No estaba en mis planes Capítulo 18
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Capítulo 18

D iane observa la figura encorvada sobre la mesa auxiliar que tiene dentro del despacho de su casa y, por más que intenta analizar lo que está sintiendo, no logra definirlo del todo.

Cassidy ha llegado hace casi cuatro horas a su casa, han hablado sobre la propuesta que Diane va a presentar para Alltreck y han analizado los puntos que cree que debe potenciar porque —bajo su experiencia— piensa que serán la clave de la captación.

La chica lo ha escuchado todo con el gesto serio y algún leve movimiento de cabeza; cuando ha visto algo que no le ha encajado, se lo ha dicho con la misma voz firme y clara que suele tener con ella.

Luego las dos se han puesto a trabajar sin perder tiempo, Diane en la redacción de todo lo que tenía ya organizado en su mente y Cassidy en la campaña de marketing que acompañará el plan.

Llevan rato calladas, aunque Cassidy hace suaves ruidos de vez en cuando, como si de repente le llegara una idea de las buenas y estuviera haciendo una pequeña celebración para felicitarse.

Diane está completamente segura de que esa noche terminará perdiendo la cabeza.

—¿Qué? —La pregunta de Cassidy la sobresalta y tiene que parpadear varias veces para centrarse—. Llevas rato mirándome.

Diane levanta la barbilla porque es la única forma de ocultar la vergüenza de haber sido descubierta observando su cuerpo. Deja el bolígrafo con calma sobre la madera oscura para ganar tiempo y se acomoda en su silla.

—No te estaba mirando, estaba pensando. —Sabe que suena como una auténtica idiota, pero hay cosas en las que todavía no puede ceder.

Cassidy ladea la cabeza y levanta la ceja izquierda.

—¿Y en qué pensabas? —consulta mientras se lleva los dedos a la frente y cierra los ojos por un instante.

El simple gesto hace que a la jefa de desarrollo le suba un ardor por el esófago sin saber exactamente el motivo. Se pone de pie a la vez que se obliga a no hacer un drama.

—¿Estás bien? —Diane da varios pasos hacia ella, pero deja la distancia que necesita para seguir engañándose sobre el control que cree tener de la situación.

Cassidy contrae el rostro y luego mueve una mano para restarle importancia.

—Me duele un poco la cabeza —se pasa los dedos esta vez por la sien derecha—, pero me tomo un analgésico ahora mismo para que se me pase.

Un extraño cosquilleo decide instalarse en el pecho de Diane y, de un segundo a otro, cae en la cuenta de que lo que le está pasando es que este momento le resulta tan familiar y acogedor que su mente lo rechaza de inmediato.

Le gusta que Cassidy esté aquí con ella, que se haya presentado en su puerta con la certeza de que sin su ayuda todo sería más complicado, y le preocupa que un dolor de cabeza pueda hacerle daño como si en vez de un malestar fuera un hombre armado con un cuchillo.

Contiene el impulso de llamarse estúpida en voz alta.

—No has cenado —dice en cambio.

—Tú tampoco. —Cassidy le sonríe y se pone de pie—. Creo que hemos avanzado bastante, ¿qué te parece si paramos por hoy y pedimos algo de comer?

La pregunta la acompaña con una caricia y un roce de labios que le corta la respiración a Diane.

Quiere negarse —aunque en el fondo sepa que está muerta de ganas por pasar más tiempo con la chica— porque está segura de que acercarse de esta forma a Cassidy es un completo error.

Tener una aventura dentro de las cuatro paredes de su despacho es un riesgo que ella tiene controlado.

Aquella noche en el coche, de la que no han hablado ni una vez, fue una excepción o, al menos, eso se dijo para calmar la ansiedad que la mantuvo tensa durante todo el fin de semana.

Permitirse sentarse a comer en su propia casa, a solas, con la chica que lleva meses metiéndose en su piel, es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa, pero Diane ya tiene el revólver en la mano y está metiendo la bala en el tambor.

—Sí —responde pegada a la boca de la chica sintiéndose una farsante dentro de su propia certeza—. Voy a buscarte un Tylenol.

—¿Te apetece japonés? Tengo un antojo terrible desde hace días.

—Lo que prefieras. —La voz de Diane se escucha desde el pasillo tras haber salido del despacho.

Cassidy se muerde los labios mientras coge el móvil que está sobre la mesa en la que estaba trabajando para buscar algún restaurante asiático por la zona y, cuando lo encuentra, hace un pedido quizá demasiado grande para ellas dos, pero es que ahora mismo le cuesta pensar con claridad.

Está procesando el hecho de que está en casa de Diane a punto de cenar con ella por primera vez desde que han empezado con eso que tienen y que no le han puesto ningún nombre.

Cassidy quiere ponérselo, quiere poder verla fuera de Whitestone, ir a la playa, hacer alguna escapada y probar comida diferente.

Hacer cosas que hacen las personas que se gustan de verdad, porque tener sexo rápido a las siete de la mañana sobre una mesa es divertido hasta que deja de serlo y tu cuerpo pide más. Y ella quiere mucho más.

Media hora después, Diane cierra la puerta empujándola con el pie descalzo y, cuando se gira, levanta las dos cejas al mismo tiempo que las tres bolsas que lleva en las manos.

La chica de ojos verdes levanta la comisura izquierda y encoge los hombros porque sí ha pedido demasiado, pero tampoco es para tanto.

—¿Has invitado a alguien más a mi casa y no me lo has dicho? —Diane deja la comida sobre la mesa que hace al menos dos años no utiliza porque o come fuera o lo hace en la cocina.

—No estaba segura de lo que te gusta, así que pedí un poco de todo o, al menos, lo que se suele comer en estos sitios.

Diane no contesta, empieza a sacar las pequeñas cajas de cartón que desprenden un olor exquisito, dos bandejas de sushi y una botella de vino blanco.

Cassidy nota cómo aprieta la mandíbula y le parece un gesto extraño porque, aunque llevan horas sin parar de trabajar, la morena parecía tranquila, incluso relajada.

No le da importancia porque no tiene tiempo de hacerlo; la mayor de las dos se aleja para llevar las bolsas vacías de papel a la cocina y regresa con una botella de agua.

—¿No quieres vino? —pregunta Cassidy mientras se sienta—. Este es muy bueno y suele combinar muy bien con el pescado.

Diane echa un vistazo a los rollos de arroz y su boca saliva como la de un perro hambriento. Elige dos de salmón, uno de atún y un niguiri de lo que parece anguila.

—Estoy bien con el agua —se sienta, empuja la silla un poco hacia adelante y coge los palillos.

Cassidy abre el vino y se sirve en la copa que previamente había traído de la cocina cuando estaban esperando al repartidor.

Antes de probar siquiera la comida, le da un trago largo y cierra los ojos complacida con el sabor; fue gracias a Payton que conoció esa maravilla y desde entonces, cada vez que pide japonés, aprovecha para comprar una botella.

—No creo que eso sea bueno para el dolor de cabeza —Diane señala la copa con los palillos para después tomar un rollo con ellos y llevárselo a los labios.

La respuesta de Cassidy es estirar la copa hacia la mujer; es un gesto inocente, pero le encantaría que Diane lo probara.

—No sabes lo que te estás perdiendo —suelta sin más y le da otro sorbo antes de dejar la copa sobre la mesa.

Diane deja de masticar y clava su mirada azulada en la chica. Cassidy se queda por un momento muy quieta sin saber muy bien qué sucede e intuye que el típico malhumor de la Cobra ha vuelto porque ella ha insistido en algo.

—No es para tanto —dice sin mirarla porque está abriendo la caja de fideos con pollo.

Lo que le hace levantar la mirada es el sonido de la silla chirriando contra el suelo.

Diane se está levantando y lo único que Cassidy puede detectar es la rigidez en su espalda.

Desde su posición, la chica puede ver que se ha detenido frente a uno de los muebles del salón y la ve abrir la puerta acristalada de la derecha.

Busca algo, lo coge y regresa a la mesa con una expresión indescifrable.

Antes de sentarse nuevamente, coloca frente a Cassidy una moneda dorada que ella no toca de inmediato porque ha vuelto su mirada a Diane.

La morena se sienta para seguir comiendo como si nada hubiera ocurrido y es entonces cuando la más joven de las dos coge el trozo de metal redondo entre sus dedos.

En un primer vistazo no lo entiende muy bien: tiene un triángulo en el centro, unas frases y un número.

Frunce el ceño y, antes de que su cerebro pueda atar cabos, la voz de Diane se cuela en sus oídos.

—Llevo diez años sobria —levanta la botella de agua en un gesto de brindis y toma un trago largo—. Sé muy bien a que sabe ese vino, solía tomarme dos botellas de esas en la cena mientras me comía seis de estas.

Cassidy observa las empanadillas que señala y enseguida vuelve a mirar la moneda.

«Sé fiel a ti mismo», reza una de las frases; el número diez está en medio del triángulo y debajo la palabra «recuperación».

Siente la garganta áspera, como si tuviera arena raspando sus cuerdas vocales, y también experimenta una sensación de desasosiego incómodo que no sabe cómo calmar.

—Lo siento —la voz le sale floja y desliza la moneda por la madera pulida antes de dejarla frente a Diane—. Menudo aguante, ¿dos botellas? Ni en mis mejores tiempos.

Diane no puede evitar que sus labios se estiren en una sonrisa que bien podría convertirse en una carcajada.

Cassidy ha vuelto a sus fideos, se ha servido una buena cantidad y ha empezado a atacarlos mientras hace una demostración sobre el perfecto uso de los palillos.

Solo Clara y los de Alcohólicos Anónimos fueron los únicos que no la miraron con lástima, porque hubo unos pocos que se enteraron de ese problema que bien supo disimular durante años y, cuando la miraron a la cara, se sintió desnuda, rechazada y vacía.

Un grano más para la gran montaña de mierda que la hizo construir la coraza que hace tanto no se quita.