No estaba en mis planes Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—No seas ridícula —las aletas de la nariz se le expanden, huele la sangre de su presa—. No es apropiado, es...

—¿Acostarme contigo sí que lo es? —la interrumpe la rubia sin moverse de su sitio—, porque en caso de que estés en lo cierto, ¿cuál es la diferencia entre tú y él?

El sonido de los dientes chirreando es algo que solo puede escuchar ella, pero su tacón impactando contra el suelo no. Cassidy levanta una ceja y después niega con la cabeza. Se niega a tener esta conversación absurda así que se da la media vuelta y camina hasta la puerta.

Siente los pasos de Diane tras ella, pero no se detiene y cuando va a salir del despacho, la otra mujer pone una mano sobre la madera impidiéndoselo.

—¿Por qué nunca me has dicho que es mentira, que me equivoco o que, en efecto, es verdad y hace tiempo que estás con él?

Es cierto, Cassidy jamás se ha sentado con ella para explicarle con calma que esos pensamientos alucinatorios de ella con su mentor montándoselo en cualquier sitio están muy lejos de la realidad y no lo ha hecho porque Diane tampoco lo ha preguntado directamente, se ha limitado a soltar comentarios mordaces que no llegan a ninguna parte, además, no cree que tenga que justificarse ante una mujer con la que se acuesta de vez en cuando en un despacho cuando ya no queda nadie en la planta tres.

Cassidy se gira de repente y su respuesta no es hablar. Atrapa sus labios con tanta rapidez que a Diane le cuesta reaccionar, pero de inmediato se lo devuelve haciendo que ambas giman bajito. Es un beso duro, sin un ápice de calidez, una demostración de lujuria o incluso de control.

—¿No ves cómo me tienes? —Cassidy ha cogido la mano derecha de la mujer y se la ha metido entre los pantalones. La humedad ya está presente, porque solo basta una mirada azulada para que su cuerpo reaccione—. Esto lo ocasionas tú, Diane, nadie más.

La rubia abre las piernas cuando siente los dedos empezar a moverse, a acariciarla mientras desabrocha el pantalón de Diane para poder tocarla.

Nunca han tenido un encuentro cuando la oficina está en plena ebullición, jamás se habían arriesgado tanto, pero eso que tienen sin nombre ha ido creciendo con el paso del tiempo, no disminuyendo como la misma Diane estaba segura que ocurriría y tal parece que las ganas están escapando de su control.

—No cierres los ojos —exige Cassidy cuando ve el azul desaparecer—. Mírame.

Diane se muerde los labios porque Cassidy está tan dentro de ella que el vientre le vibra. Los dedos de ambas empiezan un baile idéntico, una danza erótica que las está acercando cada vez más al orgasmo.

—¿Estás celosa? —le repite la pregunta y cuando ve la intención de Diane de negarlo, le dice—: No me mientas.

Cassidy aumenta el ritmo de las embestidas, porque conoce el cuerpo que está tocando y ese tipo de cambios enloquecen a Diane.

La mujer vuelve a cerrar los ojos, pero los abre de golpe cuando la rubia deja de moverse, causándole un dolor tremendo que la deja sin voz.

Se miran un instante, se estudian como si fuera la primera vez que se ven hasta que Diane abre la boca.

—Lo estoy.

Cassidy la gira, le pega la espalda a la pared y vuelve a follarla, esta vez con más fuerza mientras se hunde en su boca, lamiendo sus labios, amortiguando los gemidos de Diane.

—No deberías estarlo cuando soy completamente tuya —le muerde la boca—. Nadie más que tú me toca.

Diane se corre mientras, desesperada, mete nuevamente la mano en el sexo de Cassidy. No sabe lo que está haciendo, le tiembla todo el cuerpo, pero un segundo más tarde nota cómo la chica se cierra alrededor de sus dedos y los espasmos la golpean.

—Samuel Barnes es mi mentor —comienza Cassidy con la frente pegada a la de Diane una vez que las dos han recuperado el ritmo de sus respiraciones—.

Perdió a su hija hace varios años. El cáncer se la llevó cuando Jessica tenía mi edad y por alguna razón, Samuel ve algo de ella en mí.

Me guio en la universidad, me ha dado oportunidades que nadie más me ha ofrecido...

a cambio de nada, Diane. Me da igual lo que creas de los demás, pero no insinúes que me conoces, porque si lo hicieras, sabrías que ni soy esa clase de mujer, ni mucho menos me acostaría con alguien más teniéndote a ti.

Cassidy da un paso atrás, se acomoda la ropa y abre la puerta después de apartar a Diane, que tiene la mirada clavada en la ventana de su despacho.

La jefa de negocios no sabe cuánto tiempo se queda de pie en el mismo sitio, con la mente revuelta y el corazón amenazando con romperle las costillas.

No es solo que no se acueste con Samuel, es que Cassidy ha declarado sin que siquiera le temblara la voz que hay algo entre ellas que la llena y que no necesita nada más.

El miedo se instala en su cuello y empieza a apretar lentamente cortándole la entrada de oxígeno de una manera que no puede evitar. El cuerpo empieza a temblarle otra vez y tiene que caminar hasta su escritorio para sostenerse y evitar caerse.

—No puedo —susurra con la mirada desenfocada—. No puedo hacer esto.