No estaba en mis planes Capítulo 16
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Capítulo 16

—Deja las manos quietas —Cassidy acompaña sus palabras con un leve movimiento en su torso para alejarse del tacto de Diane—. Te he dicho que hoy no puedes tocarme.

Ver a Diane Carter suplicando con la mirada y el cuerpo es un espectáculo que nadie ha presenciado jamás…

nadie, excepto Cassidy Collins. Están en el despacho de la directora del departamento de desarrollo de negocios, justo al lado de la ventana, desde la que, hace apenas cinco minutos, Diane estaba observando la calle mojada y a los pocos transeúntes que en ese momento escapaban de la lluvia que ha traído el final de la segunda semana de diciembre.

Sus ojos estaban clavados en una pareja de dos mujeres que iban de la mano, protegidas bajo un paraguas inmenso, y al llegar a la esquina se despidieron con un beso corto y una sonrisa que ella ha podido contemplar desde su posición.

Había empezado a sentir cómo unas uñas invisibles empezaban a arañarle el pecho cuando la puerta de su despacho se ha abierto sin que ella siquiera lo esperara.

La chica rubia ha atravesado el espacio que había entre ellas como si fuera la dueña de todo lo que estaba viendo y, con un movimiento ágil, ha atrapado a su jefa por la cintura con el brazo izquierdo y con la mano libre le ha acariciado la mejilla.

—No te imaginas las ganas que tenía de estar a solas contigo.

Eso fue todo y Diane no tuvo tiempo de contestar porque Cassidy le ha lamido los labios para después besarla con una intensidad que han hecho arder a las dos mujeres.

Ahora Diane tiene la espalda pegada a la pared, los pantalones enredados en los tobillos y las manos inquietas a los lados de su cuerpo porque hoy la rubia ha decidido castigarla.

—Frances sigue jodiéndote —Cassidy comienza las penetraciones profundas y más fuertes—, y tú no estás haciendo nada para evitarlo.

Y ahí está el motivo.

Diane lucha para que sus ojos se mantengan abiertos y enfocados, pero escuchar el enfado de esa chica frente a ella mientras la folla como si fuera la última vez entre ellas es algo que le cuesta mucho controlar.

No quiere pensar, no quiere analizar, porque Cassidy tiene este poder sobre lo que siente, porque si lo hace, está bastante segura de que se derrumbará.

—Confía en mí —es lo único que puede contestarle en un balbuceo penoso que apenas le ha salido de la garganta.

Los ojos de Cassidy se detienen sobre los de su jefa mientras el vaivén de dedos continúa con la misma cadencia. Se miran durante un segundo, no hay palabras, pero sí que hay una confirmación muda de que la rubia confía en ella.

Diez minutos después, Cassidy sale del baño que está dentro del despacho, con las manos limpias y la mente despejada.

Tiene las mejillas rojas por el esfuerzo y por la calefacción demasiado alta, pero lo que la mantiene caliente por dentro es ver a Diane sentada en su silla con los ojos cerrados y la cabeza recostada mientras intenta recuperar el aliento.

Se acerca a su jefa y le pasa la yema de los dedos por la fina piel del rostro y, cuando el azul empieza a iluminarlo todo, Cassidy sabe que está en el séptimo cielo.

—Eres preciosa —le dice en voz alta y nota el leve sobresalto en el cuerpo de Diane—. ¿Estás bien?

La Cobra se abraza a su compostura y levanta la barbilla como si estuviera en una sala de juntas peleando por su dignidad.

—Sí, aunque estaré mejor cuando esa mujer ponga un pie fuera de Whitestone.

Cassidy apoya el trasero en la mesa de Diane y se cruza de brazos con la mirada afilada.

—¿Qué pasa con ella? —indaga la mujer más joven—. Hay algo en todo esto que no soy capaz de encajar, porque Frances parece buscar algo en tu departamento para hacerte quedar mal.

Diane aprieta la mandíbula y de forma inconsciente roza la pulsera con dos dedos.

Cassidy lo nota, sabe que la pregunta no la ha hecho sentir cómoda y está bastante segura de que es porque entre ellas apenas han hablado de temas que vayan más allá del trabajo.

Entonces eso le dice que Frances es algo personal, no solo la asesora experta que la directiva ha traído para la expansión.

Está a punto de cambiar de tema, porque lo último que va a hacer es presionar a Diane para que hable de algo que no quiere, pero antes de que pueda hacerlo, la otra mujer separa los labios.

—La conocí en el primer trabajo que tuve al mudarme a California.

Era joven, no tenía experiencia en el área, pero conseguí bordar la entrevista y me dieron una oportunidad —se pasa una mano por la melena y se echa hacia atrás los mechones que le molestan—.

Frances llevaba unos cuantos años allí, pero francamente parecía más un objeto decorativo que otra cosa.

Vagaba por los pasillos de la planta a menudo con la mirada perdida sin hacer nada que se le diera bien.

Descubrí que su marido la estaba dejando, que se había quedado en la calle y su familia le había dado la espalda porque ella había renunciado a todo por él primero. Sentí pena.

Cassidy levanta una ceja sin apartar sus ojos de los de Diane. No ve a esa mujer sintiendo pena por Frances Hartwell.

—Eran otros tiempos —Diane mueve la mano restándole importancia a sus debilidades cuando era joven—.

El caso es que una tarde le pregunté si podía ayudarla en algo y no pidió nada, simplemente hablamos.

Aunque te parezca asombroso, empezamos a quedar alguna noche para tomar una cerveza y, como no teníamos demasiado que contarnos, conversábamos de trabajo.

—¿Acabaste liada con ella? —interroga Cassidy con los ojos muy abiertos.

Diane chasquea la lengua como si la pregunta fuera de todo menos sensata.

—No seas ridícula —niega con la cabeza mientras frunce el ceño—.

No había ninguna intención ahí, al menos de mi parte, porque Frances solo fingía ser mi amiga mientras me preguntaba cómo había conseguido el contrato con el concesionario de coches de lujo o me sacaba información sobre las nuevas propuestas que quería plantearle a la dirección.

—Joder —susurra la chica—. ¿Y qué ganaba con eso?

—Más bien qué no perdía —a Diane se le tensan los hombros recordando aquel momento—.

No tenía dónde caerse muerta y, si perdía ese trabajo, se quedaba sin nada.

Quiso robarme datos importantes, copió información que me había tomado semanas recabar, pero lo más estúpido que hizo fue ir diciendo que lo que yo quería hacer era quedarme con los clientes de la empresa —suelta una risa seca y corta—.

Por Dios, yo no tenía más que veintipocos años y solo quería aprender del negocio.

La descubrí, fue muy tonta y, cuando quiso joderme, yo ya la había jodido a ella.

—Supongo que acabaron echándola.

Diane asiente y vuelve a pasar los dedos por su pulsera. Eso ya es pasado, ahora está aquí, en su trono.

—Hizo una salida teatral, jurando venganza y no sé cuántas tonterías. No supe más de ella, tampoco busqué su nombre. No me interesaba.

—Hasta ahora —dice Cassidy y hace un mohín con los labios.

—Todavía sigue sin interesarme, pero te aseguro que no voy a permitir lo que sea que está tramando. Llegar a este lugar —hace un gesto con las dos manos—, me ha costado mucho para que una mujer que no es capaz de aceptar una derrota pretenda desacreditarme.

Cassidy estira la comisura de los labios y baja una mano hasta el muslo de Diane.

—No esperaba menos de ti —le guiña un ojo y se incorpora, alejándose de la mesa en la que estaba apoyada—. Gracias por contármelo.

A la rubia le encantaría quedarse ahí con ella un rato más; aún no son las ocho de la mañana y los pasillos están desiertos.

Invitarla a cenar mañana viernes por la noche y que quizá puedan, por primera vez, estar completamente desnudas en una cama y no de pie en un despacho.

No dice nada porque, aunque las acciones de Diane le dicen que es lo que desea, algo más profundo le grita que no lo va a hacer.

Se limita a salir de allí y aprovechar para bajar a la cafetería por una bebida decente.

● ● ●

A las cuatro y media de la tarde, Diane sale del ascensor en la planta seis. Hay algo que va mal y ella siente un escalofrío tan desagradable que le gustaría volver a su despacho y no salir de ahí hasta que no quedara ni un alma en los pasillos.

Ha recibido una llamada de Samuel Barnes a su número personal y eso la tiene descolocada.

No siente especial cariño por el socio, aunque él una vez le haya asegurado que confiaba en ella, y luego está esa relación estrecha que sostiene con Cassidy, que no puede negar que le sigue generando una bola de celos que no puede controlar —ni lo intenta—.

Se pregunta qué querrá ese hombre, porque no ha mandado un mail, no se ha comunicado con Tatiana ni ha dejado el recado con Gianna.

Está intrigada, pero por suerte lo descubrirá en unos segundos.

—La está esperando —la secretaria de Samuel se pone de pie y camina delante de ella. Da varios toques a su puerta y, cuando escucha el «adelante», le permite entrar.

Diane camina a paso medido con las manos en los bolsillos del pantalón y la misma pose despreocupada de siempre, como si el mundo se estuviera quemando y a ella le diera igual.

—Samuel —sisea y se queda de pie frente a la mesa del socio.

—Diane, siéntate, por favor —hace un gesto y señala la silla de cuero marrón—. ¿Quieres un café?

—Quiero saber para qué me has llamado —las palabras no escapan de su boca, ella las suelta con ímpetu porque no ha venido a charlar con un amigo—. Me has llamado a mi número, por lo que supongo que tiene que ser importante.

Samuel le regala una sonrisa cálida que ella aborrece y de inmediato saca un fajo de varias hojas unidas por unas grapas.

—Directa como siempre —le pone las hojas frente a ella, pero Diane sigue mirándolo a él—. Frances Hartwell nos ha convocado y este mediodía hemos tenido una reunión con ella.

Diane siente la tensión acumularse en su nuca a la vez que el ojo izquierdo sufre un espasmo tan evidente que Samuel va a pensar que se lo está guiñando.