No estaba en mis planes Capítulo 26
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Capítulo 26

D iane se aprieta el pecho con un puño, ejerciendo más fuerza de la que quizá es necesaria, pero que de alguna manera le ayuda a recobrar la compostura.

Está frente a la ventana de su despacho con la mano libre apoyada en la pared para no caerse.

Los ojos húmedos, la respiración a medias y la mirada clavada en la calle en un intento desesperado por no desmayarse.

Lleva tres semanas con un cuadro ansioso insoportable que muchas veces deriva en esto, un ataque nervioso que la priva de oxígeno y le acelera el corazón haciendo que sienta que un infarto se la llevará por delante.

Su teléfono móvil sobre el escritorio suena y ella con pasos torpes se acerca a él para cogerlo. Parpadea para enfocar la pantalla, toma una respiración agitada y contesta.

—Dime —contesta y la voz le sale firme.

—Ya estoy de camino —dice Clara al otro lado de la línea.

Diane se fija en la hora en el reloj de su ordenador y descubre con total sorpresa que lleva más de una hora sobrepasada.

Salió de una reunión a las diez y media de la mañana, revisó las notas de Tatiana y unos minutos más tarde el pecho empezó a molestarle.

Luego un calor excesivo que se ha apoderado de su piel es el que le ha avisado que la ansiedad estaba de camino, entonces se ha levantado para intentar distraerse porque alguna vez le ha funcionado.

A la vista está que ahora no le ha servido de nada.

—Vale, nos vemos en quince minutos —logra decir la morena mientras controla un ligero temblor en sus manos.

Cuando cuelga, coge su bolso y sale de la oficina de inmediato.

Cuando atraviesa el pasillo lleno de filas de cubículos, el silencio se hace presente, todos apartan la mirada y se centran en sus ordenadores.

La satisfacción que antes sentía se ha diluido y ahora lo que siente es nada. Absolutamente nada.

Entra al restaurante asiático en el que ha quedado con su amiga y de inmediato el olor a jengibre, ajo y sésamo la hace arrugar la nariz.

Hace tiempo tiene el estómago cerrado y si no llevara sus analíticas al día —después de sufrir el susto del bulto en el pecho hace meses— pensaría que está enferma.

—Hola —Diane se sienta en la mesa donde Clara la espera tecleando en la pantalla de su móvil—. ¿Qué tal ha ido?

La mujer da varios toques más y deja el aparato sobre la mesa.

—Es un hombre insufrible, ha pedido cambiar dos de los puntos que le hemos propuesto y tengo que volver la semana que viene para otra reunión —cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, está llevando a un cliente bastante peculiar—. Con suerte, esa la dará por buena y podremos empezar.

Diane asiente con una lentitud antinatural sin agregar nada más.

—Buenas tardes, ¿ya sabéis lo que vais a querer? —aparece un camarero con gesto agobiado.

—Agua para mí y el especial del día —pide Clara sin necesidad de ver la carta.

El chico apunta en un teléfono que manda la orden directamente a la cocina.

—¿Y para usted?

—Solo agua —pide Diane y antes de que Clara pueda preguntar algo, el camarero se marcha.

—¿No comes nada? —quiere saber la directora de marketing.

—No tengo hambre —confirma en su reloj de pulsera que le quedan treinta minutos para marcharse—. De hecho, quise encontrarme aquí contigo para pedirte un favor.

Clara se queda quieta con la mirada fija en su compañera y la boca entreabierta. Está bastante segura de que es la primera vez desde que conoce a Diane que la mujer emplea esa frase.

—Tú dirás —contesta porque podría hacer algunos comentarios, pero le intriga demasiado lo que va a pedirle.

Diane se pasa la mano por el pecho, la molestia sigue presente, aunque salir de su despacho y la corta caminata hasta el restaurante han obrado una especie de milagro que le está permitiendo respirar con normalidad.

Está incómoda, no le gusta haber llegado hasta este punto, pero lleva varios días pensándolo en sus noches en vela y no ve una salida más acertada que esa.

—Necesito que proceses el cambio de Cassidy al departamento de comunicación corporativa —Clara endurece el gesto de inmediato.

Diane levanta una mano para que la deje acabar—.

Es algo temporal, unos meses. Allí podrá ganar experiencia de otro tipo y a ti te beneficiará cuando la tengas de vuelta en marketing.

Clara Fitzgerald ladea la cabeza sin apartar la mirada de su amiga.

—¿Y por qué tendría que cambiar a una de mis empleadas más valiosas a un sitio que ella no ha pedido y que desde luego a mí no me interesa?

Diane ni siquiera mueve los labios. Clara suelta una risa desprovista de gracia.

—Si estás pensando que voy a hacer lo que me pides sin que me des ninguna explicación, estás equivocada —Clara se echa un poco hacia atrás para dejar que el camarero deje sus bebidas sobre la mesa—.

Sabes lo que significas para mí, pero en Whitestone tú eres la jefa de desarrollo y yo de marketing, por lo que soy responsable de mis trabajadores.

No haré una jugarreta de ese estilo a la ligera.

La morena bebe un trago corto de su agua y deja el vaso en el mismo sitio. Lo observa como si dentro de él estuviera la fuerza que necesita para poder verbalizar todo lo que oculta bajo capas de maquillaje y falsa entereza.

—No puedo tenerla cerca —lo dice tan bajo que Clara tiene que acercarse a ella—. Es insoportable y me está matando por dentro. Es temporal —le repite—, solo necesito algo de tiempo…

—¿Para qué? —pregunta Clara con hosquedad.

Diane se pasa la mano por el cuello y luego se aprieta el puente de la nariz.

—No lo sé, Clara, para tener tiempo de irme o para saber qué coño hacer. ¿No puedes simplemente hacer lo que te pido? Joder —cierra los ojos y se masajea las sienes—. Nunca te he pedido nada y cuando lo hago te pones de esta manera.

Durante más de quince años Clara Fitzgerald ha estado al lado de esta mujer de manera casi enfermiza.

Se enamoró de ella, tuvo que reparar su corazón al mismo tiempo que la veía hundirse en el alcohol y nunca le dio la espalda por mucho que se lo mereciera.

También está el hecho de que desde hace mucho ella y Elizabeth la acogieron como a una hermana y la respuesta ha sido rechazar el ochenta por ciento de sus invitaciones y comportarse, en algunos casos, como una auténtica frívola.

La quiere muchísimo, pero ella tiene unos límites que Diane acaba de cruzar.

—No voy a decirte que lo que acabas de soltar no es justo porque sé que en el fondo de tu ser eres consciente de eso —Clara se acomoda en su asiento y une sus manos sobre la mesa para evitar levantar el brazo y darle un bofetón—, pero sí que voy a decirte algo y me da igual que pienses que te lo estoy echando en cara.

No me he despegado de tu lado jamás, te he apoyado en todo siempre a pesar de que eligieras una maldita botella antes que a mí.

He sido tu chica, tu amiga y tu compañera más cercana en la consultoría y en algo tienes razón, Diane, no me has pedido nada nunca porque no ha sido necesario, lo he hecho sin que ni siquiera tuvieras que abrir la boca.

El cuello de la morena se tensa y esa vena atrevida se hincha amenazante.

—Ahora resulta que te enamoras de una chica, pero eres incapaz de apartar tu cobardía y estar con ella; a cambio me pides a mí que simplemente la aleje de ti mientras tú buscas la mejor salida para quedar indemne —una risa seca e irónica se escapa de su boca—.

¿Esto es porque ha seguido adelante con su vida o porque simplemente te crees con el poder de manejar el curso de su carrera profesional a tu antojo?

El gesto de Diane se tensa, sus cejas se unen en una arruga confusa y los ojos cambian a un azul extraño.

—Ah, ¿es que no lo sabes? —Clara siente que le hace daño, pero no será parte de esa farsa que intenta montar su amiga después de causar un incendio forestal—.

Cassidy sale con una chica, Heather, alta, morena y de su edad.

Elizabeth y yo salíamos de cenar cuando nos la encontramos.

Se la veía feliz. Han pasado tres meses desde que te dieron los resultados de la biopsia y, estoy segura, desde que la volviste a rechazar, así que ha seguido adelante.

Diane reprime la arcada que la toma por sorpresa y aprieta los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de sus manos.

Está mareada, infectada por esa información que no ha pedido y que le ha sentado como un mazazo en todo el pecho.

Es una hipócrita de manual, una de esas mujeres que ni vive ni deja vivir.

Un maldito monstruo que a su pesar ha tenido que agazaparse para salvarse, para protegerse.

Se pone de pie, coge su bolso y antes de marcharse habla.

—La petición de cambio está hecha —sisea como una cobra sedienta de sangre—. El lunes, Claire Donnelly, la directora del departamento, la espera en su despacho a las nueve —sonríe sin mostrar los dientes—. Está entusiasmada de tener por unos meses a una experta en marketing en su equipo.

Diane se gira, pero la furia la está ahogando y ella necesita liberarla de cualquier manera.

—Que te quede claro una cosa, Clara, no necesito de ti para obtener lo que quiero —se detiene un segundo sin dejar de mirarla—. Esto era una simple cortesía.

Se marcha, se aleja de la mesa destrozando el suelo con sus tacones con una seguridad que la mitad de los que están ahí envidian.

Y Clara estira los labios, coge los cubiertos y prueba el pollo kung pao que, aunque se ha quedado frío, está igual de bueno. Conoce tanto a Diane Carter que no tiene que adivinar lo que vendrá a continuación y ella estará en primera fila para presenciarlo.