No estaba en mis planes Capítulo 13
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Capítulo 13

L a semana en las oficinas de Whitestone ha sido frenética, sobre todo tras la aparición de Frances Hartwell.

Diane ha trabajado con concentración absoluta cada día, llegando a las siete de la mañana a su despacho y marchándose cuando el de seguridad hace su tercera ronda por la noche.

No tiene miedo, está siendo precavida porque sabe muy bien lo que esa perra disfrazada de cordero hará: entrará a su departamento con la intención de encontrar cualquier cosa de la que tirar y hacer con ella una soga para el cuello de Diane.

—¿Y después? —Está de pie en la ventana observando a los peatones ataviados con chaquetas más gruesas. Diciembre ha llegado con una importante bajada de temperatura y los californianos no lo están recibiendo del todo bien.

—Una llamada con Arnico, la he programado para que tenga una duración máxima de veinte minutos y será a las cuatro —Tatiana está sentada frente a ella revisando su agenda—. Tienes la reserva confirmada esta noche a las siete en Marlowe.

—¿Cómo van en el departamento de finanzas? —quiere saber Diane. Tatiana bloquea el iPad y lo deja sobre la mesa—. Calculo que aún tenemos una semana más para que llegue hasta aquí. Ha hecho pocos cambios, se ha mostrado muy abierta y en general, todos están contentos.

Diane contiene el impulso de chasquear la lengua y maldecir a Frances.

Eso es lo que hace, comportarse como alguien receptivo, ganarse la simpatía del resto y al final conseguir el respaldo de la gente.

En el momento en que llegue a desarrollo de negocios, nadie se sorprenderá cuando la buena consultora se lleve la mano al pecho diciendo que el recibimiento no ha sido afable a pesar de su disposición para ayudar, y van a creerle porque a vista de todos en la consultoría Diane Carter es una zorra capaz de cualquier cosa.

—No te preocupes, estaremos preparados.

La asistente recupera su iPad y se pone de pie.

No conoce el problema que hay entre su jefa y la consultora externa, pero sí que existió algún tipo de conflicto entre ellas que llevan arrastrando algún tiempo.

Diane se lo dijo de forma escueta esa misma tarde, luego con frases cortas le soltó que ya se conocían y la cosa no había acabado bien, por lo que estaba segura de que no se lo pondría fácil.

Tatiana no necesita saber más, simplemente se ha vuelto más diligente, adelantándose a lo que sea necesario con tal de facilitarle la vida a Diane.

La asistente abandona el despacho y Diane se queda en la misma ventana durante unos minutos más mientras va recorriendo los eslabones de la pulsera con la yema del índice.

Suspira, agotada, como si llevara siete días corriendo una maratón sin descanso subida en sus Manolo Blahnik, tanto que ni siquiera ha podido recibir a su entrenador personal ni encontrarse con Cassidy.

Esto último le produce un pellizco en el estómago que nunca está preparada para experimentar —no lo dirá en voz alta, eso está claro—, pero es lo que le pasa cuando esa chica de ojos verdes se mete en su cabeza por alguna razón.

Después de la discusión que acabó en sexo rápido contra la pared de su despacho a una hora completamente inadecuada, la relación entre ellas ha sido estrictamente profesional.

La rubia ha hecho su trabajo de forma impecable como tiene a todos acostumbrados en los dos departamentos en los que sirve de puente, ha cumplido con las exigencias de Diane y ha trabajado con Clara sin cambiar su estado de ánimo.

Cassidy no la ha mirado de más ni una sola vez, un comportamiento ejemplar.

Regresa a su escritorio para continuar trabajando, tiene mucho que hacer y no puede seguir con la cabeza en otra parte. Se frota los ojos, recuerda que debería reagendar —por decimoquinta vez— la cita en el oculista y se sumerge en los documentos por el resto del día.

● ● ●

Esa noche el restaurante Marlowe del cocinero Anton Roe está tan silencioso como siempre.

Es el tipo de lugar en el que la gente no habla, susurra, mastica con delicadeza y utiliza los cubiertos con elegancia.

El local ocupa una esquina privilegiada de Third Street Promenade, donde los grandes ventanales dejan que la luz dorada del atardecer inunde el comedor.

Es el favorito de Diane Carter, lo encontró en su segunda semana viviendo en California mientras paseaba una tarde, el restaurante llamó su atención por la fachada de ladrillo claro, los detalles en acero negro y un discreto letrero iluminado con letras de latón.

Por alguna razón la sedujo y se prometió que cuando lograra dirigir un departamento dentro de una gran compañía, lo celebraría en ese lugar.

Diecisiete años han pasado desde que se sentó por primera vez allí.

—Buenas tardes, señora Carter —la saluda uno de los camareros que ya la conoce—. Venga conmigo, por favor, sus acompañantes la están esperando.

Cuando llegan a la mesa, dos mujeres que hablan con discreción levantan la mirada, sonríen y se ponen de pie.

—Si no es así... —canturrea Elizabeth Olman, la mujer de Clara Fitzgerald, mientras abraza a Diane—. Te dejas ver muy poco, cielo, aunque estás tan guapa como siempre.

—Oye, que estoy aquí —se queja Clara con un fingido gesto de enfado.

—No deberías sentir celos, cariño —Elizabeth sonríe mientras mueve la cabeza divertida—, al fin y al cabo fuiste tú quien la tuvo durante unos años.

Diane pone los ojos en blanco, pero se deja abrazar. Luego repite el saludo con su amiga y las tres se sientan a la mesa.

Elizabeth le aprieta la mano con afecto y Diane se pregunta qué vio esa mujer en ella para que la haya querido al instante de haberla visto en persona.

Recuerda cuando Clara conoció a Elizabeth en aquel karaoke viejuno de Wilshire Boulevard, la ilusión de los primeros meses y cómo empezó a ir en serio.

Cuando llevaban un año juntas quiso presentarle a Diane porque para ella era importante.

Dudó, pero lo hizo por su amiga y la sorpresa fue verdaderamente buena.

Elizabeth sabía que Clara y Diane habían mantenido una relación durante tres años, todo lo que había ocurrido en el medio y sobre todo después.

Cualquiera miraría a Diane con desdén, con rechazo. Elizabeth no.

—El pasado ha quedado atrás —dijo una vez mientras daban un paseo por la playa las tres—. Lo importante es lo que sois ahora.

Y es verdad, la amistad que se ha fraguado con los años entre Diane y Clara no se ha venido abajo ni siquiera tras todas las dificultades, contando como una muy grande el trabajar con La Cobra y ser —en ocasiones— víctima de sus colmillos venenosos.

—Bueno, ¿qué celebramos? —se adelanta Clara—. Venir a este sitio siempre es por alguna ocasión especial.

Diane suspira, sabía que no se lo pondría fácil.

—Últimamente he estado algo distraída —Clara levanta una ceja, irónica, al escuchar las palabras—. Olvidé la operación de Sean, he rechazado todas vuestras invitaciones y he estado un poco más irascible de lo habitual.

—Y has tardado en contarme que Frances Hartwell es nuestra nueva asesora experta —la señala con el dedo índice a la vez que entrecierra los ojos.

—Cierto —admite Diane con un ligero movimiento de cabeza.

La cirugía del sobrino de Clara salió bien, pero se pidió el resto de la semana para poder ayudar a su hermana —viuda con otro niño menor que Sean— por lo que estuvo bastante desconectada de lo que pasaba en Whitestone porque, a diferencia de Diane, para su amiga la familia siempre es lo primero.

Cuando Diane la llamó para preguntar por Sean, tampoco le informó sobre lo que estaba pasando en la consultoría, por lo que cuando la directora de marketing volvió se llevó la desagradable sorpresa.

—Menudo peliculón —Elizabeth abre mucho los ojos—.

Me encantaría saber cómo coño una mujer con la que trabajaste hace casi veinte años y que juró joderte viva aparece en vuestra empresa como alguien capaz de sugerir —dibuja comillas con los dedos porque sabe que la palabra real es convencer— a la dirección de que algo no funciona y necesita un cambio.

Diane se encoge de hombros y se pasa los dedos por la mandíbula.

—No tengo ni idea, pero lo que sí sé es que lo está disfrutando.

El camarero aparece y toma nota de sus bebidas: agua con gas para Diane y vino para la pareja.

La cena avanza tranquila, con conversaciones diversas que dejan fuera todo lo que ocurre en Whitestone.

Elizabeth habla de sus partidos de béisbol y deja caer que hay un par de compañeras a las que no les importaría llevar a comer a Diane.

Pero lo más sorprendente de todo es que la mujer de eterno gesto severo está sonriendo, se muestra relajada e incluso se permite gesticular un poco más.

Nadie conoce a esa Diane salvo Clara —y ahora Elizabeth— porque hace mucho tiempo aprendió lo importante de llevar una buena coraza y, desde luego, ella muy pocas veces la deja caer.

—Tenemos que repetir pronto —Elizabeth le da un abrazo de despedida—. Ha sido una velada encantadora.

—Sobre todo porque ha pagado ella —Clara le guiña un ojo y Diane la fulmina con la mirada.

—Iré a verte jugar la próxima vez —promete Diane, y no puede imaginarse con una gorra y zapatillas deportivas gritando cosas que ni siquiera entiende para animarla—. Solo dame un poco de tiempo para que pueda resolver lo de Frances y logre estar algo más tranquila.

Se despiden y Diane camina atravesando Third Street Promenade, donde ya a esa hora bulle de gente animada que sale a cenar o va a tomar una copa.

Respira el olor a café que se mezcla con el de la brisa salada que llega desde el Pacífico y no puede dejar de admirar a su paso las librerías, restaurantes de moda y pequeñas cafeterías con terrazas siempre ocupadas.