No estaba en mis planes Capítulo 21
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Capítulo 21

L a mañana en Whitestone Consulting Group está siendo un auténtico caos.

Están a solo unos días de Nochebuena y hay quien está apurando las horas para marcharse de vacaciones, otros paseando por los pasillos con carpetas en la mano fingiendo trabajar y luego está Diane Carter que desearía estar en cualquier otro sitio en el mundo menos en su despacho.

Siente una indignación que jamás había experimentado ni siquiera cuando fue la responsable de un equipo de comerciales que creían que por ser mujer no podría aguantar que un imbécil le levantara la voz.

Hace dos horas que ha salido de la reunión en la que ha tenido que sentarse frente a Frances Hartwell, Samuel Barnes, dos miembros de la directiva de la consultoría y otros dos que han representado a la tecnológica Alltreck.

Lo que ha ocurrido allí fue el equivalente para ella a salir vestida de payaso y hacer malabarismo con pelotas de colores frente a una panda de idiotas que no tenían ni idea de lo que es una propuesta de captación eficiente con beneficios a largo plazo.

Durante su intervención le han hecho al menos una docena de preguntas que ella ha respondido con los ojos envueltos en fuego y luego ha dado paso a Frances que ha balbuceado cuatro puntos mal desglosados, mostrado una gráfica que está segura de que ha extraído de un análisis hecho con los pies para luego esbozar una sonrisa y sentarse sin que nadie le cuestionara nada.

La puerta de su despacho se abre y ella está dispuesta a entrar en prisión por matar a quien la interrumpe en mitad de su crisis de mal humor.

—¿Cómo ha ido? —Clara Fitzgerald entra contorneando sus caderas y se sienta en la silla frente a Diane—. No he podido venir antes, estaba atrapada en una reunión con Asher Rodriguez.

—Tampoco era necesario que vinieras ahora —escupe y desvía la mirada a la pantalla de su portátil.

Clara revisa su móvil y sonríe cuando recibe una foto de su mujer. Son unos pijamas a juego con los que han decidido pasar el día después de Navidad mientras se hunden en el sofá llenas de palomitas y ven películas de acción. Bloquea el aparato y levanta la mirada.

—Tengo una hora antes de la siguiente reunión y me encantaría comer antes —no dice nada más y sigue con los ojos clavados en su amiga.

Diane teclea algo en el ordenador durante un minuto antes de bufar y contestarle.

—Ha sido un circo, no puedo decirte más —mueve el cuello para intentar que la tensión se marche, pero no lo logra—. No sé cuándo tomarán una decisión ni tengo idea de cuál propuesta elegirán.

—¿Frances ha hecho un buen trabajo?

—Esa mujer es una vergüenza —masculla Diane con la vena del cuello a punto de explotar—. Joder, Clara, que me han puesto en tela de juicio frente a alguien que no sabe qué coño es una estrategia de reducción de coste.

Clara no dice nada porque no quiere alimentar la ira de Diane, pero desde un principio pensó que esto se trataba única y exclusivamente de una especie de cacería de brujas y por mucho que lo analizó, no encontró nada que contradijera su pensamiento.

No sabe qué busca la directiva con esto, pero desde luego es una humillación para la trayectoria de su compañera y conociéndola, le está afectando más de lo que ese mal humor refleja.

—Sabes que eres buena en lo tuyo, no tengo ninguna duda de que se quedarán con tu propuesta.

Diane suelta un sonido extraño y se pone de pie mientras mueve los hombros que llevan rígidos desde que se ha levantado esa mañana.

Se acerca a la ventana, se guarda las manos en los bolsillos del pantalón y se queda absorta un instante mientras observa a una mujer con el teléfono pegado a la oreja mientras mantiene, lo que parece, una acalorada discusión.

—En este punto, esto es lo menos que...

Diane se interrumpe porque su teléfono empieza a sonar y no le queda otra opción que acercarse para contestar. El número desconocido en su pantalla le hace apretar la mandíbula y soltar una maldición que no se preocupa en sofocar. Sin duda, no tenía que despertar esa mañana.

—¿No se cansa nunca? Joder. —Diane intenta apagar el móvil sin romperlo en el proceso.

Lo deja caer sobre la mesa con un golpe seco y cierra los ojos llevándose dos dedos al puente de la nariz.

—¿Tu hermana? —quiere saber Clara, aunque bien intuye la respuesta.

—No sé lo que quiere lograr, ya le dejé claro que no quería saber de ella —se sienta en la silla y pega la cabeza al respaldo—. Le he pedido que me deje en paz, ¿es tan difícil de entender?

A Clara le es inevitable volver al pasado, a la época en la que apenas llevaban unos meses juntas.

Diane era recelosa de su vida personal, no hablaba de su familia ni de dónde venía.

La poca información que soltaba era escueta, pero Clara era curiosa, quería saber más de la mujer de la que se estaba enamorando y no tardó en atar cabos.

Diane se había alejado de unos padres manipuladores, pero le dolió bastante más saber que Riley, su hermana menor, se había convertido en una copia exacta de su madre.

En ese tiempo nadie buscó a Diane, simplemente pasó a ser una mujer que no formaba parte de los Carter hasta que hace algunos años Riley empezó a llamarla.

Al principio estaba entre confundida y sorprendida, no sabía muy bien dónde encajar lo que estaba pasando, la menor de la casa, ya convertida en una mujer adulta, decía que solo quería volver a conectar con ella y Diane cayó en una trampa de la que nunca quiso hablar. Hasta ahora.

—Pero, ¿sabes lo que quiere? —su amiga la mira ladeando la cabeza—. Porque lleva años buscándote.

Diane se remueve incómoda intentando fingir que nada de esto la quema por dentro, pero ese dolor hace tiempo que le hizo un agujero en el centro de su alma y por mucho que ha luchado para cerrarlo, no ha logrado ni siquiera curarlo.

—El matrimonio de Riley se acabó hace tiempo, casualmente en la época en que apareció en mi vida —lo escupe con rabia, con un rencor que incluso puede palpar—.

Tiene dos hijos y en la comunidad en la que viven, volver a casarse...

es un problema. Supongo que mis padres no podían seguir dándose lujos a costa de esa unión.

Y Chase es un pobre desgraciado que solo les ha dado disgustos.

Clara entrecierra la mirada dejando que su mente trabaje sola y analice las palabras de Diane. Siente un pequeño zumbido detrás del esternón porque de golpe lo ha entendido.

—¿Querían que volvieras a casa para convertirte en su proveedora? —Clara lo pregunta con los ojos muy abiertos.

—Después de que dijera que el demonio me llevaría al infierno cuando le solté que salía con mujeres —toma una respiración profunda antes de continuar—.

Hice de todo para que me dejara en paz y funcionó por unas semanas, pero luego reapareció para decirme que no podía seguir comportándome de esa manera, que cambiar no era difícil y que ellos estaban dispuestos a perdonarme.

Suelta una risa histérica, de las que hacen daño en los oídos. Clara la mira como si hubiera perdido la cabeza, aunque se pregunta cómo coño sigue en pie después de haber pasado por tanto en su vida desde que apenas era una niña.

—En fin —resopla y frunce los labios cuando se da cuenta de que ha hablado demasiado—, parece que últimamente he decidido remover mi pasado.

—¿Por qué lo dices?

Diane nota cómo la piel se le calienta porque aunque su cuerpo sigue allí en el despacho de Whitestone frente a su amiga, su mente se ha trasladado a su casa en la que pasó un fin de semana que aún la tiene en un estado que no sabe definir.

Trabajó en una calma sospechosa, disfrutó de un cuerpo que la llevó a lo más alto durante horas, pero sobre todo habló.

Hizo algo que se había jurado no hacer, no merecía la pena traer el dolor desde Idaho ni verbalizar historias que creía sepultadas.

Lo más sorprendente es que desde ese momento se siente más ligera y se pregunta, ¿por qué Cassidy Collins?

, ¿por qué esa chica ha sido la única que sin presionarla, logró que Diane lo soltara todo?

—No tiene importancia, es...

Tatiana entra al despacho después de anunciarse con dos toques rápidos. Mira a su jefa con un gesto que le dice que se prepare.

—Diane —mueve su mano hacia atrás, por encima del hombro—. Samuel Barnes necesita hablar contigo.

Clara se pone de pie y se alisa la camisa azul de rayas. Levanta una ceja antes de dar media vuelta y encaminarse a la puerta.

—Dile que pase —sisea Diane y se acomoda en su silla.

El hombre entra con su habitual expresión amable que Diane detesta y, sin haber sido invitado, se sienta en la silla que hasta hace pocos segundos ocupaba Clara.

—No quiero quitarte mucho tiempo —se salta el «buenos días» y pone las manos juntas sobre el escritorio de Diane—. No sé cómo lo logras, pero Trevor Davies ha quedado impresionado con tu propuesta.

El tipo sonríe, niega con la cabeza y suspira. Diane solo lo observa.

—Necesita tiempo para revisarlo con su equipo en Allteck, por supuesto, pero, Diane, has demostrado que tus métodos son tan eficaces como siempre y aunque las metodologías hayan evolucionado, las tuyas son tan buenas como las nuevas —abre las manos para darle más énfasis a sus palabras—.

Quería darte la noticia de inmediato y que sepas que Frances Hartwell ha acabado con sus tareas aquí.

El ojo izquierdo de Diane sufre un espasmo que la hace ver borroso; si hace horas se sentía indignada, ahora está completamente furiosa.

—¿Y ya está? —interroga con la voz fría mientras se inclina hacia adelante—. Después de todo lo que me habéis obligado a hacer, ¿la simple respuesta que me das es esta?

Samuel clava sus ojos oscuros en ella, pero no mueve la boca.