No estaba en mis planes Capítulo 11
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Capítulo 11

A sher Rodriguez sonríe complacido cuando Tanya termina de resolver la última duda que el CEO de Lumina Medical Supply ha planteado.

La reunión ha ido mejor de lo que habían pronosticado, pero tampoco esperaban menos.

La semana en la que han trabajado en esta propuesta ha sido larga, caótica y muy costosa porque cada hora extra que alguien de su equipo hacía, se pagaba con un buen plus.

Los taxis, las comidas a domicilio... todo para conseguir dirigir esta inversión que el grupo quiere hacer en su empresa de suministros médicos.

Diane levanta la mirada hacia Asher, lo conoce de las tantas veces que se han reunido y hablado por teléfono.

Aunque no sean íntimos, una de las cosas que a ella se le da bien es leer la expresión de sus clientes y esta le dice que el CEO ha tomado una decisión y que apunta a favor de Whitestone Consulting Group.

—Toda la propuesta se la hemos enviado a su correo, señor Rodriguez —habla Cassidy mientras se acerca a él para entregarle un pequeño dispositivo de almacenamiento—. También la hemos guardado aquí por si necesita compartirla con alguien más.

Asher asiente mientras le dice un «gracias» animado.

—¿Podemos aportar algo más? —Clara, sentada frente a él, lanza la pregunta en vista de que el hombre no da señales de decir nada más.

Diane, sentada en absoluto silencio, no abre la boca, se limita a esperar como siempre para intervenir solo si es necesario.

Mueve un poco los ojos y observa la figura de Cassidy, que se ha retirado a una esquina.

Sin ser consciente de ello, se lleva un dedo a los labios y se los golpea suavemente, todavía le hormiguean tras los besos de esa mañana.

Le resulta curioso porque jamás en su vida, alguien había logrado que horas después de un encuentro íntimo fugaz, su cuerpo se mantuviera en ese estado vibrante en el que está ahora.

—No es necesario. —Asher se pone de pie y su equipo lo imita—. En un par de días espero que podamos darle una respuesta.

—Señor Rodriguez. —Diane se pone de pie con calma y se alisa la blazer azul con una mano—.

Hemos trabajado en todo lo que nos ha pedido, ajustando la propuesta a cada una de sus necesidades para que la expansión sea un completo éxito —llega hasta él, lo mira un instante y extiende la mano—.

Estaremos encantados de ser los responsables de que sus planes se lleven a cabo. Gracias por contar con nosotros.

Todas las personas que están en la sala dejan de respirar.

Diane Carter no ha titubeado ni un segundo al soltar esas palabras que debajo esconden un «nos hemos partido el culo trabajando para ti, ni se te ocurra darle el contrato a otro» al CEO de Lumina, un hombre conocido por su amabilidad, pero también por su tenacidad al hacer negocios.

Levantó esa empresa desde cero y no ha sido precisamente dejándose intimidar por mujeres como la que ahora le estrecha la mano.

Sin embargo —y para sorpresa de los presentes— Asher compone una sonrisa abierta que acompaña con un ligero movimiento de cabeza.

—Estoy seguro de que haréis un excelente trabajo —suelta la mano de Diane y se gira hacia su vicepresidente—. Daniel, que lo preparen todo para que podamos firmar el contrato con esta consultoría.

Clara aprieta los labios, Tanya intenta que la mandíbula no le caiga al suelo y Cassidy mira a Diane con orgullo. No hay nada que esa mujer no pueda lograr.

Diez minutos después la comitiva de Lumina se ha marchado de la sala y en ella solo quedan las cuatro mujeres que estaban representando a Whitestone.

—Enhorabuena. —Clara mira sobre todo a Tanya y a Cassidy, que son las que han hecho la parte más gruesa del análisis—. Habéis hecho un buen trabajo.

Diane revisa su móvil con gesto imperturbable, no alza la vista ni se une a la felicitación de Clara.

Es maleducada y Cassidy se pregunta qué le supondría ser al menos amable con su equipo.

Para ella existen dos versiones de Diane, la que todo el mundo conoce y la que solo deja ver —no del todo, pero sí un poco— cuando nadie la está observando en la oscuridad de su despacho mientras Cassidy la devora.

—Esta expansión nos supondrá mucho trabajo. —Diane ha alzado los ojos y habla en voz baja observando la pared frente a ella—. Tenemos que delegar un equipo que se centre solo en Lumina, sin distracciones.

—Eso no es posible —Clara la rebate de inmediato.

Con el personal que tienen, no pueden darse el lujo de asignar a varios para un solo proyecto en exclusiva—.

Con la salida de Thompson —Diane logró que lo sacaran de su departamento después de la tercera metedura de pata—, estamos huérfanos por ese lado y seguimos buscando quien ocupe su puesto.

Tenemos al equipo B trabajando en los seguimientos de Gales.

A otros dos con Alalu y todos colaborando con Arnico. Estamos hasta arriba.

Diane no mueve ni un músculo, pero las piedras azules que tiene en la cara empiezan a brillar con algo que todo el mundo conoce como ira.

—Entonces supongo que tienes alguna propuesta —pone las manos con calma sobre la mesa—. Soluciones, Clara, no problemas.

Clara Fitzgerald parece inmune a cada dardo de Diane, pero Cassidy siempre ha visto algo que los demás parecen ignorar y cree que es la razón de su pasividad con esa mujer.

Una especie de confianza ciega, como si la Cobra fuera capaz de confiar su vida a la directora de marketing.

Muchas veces pensó que era algo propio de su imaginación, de las noches de agotamiento en las que se subía a su Corolla y conducía hasta North Hollywood mientras pensaba en cualquier cosa para no dormirse al volante, pero cada vez que se miran de esa manera —como ahora— la chica no tiene ninguna duda de que hay una historia larga detrás de ellas dos.

—Gales no necesita a tres personas que revisen cada movimiento que hacen por mucho que insistas, por lo que podríamos asignar a dos de ellos para que le den soporte a Tanya —Diane escucha a Clara mientras desvía la mirada hacia la morena un instante, hoy lleva una camisa de flores amarillas y lilas.

Espantoso—. Cassidy se encargará de iniciar la campaña de marketing mientras tú y yo hacemos la supervisión general.

Diane cruza una pierna sobre otra y con un brevísimo movimiento de cabeza que Clara parece entender a la perfección, la anima a continuar.

—El trabajo previo está hecho por lo que Harper Lewis y Adam Foster pueden...

—No. —La negativa le sale como un rugido y Diane no puede evitar que su ojo izquierdo sufra un espasmo.

Intenta no mirar a Cassidy porque siente cómo ese prado la está quemando de la misma manera que ocurre cuando no comprende alguna decisión que Diane toma, aunque nunca la contradice, al menos no en público.

Clara carraspea y ladea la cabeza. No dice nada, solo observa a su homóloga durante un instante. Diane pasa un dedo por su pulsera y toma una inhalación controlada; quien no la conozca no sospecharía nada, pero Clara Fitzgerald sabe que se ha puesto nerviosa.

—No son los adecuados —es la respuesta de Diane, fría y calculada.

Cassidy lleva todo el rato mordiéndose el interior de la mejilla, trabajó con los dos compañeros hace unos meses y estuvo cómoda, pudieron cumplir con todo lo que se les pidió respetando los tiempos.

De hecho, Diane los asignó a Gales —después de salvarlo— por una razón y no es precisamente porque ellos no sean adecuados.

—Harper lleva bien las campañas y Adam es muy bueno con los análisis —la rubia no puede quedarse callada—. Si trabajamos los cuatro con Lumina, lo tendremos cubierto.

A Diane no solo le dicen la Cobra porque parece que puede atacar en cualquier momento, sin previo aviso, sino porque cuando algo la enfurece, las venas de su cuello se marcan y da la sensación de que esa zona de su cuerpo se ensancha como una serpiente a punto de clavar sus colmillos llenos de veneno.

Cassidy lo observa todo en cámara lenta: los ojos azul brillantes, el rubor de la cara y los labios fruncidos.

—Collins, ocúpate de tus asuntos —suelta un siseo suave cargado de plomo y azufre—. Sal de esta sala —desvía sus ojos hacia Tanya—. Baker, déjanos solas.

La rubia levanta la barbilla y mira sin demostrar lo que está sintiendo. Es una mezcla de decepción, rabia y frustración que solo ella es capaz de generarle.

Coge sus cosas y sale de la sala junto a su compañera. Cuando la puerta se cierra, Clara suelta un sonoro bufido.

—No empieces. —Se adelanta Diane levantando levemente la mano.

—Diane —dice Clara mientras niega con la cabeza—. ¿No puedes dejar de comportarte como una zorra?

Levanta una ceja mientras se acomoda en su silla, pegando la espalda al respaldo.

—Sé la respuesta y es que no, pero al menos sé coherente con lo que haces —otra vez el ojo izquierdo moviéndose sin su permiso—.

Has elegido a dos personas para que supervisaran un proyecto que por poco perdemos, que te hizo trabajar durante días sin apenas descanso y ahora resulta que no son adecuados —Clara hace comillas con los dedos cuando dice la última palabra— para participar en este nuevo.

¿Eres consciente de cómo te hace ver este tipo de decisiones?

Claro que es consciente, Diane no es estúpida.

El problema es que ahora existe un conflicto de intereses que ni siquiera ella vio venir.

No es capaz de ser racional cuando se trata de que el maldito Adam Foster esté cerca de Cassidy.

Es una sensación que la supera, que le retuerce las entrañas sin poder ponerle freno.

Lo ha visto en sus ojos, cuando la mira o cuando la rubia le sonríe agradecida por algo, cómo se la come con la mirada sin un mínimo de respeto.

Debería haberlo echado a la calle hace meses.

—Cómo me vea la gente me tiene sin cuidado, Clara —mueve los hombros con indiferencia—.

Soy yo la que se juega la cabeza si algo sale mal, no ellos.

Gales funciona muy bien y el trabajo de esos dos es sencillo, pero una expansión a Europa no es algo que pueda supervisar cualquier persona. Lo sabes, son muchos millones.

Clara entrecierra los ojos, sabe que Diane tiene razón, pero no es lo único que justifica su comportamiento. No pierde el tiempo analizando otros motivos, su compañera es tan críptica que solo ella sabe por qué hace las cosas.

—Entonces, ¿qué es lo que estás sugiriendo? —pregunta Clara apoyando la barbilla sobre el dorso de su mano.

—Me lo quedo yo —decide sin apenas gesticular—. Tanya será la responsable, yo trabajaré con ella y tiraremos de Harper Lewis si nos hace falta mover papeleo. Collins hará lo de siempre y tú estudiarás la campaña final.

A la directora de marketing le parece una buena jugada, así que no pone objeción, aunque le gustaría saber cómo es que Diane siempre termina saliéndose con la suya.

—De acuerdo, lo haremos de esa manera —se queda callada un instante y cuando habla de nuevo, su voz sale más suave—. ¿Todo marcha bien?

Diane aprieta la mandíbula, no le gustan esa clase de preguntas que abarcan demasiado para una persona que siempre quiere decir poco.

—Sí, todo bien. —Se pone de pie, pero sabe que Clara no ha terminado de hablar. Suspira.

—¿Has hablado con...?

—No —responde de inmediato la jefa de negocios con el gesto completamente contraído.

Ninguna de las dos dice nada más, pero esa simple pregunta deja a Diane desorientada como si no supiera qué hacer a continuación.

—Diane, por favor, tienes que entrar en razón. —Se hizo un silencio tan agudo que dolía en los oídos—. No puedes seguir comportándote de esa manera.

—¿No puedo seguir...? —Diane estaba impactada por lo que escuchaba al otro lado de la línea—. No me lo puedo creer.

Estaba en su casa, una tarde demasiado fría, y había decidido volver pronto ese día porque estaba agotada.

Llevaba dos noches sin dormir trabajando en una propuesta que al final el cliente había rechazado.

Pensaba que podía relajarse, darse un baño caliente y comer algo decente, pero su móvil sonó, un número desconocido, y aunque intuía de quién se trataba, igual contestó. Vaya error.

—Todavía puedes cambiar, estamos dispuestos a perdonarte y...

—No vuelvas a llamar.

Y colgó, apretando el teléfono con tanta fuerza que pensó que estallaría en sus manos. Tenía la mandíbula apretada, el cuerpo le dolía y de sus ojos, que hacía años que no se humedecían, brotaron dos lágrimas que la hicieron llenarse de furia.

Las llamadas se repitieron durante meses, Diane no contestó ninguna y aunque bloqueó el número desconocido, su móvil seguía recibiéndolas desde otro sitio.

Hace dos semanas, contestó por error, estaba revisando un informe, el teléfono vibró y ella descolgó.

En cuanto escuchó la voz, entró en estado casi catatónico.

Se quedó sentada en su silla durante unos minutos hasta que sintió la asfixia de esa mano invisible que lleva estrangulándola tantos años y de la que Diane —pese a intentarlo con fuerza— nunca se había podido deshacer del todo.

Se levantó de repente, como un resorte, cogió su bolso y salió de su despacho reventando el suelo con cada paso que daba.

Bajó, salió del edificio y entró en Bucket's.

Se sentó en la barra, aun con la mirada desenfocada, perdida en un pasado no la dejaba en paz, y entonces Clara apareció de repente, se sentó a su lado y la salvó una vez más.

—Hazlo oficial. —Diane cambia el tema súbitamente y se dirige hasta la puerta—. Que la dirección sepa quién va a llevar el proyecto de Lumina.

Sale de la sala con la barbilla levantada sin mirar a nadie, el silencio cae como siempre cuando ella aparece en una estancia y sus ojos —últimamente en extremo traicioneros— se desvían hacia la mesa donde se sienta Cassidy.

Como si hubiera escuchado el llamado del demonio, gira el cuello y ambas conectan por un segundo antes de que la rubia aparte la mirada y se centre en la pantalla de su ordenador.

Diane siente cómo se le retuerce algo por dentro, pero no lo demuestra, hace completamente lo contrario: muestra indiferencia cuando pasa por su lado, como si Cassidy no significara nada para ella, como si fuera una simple trabajadora con la que intima de vez en cuando.

Sabe con toda certeza que no es así, pero Diane Carter lleva mucho tiempo huyendo y no está preparada para dejar de hacerlo.