Capítulo 12
D iane lee otra vez el correo que le ha llegado a las siete de esa mañana.
Cuando le ha entrado la notificación al móvil, estaba despidiéndose de Josh, su entrenador personal que va tres veces por semana y llega a su casa cuando aún el sol no tiene intención de salir.
Le ha echado un vistazo rápido mientras subía a su habitación para ducharse, pero cuando ha leído «Presentación - Expansión Whitestone C.G.
» algo se ha removido dentro de ella. Esto solo puede significar una cosa y a no ser que Diane esté perdiendo facultades básicas de comprensión, la consultoría planea hacer un gran movimiento del que ella no está enterada.
La Cobra lleva quince años sentada en su trono, no empezó con un cargo bajo ni fue escalando a medida que pasaron los años, no, Diane Carter entró a esa empresa con pie de plomo, creando una estrategia que durante meses no estaba tan segura de que funcionaría, pero siempre se mostró confiada ante la dirección y cuando su trabajo dio verdaderos frutos y Whitestone se libró de una bancarrota inminente, ella se alzó victoriosa, ocupando el cargo que hoy ostenta.
Desde ese momento ha sido una especie de eminencia a la que los de abajo le temen, pero los de arriba respetan porque no todo el mundo es capaz de hacer lo que Diane logró en poco tiempo.
Es por ello que se entera de todo lo que ocurre, no solo en su propia casa sino en la competencia tanto dentro como fuera de California y que haya una «Presentación - Expansión Whitestone C.G.
» de la que ella no tiene ningún conocimiento le activa cada una de sus propias alarmas.
—Tatiana —escupe con voz seca al altavoz de su coche mientras deja atrás Brentwood.
—Buenos días, Diane. Lo estoy investigando, pero hasta ahora lo que sé es que nadie tenía idea sobre esta junta.
Se ha mantenido en secreto absoluto y ni siquiera las secretarias de dirección tenían conocimiento —la asistente no necesita que su jefa le pregunte algo, ella ya sabe lo que quiere—.
Estoy entrando al edificio, en cuanto llegues tendré algo más.
—En quince minutos estoy ahí y más vale que lo tengas todo.
Cuelga la llamada mientras suelta una maldición demasiado audible.
Se lleva una mano al pecho, se abre como puede un botón de la camisa, empieza a sentir que le falta el aire.
No le gusta lo que experimenta y no es que se trate de un sexto sentido ni nada de eso, es que Diane lleva toda su vida luchando, abriéndose camino a pisotones y codazos porque no ha tenido otra opción, por lo que entendió siendo muy joven que lo que no se tiene controlado no te deja margen de maniobra para reaccionar.
Atraviesa las puertas automáticas de la recepción, mirando al frente con la barbilla levantada y el asa del maletín apretado entre sus dedos.
Cuando el ascensor se abre en la tercera planta, el silencio de la tranquilidad se rompe con el sonido de sus tacones contra el suelo.
No hay nadie a esa hora como es habitual, pero no puede evitar desviar la mirada a la mesa de la esquina, esa que ocupa una preciosa chica de ojos verdes que a menudo prefiere madrugar para entrar directamente al despacho de Diane antes de que llegue el personal.
Hoy no es el caso, su sitio está vacío, desordenado como siempre con esa taza horrenda de colores donde guarda todos los lápices que usa.
Pasa frente a la mesa de Tatiana que está pegada al teléfono y la asistente se pone de pie en cuanto ve a su jefa. La sigue hasta su despacho, cierra la puerta tras de sí y espera paciente los disparos.
—Te escucho —Diane lo dice mientras se sienta y suelta una exhalación cargada de molestia.
—Se habla de una expansión —comienza la asistente—. Dos oficinas nuevas, probablemente en Dallas para cubrir zona centro y sur. La otra en Nueva York para dar servicio a la Costa Este.
Diane la escucha tamborileando los dedos sobre la madera reluciente de su escritorio a la vez que su cabeza avanza a toda velocidad.
—Ya trabajamos con empresas en todas esas zonas, no hay necesidad de abrir nuevas sedes. A no ser que...
Tatiana asiente lentamente.
—Un grupo francés quiere comprar al menos una parte de la consultoría —la asistente revisa sus notas en el iPad con el ceño fruncido—. Tener una única oficina al parecer no es una opción para ellos.
Diane sube la mirada al techo, buscando una respuesta a todo lo que está oyendo y sobre todo uniendo cabos de aquí y de allá para encontrar el motivo oculto de por qué ella no sabía nada.
Ni un rumor. Ni siquiera Tatiana que tiene los oídos en todos lados, siempre atenta de cualquier información, estaba enterada de esto.
—¿Necesitas algo más? —la joven la mira con cierta impaciencia que se puede permitir después de cuatro años asistiéndola.
Diane frunce los labios y después de un segundo, niega con la cabeza.
—Despeja mi agenda todo lo que puedas, no sé qué pasará después de esta caza de brujas y necesito pensar.
—Ya está hecho —dice con eficiencia—. Las dos reuniones de hoy están dispuestas para mañana a primera hora y la llamada con Gales, al mediodía.
—Gracias, Tatiana.
Su asistente le regala una sonrisa corta, da media vuelta y sale del despacho con el móvil pegado a la oreja para seguir buscando información.
Tatiana Jordan es —casi— la única en todo ese edificio que tiene el privilegio de no ser tratada con la punta del pie por la Cobra.
Sus inicios no fueron sencillos, pero al poco tiempo se dio cuenta de que su jefa no parecía ser del todo la perra rabiosa que proyectaba cada vez que aparecía con sus trajes entallados y sus tacones imposibles destrozando el suelo que pisaba.
Vio que Diane Carter era una mujer práctica que buscaba la excelencia en todo lo que hacía y exigía que su gente también se esforzara para lograrla.
La asistente lo tuvo claro: eficiencia = respeto, así que empezó a aplicar esa fórmula de inmediato.
Casi cinco años después, tienen una relación profesional cordial en la que cada una cumple su papel sin entorpecer a la otra.
Cuando dos horas después Diane entra a la sala de juntas de la planta seis mientras una de las detestables secretarias de dirección —Mandy— le sujeta la puerta, tiene que hacer un verdadero esfuerzo físico para no trastabillar y caer al suelo con una desafortunada rotura de cuello.
Sisea un «buenos días» mientras sus ojos escanean las caras de los presentes sin detenerse en ninguna más de un instante, salvo en una que la hace sentir náuseas. Una mujer que no debería estar ahí.
Clara no está presente y eso hace que de inmediato sienta los nervios que había dejado encerrados en el despacho.
—Veo que estamos todos, así que podemos comenzar —Ethan Brooks entra con la misma elegancia de siempre y esa sonrisa cálida que a Diane le parece hecha de cianuro—. Buenos días a todos, gracias por asistir a esta reunión de última hora.
A su lado se sienta Melissa Grant, la vicepresidenta de la consultoría acompañada de su fiel asistente personal.
—No quiero quitaros demasiado tiempo, así que vamos al grano —Ethan coloca las manos entrelazadas sobre la mesa como si fuera a anunciar el fallecimiento de media población mundial—.
Os quiero presentar a Henri Beaumont y Antoine de Villiers, presidente y director de operaciones, respectivamente, del grupo empresarial Delacroix.
Las cabezas se giran y con movimientos saludan a los dos hombres que sonríen en respuesta, pero Diane solo quiere saber qué coño hace sentada en la misma mesa que ella Frances Hartwell, una mujer que no había visto en casi veinte años y que pensó que, como poco, estaría muerta.
—Y estoy feliz de anunciar que Whitestone Consulting Group se asocia con el Delacroix para una expansión que será inminente —Ethan empieza a aplaudir y Diane aprieta la mandíbula ante el circo que está presenciando.
Todos imitan al presidente y a ella no le queda más remedio que golpear sus palmas un par de veces.
—Comenzaremos abriendo dos nuevas oficinas —esta vez es Melissa Grant la que toma la palabra—.
Ya os iremos avanzando esa información a su debido tiempo.
Lo importante es que nuestra consultoría ha decidido adaptarse a la nueva era porque no vamos a quedarnos atrás y bien sabéis con qué rapidez avanza la competencia —una pausa que hace que Diane apriete los puños bajo la mesa—.
Y para que eso sea posible, vamos a contar con la experta consultora Frances Hartwell.
Una atractiva mujer de cincuenta años, con el cabello recogido en un moño sencillo, pero perfecto, se pone de pie mientras agradece los murmullos de bienvenida.
Parece complacida mientras va moviendo la cabeza hasta que sus ojos oscuros como la noche se clavan en Diane por unos segundos eternos.
En ese instante no hay amabilidad, hay furia encallada desde hace décadas.
—Estoy emocionada por comenzar este nuevo reto —Diane lucha por no poner los ojos en blanco.
Frances nunca ha superado que ya no es una reina de belleza y que ese discurso se ha quedado anticuado—.
Llevo mucho tiempo escuchando hablar de Whitestone porque dejadme que os diga que lo estáis haciendo francamente bien —suelta una risa comedida que hace que el resto se contagie.
Patético—, así que os podéis imaginar la sorpresa que me llevé cuando recibí esta oferta.
No quiero que penséis que he venido a cambiar vuestra forma de trabajar, pero estaréis de acuerdo conmigo en que si la empresa en la que estáis no crece, vosotros tampoco y eso se traduce en menos dinero cada mes.
La mayoría en la mesa asienten con gesto solemne y a Diane no le puede parecer una escena más deplorable porque es consciente de que esa misma gente que se mueve como si fueran marionetas no les importa el trabajo que se hace desde abajo, el esfuerzo, las horas...
lo único que quieren es venderse al mejor postor y que sus bolsillos se llenen más.