicación corporativa de Whitestone le explica en qué consiste el trabajo que hacen, qué esperan que haga ella y cómo gestionar cualquier duda que tenga.
A Cassidy le parece interesante, una parte de marketing que apenas toca en su propio departamento y, tal como ha mencionado Claire, algo nuevo que aprender; pero está tan incómoda con la forma en que ha sucedido todo que su mente solo está enfrascada en el momento en que tenga unos minutos libres para ir a hablar con Clara.
—¿Alguna pregunta? —quiere saber la mujer.
Cassidy niega con la cabeza.
—De momento, todo entendido. Lo único que me gustaría es bajar para hablar con mi responsable. —Se detiene, aprieta los dientes y finge comodidad—. Bueno, la que era mi responsable, para hacerle un traspaso de los proyectos en los que estaba.
Claire se pone de pie y la rubia la imita.
—Por supuesto, sé que todo esto fue muy repentino y tendrás cosas que hacer. —Abre la puerta y deja salir a Cassidy primero—. Usa el día para eso y mañana comienzas de lleno aquí.
Claire le enseña la que será su zona de trabajo, le presenta a dos compañeras tan amables que Cassidy sospecha que es el departamento más feliz de toda la consultoría.
Cuando su nueva jefa se da por satisfecha, la rubia aprieta el paso hacia la escalera; está ansiosa y no piensa esperar por el ascensor, así que las baja de dos en dos y empuja la puerta que la conduce a los pasillos de la planta tres.
No se detiene cuando pasa por la mesa de Gianna, lo hace frente a la puerta de la directora de marketing y toca varias veces.
—Adelante. —Cassidy entra pisando fuerte, con actitud combativa. Se detiene a unos metros de la mujer de pelo corto y se cruza de brazos.
—Clara, ¿cómo es que ahora estoy en comunicaciones? —La pregunta no le sale con rabia, pero sí con desconfianza—. Me he enterado esta mañana.
El rostro de Clara se tuerce en una mueca que incluso le hace doler la piel. Se quita las gafas y junta ambas manos sobre la mesa.
—Debería decir que lo siento, porque es la verdad, pero yo no tuve nada que ver en esto, así que... —Levanta ambas manos y luego las vuelve a colocar en el mismo sitio—. Esto es obra de Diane; yo no lo sabía al igual que tú.
—¿Qué? —No es una pregunta exactamente porque ella ha entendido lo que le ha dicho Clara, pero está tan desconcertada que le cuesta pensar.
—Estoy tan indignada como tú y estoy pensando qué hacer.
—Se pasa las manos por el pelo corto y ahora Cassidy nota la rabia en su mirada—.
No sé si quejarme en dirección o simplemente asesinarla con mis propias manos.
Lo que ha hecho... —Niega con la cabeza—.
Bueno, es Diane, siempre se sale con la suya.
La cabeza de Cassidy es un tsunami de gritos en todos los tonos. No entiende nada, solo hay ruido y una furia que se duplica por segundos. No contesta; su boca se niega a abrirse. Lo que hace es girarse y salir de ahí con las piernas temblando de cólera.
No es capaz de ver ni escuchar nada a su paso; con la mirada fija, camina unos cuantos metros y cuando sus ojos captan la chapa de metal que identifica el despacho de Diane Carter, entra sin pedir permiso, de la misma manera que lo hizo esa mujer a su vida: causó un incendio y se marchó por la puerta de atrás.
—Los modales, Collins, parece que...
—Cállate —sisea Cassidy, y por un momento su voz es idéntica a la de la morena cuando da una orden—. ¿Por qué lo has hecho?
La ansiedad de la que Diane es víctima desde hace meses se hace presente de inmediato.
El estómago se le hace un nudo, el pecho se le tensa y el corazón amenaza con reventarle las costillas.
Aprieta el bolígrafo que tiene en la mano izquierda mientras la derecha se esconde en un puño en su regazo.
Toma aire y compone la expresión que lleva con ella más de la mitad de su existencia.
—¿Crees que tengo que darte explicaciones? —Se levanta con una calma que aterrorizaría a cualquiera. No a Cassidy—. Sal de mi despacho ahora mismo.
Cassidy, que no ha apartado la mirada desde que ha entrado, lo ve claramente.
El espasmo en el ojo izquierdo, la vena en su cuello y el ligero temblor en sus manos.
Cualquiera que no conozca a Diane diría que está irritada, furiosa, pero por desgracia, Cassidy se convirtió en una especie de aficionada penosa desde el primer día que se topó con esos odiosos ojos azules.
Conoce cada gesto, cada expresión, cada gemido y, si bien dicen que es imposible conocer del todo a una persona, ella está bastante cerca de saber quién es Diane Carter.
—Eres una hipócrita y una cobarde. —La rubia da varios pasos hacia ella, tan cerca que puede ver los tres lunares de su mejilla izquierda—. Tienes tanto miedo de abrirme las puertas de tu vida que prefieres cerrarlas y mandarme a otro sitio donde no puedas verme.
Diane se crispa de inmediato y sus ojos se mueven un segundo a la derecha, luego vuelven a conectar con el verde oscurecido de la chica.
Cassidy ve la respuesta tan clara que suelta una risa seca y niega con la cabeza.
—Es una bajeza que ni siquiera me esperaba de alguien como tú —sisea con decepción—.
¿Sabes? No te entiendo y de verdad me encantaría hacerlo.
Empezamos a follar y se te veía satisfecha, para qué voy a mentirte.
Pasó el tiempo y empezamos a hablar; poco a poco empezamos a parecer dos mujeres que se gustan y se están conociendo.
Entonces pasé un fin de semana en tu casa, ambas hablamos de nuestras vidas de mierda y parecía que encajábamos.
Entonces me dije: ¿esto es suficiente para mí?
No, no lo era, y decidí decirte que quería más.
Diane tiene los labios apretados en una línea y su mano ha caído sobre su escritorio en un gesto casual, aunque eso solo significa que necesita sujetarse de algo para no desplomarse.
—Me dijiste que me estaba confundiendo y te lo prometo, incluso me lo cuestioné; por varias semanas pensé que tenías razón, Diane, pero ahí estaba tu mirada, siguiéndome por la oficina, mirándome de más en una reunión tanto tiempo que me quemabas la piel.
—Cassidy se echa hacia un lado los mechones que han decidido bailar en su rostro—.
Y después aquella última noche, joder, me hiciste el amor en tu cama de una forma en que no necesité que me dijeras que me querías.
Y todo esto nos trae aquí, así que dime: ¿por qué lo hiciste?
Te dejé en paz tal como querías; han pasado meses y no te he buscado ni una sola vez. ¿O acaso es por eso?
El corazón de Diane late desbocado en su garganta; su mundo empieza a girar demasiado rápido y el dolor en todo el cuerpo la está matando. Quiere que se calle, necesita dejar de escuchar cada una de esas palabras que son puñaladas para ella.
—Fuera. De. Mi. Despacho —lo escupe con calma, con los ojos nublados—. Lárgate de aquí.
Cassidy sonríe como quien está herido de muerte y se despide de la vida.
—Claro que voy a hacerlo, no tendrás de qué preocuparte. —Toma una bocanada de aire—. Dejaré Whitestone porque ahora soy yo quien no soporta verte.
Cassidy Collins no le regala ni siquiera la última mirada, le da la espalda y abandona el despacho en silencio, y Diane se lleva la mano al pecho, se encorva hacia adelante y con el puño libre sofoca un grito que le raspa la garganta.