Capítulo 22 #2
Diane envidia por un segundo el gesto tranquilo y relajado de su amiga.
—Me debes veinte dólares —suelta Elizabeth cuando llega hasta su mujer.
Diane levanta las dos cejas. Clara hace un gesto con la mano para restarle importancia.
—Pensé que no vendrías —se encoge de hombros—, pero Elizabeth siempre apuesta por ti. Así que ahora estás aquí y yo tengo veinte dólares menos.
—Puedo marcharme ahora mismo —la contestación de voz plana de Diane pierde consistencia cuando se sienta al lado de su amiga.
—Aquí tienes, cielo —le entrega a Diane un vaso de limonada casera—. Ahora sé buena y cuéntale a tu amiga qué te pasa. —Elizabeth levanta un dedo acusatorio y la señala—. La verdad, Diane Carter, porque lleva semanas preocupada por ti, ambas lo estamos, pero me está volviendo completamente loca.
La mujer le da una palmada suave en la espalda y desanda el camino de vuelta a la cocina.
Clara se incorpora, recupera su vaso y bebe un trago largo.
—Sé que te gusta mantener ciertas cosas para ti misma —empieza la directora de marketing—, pero no podemos seguir fingiendo que no te pasa nada. Sé que estás preocupada por el bulto de tu pecho, pero esto fue hace una semana y llevas en este estado mucho más.
De repente, el cansancio en los hombros de Diane la hunde por completo. No sabría explicar el motivo exacto, pero justo en ese instante su agotamiento mental llega a un punto casi doloroso.
No tiene a nadie más que a Clara —y a Elizabeth por extensión— y está siendo una completa patética al intentar ocultar lo que le pasa a la persona que más la conoce.
—Estoy enamorada de Cassidy. Cassidy Collins —dice estúpidamente, como si necesitara aclararlo para que no haya confusión.
—¿Y qué pasa?, ¿lo vuestro no funciona o qué?
Diane arruga la frente y un espasmo en el ojo izquierdo se hace presente. ¿A qué viene esa pregunta? No es por la consulta como tal, es que se esperaba una reacción diferente: sorpresa, ojos muy abiertos, una mano en el pecho.
—Te conozco, Diane, y aunque no lo tenía del todo confirmado ni sabía la magnitud de lo que pasaba, llevo mucho tiempo sospechando que te pasaba algo con ella.
—Clara se pasa una mano por el pelo corto mientras la observa—.
Dejaste de gruñirle, empezaste a mirarla durante demasiado tiempo y a hablar de ella más de lo que debías.
Confieso que pensé que solo se acostaban de vez en cuando…
la sorpresa real es que estés enamorada.
Diane apoya los codos sobre sus muslos y baja la cabeza, resignada. Un gesto que nadie le ha visto hacer en al menos dos décadas, pero ahora mismo se siente completamente derrotada.
—No sé lo que había entre nosotras. —Chasquea la lengua y se lleva dos dedos al puente de la nariz.
Se lo aprieta, se hace daño porque necesita centrarse—.
Era sexo, Clara, sin expectativas ni exigencias, y de repente un día me pide salir.
Que tuviéramos una cita. —Suelta una carcajada amarga que le arde en el corazón—.
¿Por qué tuvo que joderlo de esa manera? Estábamos bien, joder.
Clara deja que los segundos pasen; no quiere atacarla de ninguna manera, por lo que tiene que ser muy cuidadosa con sus palabras.
—Si estabais bien —tantea la mujer—, ¿no crees que lo natural es dar el siguiente paso?
La morena bufa y se pasa las manos por el cabello con rabia.
—Desde el inicio habíamos dejado claro que ese siguiente paso del que hablas no existía para nosotras. —Se detiene y toma una respiración profunda—. Cuando follamos la primera vez nos detestábamos, incluso dijimos que no volvería a pasar.
—Pero pasó, Diane —interviene la otra mujer con voz tranquila—, así como el plan de no tener nada más que unos cuantos encuentros, porque el roce hace el cariño y supongo que tuvisteis mucho de eso. ¿Hace cuánto que os acostabais?
Diane se muerde el interior de la mejilla sin tener que pensar demasiado en la respuesta.
—Seis meses, quizá siete. Se acabó en diciembre, después de entregarle la propuesta a Alltreck. —Niega con la cabeza—. ¿Sabes lo que hizo? Se presentó en mi casa y me dijo que quería una cita conmigo. Estaba completamente convencida de que lo nuestro podía funcionar.
—¿Y en qué se equivocó? —quiere saber Clara.
—En todo, joder, ¿no lo ves? —Se pone de pie y se quita la cazadora azul que lleva puesta. De repente siente el cuerpo ardiendo—. ¿Cómo se le ocurre, Clara? —la voz le sale rota—. Lo que teníamos estaba bien, querer algo más fue demasiado pretencioso.
Clara se levanta de la silla y se detiene frente a su amiga. Le pone las manos sobre los hombros, intentando transmitirle tranquilidad.
—Entonces, ¿ese día la rechazaste y no os habéis visto más fuera del trabajo?
Diane niega con la cabeza y tiene que darse un momento para deshacer el nudo en su pecho.
—En la oficina ha sido todo cordialidad y profesionalidad —lo dice con rabia, como si en su egoísmo interior esperase que la chica fuera a pedirle una oportunidad o empezara a tratarla mal.
Que hiciera algo que le demostrara que le importaba lo que había pasado—.
Las pocas veces que nos hemos quedado solas, es como si nunca hubiera pasado nada entre nosotras.
—Y por lo visto es algo que te irrita bastante —suelta Clara apretándole los hombros—. ¿Y aun así estás segura de no darte una oportunidad con ella?
Diane no soporta la presión así que se mueve y vuelve a ocupar la silla en la que estaba antes. Clara la imita, pero le da espacio.
—¿Qué crees que pasará dentro de cinco años si estamos juntas?
—interroga Diane con filo—. Cuando me niegue a cogerle la mano en la calle, acercarme a ella mientras estamos cenando fuera o simplemente irme de vacaciones a un sitio en el que nos puedan reconocer.
—La morena niega con la cabeza mientras hace sonidos negativos con la boca—.
No pienso cargarme su carrera ni lo que queda de la mía.
Clara intenta —vaya si lo intenta— que el gesto de sorpresa no sea grotesco ni visceral, pero por la mirada de su amiga sabe que ha fracasado.
—Por Dios, Diane, no sois de la realeza ni representáis ningún partido político.
—Abre las manos para dar énfasis a lo que dice—.
Sois dos mujeres que trabajan para una gran consultoría, fin del asunto.
No sé a qué le tienes miedo, pero te veo sufriendo por Cassidy cuando todo se podría resolver fácilmente.
—No, no es así de fácil —rebate Diane y se queda callada un momento antes de continuar—.
Clara, tú y yo estuvimos tres años juntas, te quería con locura y jamás pude siquiera compartir una casa contigo.
Hice lo correcto, llegaste a lo que querías ser en Whitestone y yo conservé mi puesto.
Si hubiera sido de otra forma, ambas habríamos fracasado.
Es lo que pasa cuando una mujer se muestra vulnerable amando a otra en público.
Clara Fitzgerald ha escuchado locuras a lo largo de su vida, pero esta la ha dejado impactada.
Lo suyo con Diane acabó porque ella eligió el alcohol por encima de la relación, aunque ahora, pensándolo bien, quizá hubiese optado por cualquier cosa menos estar con ella por su incapacidad de mostrarse tal y como es.
Lo ve en sus ojos: Diane Carter está aterrada, llena de pánico por perder un estatus por el que ha luchado con uñas y dientes desde que era una adolescente confundida.
A la directora de marketing le cuesta creer que prefiera mantener su posición, aunque rota por dentro, que dar un paso hacia lo que de verdad quiere.
Sin embargo, no es capaz de juzgarla; a pesar de que lleva muchos años a su lado, hay tantas cosas que no sabe de ella que no se atreve a intentar meterse en su mente para leer exactamente qué fue lo que activó esta forma de pensar.
—De acuerdo, lo entiendo. —Le pasa una mano suave por el brazo—. Solo quiero que estés bien, ¿vale? Parece que te está costando salir de esto y me encantaría ver cómo vuelves a ser la misma de antes.
Diane ni siquiera recuerda cómo era antes de que Cassidy entrara en su vida. Sabe que suena patética, pero esa chica le cambió tantas cosas que ahora la realidad se desdibuja en su mente.
—Estoy bien —responde con una firmeza que parece cierta—. Y si queda algo de eso… se me pasará.
Un alboroto se escucha desde la cocina y las dos se giran para encontrarse con un grupo de mujeres que acaba de llegar.
Clara suspira, le hubiera gustado tener más tiempo porque sabe que Diane es de las que se abren una vez y ya no hay una segunda.
Le pone una mano en el brazo, se lo aprieta con cariño y se pone de pie.
—Venga, vamos a ver si nos divertimos un poco.
Diane siente un zumbido en los oídos que le dice que la diversión, desde luego, no comenzará esa noche.