Capítulo 13 #2
Se desvía hacia el viejo restaurante de comida rápida cerca de la calle Main donde suele aparcar porque hay sitio de sobra y no está demasiado lejos del Marlowe.
Es agradable dar un paseo cuando sale de degustar la comida deliciosa de Anton Roe, pero siempre arruga la nariz cuando le golpea al olfato la grasa proveniente del local de hamburguesas y patatas fritas.
Cuando le quedan unos pocos metros para llegar a su coche, escucha el sonido de una risa que le corta la respiración.
Detiene sus pasos en seco y sin poder controlar sus movimientos, gira el cuello y la ve.
¿Cuántas posibilidades existen de que el primer viernes por la noche desde hace meses que Diane ha decidido salir a cenar se encuentre con Cassidy Collins?
Parece que muchas. No tiene tiempo de pensar en lo que va a hacer porque la chica ha clavado su mirada en ella y, aunque no está muy segura porque entre las dos hay unos metros de distancia, hay algo en su gesto que la deja paralizada exactamente donde está.
Cassidy, que estaba cenando con Payton antes de que se fuera a pasar la noche con ese abogado con el que tiene una especie de aventura, ha reconocido a Diane de inmediato.
Ese movimiento de caderas al caminar sobre los tacones imposibles de suela roja, la forma en que levanta la barbilla y no baja la guardia en ningún momento son las tres cosas que la delataron.
—Nos vemos mañana —Cassidy besa la mejilla de su hermana—. Pásalo bien.
Payton sonríe, claro que va a pasarlo bien, y como no quiere llegar más tarde, se aleja de Cassidy mientras hace un movimiento con la mano.
La rubia camina hasta Diane, es lo lógico, ¿no? Si se la encuentra por casualidad fuera de Whitestone lo más normal es que se saluden, aunque el gesto adusto y sus labios fruncidos le gritan todo lo contrario.
—Hola —saluda Cassidy y mete las manos en los bolsillos de su abrigo.
Diane desvía un segundo la mirada hacia la figura que se aleja hacia un coche y vuelve a observar a Cassidy.
—Hola —contesta sin ser demasiado seca, pero tampoco es del todo cordial.
La chica levanta una ceja porque le resulta bastante complicado entender a la mujer que tiene frente a ella.
Comprende que dentro de las oficinas el trato entre ellas tiene que ser profesional e incluso distante, si fuera de otra manera, desde luego levantaría sospechas, pero ¿fuera de allí es igual?
Y en ese momento Cassidy cae en cuenta de que entre ellas nunca ha existido una conversación sobre lo que está sucediendo.
Todo lo que pasa se limita a encuentros cargados de deseo y frases ardientes que dejan sus cuerpos vibrando durante horas, por lo que no sabe cuál sería el comportamiento correcto si no están sudando dentro del despacho de Diane.
—He venido a cenar con mi hermana —Cassidy señala con el pulgar detrás de su espalda—, y se ha ido porque tenía una cita. ¿A ti qué te trae por aquí?
A Diane el corazón le late deprisa y tiene que tragar dos veces para que la voz le salga. Por fuera se muestra impertérrita, las manos las tiene relajadas a cada lado de su cuerpo y no aprieta la mandíbula. Cassidy Collins no tiene ni idea del tsunami que hay dentro de esa mujer.
—Estuve cenando con unas amigas —la voz le sale plana, tranquila.
La rubia ladea la cabeza y sonríe.
—Es muy pronto para volver a casa, ¿no crees? —interroga con los ojos brillantes—. ¿Te apetece que tomemos una copa?
Diane se tensa, es casi un sobresalto visible en su cuerpo, y de inmediato pasea la mirada por el aparcamiento como si estuviera confirmando que nadie las está escuchando. Cassidy arruga las cejas, la ha invitado a tomar algo, no a que se bajara los pantalones para hacerle sexo oral en público.
—Tengo que irme —la respuesta le sale muy rápido—. Buenas noches.
Diane abre su coche, se sube y cuando cierra la puerta exhala todo el aire que había decidido quedarse atrapado en sus pulmones, pero la tranquilidad le dura poco porque en el cristal escucha los tres toques característicos de Cassidy, los mismos que cuando va a su despacho.
—Espera —le pide clavando sus ojos verdes en Diane cuando baja la ventanilla—. No tenemos que ir a ningún bar, pero conozco una calle tranquila aquí al lado donde podemos... hablar un rato.
El estómago le duele y siente cómo su entrepierna palpita con desesperación.
Lo desea, lo desea muchísimo, pero este tipo de deslices no se los puede permitir.
¿Y si alguien las ve? ¿Y si reconocen a Diane?
¿Qué pensarían de que la jefa del departamento de desarrollo de negocio de la consultoría más importante de California esté encerrada en un coche con una empleada bastante más joven que ella? Las náuseas le llegan a la garganta.
—Tengo que irme —repite la misma frase, y cuando está subiendo el cristal, la chica lanza la última pregunta.
—¿Estás segura?
Diane aprieta los puños, con la mirada al frente sin pestañear. De alguna forma, nota su decepción, pero lo que siempre le ha seducido de Cassidy —o una de las tantas cosas— es que no suplica, no pide. Simplemente propone y si no, se va.
Su cuerpo no obedece a su cerebro y cuando se da cuenta, se está inclinando para abrir la puerta del copiloto.
—Sube —le dice y se endereza para encender el coche.
Cassidy se sienta y nota con rapidez la diferencia entre su pobre Corolla y el lujoso Mercedes de Diane. No dice nada, un chiste no tendría sentido en ese momento cuando la conductora está dando marcha atrás con el ceño fruncido.
Diane recibe las indicaciones «Gira en la siguiente. Aquí a la derecha. Sigue todo recto», pero no hablan de nada más. Unos minutos después están al final de una calle sin salida, oscura y discreta. Cassidy no va a explicar cómo conoce ese lugar, tampoco cree que sea adecuado en ese momento.