Capítulo 19 #2
Diane se levanta de la butaca y camina hacia el ventanal lateral que da al jardín.
Está experimentando una sensación nueva, porque, aunque le molesta hablar de los Carter, contárselo a Cassidy está siendo una especie de catarsis.
Le está entregando algo valioso, algo que ha mantenido siempre bajo llave, y aun así lo hace porque quiere y sin pedirle nada a cambio.
—Aquello había que aceptarlo, mi padre se puso furioso por la poca lealtad a la familia, mamá solo fruncía los labios y negaba con la cabeza.
Yo me la imaginaba pensando en lo que dirían de nosotras, la niña Carter rechazando al bueno de August Rackfort, qué vergüenza —suelta una risa seca que apenas dura un segundo—.
Me fui de allí en cuanto me di cuenta de que mi vida sería eso, casarme con alguien que no quería, darle hijos y ser una mujer fiel y obediente mientras mis padres seguirían sosteniendo su estatus y, por supuesto, preparando la boda de Riley.
Cassidy aprieta los labios, está entre enfadada y confusa, pero no demasiado impresionada en cuanto a padres de mierda.
—¿Fue entonces cuando te fuiste a Nueva York? —pregunta la rubia recordando que, cuando le habló sobre su alcoholismo, Diane vivía en la Gran Manzana.
La directora de desarrollo de Whitestone vuelve a su asiento.
—Me fui a Portland. Cuando llegué a la estación de autobuses no me querían vender un billete porque se notaba que era menor de edad. Me colé en uno que iba a esa ciudad.
Cassidy sonríe al imaginarse a una muy joven Diane entrando a hurtadillas en un autobús y ocultándose entre los asientos.
—Después no hay demasiado que contar, para ese entonces ya había cumplido los diecisiete y me había llevado cuatrocientos dólares que mi padre tenía guardados en una lata —se pasa una mano por el cuello—.
Tuve suerte, trabajé lavando platos en un bar hasta que cumplí los dieciocho y me marché a Nueva York, lo más lejos posible de todo.
—La universidad no es nada si lo comparamos con todo lo que viviste —Cassidy abre ambas manos—. Todo eso te ha traído hasta aquí.
Diane asiente.
—Eso y que estaba harta de compartir habitación con dos prostitutas que me daban diez dólares cada vez que necesitaban meter allí a un cliente —levanta ambas cejas—.
Nueva York tenía más oportunidades, pero también más competencia, y era todo más caro que en Portland.
Al principio fue muy difícil, pero luego todo fue mejorando hasta que un día se presentó la oportunidad que estaba buscando y ni siquiera lo pensé, cogí mis maletas y me vine a California.
El timbre suena y Diane obtiene una tregua, así que se pone de pie, pero, antes de caminar hacia la puerta, Cassidy la detiene cogiéndola por el brazo.
—Voy yo —y, antes de que pueda negarse, le da un beso profundo que le detiene el corazón—. Ayer y hoy has pagado la comida, esta me toca a mí.
—Estás trabajando en fin de semana, Collins —suelta con tranquilidad, omitiendo decir «me estás ayudando»—, me corresponde a mí alimentarte.
—Eso lo harás luego —le guiña un ojo y se gira para recoger la comida.
Esta vez no hay tantas bolsas, solo un par que contienen dos pastas a la carbonara y un pan de ajo para dos. Ambas mujeres se coordinan: mientras una saca los envases, la otra coloca los cubiertos y trae las bebidas.
—Joder, está increíble —dice Cassidy después de probar la comida.
—Te lo he dicho —Diane estira la comisura de los labios sin dejar ver del todo su sonrisa.
Comen en un silencio casi familiar, con esa confianza que, sin buscarla, han construido desde hace meses.
¿Quién iba a decirle a Diane Carter que acabaría cenando un sábado por la noche con la becaria insoportable que Samuel Barnes coló en su departamento a pesar de sus quejas?
Nadie, eso está claro, y mucho menos podría imaginar que se sentiría tan bien a su lado.
Cassidy empuja su plato hacia adelante y pega la espalda a la silla, complacida y casi a reventar. Diane toma un sorbo de su botella de agua y, mientras la mira de reojo, en un momento algo ha cambiado en la chica. Se da cuenta de ello en cuanto abre la boca.
—Mi madre me dejó en un orfanato cuando yo era un bebé —comienza a explicarle su historia, no porque se lo deba, sino porque le apetece que Diane también conozca la suya—.
Ella era una niña, o al menos eso me dijeron, así que me entregó y se fue.
Se suponía que había una familia que quería adoptarme, estaba todo listo, pero al final se echaron para atrás.
Cassidy se encoge de hombros, no recuerda nada de eso, pero sí lo que vino después.
—Prácticamente crecí en aquel lugar, no tenía nada de malo, tenía una cama, comida caliente, educación y amigas.
El problema fue que ninguna familia me elegía, hiciera lo que hiciera, y eso me hizo retraerme, volverme introvertida —baja la mirada y se concentra en el movimiento que hace con los dedos—.
Entonces fue cuando el orfanato no pudo tenerme más por la edad y empecé a saltar de casa en casa.
Algunas mejores, otras peores, en general todas una mierda.
Ningún niño debería vivir con doce años en una casa sucia ni comer una vez al día albóndigas enlatadas.
Diane aprieta la mandíbula, ha sentido el dolor de un corte en el pecho. No está segura de querer escuchar el sufrimiento de una chica que se le ha metido en el cuerpo con el paso del tiempo, pero hay algo que la empuja a estar ahí para ella, para oír lo que quiere decirle.
—En una de esas casas conocí a Kenny y a Payton —sonríe porque sus hermanos son lo mejor que tiene en la vida—.
Yo estaba enfadada con la vida, no entendía por qué tenía que vivir en aquellos sitios sin una familia de verdad que me quisiera.
Cuando supe sus historias… —exhala con un ruido largo—, entendí que me había tocado la parte buena.
—¿Ellos también fueron dados en adopción? —quiere saber Diane y, cuando escucha la respuesta, se arrepiente de preguntar.
Cassidy niega con la cabeza.
—El padre de Kenny entró en prisión y no tenía ningún familiar que se hiciera cargo.
En el caso de Payton, servicios sociales la sacó de la casa en la que vivía con su madre —se muerde el interior de la mejilla antes de seguir hablando—.
Por alguna razón del destino estuvimos juntos en dos casas de acogida hasta que Tili y Robert, nuestros padres adoptivos definitivos, nos llevaron a su casa.
—Al parecer hubo un buen final —dice Diane esperando acertar.
Una sombra se instala en los ojos de Cassidy durante un segundo y desaparece de inmediato.
—No fue todo perfecto, pero no puedo quejarme.
Estuvimos muy bien con ellos, pero eran muy mayores.
Tili murió primero, Robert a los pocos meses —recuerda el dolor que sintió con cada una de esas muertes—.
Tuvimos que dejarle la casa al banco, la habían rehipotecado por nosotros, para que pudiéramos vivir bien, así que Kenny se fue a Las Vegas cuando le salió un trabajo y Payton estaba acabando la carrera, pero me llevó con ella para asegurarse de que seguía por el buen camino.
Todavía lo hace —sonríe pensando en su hermana—, vivo en su piso.
Cassidy coge su botella de agua —ha evitado beber alcohol frente a Diane— y se la termina después de darle dos tragos largos.
—Así que ambas hemos tenido historias complicadas, pero aquí estamos —apoya ambas manos sobre la madera—. Y después de todo lo que hemos vivido, no podemos permitir que Frances se salga con la suya.
Diane hace un gesto de asco, se había olvidado de la zorra que había vuelto del pasado para meterle una zancadilla.
Cassidy se pone de pie y le tiende una mano.
—¿Seguimos? —pregunta mientras levanta ambas cejas.
En ese instante en que esos ojos verdes lo alumbran todo, el cerebro de Diane deja de funcionar. Deja de ser racional porque frente a Cassidy ya no puede serlo. Se levanta de la silla, tira de su mano y la besa.
—Quédate esta noche —le susurra pegada a su boca, empujando lejos las consecuencias de lo que le está pidiendo.
Cassidy conecta su mirada con el azul profundo. Tiene el corazón acelerado y la piel caliente. Su respuesta es besarla de nuevo porque, a partir de ese momento, las palabras sobran.