No estaba en mis planes Capítulo 17
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Capítulo 17

C assidy aprieta el volante de su Corolla hasta que los nudillos se le quedan completamente blancos.

Mira a su alrededor segura de que algún vecino llamará a la policía si ve aparcado su coche en esa urbanización donde huele a lujo y todo parece brillar.

Lleva dentro diez minutos mientras se le congela el culo, incapaz de tomar una decisión: se marcha o sale a la calle.

Hace dos horas era diferente, su seguridad ha sido la que la ha empujado a entrar en el despacho de Clara Fitzgerald y sonsacarle —no con facilidad— la dirección de la casa de Diane sin parecer una acosadora o una empleada demasiado enfadada como para querer saber dónde vive su odiosa jefa.

—Sabes que esa es información confidencial, Cassidy —Clara se ha quitado las gafas y las ha dejado sobre la mesa. Después, le ha dedicado una mirada desconfiada.

—Lo sé, lo sé —ha levantado ambas manos como para demostrar que no llevaba un cuchillo oculto en ellas—, pero créeme, es por una buena razón.

Clara ha entrecerrado los ojos y ha empujado su espalda contra el respaldo de su silla. No ha dicho nada, solo ha esperado a que la chica se explicara.

—¿Te ha dicho lo que la junta directiva le ha pedido con la captación de Alltreck? —Clara asiente, estuvo informada en el mismo momento en que Diane salió de la reunión con Samuel y posteriormente cuando le llegó el correo con la nueva asignación—. Va a necesitar ayuda en esto, lo sabes, Clara.

Cassidy se ha mordido los labios sin saber si estaba logrando explicarse bien.

—Samuel también me lo ha contado y, aunque tenemos confianza, nunca me había dicho nada que tuviera que ver con decisiones de la junta, ni siquiera algo parecido —hace una pausa, se recoge el pelo porque le molesta—.

Creo que me lo ha dicho porque la situación es más compleja de lo que parece y tú llevas mucho tiempo trabajando a su lado, sabes que no se dejará ayudar.

La directora del departamento de marketing pone las manos unidas sobre la mesa.

Lo hace en silencio, mientras observa a la chica frente a ella y termina de analizar cada gesto que ha hecho mientras hablaba.

Desde hace tiempo hay algo detrás de su oreja, una mosca o más bien un moscardón, porque el ruido es cada vez más fuerte, sobre todo porque Diane, esa mujer que parece tener el rostro congelado dentro de Whitestone, ha hecho un leve cambio en su comportamiento, pero solo con Cassidy.

A ella ya no la deja con la palabra en la boca, tampoco la corta —como hace muchas veces con otros empleados— cuando no le interesa lo que le está diciendo, y ni una sola vez en meses se ha quejado de ella.

Nadie notaría esto porque tampoco es que tenga un trato cercano con la rubia, pero Clara, que lleva media vida conociéndola, sabe que hay algo ahí que ya no puede seguir pasando desapercibido, no después de que Cassidy se haya presentado en su despacho con el rostro angustiado buscando sacarle información para poder ayudar a la Cobra.

El ochenta por ciento de los trabajadores de la consultoría preferirían un tiro en el pie.

Coge un taco de hojas adhesivas, apunta la dirección con letra fina, arranca el trozo de papel y extiende el brazo. Cuando Cassidy va a cogerlo, Clara lo retira.

—Me estás poniendo en un aprieto —suelta, y su voz suena muy parecida a la frialdad de la propia Diane—. No hagas nada que me obligue a mostrarte la peor parte de mi personalidad.

Vuelve a extender el papel y Cassidy lo coge. Ambas se miran un instante, la chica no siente el mínimo miedo por sus palabras porque sabe que ella jamás podría hacerle daño a Diane.

Cassidy suelta una exhalación demasiado ruidosa que le da el ánimo que le falta para abrir la puerta y salir del coche.

Cruza la calle y se planta frente a la verja al mismo tiempo que eleva su mirada hacia el final de la inmensa casa.

De todas las que hay a su alrededor, esta parece la más pequeña y discreta, pero para Cassidy, que siempre ha vivido en sitios que han ido desde completos basureros al pequeño piso que comparte con su hermana, esta le parece una auténtica mansión.

Lo único que ve desde su sitio es el tejado de pizarra gris y dos ventanales de lo que parece la zona más alta.

No sabe si Diane está en casa, pero si no toca el timbre tampoco podrá adivinarlo.

Un sonido seco emerge del pequeño aparato cuando ella presiona el botón y de inmediato un aro de luz se enciende a la vez que la cámara que lleva integrada le apunta a la cara.

Pasan los segundos, que a ella le parecen eternos, y lo intenta nuevamente.

Le sudan las manos por el nerviosismo, pero está lo suficientemente atenta para oír el corto ruido metálico que sale del altavoz.

—¿Diane? —pregunta Cassidy mirando a la cámara.

El tiempo corre y parece que del otro lado nadie hablará hasta que se oye una voz plana que esconde un deje de asombro.

—¿Qué haces aquí? —no hay un «hola, me alegro de verte»—. ¿Quién te ha dado mi dirección?

—Necesito hablar contigo —no responde a su segunda pregunta—. Es sobre la conversación que tuviste con Samuel y el correo que recibiste de la directiva.

Cassidy está segura de poder escuchar el crujido de su mandíbula y la mente de Diane dando vueltas con velocidad. Su jefa no dice nada, pero tampoco la echa. La verja empieza a abrirse y Cassidy supone que esa es una invitación para entrar.

En cuanto sus pies pisan la gravilla del camino que conduce hasta la entrada, Cassidy Collins abre los ojos y la boca a la vez de forma exagerada.

Hay un jardín precioso y muy bien cuidado que se abre a cada lado creando un pasillo medio boscoso.

Las paredes de la casa están revestidas de un tipo de piedra clara que Cassidy no reconoce y hay paneles de madera con figuras abstractas que de alguna manera se parecen a su dueña: incomprensibles.

La puerta se abre y la chica se pregunta para qué demonios las hacen de ese tamaño, está segura de que su coche entraría por ahí sin problema, pero lo que le corta la respiración es ver a Diane vestida de manera informal con un conjunto de algodón claro y descalza.

Se nota que se siente cómoda en su casa, que es el lugar donde llega agotada y se libera de ese traje perfecto de gran jefa.

—¿Qué haces...?

Las palabras se apagan cuando Cassidy le coge las mejillas con las dos manos y la besa con furia.

Diane le responde, siempre lo hace, porque, aunque no lo dirá ni bajo amenaza, desde hace tiempo es incapaz de negarle nada a esa chica de ojos verdes que un día simplemente se metió en su piel y se niega a salir.

Cassidy la empuja hacia dentro de la casa y en cuanto la puerta se cierra es como si estuvieran dentro del despacho de Diane.

La pega a la pared más cercana y le mete una mano por debajo de la camisa.

Le toca el vientre y Cassidy nota cómo tiembla cuando arrastra la yema de sus dedos por la fina piel de su jefa.

La chica sabe que en algún sitio debe haber un sofá o una cama, pero no tiene claro si es por la costumbre o por la desesperación que siente ahora mismo, que lo único que hace es girar a Diane de cara a la pared y morderle la base de la nuca.

—Bájate los pantalones —le exige Cassidy mientras ella hace lo propio con los suyos.

A Diane el corazón le late en la garganta, ha empezado a desbocarse en el instante en que vio a la rubia a través de la cámara del timbre y por poco sufre un infarto cuando la vio entrar en su casa.

Sentir su lengua dentro de la boca la hace desear tener el teléfono a mano por si debe llamar a emergencias.

—Hueles a ese jabón de cítricos —Cassidy aspira su aroma como si fuera la mejor cocaína del mundo—. Abre las piernas.

El gemido comienza bajo porque lo único que la rubia ha hecho es pegar su sexo desnudo al trasero de su jefa, pero cuando lleva una mano hacia adelante y sus dedos separan los labios íntimos de Diane, los jadeos suben de volumen.

Diane ha tenido suficiente sexo a lo largo de su vida y de su parte sería absurdo decir que jamás se había sentido tan excitada, porque lo ha estado y muchas veces.

La diferencia aquí es que Cassidy logra mantener ese estado durante horas, conoce el punto exacto que la enloquece y no sabe cómo demonios lo logra, pero siempre descubre algo que la calienta todavía más.

Justo como ahora. Sentir cómo esa chica preciosa se roza con fuerza contra su culo a la vez que la masturba es como estar dentro de una de esas fantasías que nunca se cuentan a nadie por vergüenza y que, cuando llegas a cumplirlas, apenas aguantas un par de minutos.

—Me encanta lo que me estás haciendo —Cassidy gime cuando la escucha, Diane no habla demasiado durante el sexo—, y no voy a aguantar más.

—Espera —Cassidy arrastra su sexo empapado más rápido—. Joder, espera un poco.

Diane se muerde los labios e incluso intenta pensar en cualquier cosa para distraerse.

No funciona, así que lo único que puede hacer es precipitar el orgasmo de Cassidy.

Pone ambas manos en la pared y saca más el culo para empezar a moverlo al mismo tiempo que lo hace la rubia.

Hace círculos rápidos y empuja su cadera hacia atrás para que la presión ayude...

y vaya que lo hace, porque un quejido agudo aterriza en su oreja y la que pedía que esperara empieza a correrse entre murmullos.

—Joder... —Cassidy apoya su frente en el hombro de Diane—. Lo siento... es que... pufff.

Se ríe como si fuera una niña que no se puede creer el regalo que le han dado y a Diane el alma se le estremece.

Se gira para quedar frente a ella, lo hace sin pensarlo, sin analizar ni por un segundo que hacer algo así la acerca más a ese abismo del que se mantiene alejada desde que ese verde pardo la atrapó.

No le importa, por un momento hace lo que de verdad quiere.

—Te brillan tanto los ojos cuando te corres —susurra y se pega a su boca. Diane la besa con calma, como si no tuviera prisa por subirse los pantalones porque no está en ese jodido despacho en el que no hay tiempo para nada.

Cassidy exhala una sonrisa en los labios y se pega más a ella.

—Ojalá me viera tan guapa como tú —lo dice en serio, las facciones de Diane se suavizan y se ve preciosa.

—Qué pena que no puedas verte en un espejo.

La rubia la mira a los ojos y ve en ella algo que no había visto en ninguno de sus encuentros.

Hay una suavidad distinta, ¿cariño? No lo sabe, pero le recuerda a esas miradas que notaba en las chicas cuando sentía que empezaban a enamorarse.

No puede pensarlo demasiado porque Diane se inclina para colocarse bien los pantalones y da un paso atrás.

—¿Qué haces aquí? —pregunta por tercera vez y ahora su voz sí es firme, es la voz de la jefa de negocios de Whitestone.

Cassidy suspira, termina de acomodarse la ropa y sigue a su jefa hacia el salón de la casa. Antes entra al baño que Diane le señala para lavarse las manos y cinco minutos después está sentada en el sofá junto a la morena con una botella de agua en la mano.

—Sé lo que la directiva te ha pedido —Cassidy levanta la mano cuando Diane frunce el ceño y abre la boca—. Espera a que te lo explique antes de que empieces a ladrar.

Diane levanta la barbilla, lista para atacar, pero solo es una pose ensayada porque se mantiene en silencio mientras la chica le explica cómo Samuel Barnes la llamó a su despacho y le habló sobre el informe que había presentado Frances a la junta.

—Samuel siempre ha sido discreto y no hay ningún motivo por el que tuviera que contarme esto —le da un trago a su botella—. Salvo que sepa algo que tú no y que de alguna manera quiera hacértelo saber a través de mí.

Diane chasquea la lengua y luego tuerce el gesto.

—Eso es ridículo. Samuel fue directo conmigo y no veo ninguna razón para que te use a ti como recadera.

—Diane —la llama Cassidy con la voz seca—. Samuel es un socio poderoso dentro de la consultoría, pero, al fin y al cabo, es solo un hombre. Hablasteis antes de la reunión y él conmigo, después.

La mayor de las dos intenta pensar, pero hay tantas cosas en su cabeza que no logra concentrarse.

—Mi teoría es que se arriesgó para advertirte de lo que ocurriría y que en la reunión se encontró con un panorama que no se esperaba —Cassidy encoge los hombros—. Ha demostrado que está de tu parte, pero tampoco es tonto como para poner en juego su trabajo.

Diane se pone de pie porque está segura de que la maldita Frances Hartwell logró convencer de alguna manera a la directiva y algunos de esos cabrones han apostado por ella.

Samuel le aseguró que la consultoría prácticamente se mantenía gracias a los cientos de contratos que su gestión ayudaba a cerrar cada año y que, mientras siguiera haciéndole ganar dinero, no habría problema, pero quizá con la fusión con el grupo Delacroix los millones empiecen a entrar por otro lado y su figura no sea tan importante como ahora.

Se queda de pie en el mismo sitio como si la situación la hubiera congelado de golpe. Cassidy se mantiene sentada, lo que necesita Diane es un momento, un espacio de tiempo para organizar su cabeza.

La repetición número cuatro aparece.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a ayudarte —Diane levanta una ceja con arrogancia.

El gesto no detiene a Cassidy—. Sé que eres perfectamente capaz de hacerlo sola, pero te llevará más tiempo, noches enteras sin dormir porque durante el día tendrás que ocuparte del resto de cosas.

Estoy libre este fin de semana, podemos comenzar esta misma noche.

La semana que viene vendré aquí después de acabar en Whitestone y seguiremos hasta que tengas la propuesta lista. ¿Cuánto tiempo tienes?

—Una semana —contesta mirando la ventana que da al jardín lateral—. En doce días hay que presentarlas al cliente.

El silencio se instala y para ninguna de las dos es incómodo porque están acostumbradas.

Han trabajado muchas horas juntas y la dinámica es parecida.

Cassidy sabe que Diane ya ha tomado una decisión, pero le falta algo que la impulse a decir en voz alta que en verdad sí necesita ayuda y acepta su ofrecimiento. No la va a hacer pasar por eso.

—¿Dónde podemos empezar a trabajar? —interroga la chica.

Diane vacila por un instante, pero se recupera.

—Sígueme.