Capítulo 21 #2
—Traéis a una asesora externa. —Se levanta de la silla; si no se mueve, se asfixiará—.
Que en cierto modo lo entiendo, suele hacerse cuando dos empresas se asocian, pero que la directora del departamento de desarrollo de negocios desde hace dieciséis jodidos años tenga que acreditar que aún vale para algo, me parece una auténtica jugarreta.
Ambos se miran y hay un duelo, quizá una amenaza que ninguno de los dos va a decir en voz alta.
—Y ni siquiera eso es lo peor —sisea sin apartar sus ojos del socio—. Sino que te presentas en mi despacho, celebras que he ganado esta absurda competición y me dejas caer que ya no tengo nada de qué preocuparme porque Frances se ha marchado. Es humillante, Samuel.
Lo dice con los puños apretados, el cuello rojo y los ojos brillantes de ira. El hombre levanta la barbilla —un gesto habitual en ella, pero que en él queda extraño— y se pone de pie, pero sin acercarse a ella.
—La edad da experiencia, pero también trae consigo desconfianza —se abotona la chaqueta que lleva puesta—. Te lo dice un hombre que te lleva al menos veinte años y no puede darse el lujo de equivocarse como antes.
Samuel se arregla el pañuelo que sobresale del bolsillo superior de su chaqueta antes de volver a hablar.
—Buen trabajo, Diane.
Con esa frase sale del despacho dejando el ambiente tan caldeado como el propio infierno.
Diane no aparta la mirada de la espalda del hombre hasta que desaparece tras la puerta y un dolor de cabeza se instala en la nuca augurándole una tarde de mierda para completar la horrible mañana que ha tenido.
Por suerte tiene varias reuniones que la mantendrán ocupada y después podrá marcharse a su casa porque no cree que pueda soportar más tiempo en ese lugar.
● ● ●
A las ocho de la noche, Diane Carter enfila su calle después de un día agónico en la oficina.
Sube el dedo para presionar el mando a distancia que tiene colocado en el parasol y abrir la verja de su casa cuando observa a una mujer con la espalda apoyada en uno de los muros, revisando el móvil que tiene en las manos.
Sube la mirada y sus ojos conectan, entonces Cassidy Collins sonríe y espera a que el coche entre para hacerlo ella también.
—Hola. —La chica se acerca a Diane con las manos escondidas en su abrigo—. Enhorabuena, parece que lo has logrado.
Diane cierra la puerta de su coche y niega con la cabeza antes de caminar hacia la puerta principal con Cassidy pegada a sus talones. Las dos entran y mientras Diane se quita la chaqueta, la rubia cambia el peso de pierna, dejando ver un deje de nerviosismo que normalmente no existe en ella.
—¿Quién te lo ha dicho? —pregunta y se mueve hasta la cocina para servirse un vaso de agua. Joder, cómo le apetece una buena botella de whisky.
—Lo sabe todo el mundo. —Encoge los hombros y se apoya en la encimera—. Han mandado un correo desde dirección diciendo que el trabajo de la asesora había finalizado y enaltecían el buen trabajo del departamento de negocios por la propuesta presentada.
Diane bufa, asqueada; cada cosa que ha ocurrido hoy solo la lleva a odiar más a la directiva de Whitestone.
Cassidy carraspea y posa sus ojos verdes que ahora brillan más de lo habitual.
—Lo que te dije ayer iba en serio, ya sabes, lo de celebrar. —Se muerde los labios—. Quiero invitarte a cenar el viernes o el sábado. Cuando tú quieras. —Está tan nerviosa que se está enfadando consigo misma—. Solo quería venir a decírtelo en persona, lejos de la oficina.
La mano de Diane se cierra con fuerza alrededor del vaso, la misma sensación que está experimentando en su propio cuello en este momento.
—No hay nada que celebrar, Collins. —Se gira y deja el vaso con cuidado lejos de ella—. Se me pidió un trabajo y lo hemos hecho. Punto.
Diane empieza a moverse por la cocina de forma errática, abriendo muebles y volviéndolos a cerrar. Cuando pasa por segunda vez por el costado de Cassidy, la chica la coge por la cintura y la pega a su cuerpo.
—Eres demasiado inteligente para no darte cuenta de que la celebración es una excusa.
—Pasea los ojos por el rostro fino de Diane—.
Lo que intento decirte es que quiero una cita contigo.
Una de verdad, fuera de esta casa, fuera de la oficina.
—Roza sus labios con los de su jefa—. Llevamos meses acostándonos, nos llevamos bien, nos entendemos y este fin de semana tuve la confirmación de que esto que tenemos puede funcionar.
Diane empieza a sentir una especie de presión en el pecho, como si estuviera en el suelo y alguien estuviera clavándole una rodilla en la espalda.
Eso de lo que habla Cassidy, lo que tienen, es algo que ella puede controlar, sin expectativas, ni normas y sobre todo sin la probabilidad de que ella pueda decepcionar a la chica.
Diane Carter siempre ha sabido que está rota, sus padres se lo decían y pudo confirmarlo cuando le falló a Clara, cuando le hizo daño por no ser lo suficiente.
Tiene que seguir protegiéndose y aunque tenga bastante claro lo que siente por Cassidy, está segura de que con el tiempo lo superará.
Da un paso atrás y sale de esos brazos que la hacen sentir segura.
—Creo que has malinterpretado las cosas.
—La voz fría vuelve más helada que de costumbre—.
Que nos hayamos contado cuatro cosas sobre nuestras vidas no significa que esto sea algo más.
Ha sido divertido, pero ya está, y si no te hubieras presentado en mi casa el viernes por la noche, te aseguro que nada de lo que ocurrió aquí hubiera pasado.
Cassidy no contesta de inmediato, tan solo observa a la mujer a la que lleva estudiando el tiempo suficiente para saber que lo que sale de su boca no es más que una mentira.
—He malinterpretado las cosas —repite haciendo un gesto con los labios y moviendo la cabeza al mismo tiempo—.
Corrígeme si me equivoco, por favor, pero lo que estás queriendo decir es que los seis meses de miradas, conversaciones, sonrisas, sin contar las veces que hemos follado, ¿no significan nada?
¿Es solo sexo esporádico entre dos mujeres que no sienten nada?
Diane ladea la cabeza.
—¿No me digas que pensabas que era algo más? —El tono burlón le hace daño en el alma, porque se da cuenta de que está hiriendo a una chica que no se lo merece—. Eres joven, pero lo suficientemente adulta para saber cuándo algo es de verdad y cuándo es pasajero.
Cassidy sube las cejas.
—Vaya, pues debo ser muy ingenua, sobre todo al pensar que esa forma en la que me miras desde hace tiempo es porque sientes algo más o que últimamente me besas diferente, me abrazas con más fuerza y cuando me quedé la noche del sábado aquí —señala hacia arriba donde está la habitación en la que compartieron cama—, te aferraste a mí y no me soltaste hasta que despertamos.
La expresión de Diane es ilegible y a Cassidy se le rompe un poco más el corazón.
—Me gustas, Diane, muchísimo y te mentiría si te dijera que no he empezado a sentir más por ti. —Se pasa la mano por el pelo; no quiere soltar que está enamorada—. Me encantaría que nos dieras la oportunidad de saber qué pasa aquí porque sé que yo también te gusto, que estás cómoda a mi lado y...
Diane la interrumpe levantando ambas manos.
—Te repito —lo dice con calma y con un filo que corta cristal—, que has malinterpretado lo que ha pasado entre nosotras y por lo que veo, se te ha ido de las manos, así que es mejor frenarlo todo. No merece la pena que estés así por algo que solo sientes tú.
El corazón de Cassidy sigue igual de roto, pero sobre el dolor aparece el enfado. Una cosa es que Diane Carter no quiera dar un paso adelante y otra que niegue todo lo que han hecho juntas.
—¿Estás segura? —pregunta Cassidy sin apartar la mirada de su cara—, porque no voy a frenar mi vida, Diane.
No voy a esperar a que te des cuenta de que has cometido un error y vengas a buscarme.
No soy esa clase de mujer que lo detiene todo porque alguien duda.
Ya he tenido demasiado de eso como para aceptarlo ahora.
La cabeza le duele horrores y las manos empiezan a temblarle, pero tiene que mantenerse firme. No va a ceder.
—No te preocupes, eso no va a suceder. —Un tirón en el estómago la deja sin aire—. Puedes seguir adelante con tu vida, Cassidy, eres joven y tienes mucho camino que recorrer.
—Vale —contesta la rubia de inmediato—. Supongo que nos veremos en la oficina entonces.
Cassidy sale de la cocina como si Diane la persiguiera con un hacha, porque no va a permitir que esa mujer la vea derramar lágrimas por ella. Tiene la cara empapada, el pulso acelerado y un dolor que escuece como una quemadura a fuego vivo.
Cuando se sube a su coche, aprieta el volante con fuerza y pega la frente en la goma que lo recubre mientras se promete —una vez más— que no se dejará romper por la gente como ella, iguales a esos padres que iban al orfanato cuando era una niña, pasaban semanas jugando por las tardes con una Cassidy de apenas cinco años y luego adoptaban a otra niña sin ninguna explicación.
No, no va a permitirlo, Diane Carter será cosa del pasado.