No estaba en mis planes Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—He hecho una investigación preliminar —Frances gesticula con las manos de forma delicada— y así como hay departamentos que se han adaptado a la nueva era, hay otros que lamentablemente se niegan a hacerlo.

Los ojos oscuros vuelven a taladrar a Diane y una imperceptible subida de labios se dibuja en la cara de Frances, haciéndole una promesa muy personal, cumplir lo que hace años le juró: «Voy a joderte, Diane Carter. Te lo prometo».

—Los cambios son necesarios y mi papel aquí es ayudar a gestionarlos —finaliza su discurso—. Gracias a todos.

Los nuevos aplausos no se hacen esperar y Frances sonríe agradecida mientras va ladeando la cabeza para darle más intensidad al momento.

No ha cambiado nada, salvo que está más arrugada y la mirada envenenada ahora parece más diabólica que hace años, pero es la misma mujer, en apariencia amable, con una que proyecta cercanía y confianza.

Diane cayó en la trampa, pero antes de que Frances Hartwell la apuñalara por la espalda, ella ya tenía cuatro francotiradores apuntándole a la cara.

Lo vio venir, sus movimientos, esas reuniones clandestinas que solo buscaban desacreditarla.

¿El motivo? Frances llevaba tres años trabajando en la empresa a la que Diane entró sin experiencia, pero la mujer no lo estaba haciendo bien, tenía problemas personales que estaban afectando su rendimiento laboral.

Entonces los jefes se fijaron en esa chica joven de ideas frescas que en menos de tres meses había hecho cambios necesarios y tenía proyectos prometedores en mano.

Frances vio la soga en su cuello y no se le ocurrió otra cosa que empezar a robar el trabajo de Diane fingiendo una amistad que en realidad no existía a la vez que elaboraba un plan digno de una película mediocre para acusarla de cosas tan insólitas como estúpidas.

Frances acabó en la calle, al parecer llena de deudas y una situación bastante jodida mientras que Diane Carter no solo asumía su puesto sino que meses después estaría sentada en la silla que le habían prometido a Hartwell hacía tiempo.

—Vamos a comenzar con el departamento financiero —anuncia Ethan abriendo una carpeta que tiene sobre la mesa—.

Una vez que Frances pase por allí, trabajará directamente en desarrollo de negocios y en marketing —el presidente ahora se dirige a Diane—.

Vendrán grandes cambios, tú y Clara vais a empezar a trabajar estrechamente con nuestra nueva consultora.

Los treinta minutos que pasan después de esa última frase, Diane los vive como si estuviera en una dimensión desconocida.

Escucha la voz amortiguada de Ethan Brooks y la de Melissa acompañadas de algún aplauso o risa espontánea, pero no entiende nada de lo que dicen porque su cerebro repite en bucle lo único que le importa: la zorra Hartwell va a meter las garras en su departamento y con plena certeza sabe que su objetivo principal es cortarle la cabeza.

Cuando acaba la reunión, Diane camina hacia el ascensor con una presión conocida en la base de la nuca.

Esa que la vuelve sedienta y la hace desear tomar un gin tonic a las diez y media de la mañana.

Suspira asqueada porque intuye que a partir de ese momento empezará a pelear una guerra que ni siquiera sabía que existía y cuando creía que el día no podía ser peor, escucha su risa antes de verla.

Cassidy tiene una carpeta en la mano y con la otra se tapa la boca para amortiguar la carcajada que aparentemente no puede controlar.

Frente a ella Samuel Barnes la mira con esos ojos de cordero que Diane estaría feliz de arrancar y no se puede creer el nivel de desfachatez que tienen esos dos.

Es el hombre quien la saluda primero cuando la ve caminar por el pasillo.

—Buenos días, Diane.

—Samuel. —No quiere mirarla, pero sus ojos se mueven solos hacia el rostro de Cassidy que le sonríe con un gesto que sabe que es solo para ella—. Collins.

El saludo es el de siempre, escueto, seco y ninguno de los dos reacciona porque es parte de la personalidad insoportable de Diane, pero lo que más le jode a la Cobra es que ellos retoman la conversación como si nada, como si no fuera terriblemente asqueroso que un hombre como él mirara a una chica como Cassidy de esa manera.

Está tan irritada que el pecho le duele, el sonido de la calefacción le molesta y el murmullo de las voces la harta.

—Busca a Clara y dile que la espero en mi despacho —escupe la orden con sequedad, haciendo que Gianna —la secretaria del departamento— abra los ojos, asustada.

—Clara no está hoy, se ha tomado el día —consigue decir la joven con firmeza—. ¿Necesitas que...?

—Tatiana —sisea y entra a su despacho azotando la puerta.

En menos de un minuto, su asistente acude a ella con el iPad en la mano y el gesto serio.

—Hoy es la operación del sobrino de Clara —le recuerda Tatiana, y Diane cierra los ojos con fuerza. Lo había olvidado—. Ahora mismo debe de estar entrando a quirófano, así que no creo que sea un buen momento para hablar con ella. Te estoy agendando una llamada a las doce.

Diane no recuerda haber tenido un día tan desastroso en años, en el que se juntaran tantas cosas a la vez: Frances Hartwell, Samuel Barnes y ser una persona de mierda con la única que se merece todo lo bueno que exista en el mundo.

Toma aire y lo sostiene durante tres segundos para luego soltarlo con calma.

No funciona y sabe que está a punto de hacer arder al mundo.

—Que Collins se presente en diez minutos en mi despacho. —Tatiana asiente—. Déjame sola.

La asistente sale a paso decidido y Diane escucha cómo suelta algunas órdenes. Está segura de que le estará pidiendo a Gianna que custodie la puerta, aunque sea lo último que haga en su vida.

Se quita el reloj de pulsera, lo deja sobre su mesa y se acerca a la ventana.

A finales de noviembre, el sur de California aún conserva la temperatura agradable, mañanas frescas, noches algo más frías.

La vista de hoy le regala un grupo de mujeres mayores que visten todas con una chaqueta fina de color rosa con un logotipo que Diane no puede ver bien desde allí, van animadas, hablando entre ellas, seguras de que ya la vida de trabajo arduo ha pasado y ahora solo queda la diversión.

Piensa en su madre, ¿cuánto hace que no ve una foto suya?

Ha perdido la cuenta, pero está convencida de que Beatriz Carter sigue vistiendo ropa a medida, visitando centros de estética y durmiendo con mascarillas frías para que el Botox en su cara se mantenga.

Gira el cuello y el cristal de la estantería le devuelve la imagen de una mujer atractiva, alta, de melena oscura y ojos azules como el océano Ártico.

Una copia exacta de su madre, pero sin esa sumisión absurda que intentó inyectarle a Diane y esa devoción por lo que no tenía sentido.

Tres toques en la puerta le avisan de que se ha pasado una vez más de los cinco minutos que se permite para abstraerse de la realidad.

—Adelante —invita mientras camina hacia su mesa, coge el reloj y se lo coloca con calma. No se sienta, rodea el escritorio y se apoya en el borde.

—¿Querías verme? —pregunta Cassidy acercándose a ella y dejando una distancia prudente.

Diane pasea la mirada por la cara de la chica y recuerda la primera vez que la vio.

Esa presión incómoda en el pecho que la hizo parpadear varias veces, luego sus intentos por negarse a sí misma que se sentía atraída por ella y, finalmente, el momento exacto en que dejó de batallar con su corazón por las veces que se aceleraba cuando sentía el calor de esos ojos verdes sobre ella.

Es preciosa, llena de vida, con una piel lisa envidiable y una boca que sabe a vicio.

De ahí esos celos que nunca ha sentido por nadie y que parece que durante cuarenta y cinco años estuvo guardando para Cassidy Collins.

—Parece que te estabas divirtiendo hace un momento. —Las palabras salen de su boca llenas de ácido.

Cassidy junta las cejas.

—¿A qué te refieres? —pregunta, desconcertada.

La risa seca y sin humor de Diane le da un primer aviso.

—Que lo tuyo con Barnes va muy bien. —La voz le sale con un ligero temblor que nada tiene que ver con nervios. Más bien, es rabia.

Cassidy no se mueve y cuando su cuerpo entra en ese estado, no es precisamente por miedo.

Está harta de ese tema porque durante meses ha aguantado los comentarios acusatorios de Diane por el tipo de relación que tiene con su mentor, incluso han tenido dos discusiones sobre eso, pero parece no entenderlo y el tema siempre sale en momentos de mucha tensión o como ahora que la ha visto conversar con él.

—Voy a pensar que estás celosa, Diane —ladea la cabeza—, y eso no te pega nada.