Capítulo 18 #2
—¿No vas a preguntar nada? —se interesa Diane mientras abre otra de las cajas. Pollo karaage , su favorito.
Cassidy termina de tragar y se encoge de hombros.
—Solo lo que tú quieras contarme. —Toma un sorbo de su vino. Luego piensa que quizá debería tirar la botella.
La morena lo piensa por unos segundos, pero no hay demasiado que analizar. Quiere contarle a Cassidy cosas de su vida, se siente cómoda con ella y, a diferencia del resto de mujeres con las que ha estado involucrada, no tiene la necesidad de ocultarle estas cosas.
—Empecé a beber a los veinte —comienza Diane y en su tono no hay vergüenza o algo que se le parezca—.
Nunca había probado el alcohol y recuerdo que la primera vez me pareció asqueroso —suelta una risa corta que hace que sus ojos brillen y que el corazón de Cassidy se acelere—.
Luego vino una resaca espantosa que me quitó las ganas de volver a probar una cerveza.
Tenía un trabajo horrible, pero unos compañeros agradables, así que cuando acabábamos nos íbamos a un bar de mala muerte en East Broadway; era el único sitio que podíamos pagar y allí nos daba la medianoche, con jarras de medio litro y chupitos de algo que no quiero recordar.
Cassidy se muerde los labios mientras la mira con intensidad.
—¿Así que existió una joven y alocada Diane?
—Por varios años, sí —deja los palillos a un lado y se recuesta en su silla—.
Se volvió costumbre y, antes de darme cuenta, había empezado a beber cada día.
Pensé que lo tenía controlado; de hecho, obtuve un mejor empleo que conseguí yendo a la entrevista sin dormir después de pasarme la noche bebiendo vodka barato.
Creo que ese fue el detonante de todo, porque algo en mi cerebro me dijo que, mientras pudiera mantenerme en pie, el alcohol no era un impedimento para lograr lo que quería.
—Si esto fue cuando tenías veinte años y llevas diez sobria...
Cassidy deja la pregunta flotando entre las dos y Diane no necesita que la termine para entender lo que la chica quiere saber.
—Para cuando llegué a Whitestone, mi vida se basaba en trabajar, beber y dormir; sin embargo, sentía que estaba en el mejor momento de toda mi vida —hace un gesto con las manos como diciendo «sí, qué imbécil, ¿verdad?
»—. Había conseguido el puesto por el que me había dejado la piel, tenía una cantidad decente de dinero en el banco y había empezado una relación con la que estaba a gusto.
Cassidy levanta ambas cejas; se había esperado cualquier cosa de esta noche menos que Diane se abriera con ella de esta manera. No dice nada, no quiere hablar y que el momento se rompa.
—Cuando llevábamos juntas un año tuvimos la primera discusión sobre el alcohol, pero estaba tan borracha que me quedé dormida en el sofá mientras ella me repetía una y otra vez que iba a acabar fatal —coge la botella de agua como si fuera a darle un sorbo, pero en realidad está perdida en ese recuerdo—.
Luego pedí perdón, dije las palabras adecuadas e hice promesas que obviamente no cumplí, pero aprendí a disimular mejor.
—¿Funcionó? —se interesa Cassidy y a su memoria viene su hermano Kenny.
—Por un tiempo —suspira y hace un mohín con los labios que la chica desea morder—.
Luego hubo más discusiones, pero esta vez estaba demasiado cansada para mentir.
Así que me planté y dije que esto era lo que había —una sombra de culpa y vergüenza le cruza la cara—.
Y ella se quedó conmigo igualmente, soportó cosas que nadie debería hasta que se cansó y me dejó.
—Vaya, lo siento, ¿fue eso lo que te hizo buscar ayuda? —interroga Cassidy y aleja su copa de vino como si el gesto supusiera un apoyo para Diane.
La morena niega y ahora sonríe con tristeza.
—Eso lo empeoró y durante meses estuve en un ciclo cada vez más caótico, pero ella no se había ido del todo —clava sus ojos en la pulsera y la toca con la yema del dedo—. Un día toqué fondo otra vez y me encontró casi desmayada sobre la mesa de mi despacho.
Cassidy abre mucho los ojos y ese murmullo que siempre tuvo en su pecho por fin se convierte en una voz nítida.
—Clara —susurra la chica.
—Clara —confirma Diane y asiente con la cabeza; no pretendía seguir ocultándolo—.
No sé cómo lo hizo, pero me sacó de allí sin que nadie se diera cuenta de mi estado.
Me arrastró a su casa, me hizo pedir parte de las vacaciones acumuladas que tenía y gestionó todo para que me las aprobaran de inmediato.
Estuve dos semanas en un programa de desintoxicación muy intenso, luego otras en uno más leve y los siguientes tres meses viviendo con ella.
Me acompañó a cada reunión de AA, consiguió a una terapeuta especializada y no se despegó de mí ni un segundo.
Le debo mi vida; sin ella, estaría muerta.
El silencio cae sobre el salón y Cassidy descubre otro pedacito de la humana que tiene frente a ella, la que sufre, la que siente de verdad. La que disfruta con sus manos ya la conocía bastante bien y ahora se da cuenta de que quiere seguir desvelando más sobre Diane Carter.
Se pone de pie y, como puede, se sienta en las piernas de Diane. Se está clavando la madera de la mesa en la espalda, pero no le importa porque quiere que su cuerpo esté lo más cerca posible del de la morena.
—Gracias por contarme esto —la besa con suavidad—. No sé cómo lo logras, pero ahora me gustas más.
Diane siente el corazón en la garganta, no lo demuestra, se limita a entrecerrar los ojos con desconfianza.
—Hay algo increíblemente atractivo en el hecho de que no seas solo la mujer de hielo que algún día se cargará el suelo de la oficina con sus tacones —le sonríe y después le atrapa el labio inferior—. Y estoy deseando saber más de ti.
El miedo le recuerda a Diane que está cometiendo un error, que abrirse más con Cassidy es acercarse al precipicio sin ningún equipo de seguridad.
No había sido su intención contarle todo esto, pero el momento la ha empujado y el resultado es que se siente como hacía años que no estaba junto a una mujer.
Le pasa una mano por la nuca y la acerca a su boca para besarla porque Diane prefiere desnudar su cuerpo a seguir desnudando su alma ante la chica que la ha hecho sentir viva otra vez.