No estaba en mis planes Capítulo 25
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Capítulo 25

E l chirrido suave y repetitivo de la impresora expulsando hojas tintadas de alguna manera logra que el corazón de Cassidy deje de acelerarse a cada segundo después de que hace dos horas viera salir a Diane del ascensor y caminar por el pasillo con dirección a su despacho.

De la mujer que amaneció en sus brazos la mañana anterior no queda absolutamente nada, ya no hay ojeras oscuras en su rostro ni una hebra de cabello mal colocada.

La que ha atravesado la planta tres vestida con un traje blanco marfil impoluto, subida en unos tacones a juego, es la misma mujer que conoció cuando entró como becaria a Whitestone, con la barbilla levantada, el porte recto y la poca necesidad de perder el tiempo mirando hacia otro lado que no sea al frente.

—¿Ya lo tienes? —Cassidy se sobresalta y la pila de documentos que tenía en la mano se le cae al suelo. Las hojas se deslizan por todas partes, incluso por debajo del mueble de la impresora—. Lo siento, Cass.

Tanya, vestida hoy de gala con una camisa negra con estampado de flamencos que llevan gafas de sol, se agacha y empieza a recoger el desastre del que en parte es responsable.

—Estoy hoy más nerviosa que en semanas —gimotea la morena mientras se levanta con las hojas en la mano—. Carter ha vuelto esta mañana y, por lo visto, con más ganas de dar guerra que nunca.

A Cassidy se le corta la respiración. ¿Será esto una buena o mala noticia?

Imposible adivinarlo. Y es que ayer Cassidy salió con prisa de la casa de Diane para poder pasar antes por su piso, cambiarse de ropa y venir a la oficina.

No tuvieron mucho tiempo de hablar; en realidad no se dijeron nada excepto algunos gemidos ahogados que salieron de sus gargantas en una sesión de sexo rápida que las dejó con ganas de más.

El problema de eso es que Cassidy ahora no sabe en qué punto está con ella: la última vez que revisó —hace tres meses— Diane Carter dijo que entre ellas no había nada más que piel, que Cassidy había malinterpretado las cosas y prácticamente acabó de un plumazo con la ilusión que tenía de comenzar algo con ella.

La rubia continuó con su vida, ha visto a algunas chicas, nada demasiado intenso, pero se mentiría si dijera que no había echado de menos a esa mujer de ojos helados, fiera en Whitestone, cordero entre sus dedos.

Entonces vuelven a verse, se abrazan, se besan, se dicen cosas que jamás habían verbalizado: «Tengo miedo…

No te vayas… Somos tú y yo las que creamos esta magia», y todo queda en un limbo desconocido que desde luego a ella le está causando una ansiedad muy difícil de controlar.

—Eso he escuchado —contesta Cassidy por decir cualquier cosa—. Quiere ver los avances de las últimas propuestas, ¿no?

Tanya suspira y se aparta un rizo de los ojos.

—Sí, pero estoy segura de que habrá cosas que no le gustan en lo más mínimo —baja la voz, mira a ambos lados y habla—: Clara le dio a Adam varias tareas y Diane lo odia por una razón que escapa al entendimiento de todos.

Cassidy se obliga a no estirar los labios. Los celos de Diane en ocasiones son casi palpables.

—Bueno, creo que nos odia a todos por igual —aporta Cassidy como si fuera una verdad universal.

Sin embargo, Tanya niega con la cabeza y los rizos se mueven, alborotados.

—Es una zorra de manual, eso lo sabemos, pero la repulsión real la guarda para aquellos que le han hecho algo para perjudicarla —encoge los hombros—. Adam Foster ni siquiera se atreve a mirarla a los ojos; nadie sabe qué ha hecho para llevarse el premio gordo.

En ese momento, Clara sale de una de las salas de reunión con el móvil pegado a la oreja y empuja la puerta de su despacho para desaparecer dentro de él. Cassidy ve su oportunidad, porque si sigue en ese estado agobiado, su cuerpo acabará colapsado.

—¿Nos vemos luego para comer? —la pregunta de la rubia se pierde en el aire porque antes de que su compañera pueda contestar, ella avanza a largas zancadas por el pasillo.

Cuando la directora de marketing le da paso, Cassidy no pierde el tiempo e incluso antes de llegar a su escritorio, le lanza la pregunta.

—¿Sabes si Diane tiene los resultados?

Clara se quita las gafas, las deja a un lado y la mira con intensidad.

—Los tiene —levanta una mano cuando Cassidy abre la boca—, y desde ya te digo que no tengo el derecho de darte esa información. Si quieres saberla, habla con ella.

Cassidy se muerde el interior de la mejilla con fuerza y por un momento quiere zarandear a su jefa. No lo hace, no quiere perder el trabajo ni ir a la cárcel.

—Está en su despacho —Clara se pone las gafas otra vez—. En veinte minutos tenemos una reunión y luego el día será un infierno.

Cassidy apenas balbucea un «gracias» antes de dar media vuelta y salir de ahí a paso apresurado. Cuando da los tres toques en la puerta de Diane, ese que la mujer reconoce como suyo, es cuando escucha unas voces dentro que se cortan de golpe. El silencio se alarga y entonces:

—Adelante —seco y sin ningún tipo de emoción.

Tatiana está sentada frente a Diane tomando notas en su iPad. La mirada azulada de la Cobra se clava en el rostro de Cassidy de una manera casi dolorosa.

—Que esta semana esté todo hecho y el viernes quiero el informe —sisea la morena sin apartar la mirada de Cassidy—. Collins, ¿qué necesita?

Por suerte para ella, Tatiana comprende muy bien que la reunión ha terminado, se desliza de su silla y sale del despacho como un fantasma.

Cassidy se queda en el mismo sitio hasta que escucha la puerta cerrarse tras ella. Se mueve con lentitud y se detiene justo al lado de Diane.

—¿Cómo estás? —la pregunta le sale sola y eso es porque es lo primero que quiere saber.

—Bien —Diane se mueve en su asiento sintiendo la incomodidad del momento.

—¿Tienes los…? —la pregunta se corta cuando la morena mueve la cabeza en un movimiento afirmativo.

—Es benigno —confirma con la voz modulada. Nada se parece a los susurros atormentados de hace dos noches—. Tengo que controlarme; cada seis meses me tiene que ver mi médica, pero de momento no hay que preocuparse.

El aire escapa del cuerpo de Cassidy como un globo que se desinfla tras un pinchazo. Siente cómo el nudo en el pecho empieza a desaparecer y una corriente de paz la abraza.

—Dios —inclina el cuerpo hacia adelante como si acabara de terminar una maratón—. Cómo me alegro, de verdad.

Diane aprieta la mandíbula con una fuerza que le va a costar una muela.

La cercanía de la rubia es un debilitador potente y hace que sus muros se tambaleen y que su coraza se agriete.

Se le cierra la garganta cuando la ve apoyar el trasero en su escritorio, algo que ha hecho muchas veces y para ellas es un gesto familiar.

Extiende un brazo y le acaricia la cara de esa forma tan particular, deslizando la yema del dedo por los tres lunares de su mejilla izquierda.

—Estaba asustada —dice en voz baja mientras sigue moviendo el dedo—, pero nunca me permití pensar otra cosa diferente a esta: que estabas bien y que no era más que un susto.

A Diane le invade la imperiosa necesidad de empujar su cabeza contra la mano de Cassidy, dejar que le acune la cara, le bese los labios y rodee sus brazos alrededor de su cuerpo.

Se echa hacia atrás, alejándose del contacto. La mano de Cassidy queda suspendida en el aire.

—¿Necesitas algo más? —Diane siente que hay una doble de sí misma apuntándola con una pistola en la nuca, obligándola a decir esas palabras—. Porque si no, tengo mucho trabajo que hacer ahora mismo.

La rubia no se mueve; solo espera a que su corazón y su cerebro se unan, comprendan lo que pasa y se lo expliquen con calma, pero Diane no le da tiempo, no puede ser de otra manera, por supuesto.

—Nada ha cambiado entre nosotras, todo sigue igual —la jefa de negocios se arregla el puño ya perfecto de su camisa blanca y, cuando Cassidy piensa que no puede ser más hija de puta, el azul se levanta y se la lleva por delante—. Cierra la puerta al salir.

La chica se incorpora, no sin antes observarla un instante que desde luego Diane no merece, y sale del despacho sin decir nada más, pero sí con la firme promesa de que para ella Diane Carter se ha acabado para siempre.