No estaba en mis planes Capítulo 23
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Capítulo 23

—Y de esta manera podríamos subir el pico de ventas aquí —Tanya Baker señala el gráfico que está a la izquierda con un puntero—, y mejorar la progresión hasta el año que viene.

Clara asiente mientras observa la diapositiva proyectada en la pared. Se pasa los dedos con cansancio debajo de los ojos y vuelve a clavar la vista en las gráficas.

—Gracias, Tanya. Ahora queda que desarrollo nos dé su visto bueno para empezar a crear la propuesta —explica colocando ambas manos sobre la larga mesa que comparte con cuatro personas más—. Tenemos tiempo, el cliente no la espera hasta dentro de un mes.

—Ayer por la tarde se la envié a Diane, pero Tatiana me dijo que no estaba —la chica toma asiento frente a su portátil—. Ahora pasaré por su despacho por si lo ha podido revisar.

Clara niega con la cabeza y se endereza en su silla.

—Diane no está tampoco hoy, no creo que lo esté el resto de la semana —se pone de pie, cierra su portátil y se lo coloca bajo el brazo—. Que Harper Lewis haga una primera revisión. Luego, ya veremos.

El pecho de Cassidy Collins vibra con incomodidad. No sería una señal de alerta si el nombre de Diane no estuviera acompañado de una baja que Clara ha explicado en medio de titubeos.

Desde que la rubia entró en Whitestone, nunca la ha visto faltar ni una sola vez y cuando no ha estado, Tatiana o Clara han dado respuestas concretas: está en una reunión con un cliente, vuelve esta tarde, hasta mañana no está.

Decir «Diane no está tampoco hoy, no creo que lo esté el resto de la semana» le hace algo extraño en la garganta.

Intenta convencerse de que no es su problema; tampoco cree que nada de lo que hiciera la morena en el pasado lo fuera, pero al menos se acostaban juntas y tenía derecho a sentir un poco de preocupación.

Ahora, después de tres meses de que acabó todo aquello, ni siquiera se saludan por cortesía. No, no es su problema.

Tres horas después, cuatro cafés y muchos vasos de agua, Cassidy se retuerce en una silla con una ansiedad que está acabando con ella.

Ha visto pasar a Clara dos veces por el pasillo, con el teléfono en la mano y gesto consternado.

Sabe que no necesariamente tiene que ver con Diane, pero cuando a ella la cabeza se le llena de ideas no hay nada que la aleje de ellas.

—Hola, Cass —escucha una voz masculina que hace que dé un salto en la silla—. Joder, perdona, no quería asustarte.

Cassidy levanta la mirada y se encuentra con el rostro cincelado de Adam Foster.

No le sorprende verlo cerca de su puesto; el chico guapo de la oficina se pasa al menos un par de veces al mes con cualquier absurda excusa para invitarla a algo.

Hace unos meses aceptó tomar una cerveza con él a la salida un viernes; llevaba tres semanas pasándolo fatal, con el corazón roto como una quinceañera rechazada, y él apareció para sacarla de su miserable estado.

Fue un error —al menos no se acostó con él en un arrebato de despecho— porque Adam es guapo, haciendo su trabajo es listo, pero fuera tiene las neuronas justas para hablar y no cagarse encima.

Desde entonces no deja de intentar tener otra cita y ella, que a veces es asfixiada por un buenismo exagerado, le ha dado largas educadas cada una de las veces. Hasta hoy.

—¿Qué necesitas? —se pone de pie y coge el móvil que tiene sobre la mesa—. Creo que no estoy colaborando con ninguno de tus proyectos. Quizá sea Tanya.

El chico sonríe con gesto relajado y se mete una mano en el bolsillo del pantalón alardeando una pose de galán.

—No, no es por trabajo —hace una pausa teatral que al parecer le funciona con otras mujeres—. Tengo entradas para el estreno de The Club para esta noche y me preguntaba si querías acompañarme.

Cassidy revisa la hora en el aparato y lo bloquea antes de contestar.

—Adam, no sé si te he dado una impresión equivocada, pero no voy a quedar más contigo. No creo que tengamos nada en común; aquella vez no nos fue muy bien, así que prefiero que seamos solo compañeros de oficina.

Cassidy ha intentado que su voz no saliera dura y cree haberlo hecho bien, aunque la expresión de Adam es de desconcierto total.

—Claro, lo entiendo —Cassidy sabe que no lo entiende.

Adam mueve los ojos de un lado a otro, buscando por dónde marcharse, y decide atravesar el mismo pasillo por donde ha venido antes. Cassidy lo sigue, pero solo para detenerse frente al despacho de Clara. Da varios toques a la madera y solo entra cuando la mujer la invita a hacerlo.

Hay un ligero cambio en el gesto de Clara cuando nota su presencia; Cassidy se da cuenta y aunque le es imposible leer su mente, está segura de que sabe algo sobre lo que pasó entre Diane y ella.

—Cassidy, ¿necesitas algo? —deja las gafas sobre la mesa y observa a la chica.

—¿Ha pasado algo con Diane? —la rubia va directa, sin titubeos.

Clara entrelaza las manos y coloca el mentón sobre ellas mientras la observa con los ojos entrecerrados.

—Tendrás que ser más específica —suelta la mujer y entre ellas hay un breve duelo de miradas.

Cassidy no pide permiso para ocupar una de las sillas frente a su jefa. Se deja caer sin apartar los ojos de la mujer.

—Eres su amiga —Cassidy se salta el «y su examante también»—, Diane no está y tú no sabes cuándo vuelve. Solo estoy preocupada.

Clara nota la misma angustia que ella tuvo hace tantos años en los ojos de la chica.

Por un momento se enfada con Diane, porque no entiende esa absurda insistencia en sufrir y, a la vista está, hacer sufrir también a Cassidy.

Contrae la mandíbula porque si abre la boca, Diane Carter la enterrará con su propia pala.

—Es la segunda vez que quieres meterme en problemas.

—No es cierto y lo sabes —le reprocha Cassidy, porque la primera vez que acudió a ella para pedirle la dirección de la casa de la morena, todo fue bien y no hubo consecuencias más que un corazón roto para ella, pero Clara salió indemne—.

Solo quiero quitarme esta sensación de que pasa algo, ya está.

A la mierda Diane.

—Ve a verla —dice sin arrepentimiento—. No puedo darte detalles; te los dará ella si así lo quiere, pero está sola en un momento en que nadie debería estarlo.

Cassidy se levanta de la silla tan rápido que se tambalea.

—¿Y por qué no estás tú con ella? —le ha salido muy brusca la pregunta y se lleva los dedos a la frente para calmarse.

Clara ladea la cabeza y estira los labios. No es una sonrisa de felicidad.

—Conoces a Diane incluso mejor que yo —ambas se miran; no es necesario que ninguna agregue nada más sobre eso—, y sabes que cuando se cierra, ni el mejor cerrajero del mundo logra romper el candado, pero estoy segura de que tú sabrás cómo hacerlo.

—Gracias por contármelo —Cassidy se da la vuelta y, antes de que pueda salir del despacho, oye la voz de su jefa.

—Márchate ahora, yo te cubro.

Cassidy abre la puerta y desaparece por el pasillo. Recoge sus cosas de su puesto y avanza hasta el ascensor.

Todo pasa tan rápido que cuando es consciente de ello está aparcando en la acera de enfrente de la casa de Diane.

Se queda unos minutos dentro del coche buscando algo de serenidad, pero sobre todo una fuerza que no sabe de dónde sacar.

No le ha dado a su cerebro la oportunidad de procesar lo que Clara le ha dicho porque tiene tanto miedo que prefiere no alimentarlo con opciones descabelladas.

Se baja, cierra el Corolla y cruza la calle. La zona está extrañamente silenciosa y un escalofrío le recorre la espalda. Toca el timbre sin pensarlo más.

Pasan un par de minutos y Cassidy insiste dando dos toques largos al botón. Casi de inmediato el corto ruido metálico que ya le es familiar y que sale del altavoz se hace presente. La rubia se gira hacia la cámara, esperando que la puerta se abra, pero nada pasa.

—Diane —dice la chica en voz baja—, solo quiero saber que estás bien.

El silencio se alarga durante unos segundos.

—Por favor, Diane —ahora es casi un ruego—. Déjame verte y me marcho. No te pido más.

La verja empieza a abrirse con lentitud y ella se mueve tan rápido que incluso tiene que esperar a que haya más espacio para poder entrar.

Atraviesa el jardín delantero y en cuanto está subiendo los escalones la enorme puerta se abre.

Cassidy se detiene en seco; la mujer que tiene delante no es ni la sombra de la que ha visto hace dos días en la oficina.

Lleva la cara desprovista de maquillaje, dejando ver unos surcos oscuros debajo de los ojos.

El cabello lo tiene recogido, la cara se le ve más delgada y, a juzgar por cómo le queda la camiseta que lleva puesta, incluso ha perdido peso.

—Ya me has visto, sigo viva —lo dice con el tono helado mientras abre los brazos—. Ya puedes irte.

Cassidy endurece el gesto y, sin pensar en las consecuencias, entra a su casa pasándole por el lado a la mujer que odia —ama lo suficiente para estar ahí— sin apenas rozarla.

—Te he dicho que puedes irte —repite Diane subiendo el tono—. Joder con Clara.

—Déjala a ella fuera de todo esto —se gira Cassidy con el gesto contraído por la ira.

Diane abre los ojos y se cruza de brazos.

—¿Eres su defensora? —pregunta y sus ojos echan fuego—. ¿O es que acaso te estás acostando ahora con ella?

Cassidy no contesta todavía porque Dios sabe que si lo hace, todo será peor.

—No hagas eso, Diane —niega, incrédula—. No nos conviertas en ese tipo de mujeres.

Diane la mira, largo, sin apartar sus ojos azules de la chica que es su cielo y su infierno. Suelta el aire retenido y camina hasta el sofá para sentarse en él.

Cassidy también lo hace, pero en la butaca frente a ella.

—¿Te ha pasado algo? —quiere saber la rubia—. ¿Te han despedido?

—No —contesta con sequedad, pero su mirada se desvía por un segundo.

—Entonces, ¿qué ocurre? —insiste—. Sé que no tengo el derecho de preguntarlo, pero necesito saber que estás bien.

Es esa vibración en la garganta de Cassidy, sus ojos verdes tan llenos de incertidumbre, lo que rompe las barreras de Diane. Le duele verla sufrir y, aunque le molesta la vulnerabilidad que eso supone, cede.

—Ayer tuve una revisión por un bulto que sentí en el pecho —se remueve incómoda en el sofá. No la mira a los ojos—. La doctora Presley me dijo que era un poco grande y que prefería pedir una biopsia. Esta mañana me la han hecho y estoy esperando los resultados.

El mundo de Cassidy no se detiene; al contrario, gira demasiado rápido. Vueltas y vueltas que la marean y por un momento siente que va a vomitar. La voz no le sale, abre la boca e intenta decir algo, pero fracasa; así que se levanta, da pasos torpes hasta el sofá y se sienta al lado de la morena.

—Diane —es lo único que logra verbalizar, y la abraza con una fuerza desproporcionada. La sorpresa la rompe porque de repente siente unos brazos rodeándola y un sollozo que parece el gemido de un animal herido.

—Tengo miedo, Cassidy.