No estaba en mis planes Capítulo 24
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Capítulo 24

—Estoy aquí, estoy aquí.

Cassidy lo repite y no está segura de si se lo está diciendo a Diane o a sí misma para tranquilizarse.

Sabe que solo se trata de una prueba, no es un diagnóstico final, pero acaba de sentirse como cuando la llamaron a las tres de la madrugada informándole que su hermano Kenny estaba detenido por intento de homicidio.

Cassidy vomitó la cena que se había comido hacía horas, se vistió como pudo y fue a la comisaría.

Al final fue una pelea que se salió de las manos; los chicos —porque apaleó a tres— salieron maltrechos, pero sin daños irreversibles.

Se pudo comprobar que todo ocurrió en legítima defensa propia y el hombre se libró de la justicia.

Desea que con Diane pase exactamente lo mismo, porque aunque la rubia ya no pertenece a ese pequeño espacio que ocupa en su vida, sigue sintiéndose exactamente igual que cuando lo estaba.

Pensar en ella enferma la hace querer gritar.

—¿Te han dicho cuándo te dan los resultados? —quiere saber Cassidy mientras sigue acariciando la espalda de la mujer que ahora parece pequeña a su lado.

Diane no se mueve durante unos segundos y no lo hace porque, aferrada a ese cuerpo tan conocido, siente que alguien le ha inyectado adrenalina en el centro del pecho. Estar pegada a la piel de Cassidy es lo equivalente a recibir la energía que ha ido perdiendo desde que dejó de tocarla.

—Mañana, aunque podría alargarse un poco más —toma una bocanada de aire cargado del olor de la rubia y se separa de ella a pesar de que no quiere.

Cassidy se queda enganchada a la mirada de Diane y, sin poder controlar el movimiento, sus dedos se deslizan por la piel de su mejilla; entonces la otra mujer ladea la cabeza para acomodarse en la palma de su mano.

—¿Qué necesitas? —la pregunta la hace Cassidy en un tono bajo, casi íntimo, porque teme romper el momento que se ha formado entre ellas—. Haré lo que necesites, incluso si quieres que me vaya.

Hay una presión en la boca del estómago que hace que Diane no pueda contestar de inmediato, porque sus sistemas de defensa habían formulado la respuesta correcta: «vete», pero algo más activó los frenos de emergencia.

¿Puede darse una tregua del intento agotador de mantener a esta mujer lejos de ella?

Puede, claro que puede, pero pedírselo le resultaría bastante hipócrita.

—Puedo hacerte compañía durante un rato —Cassidy nota la indecisión en ella, o quizá la falta de valentía—. A lo mejor así te despejas un poco.

Diane lo único que puede hacer es un leve movimiento de cabeza para decirle que sí, porque su cobardía le ha puesto una mordaza y solo le deja soltar palabras que esta chica no merece.

Cassidy se pone de pie y Diane siente el vacío ingrato de repente. La sigue con la mirada hasta que desaparece tras la cocina y vuelve unos minutos después con una botella de agua en la mano.

—No has comido —no es una pregunta. Le ofrece la botella y cuando Diane la recibe, Cassidy busca su móvil—. Voy a pedir algo, ¿carbonara?

—No tengo hambre —Diane toma un trago corto y se da cuenta de que incluso le cuesta beber.

Cassidy se sienta en la butaca frente a ella, trastea la pantalla del teléfono y se lleva el aparato a la oreja.

—Hola —saluda y espera a que su interlocutor termine de hablar—. Sí, quiero hacer un pedido a domicilio.

Con cualquier otra persona, seguramente Diane ya hubiera estallado esparciendo furia sin reparo, porque lo que está ocurriendo desde que la rubia se atrevió a venir a su casa lo cataloga como una invasión de su privacidad; pero se da cuenta —sin ninguna sorpresa— de que su vida es parte de un manojo de cartas que Cassidy Collins puede usar a su antojo, y lo único que la mantiene a salvo es la poca fortaleza que tiene Diane para retenerla en un lugar lejos de su alma.

—En veinte minutos estarán aquí —Cassidy bloquea el móvil, lo guarda y luego se gira hacia el televisor anclado a la pared, señalándolo—. ¿Quieres que después veamos una peli?

La Cassidy profesional ha vuelto a hacer acto de presencia, esa que lleva tres meses mandándole correos cordiales y cruzándose por los pasillos con ella como si fueran simples compañeras.

Lo hace bien —como casi todo—: ha venido a verla y no quiere que esta visita se confunda como una oportunidad para intentar algo con ella.

Decir en voz alta que le molesta que sea tan correcta contradiría cada una de las cosas que le ha dicho a Cassidy y las mentiras que se ha inyectado en vena.

La comida llega puntual y, como una pareja perezosa un domingo lluvioso, comen en el sofá viendo un documental de ballenas asesinas.

Diane se da cuenta del hambre que tenía porque su plato queda vacío cuando el de Cassidy aún está por la mitad.

La rubia tiene la deferencia de no hacer ningún comentario y, cuando se acaba el suyo, se levanta, los lleva a la cocina y regresa para seguir viendo el documental.

—¿Quieres tumbarte aquí? Hay espacio de sobra.

La voz de Cassidy la saca del duermevela en el que se había sumido y, cuando gira el cuello para mirarla, la rubia está señalando un espacio delante de ella en el sofá.

No quiere negarse; este momento está siendo la copa de whisky que se está bebiendo después de meses de abstinencia y, aunque sabe que se está equivocando, no le importa.

Cassidy se echa hacia atrás, su cuerpo queda pegado al respaldo del sofá y Diane se acomoda delante de ella en la misma posición.

Guardan distancia, no se tocan, aunque la morena pueda sentir el calor en su espalda, la cercanía de quien una vez la hizo sentir viva. Eso tiene que ser suficiente para ella.

● ● ●

Un movimiento sutil hace que Diane empiece a recobrar la conciencia; se siente serena, ligera, pero la tranquilidad no le dura demasiado tiempo cuando un olor dulce se mete en sus fosas nasales como un disparo.

Abre los ojos de golpe y, completamente horrorizada, se da cuenta de que está abrazada al cuerpo de Cassidy.

La posición ha cambiado y ahora están frente a frente, aunque lo único que puede ver Diane es la piel suave del pecho de la rubia.

Está pegada a ella, con las piernas entrelazadas, sin tener idea de cuánto tiempo lleva en esa posición.

—Perdona si te he despertado —susurra Cassidy casi en su oreja—. Clara quería saber de ti y llevaba rato llamándome. Le he contestado en un mensaje que estabas descansando.

Diane intenta salir de la trampa para osos que suponen los brazos de la otra mujer, pero Cassidy no se lo permite; una de sus manos se ha anclado a su espalda.

—Puedes seguir durmiendo, te vendrá bien.

Diane está mareada; la cercanía de esa piel blanca es una tentación que le cuesta mucho controlar.

Hace una semana no sentía deseo ninguno, lo único que tenía era un eterno cansancio que no la soltaba, producto de las largas jornadas de trabajo a las que se sometía.

Hoy todo se ve desde otro prisma y su entrepierna reacciona sin pudor a Cassidy, sabedora de que quien lo calma es ella.

Y lo peor de toda esa escena es que Diane, en medio de su adormilamiento, no era consciente de la respiración descontrolada de la rubia.

Ahora que está despierta del todo y con la sensación agónica de explotar, nota incluso el ligero temblor en su cuerpo.

No es ella; Diane puede jurar que no es ella quien hunde la cabeza en el cuello de Cassidy Collins y empieza a besarlo con calma, sino las ganas imparables que no saben de contención.

—Dios, cómo te echaba de menos —es la última frase que escucha Diane antes de que el mundo deje de girar.

Cassidy empuja la cabeza de la morena contra su cuello y Diane, que se sabe de memoria esos movimientos, deja un mordisco suave en la piel blanca. Luego se besan y, cuando sus labios se encuentran después de tanta sequía, ambas sueltan un gemido que las prepara para lo que va a ocurrir.

—Si te hago daño…

Diane endurece la mirada.

—Nunca me has tratado con condescendencia, no empieces ahora.

Las dos saben que acaba de apretar el gatillo de la pistola que no debieron sacar.

Cassidy la desnuda con manos expertas, le arranca los pantalones como le gusta, como las dos disfrutan, y lame la piel expuesta dejando ríos de saliva por donde pasa.

La morena intenta tocarla, pero el baile entre ellas ha comenzado y, aunque Diane Carter sea una cobra a la vista de todos, ante la de Cassidy no es más que una mujer sin poder de decisión en la cama; así que le aparta las manos, se las inmoviliza sobre la cabeza y besa el torso que aún se sabe de memoria.

Hay un momento en el que Cassidy titubea, justo cuando los pezones de Diane están a punto de estallar y ella no sabe si debería tocarlos.

«Nunca me has tratado con condescendencia, no empieces ahora».

Se los mete en la boca y los lame con precisión durante lo que para ella son unos minutos y para Diane la eternidad.

—Desnúdate —dice Diane, y hay algo en sus ojos que hace que Cassidy obedezca de inmediato.

Los dos cuerpos se unen y, como si estuvieran en una coreografía, bajan sus manos para tocar el sexo de la otra.

Cassidy no se contiene y, en cuanto siente la abundante humedad de Diane, empuja sus dedos hasta colonizar su entrada.

—No quiero hacerte daño —suelta Cassidy y mete un tercer dedo.

Diane gime tan alto que sus cuerpos vibran.

—¿Ahora eres una cobarde? —Diane la muerde, fuerte, y no la suelta hasta que una mancha roja aparece en el hombro de la chica—. Fóllame, joder.

Cassidy sabe lo que está haciendo: Diane necesita una manera de liberarse, de dejar ir el dolor y la angustia que una maldita prueba médica pueda arrojar.

La desesperación de un futuro incierto, de no saber si tu destino más cercano está en tu casa, en un quirófano o en un ataúd.

La rubia se mueve hacia delante, sube la mano libre hasta el cuello de Diane y aprieta.

Lo hace con ganas mientras los tres dedos torturan su entrada.

—Mírame —pide Cassidy cuando el azul desaparece—. Somos tú y yo juntas las que creamos esta magia.

Entonces lo ve: Diane deja caer los hombros, el pecho se hunde y el orgasmo se le escapa por todo el cuerpo, pero al mismo tiempo las lágrimas empapan su cara en un gesto de dolor tan poderoso que a Cassidy se le resquebraja el alma.

Cuando la última exhalación de Diane se convierte en un sollozo, la mujer sobre ella saca los dedos y la abraza con fuerza.

—Todo irá bien —le dice mientras siente las convulsiones de un llanto que, por más que quiera Diane, no puede controlar—. Estoy aquí contigo.

—No te vayas, por favor, no te vayas —susurra Diane en medio de un hipo que apenas le permite respirar.

Cassidy la estrecha más contra su cuerpo; no sabe si se refiere a ese instante, a esa noche, o al futuro. De todas maneras, se queda allí, sobre ella, sin moverse todo el tiempo que Diane la necesite.

Más tarde, Cassidy subirá a la habitación con ella, con los dedos entrelazados, y dormirán abrazadas durante toda la noche.