No estaba en mis planes Capítulo 22
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Capítulo 22

H ace demasiado sol, o por lo menos eso es lo que está pensando Diane, porque la ventana de su despacho está lo suficientemente caliente como para pensar que están en verano, pero eso no puede ser, porque es veintidós de marzo y todavía el calor real tardará unos meses en llegar.

Tiene las manos dentro de los bolsillos de su pantalón verde oscuro, con la espalda algo encorvada porque enderezarla parece que le supone un esfuerzo titánico.

Hay mucha gente hoy en la calle y ella intenta enfocar sus caras, quiere saber si están felices, no sabe por qué necesita tener esa información, pero lleva dos semanas enteras pasando más de sus cinco minutos reglamentarios en ese lugar buscando respuestas.

La puerta de su despacho se abre después de los dos toques que lleva escuchando más de quince años y se gira despacio sin intentar relajar la cara, enderezarse o soltar un grito para que la deje a solas.

—La reunión de las once nos la han cambiado para la semana que viene —anuncia Clara mientras se acerca a ella. Se asoma por el cristal y luego mira a su amiga—. La gente de la farmacéutica de Phoenix está de acuerdo con los cambios que propusiste y ya nos han mandado el nuevo contrato firmado.

Diane termina de atar en su cabeza la información que recibe y asiente.

—¿Un año? —pregunta la jefa de desarrollo con la voz plana.

—Dos, y si todo sale como les hemos prometido, extenderán nuestro servicio a sus filiales. Lo hemos hecho bien.

Diane suspira y decide no decirle a Clara Fitzgerald que todas esas propuestas que preparan durante largas noches siempre están bien hechas, pero hoy todo le molesta, el sol, la gente, la vida… y no quiere ni siquiera gastar demasiado tiempo en hablar de más.

Camina hacia su mesa, se coloca el reloj en la muñeca y se sienta con cuidado en su silla.

—¿Tienes lista la nueva estrategia de venta para…? —Diane se bloquea, no recuerda el nombre de la empresa y tiene que sacudir la cabeza para centrarse.

—¿Gales? —quiere saber Clara, que la mira con cierta preocupación.

Diane asiente y mueve el ratón para activar la pantalla de su ordenador.

—Deberías tenerla en el correo. —Saca su móvil y revisa el buzón de salida del mail que usa su equipo. Sin levantar la cabeza, sigue hablando—. Cassidy hizo la revisión final ayer y, después de que yo haya dado el visto bueno, te lo envió como siempre.

Diane aprieta la mandíbula y parpadea varias veces para enfocar la vista. Teclea hasta llegar a la comunicación, la abre y lee el mensaje:

Diane,

Aquí tienes la estrategia completa para la nueva campaña de ventas de Gales. Está revisada, pero si quieres aportar algo, esperaremos dos días antes de enviarla.

Cassidy.

El mismo correo profesional de siempre, las palabras correctas y el tono perfecto. A Diane le sube una arcada que logra frenar cuando pasa por su garganta.

—Estoy preocupada —suelta de repente Clara y arrastra una silla para sentarse frente a ella—. Y no me digas que estás bien, llevas meses que pareces más una sombra que una persona. No te voy a obligar a que me cuentes lo que te pasa, pero solo te haré una pregunta que necesito que me contestes.

Diane clava sus ojos en el rostro serio de Clara. La mujer la observa con una mezcla de aprensión y dolor que ella detesta, porque dar lástima a los demás es una debilidad que no puede permitirse.

—¿Estás bebiendo otra vez? —la pregunta le sale temblorosa y la otra mujer cierra los ojos por un instante.

—No —responde de inmediato—. Sigo limpia.

La directora de marketing suelta el aire lentamente, como si llevara semanas respirando a medias y por fin alguien se hubiera acercado a ella con una bombona de oxígeno.

—Vale —exhala y mueve la cabeza—, vale. Elizabeth también está preocupada, llevas rechazando nuestras invitaciones desde que empezaste a vagar por los pasillos y prácticamente a dormir en esta oficina.

No sabemos qué pensar y tampoco quiero agobiarte, pero eres una jodida caja fuerte y no me dices nada.

El peso de la culpa agrega una libra más y Diane ya ni siquiera sabe qué excusa poner.

—¿Qué tal si me paso a veros esta semana? —indaga la morena y se pasa los dedos por la frente. El dolor de cabeza no se va ni con los dos Tylenol que se ha tomado.

—Mañana hacemos una barbacoa en casa, poca gente y de confianza —explica Clara mirándola—. Puedes venir antes de que empiece y luego marcharte cuando te hartes de escuchar a mujeres demasiado entusiastas por el deporte.

Diane quiere negarse porque ya ha asistido alguna vez a una de esas quedadas organizadas por la mujer de Clara.

Demasiado ruido, demasiadas miradas de personas interesadas en ella, pero si dice que no una vez más, probablemente sus amigas se hartarán y Diane, que puede ser una hija de puta dentro de las cuatro paredes de Whitestone Consulting Group, fuera no es más que una mujer solitaria con la inmensa fortuna de tener a Clara y a Elizabeth en su vida.

—Llevaré el postre —es su respuesta parca, y desvía la mirada. Quiere que Clara la deje sola porque esa expresión en su cara significa más preguntas.

—¿Cuándo tienes la cita? —pregunta con cautela de otro tema que considera más importante.

Diane suspira y se levanta de su silla.

—El martes que viene. —Abre la nevera y saca una botella de agua—. Necesito hacer una llamada. —Toma un sorbo del líquido—. Cuando salgas, dile a Tatiana que venga.

Clara sabe que esa llamada no es más que una excusa para dejar el tema hasta ahí, así que se pone de pie, pero antes de irse le dice:

—No tienes por qué ir sola —le recuerda la mujer—. Cualquiera de las dos puede acompañarte.

—Es solo una prueba rutinaria, no hace falta ir acompañada.

Diane intenta controlar el escalofrío que la golpea al recordar el motivo por el que tiene que conducir una hora hasta la consulta de la doctora Presley.

Fue hace una semana, un domingo en el que tuvo que luchar para salir de la cama porque no tenía ánimo de hacer absolutamente nada.

Se vio en el espejo y miró a esa mujer de ojos azules sin brillo, el cabello alborotado y la piel demasiado pálida para estar saludable.

Decidió darse una ducha y, sin ningún motivo, la imagen de Cassidy Collins la arrolló de repente.

Su mente tuvo la gran idea de recrear aquel fin de semana de hace tres meses en el que la chica apareció en su casa y estuvieron trabajando durante esos días.

La noche que durmieron juntas, el sexo en el sofá, los besos en la mesa…

su cuerpo entonces despertó así, de golpe, y Diane bajó la mano para encontrarse completamente dispuesta para esos ojos verde prado.

Empezó a tocarse, sintiendo el temblor en su vientre casi enseguida mientras trazaba círculos sobre su hinchada colina a la vez que se acariciaba los pechos sin reprimirse.

Se corrió rápido, con tanta violencia que tuvo que sujetarse a la pared, pero cuando se repuso volvió a llevar su mano al pecho derecho y allí estaba.

Un bulto, algo pequeño, aunque con el tamaño suficiente para sentirlo.

No tuvo miedo; cuando era más joven, tuvo algunos quistes que desaparecieron con el tiempo.

Sin embargo, a la mañana siguiente llamó a su ginecóloga, que le dio la cita más cercana que tenía.

Clara sale del despacho y casi enseguida entra Tatiana, lista para tomar notas de lo que necesite su jefa.

—Consigue dos cajas de esos pastelitos de chocolate que venden en la panadería francesa de la avenida Montana para mañana. Iré a recogerlos a las cuatro.

La asistente personal asiente y termina de hacer unas anotaciones para después levantar la mirada.

—¿Algo más?

—Eso es todo —piensa durante un momento—. Esta tarde tengo que estar fuera durante unas horas; si hay algo urgente, llámame.

A Tatiana le encantaría saber con quién tiene su jefa una aventura tórrida y sucia que la está obligando a salir de la oficina tantas veces durante horas.

Según Mandy, una de las secretarias de la sexta planta, vio a Diane salir de un hotel con un hombre canoso a las dos de la tarde de un jueves.

La chica tenía una consulta médica y, cuando estaba ya en la calle, estaba ladeando una sonrisa que nunca le había visto a la Cobra.

Por supuesto, Tatiana le recomendó a Mandy que mantuviera la boca cerrada, su jefa podía hacer lo que quisiera con su vida privada.

Aun así, a la asistente le gustaría saberlo.

—Claro, no te preocupes por nada —la chica sale de su oficina y Diane se desploma sobre la silla.

● ● ●

Coge la bolsa que lleva en el asiento del copiloto de su coche y abre la puerta para salir.

Se ajusta las gafas de sol y toma una respiración que intenta buscar la paz que perdió hace mucho.

Diane contempla desde su posición la casa de Clara y Elizabeth, tan distinta a la suya, con un jardín delantero abierto, lleno de color, sin muros porque ellas no tienen nada que ocultar.

Menea la cabeza, aprieta la mandíbula y levanta la barbilla antes de cruzar la calle.

Cuando va a presionar el timbre, nota que la puerta está entreabierta así que la empuja con cuidado y se asoma.

—¿Hola? —no sabe si el tono ha sido suficientemente alto como para que alguien la escuche.

Una cabeza de melena larga y abundante se asoma por uno de los pasillos.

—Diane, cielo —sonríe Elizabeth mientras camina hacia ella secándose las manos con una toalla pequeña—, gracias por venir.

Elizabeth la abraza, obligándola a hacer malabarismos con la bolsa que lleva en la mano y su bolso personal.

—La puerta estaba abierta —señala Diane con el ceño fruncido.

—Sí, lo sé, los días de barbacoa la dejamos así para mayor comodidad.

La morena reprime un aullido de asombro: ¿a quién se le ocurre?

—Venga, que te estábamos esperando. —La coge por el brazo con cuidado—. Clara ha preparado limonada.

Ambas caminan por ese espacio tan conocido, dejan en la cocina el postre que ha traído la invitada y siguen hasta el patio donde Clara las espera, tumbada en una hamaca.