No estaba en mis planes Capítulo 14
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Capítulo 14

D iane estaba preocupada porque alguien la descubriera la noche del viernes en su propio coche, desmadejada sobre otra mujer —que trabaja para ella— después de tener uno de los episodios más ardientes de sexo que recuerda haber experimentado.

No tenía ni idea de que el mismo infierno estaría desatado el lunes por la mañana cuando volviera a la oficina.

Ha llegado a las siete con una calma inusual, sintiéndose relajada, y confiaba en que esa semana —aunque sabía que sería intensa— estaría bajo su control.

La respuesta le ha estallado en la cara cuando, al enfilar el pasillo, divisa la figura de Frances Hartwell cómodamente sentada en la silla de Gianna, la secretaria del departamento.

Sus largas piernas están cruzadas mientras su mirada está enfocada en una tableta de tamaño pequeño, casi como un móvil.

—Ah, Diane —la mujer levanta sus ojos oscuros y esboza una mueca vacía—. Espero que no te moleste que esté en esta mesa durante algunas horas.

La Cobra le devuelve una sonrisa de dientes afilados mientras inclina la cabeza hacia un lado.

—Siempre ocupando los sitios que no te corresponden —Diane apenas levanta una ceja—, pero no te preocupes, siéntate donde lo necesites.

Da varios pasos observando la puerta de su despacho y deseando atravesarla lo antes posible cuando su voz seca la hace detenerse.

—He convocado una reunión a las nueve con tu equipo y el de Clara Fitzgerald —Diane reconoce el veneno en su tono—. Hay tantas cosas que cambiar.

Diane aprieta la mandíbula un instante y, antes de girarse, la destensa.

—Estás aquí como asesora, Frances, así que me parece bien que hagas tu trabajo por una vez en la vida —desanda sus pasos y se acerca a ella, inclinándose un poco sobre la mesa—, pero cuidado, ya no tengo veinte años, ahora soy el doble de cabrona que antes —mueve la mano como si le acabara de decir algo sin importancia—. Nos vemos luego.

La última frase la acompaña con un levantamiento de labios que deja a Frances nadando en un río turbio, entre confundida y rabiosa.

Diane se encierra en su despacho y se va directamente a la ventana para perderse en los peatones que pasan por la calle, ajena al caos que lleva dentro.

Frances es como una versión retorcida de una de esas películas que dan un giro inesperado en la que uno de los protagonistas acaba muerto y, en su caso, es ella la que parece la gran afortunada.

Hace tiempo, una tarde melancólica en la que la soledad le estaba haciendo daño de verdad, Diane pensó que había llegado el momento de dejar su puesto en Whitestone.

En ese punto, había conseguido exactamente lo que quería y en el camino se aseguró de amasar una pequeña fortuna.

Nada de billones ni cajas de seguridad, pero sí lo suficiente para vivir tranquila el resto de su vida.

Tiene una buena casa en Brentwood y una pequeña cabaña en Big Bear Lake que apenas pisa, pero ambas propiedades son suyas, están pagadas y no le debe nada a nadie.

Entonces recordó que mucha gente siempre se ha preguntado por qué esa mujer de gesto adusto y mirada asesina no está en la dirección de la consultoría.

Algunos simplemente no lo entienden y otros lo atribuyen al fracaso, como si Diane no fuera capaz de llegar allí.

Nada más lejos de la realidad. Diane Carter nunca ha querido el premio gordo porque su lugar no es dando órdenes sin tener ni idea de lo que hace; ella quería ser quien tomara las decisiones, moviera las fichas y consiguiera los contratos.

Ha ganado tantos premios a lo largo de todos esos años que ha tenido que habilitar tres estanterías solo para ellos y eso, con total seguridad, no lo hubiera logrado si fuera directora general de cualquier empresa.

Por eso aún no se ha marchado de ahí, porque siente que todavía le queda mucho por hacer y una cosa es que ella tome la importante decisión de dejarlo y otra, que el pasado venga con garras afiladas y quiera arrancarla del lugar que tanto le ha costado conseguir.

—Sobre mi cadáver —susurra para sí misma y se sienta en el escritorio para ponerse en marcha.

A las nueve de la mañana entra en la sala seguida de Tatiana como si fuera su escolta en vez de su asistente y se sienta a la mesa justo al lado de Clara.

Frances aún no ha llegado, solo están Tanya, Harper y el insoportable muñeco bonito de Adam Foster.

Cassidy también está allí y ni siquiera ha levantado la mirada a la llegada de Diane.

—Parece que esperamos a la reina —sisea Diane para Clara mientras abre una carpeta que hay frente a ella.

—No la conozco tanto como tú, pero parece que le va el drama.

Diane quiere poner los ojos en blanco.

—Más bien el circo —tamborilea los dedos sobre la mesa—, Frances Hartwell no es más que una payasa.

El sonido de los pasos hace que Diane centre su mirada en la carpeta; ni apuntada con un cañón le dará el placer a Frances de verla entrar.

—Buenos días a todos —saluda la mujer con una sonrisa cálida y señala—: Qué gran equipo tenemos aquí.

Todos sonríen, pero Diane sigue en la misma posición y tan seria como siempre.

—Bueno, no quiero quitaros mucho tiempo —se sienta con elegancia en la silla que encabeza la mesa—. Sé que tenéis trabajo que hacer, así que vamos a empezar.

Se aclara la garganta y señala con el dedo unos folios que tiene sobre la mesa.

—Por favor, abrid la carpeta que os he preparado —todos obedecen—.

Allí encontraréis los puntos de análisis que llevaré a cabo en cada departamento.

Clara —la llama y compone una sonrisa amistosa—, he pensado en comenzar por marketing porque estimo que no me llevará más de tres días confirmar que lo estás haciendo genial allí y seguramente solo haré unas pocas recomendaciones.

—Tómate el tiempo que necesites, Frances —Clara le contesta moviendo a su vez la cabeza y luego regresando su mirada a la carpeta—. Trabajaremos juntas en esto, mi equipo está muy ocupado como para encargarse de estas cosas.

Frances entrecierra los ojos de forma casi imperceptible. La voz de Clara no le parece cargada de nada, pero su respuesta le ha parecido un poco arisca. No permite que eso frene su avance y esta vez mira a Diane.

—En el departamento de desarrollo de negocios, sin embargo, parece que tendré más trabajo —escupe sin ocultar su evidente molestia—.

He estado haciendo algunas revisiones y desde luego la gestión se ha quedado...

¿cómo decirlo? —se lleva la mano a la barbilla fingiendo pensar—. Anticuada, sí, esa es la palabra.

El silencio cae en la sala por un momento y el único suspiro entrecortado que se oye es el de Tanya Baker.

Diane cruza una pierna con languidez y no levanta la mirada por dos cosas: la primera es porque no va a caer en el estúpido juego de la que es, al parecer, su enemiga acérrima.

La segunda, bueno, tiene nombre y apellido: Cassidy Collins.

Por el rabillo del ojo la ha visto detener el verde prado sobre ella y ahí se ha quedado, como preguntando: «¿por qué coño no dices nada?

». Lógico, todo el que la conoce sabe que Diane hubiera hecho arder las paredes de la sala en un segundo después de que una desconocida recién llegada a la empresa directamente le dijera que se ha quedado obsoleta, pero la morena es mejor que eso y desde luego lo va a demostrar.

—Por supuesto, Frances —contesta con una exhalación helada—. Será un placer recibirte en mi departamento, siempre me fascina la gente que llama anticuado a todo aquello que aún no entiende.

Cassidy ladea una sonrisa y Diane ahora sí puede verla de frente porque una mano invisible la ha hecho girarse y poder presenciar ese gesto que la ha apretado por dentro.

Frances parece una caricatura furiosa de esas que los artistas pintan con el humo saliendo de sus orejas, pero no dice nada más porque sabe que jugar la carta del arrebato infantil la hará parecer una resentida. Y por supuesto, ella no lo es.

La reunión se alarga durante unos minutos más en la que la asesora explica varios puntos que considera importantes y resuelve algunas dudas.

—Supongo que no hay ninguna pregunta —la asesora lo suelta mientras se pone de pie, cortando cualquier inquietud de los presentes—. Que tengáis buen día y, si necesitáis algo de mí, siempre estoy disponible.

Frances se despide con la misma sonrisa que parece tatuada en su rostro, salvo que esta vez hay algo agrio en el fondo.

Desde el punto de vista de Diane, la asesora ha quedado como una auténtica palurda frente a todos, pero su criterio no es del todo fiable porque la repulsión que siente hacia esa mujer nubla su juicio.

—Clara, pasa por mi despacho a las dos —pide Diane con su habitual tono odioso.

—De vez en cuando podrías pasarte tú por el mío —le reclama su compañera mientras salen de la sala.

Diane no contesta, avanza por el pasillo con la barbilla levantada hasta que llega a la puerta de su despacho junto a Tatiana.

—Envía a mi correo las notas que has tomado —la mira a los ojos—. Y averigua si hay novedades.

La asistente asiente y el brillo en su mirada le dice a Diane que está encantada de ser la imitación barata de un detective privado.

Cuando Diane está a punto de sentarse detrás de su escritorio, tres toques en la puerta le producen una descarga que por un momento la deja sin aire al reconocer esa forma que parece una señal entre ellas. Tiene que carraspear porque no está segura de que le salga la voz.

—Adelante —dice con frialdad.

Cassidy cierra la puerta tras de sí y camina con paso seguro hasta ese cuerpo que ahora conoce bastante bien. Se detiene frente a ella y ladea la cabeza.

—¿Ahora te dejas pisotear tan a la ligera? —nota el gesto peligroso en la cara de Diane. No le importa—. Tuve que mirar dos veces por si me había equivocado y no eras tú quien estaba en esa sala.

A Diane las aletas de la nariz se le expanden varias veces.

—Piensa bien lo que dices, Collins —las venas del cuello ahora son tan visibles que la chica se lame los labios—. Cuida esa boca.

Cassidy chasquea la lengua y niega con la cabeza.

—¿Y ya está?, ¿eso es lo que vas a decirme?

Hace tiempo que a Diane nadie le cierra la boca ni la deja sin palabras, pero desde que Cassidy entró en Whitestone le pasa a menudo.

Es cierto que la mayoría de las veces ha sabido manejarlo, pero ha habido un par de momentos —este es uno de ellos— en los que no ha tenido ni idea de qué hacer. Penoso.

Cassidy levanta la mano, la lleva hacia la boca de Diane y le aprieta las mejillas con fuerza hasta que siente sus dientes.

—Esa no es la Diane que conozco —le dice en tono bajo—. No permitas que vuelva a humillarte.

La suelta de golpe y esta vez atrapa sus labios.

La muerde con rabia, porque está enfadada, porque durante meses no solo le hizo cada día un infierno, sino que también desplegó sus encantos —nótese la ironía— con el personal, incluso con Samuel Barnes, que es un socio respetado.

En cambio, llega esta tal Frances, la señala delante de la gente que trabaja para ella y lo único que hace Diane es escupir una frase sacada de algún blog de internet.

Diane siente la lengua de la chica golpear la suya, el calor que ya conoce y una humedad inesperada aparece entre sus piernas.

Cassidy la besa siempre como si fuera la última vez, como si Diane fuera una clase de diosa que, por desgracia, no volverá a ver y tiene que aprovechar cada segundo pegada a su boca.

—No sé lo que vas a hacer, pero si necesitas ayuda, aquí estoy —Cassidy arrastra el pulgar por debajo del labio inferior mientras la mira con deseo.

Da media vuelta y camina hacia la puerta hasta salir del despacho.

Diane se queda de pie en el mismo sitio durante lo que parece una eternidad, sin apenas pestañar ni respirar.

De un momento a otro, una verdad la golpea con contundencia y la hace entender uno de los motivos por los que le atrae tanto esa chica: ¿quién se atreve a entrar a su despacho y encararla de esa forma?

, pero sobre todo, ¿quién —aparte de Clara Fitzgerald— se preocupa por Diane y se esfuerza para hacérselo saber?

La respuesta la sabe y no hay necesidad de verbalizarla.

Se sienta en su silla con una exhalación y deja caer la cabeza hacia el respaldo. Está jodidamente perdida.