No estaba en mis planes Capítulo 19
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Capítulo 19

—Deberías hacer un cambio aquí —Cassidy señala con el dedo el punto tres en la pantalla del ordenador de Diane.

La mujer resopla, hastiada. Llevan desde las ocho de la mañana de un magnífico sábado soleado —diciembre le ha dado un día de tregua— encerradas en el despacho de la casa de Diane después de que Cassidy apareciera a las siete y media con un café de Denny's que sabía a aceite quemado y que, por supuesto, ella tiró a la basura.

A las doce hicieron una pausa para comer y siguieron hablando sobre la propuesta en la que ambas están trabajando.

Luego volvieron a sus ordenadores y así han pasado la tarde.

—Cambiar el punto en el que se sostiene la propuesta no es lo más inteligente —contesta con la voz plana, fría, exactamente la misma que usa en una reunión cuando alguien dice algo completamente estúpido.

—Me sorprende que la mujer que dirige un departamento desde hace dieciséis años decida sostener su propuesta en una variable que depende única y exclusivamente del cliente —Cassidy se incorpora y estira la espalda disfrutando del leve crujido que hacen sus huesos—.

Si el equipo de ventas de Alltreck hace una mala gestión, el resultado que estás prometiendo aquí se va a la mierda.

Ellos no dirán que lo han hecho mal, te señalarán a ti por venderles humo.

Diane aprieta la mandíbula y, en momentos como esos, siente que la maldita Frances Hartwell tiene razón y que sus métodos han quedado obsoletos, pero la sensación no es tan agónica cuando la mujer que la corrige es la rubia que tiene a su lado, aunque en ocasiones sea tan arisca como ella.

No cede, no le dice que tiene razón, pero en cuanto Cassidy vuelve a la mesa en la que está trabajando, Diane frunce el ceño mientras edita el punto tres.

Las horas pasan y apenas se escucha el tecleo de ambas, el movimiento de las sillas al desplazarse o el murmullo de la chica al que Diane ya se ha acostumbrado.

—Tengo hambre —Cassidy lleva media hora mordisqueando la tapa de un bolígrafo—. No tienes nada comestible en la nevera.

Diane levanta la mirada y se odia a sí misma por lo que hace su cuerpo cuando la ve.

Cassidy está sentada sobre su propia pierna doblada, se ha recogido la melena de cualquier forma, haciendo que los mechones le caigan desordenados en la cara.

Los ojos le brillan, hoy el verde parece en calma y esa sonrisa odiosa que se le dibuja cuando sabe que Diane la mira de esa forma que no puede ocultar. La desquicia.

—Pide lo que quieras —contesta y clava la mirada en la pantalla de su portátil, a la que es más fácil huir—. Si te gusta la pasta, puedes llamar a Gioia, tiene la mejor carbonara de toda la ciudad.

Cassidy se relame al escucharla y se pone de pie para salir del despacho.

Camina hasta el salón y se sienta en el sofá para hacer la llamada.

Mientras espera a que el hombre detrás del teléfono tome su orden, pasea la mirada por los muebles que hay frente a ella.

La casa es preciosa, no solo por fuera, sino también por dentro, con esa decoración limpia de colores cálidos que van en contradirección al carácter de Diane.

Cuando cuelga la llamada, se acerca a una de las estanterías que está repleta de libros.

Pasa los dedos por sus lomos y lee los títulos.

Se sorprende al descubrir la mezcla que hay, porque, a pesar de que no esperaba encontrar novelas románticas con finales felices, no se imaginaba que Diane tendría una universidad completa en enciclopedias dentro de su casa.

Todos son sobre negocios, ventas, estrategias y finanzas.

Hay varios de dirección de empresas e idiomas.

—Si te llama la atención alguno, puedes cogerlo —Diane aparece en el salón con el móvil en la mano y la cabeza inclinada hacia abajo mientras desliza los dedos por la pantalla.

No mira a Cassidy mientras se sienta en una butaca y sigue contestando un mensaje a Clara, que no ha dejado de molestarla todo el día para asegurarse de que no ha matado y enterrado a la chica en el patio trasero.

Diane pone los ojos en blanco por el dramatismo de su amiga y le contesta con palabras directas, recordándole que sigue enfadada por darle la dirección de su casa a la rubia sin su permiso.

Como no podría ser de otra forma, Clara la ignora.

—Tienes una buena colección aquí —Cassidy se sienta frente a ella, apoya el codo en el reposabrazos del sofá y deja caer la cara sobre su mano mientras la mira.

Diane echa un vistazo a la estantería y su mente se llena de recuerdos sin que ella pueda evitarlo.

—No fui a la universidad —confiesa Diane sin entender muy bien qué demonios le hace Cassidy para que su boca se abra de esa manera—.

Todo lo que sé lo aprendí de los libros que al principio no podía comprar y tenía que pedir en la biblioteca pública.

Cuando los tiempos mejoraron, me hice con todos ellos.

Cassidy vuelve a desviar la mirada hacia la estantería porque no quiere que su cara refleje el gesto de sorpresa o incredulidad que debe de tener ahora mismo.

—Puedes decir lo que quieras —habla Diane y se pierde por un momento mientras acaricia los eslabones de su pulsera—. No voy a ofenderme.

—¿No quisiste ir? —pregunta Cassidy, aun sin mirarla—. No contestes si no quieres.

Diane exhala un sonido raro, como una risa que se queda a medio camino y que solo ella entiende porque, a estas alturas, no contestarle a Cassidy Collins es una misión casi imposible.

—Al principio es porque no pude, ni siquiera había acabado la secundaria cuando me fui de casa —esto último lo suelta con cierta amargura porque «irse» quizá no es un término del todo correcto—.

Tuve que buscarme la vida durante un tiempo, así que no podía permitirme el lujo de estudiar y pedir becas al mismo tiempo si quería comer.

Cassidy piensa en su propia vida y, aunque no fue del todo fácil, tuvo muchas oportunidades que por lo visto Diane no.

—Me encantaría saber tu historia —contesta Cassidy sabiendo que tal vez está entrando en un terreno pantanoso—. Puedo contarte la mía y de alguna manera estaremos a mano.

Diane sube la ceja, delineada a la perfección, mientras ladea la cabeza.

—El pasado no importa.

—Es lo que nos define —la respuesta de Cassidy es rápida—, y si no quieres hablar de él, lo entiendo, pero me muero por saber de dónde vienes y cómo llegaste a ser la Diane Carter que le enseñas al mundo y que en realidad no eres.

La rubia le guiña el ojo porque de repente la Cobra ha hecho acto de presencia.

Barbilla elevada, expresión aguda y una línea fina en su rostro marcando la mandíbula, pero, aunque Diane quiera decirle que se equivoca, que eso que la gente ve es lo que es, no puede, porque ella más que nadie sabe que es una terrible mentira.

La coraza pegada a su cuerpo que la acompaña desde que hace décadas la construyó piedra a piedra porque la obligó ese pasado del que Cassidy tiene tanta curiosidad.

Aunque el silencio tarda en romperse, no es Cassidy quien lo hace, sino la otra mujer, con una voz que se tambalea entre la firmeza y la melancolía.

—Nací en Rockford Bay, un pueblo pequeño al norte de Idaho —se remueve incómoda en su butaca y Cassidy está a punto de decirle que no tiene por qué contarle nada, pero Diane continúa hablando—.

Pocas familias, todas conservadoras, mucho dinero y demasiada hipocresía.

Tengo dos hermanos, Chase, el mayor, y Riley, la menor.

No me hablo con ninguno desde hace años.

La rubia no dice nada, apenas parpadea porque tiene miedo de que Diane se cierre y no pueda saber más de su vida.

—Tuve un pretendiente, August Rackfort —la mujer niega con la cabeza—.

A mí no me gustaba, tenía dieciséis años y a esa edad no estaba pendiente de esas cosas, pero mis padres insistieron porque «las buenas familias se conocen pronto, Diane» —hace una burda imitación del recuerdo oscuro de la voz de su padre—.

August venía dos tardes por semana y nos sentábamos en el porche de casa.

No teníamos nada en común, así que la mayoría del tiempo estábamos callados.

Diane trae a la memoria a aquel chico con sobrepeso y que siempre olía a menta, que se quedaba de pie unos minutos antes de apoyarse cuidadosamente en la silla que estaba a su lado. No decía nada, no la miraba, solo se quedaba ahí hasta que su padre lo recogía.

—Mi madre un día empezó a hablar de una boda, de la unión de las familias y sobre lo importante que era pagar las clases de etiqueta y vida doméstica.

No presté atención a ello porque no creía que se pudiera referir a mí —pone ambas manos sobre sus muslos buscando algún tipo de estabilidad que no siente—.

Hasta que la familia Rackfort se presentó varias noches después para cenar en casa y, por supuesto, pedir mi mano, que, sin que yo tuviera ni siquiera idea de lo que estaba pasando, ya estaba más que aceptada.

—Joder —susurra Cassidy; pensaba que esto de los casamientos obligados era de otro siglo.

—Joder, sí —Diane mueve la cabeza varias veces—. Estaba tan impactada que no dije nada, pero, cuando se marcharon, le dije a mi madre que yo no quería casarme con ese chico.

—Imagino su reacción —se atreve a opinar Cassidy, pero de inmediato sabe que ha metido la pata cuando el gesto de la mujer frente a ella se endurece.

—No, no puedes imaginártelo porque no conoces la sed de dinero que siempre tuvieron mis padres —su voz fría hace que el salón baje varios grados—.

Siempre fuimos unos muertos de hambre, no hay manera bonita de ponerle nombre a nuestra economía, entonces el mágico plan de mi familia era unir a sus hijos con otras de mucho dinero para seguir manteniendo un estatus que desde luego no teníamos.