No estaba en mis planes Capítulo 10
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Capítulo 10

Un año después.

D iane Carter se aferra al borde de su escritorio con ambas manos, apretando tan fuerte que los nudillos se le ponen completamente blancos.

Baja la mirada a la derecha y se centra en observar su reloj de pulsera, que descansa sobre la madera pulida, para buscar algo que la pueda distraer del caos en el que se ha convertido su cuerpo en apenas unos minutos.

Son pasadas —por poco— las siete de la mañana, lleva en Whitestone unos treinta minutos y todo esto le ha tomado por sorpresa.

Ha llegado pronto porque hoy es un día importante, Diane lleva dos meses trabajando en el análisis de los datos financieros de una empresa de suministros médicos que quiere hacer una inyección de varios millones de dólares para que puedan crecer de manera más acelerada y expandirse.

Lumina Medical Supply quiere abarcar el mercado europeo y para ello le han pedido al departamento de negocios que los ayuden en el proceso.

Para Diane no habría ningún problema si no estuviera compitiendo directamente con otras tres consultoras, las más grandes después de la suya, porque los de Lumina han decidido que no se quedarán con una única propuesta, quieren varias sobre su mesa para luego elegir con quién firmar. Menudos cabrones.

Lo cierto es que está bastante segura de que le irá bien, ha hecho un excelente trabajo junto a Grayson Murphy de finanzas y han montado una buena propuesta con Clara en el departamento de marketing, pero ella necesita que todo salga perfecto, sin errores, por lo que ayer, en cuanto acabó la última reunión de equipo, anunció que estaría en la oficina a primera hora para supervisar que todo estuviera bien hecho.

Tal parece que alguien más tuvo la misma idea.

—Joder —jadea Diane y se muerde el puño cuando siente esa lengua caliente hundirse en ella.

—Deja de hacer ruido o alguien vendrá a ver qué pasa —se escucha de forma amortiguada una voz ronca.

Diane deja caer la cabeza hacia atrás cuando nota una presión suave en su entrada y luego la intrusión de unos dedos que se abren paso dentro de ella.

La lengua y el movimiento agónico de una penetración perfecta, es justo lo que hace que la jefa del departamento de desarrollo de negocios sepa que le queda muy poco para correrse.

Vuelve a morderse el puño, esta vez con más fuerza porque se la están follando tan bien que desearía estar en otro sitio para permitirle a su garganta quejarse como le diera la gana.

El vientre le vibra con fuerza y no puede evitar que su espalda se arquee. Sabe que pasará la mañana dolorida, pero prefiere eso mil veces a no tener esa boca entre sus piernas.

Cuando los espasmos cesan y Diane vuelve a la realidad, abre los ojos sintiéndose algo mareada. Recibe los últimos lengüetazos lentos en su sexo hasta que paran de repente, haciéndola sentir huérfana.

—¿Estás bien? —Diane escucha la voz lejana, aunque sabe que la boca que se mueve y emite sonido está frente a ella.

Asiente mientras toma una respiración profunda. Cada vez le cuesta más recuperarse de estos asaltos, sean como sean, ella siempre acaba desmadejada.

Nota el calor de unas manos cogerla por la cintura y ayudarla a ponerse de pie, a estabilizarse, y aunque lo logra, no está muy segura de poder caminar, pero antes de poder procesar lo que tiene que hacer, esos labios que hace un minuto estaban acabando con su cordura se pegan a los suyos y la besan con intensidad.

La lengua se mueve segura dentro de su boca y puede sentir su propio sabor de inmediato, lo que la hace gemir, esta vez, sin poder hacerlo de forma controlada.

—Ve al baño a lavarte y cámbiate las bragas. —Diane mira esos ojos que parecen inocentes, pero que, en realidad, no lo son—. Te las he roto al quitártelas.

Diane levanta una ceja perfecta y chasquea la lengua mientras se gira para entrar al pequeño lavabo.

Por fortuna tiene ropa de cambio en ese despacho donde pasa la mayor parte de su vida, sobre todo últimamente —desde que empezaron esos encuentros— se ha asegurado de que no le falte ropa interior en su cajón.

Sabe que se está equivocando, que si alguien la descubre tumbada sobre su mesa siendo follada desde atrás por alguien que encima trabaja para ella, no solo acabaría en la calle —que es lo que menos le preocupa— sino que también todos sabrían el motivo y eso, para alguien como ella, tiene más peso que cualquier otra cosa.

—La sala de reuniones está preparada —escucha Diane cuando sale con las bragas nuevas puestas, el cabello arreglado y el porte impoluto—.

Asher Rodriguez vendrá acompañado del vicepresidente de la compañía, dos abogados y alguien de su departamento de finanzas.

Cada uno tendrá una copia impresa de la propuesta.

La tuya es esta —le entrega una carpeta de color azul—, y también la tienes en tu correo.

Diane da un vistazo rápido a las hojas con el ceño fruncido.

—Qué eficiente —responde sin levantar la mirada y, lejos de parecer un elogio, suena como un insulto.

—No te acostumbres. No soy tu secretaria.

Cassidy Collins se gira para marcharse, pero siente unos dedos aferrarse a su brazo que la hacen detenerse.

Diane se acerca a ella y le pasa el pulgar de la mano derecha por debajo del labio inferior —completamente hinchado— intentando limpiarle los rastros de color rosa tenue.

—Si tienes intención de pasar por mi oficina a estas horas, no puedes ponerte pintalabios —lo dice con la voz fría, como si fuera un regaño, y la respuesta de Cassidy es subir una ceja.

—No estaba en mis planes —repite una frase conocida entre ellas, saca un pañuelo de papel del bolsillo de su pantalón y se lo pasa por la boca con cuidado.

Ambas se miran y podrían decirse muchas cosas, pero hace tiempo decidieron no hacerlo.

Han pasado cinco meses desde que follaron por primera vez.

Cassidy había acabado su tiempo como becaria en Whitestone y Clara Fitzgerald tenía muy claro que la quería en su departamento.

Un mes después de que la chica firmara el contrato en Recursos Humanos, su jefa la nombró enlace oficial entre marketing y negocios, un puesto que era necesario, pero que no se había creado porque Diane se negaba a tener que hablar con alguien que no le interesaba en absoluto.

Esta vez no había sido diferente, pero Clara impuso su criterio y Cassidy no tenía problema en ser ella quien lo asumiera; en todo ese tiempo había trabajado para ambas y se había adaptado perfectamente a las malas caras de la Cobra, sus respuestas heladas y sus miradas envueltas en fuego.

En contrapartida tenía a Clara, que sería su jefa directa, con la que sí mantenía un trato más cercano, aunque bastante profesional.

Fue una noche de una semana especialmente estresante que la rubia y Diane Carter estuvieron trabajando hasta la medianoche.

Jason Thompson había hecho un análisis mediocre que uno de los socios había aprobado y que el cliente había recibido como una patada en las pelotas.

Así que ahí estaban ellas dos intentando arreglar el desastre cuando una discusión estalló entre las dos porque Cassidy no fue capaz de aguantar una mala palabra más.

—No siempre puedes tener la razón —soltó la chica con evidente enfado y se puso de pie de un salto, harta de que Diane rechazara todas sus propuestas con un tono seco, catalogándolas de basura—.

Puede que conozcas esta empresa más que nadie y que tengas mucha experiencia, pero eso no te hace ser dueña de la verdad.

Diane compuso un gesto de fastidio y miró su reloj para comprobar que no tenía tiempo para estos espectáculos.

—Cuida esa boca, Collins. —Levantó la barbilla y se acercó a ella—. No creas que Samuel Barnes te va a proteger para siempre.

Cassidy ya había escuchado sus insinuaciones varias veces porque Diane estaba convencida de que ella se acostaba con su mentor universitario. Había dejado pasar los comentarios porque pensaba que algún día simplemente dejaría de hacerlos, pero esa noche decidió que no lo seguiría tolerando.

—Quizá hablas desde tu propia experiencia —escupió sin temor a nada—. Todos en esta empresa se preguntan cómo alguien como tú es intocable, a lo mejor eres tú la querida de algún socio.

Diane dio un paso hacia ella, con el gesto torcido y los labios fruncidos de rabia. Tenía el cuello manchado de rojo y las orejas calientes, lo que significaba que su enfado era monumental.

—Estás despedida. —La apuntó con el dedo. Temblaba llena de furia—. Fuera de aquí ahora mismo.

La respuesta de Cassidy fue soltar una carcajada involuntaria.

Estaba agotada, llevaba meses trabajando como si fuera a heredar Whitestone algún día, siguiendo las pautas de Clara, aguantando las mierdas de Diane y arreglando los errores de los demás.

En ese punto de la noche, ya no le importaba nada.

—No eres mi jefa —rebatió Cassidy—. Recuérdalo.

Entonces dio media vuelta para salir de la sala y Diane no iba a permitir que le diera la espalda ni que la dejara con la palabra en la boca, así que la cogió por un brazo y la hizo girarse.

—¿A ti qué coño te pasa? —rugió Cassidy con el gesto contraído, y cuando clavó sus ojos en los de Diane, vio algo nuevo, diferente.

La mujer frente a ella estaba inquietamente tranquila de repente, pero su mirada reflejaba un calor que Cassidy reconocía de las noches en las que salía con ganas de perderse en un cuerpo desconocido. Había lujuria en su expresión y una urgencia que parecía imposible de detener.

Ninguna de las dos puede recordar en la actualidad quién dio el primer paso, lo que sí tienen en la memoria grabada a fuego son los jadeos, la piel caliente y el cuello perlado de sudor.

Las manos inquietas, nerviosas, esa pelea absurda por poseer y no dejarse tocar para al final acabar pegadas a la pared, una follando a la otra mientras se besaban sin poder detenerse.

—No vuelvas a hacerlo —dijo Diane una vez se había arreglado la ropa.

—No estaba en mis planes —respondió Cassidy mirándola a la cara.

Se sentaron en la misma mesa en la que estaban antes y siguieron trabajando como si nada hubiera pasado. Dos días después, ambas recibieron un correo de la dirección felicitándolas por la propuesta nueva que habían ideado, anunciando que el cliente estaba complacido y firmaría un año más con ellos.

Pasó más de un mes antes de que la escena volviera a repetirse; una noche solas en la oficina, una discusión, un polvo magistral y un «No vuelvas a hacerlo», «No estaba en mis planes», hasta que un día simplemente dejaron de decirlo, se acabaron los altercados previos y empezaron a pasar a la pasión.

Ocurre cuando les apetece, siempre en la oficina, como si hacerlo fuera de allí conllevara un compromiso que ninguna quisiera asumir.

Son discretas y nadie podría sospechar lo que ocurre entre ellas porque Diane Carter sigue siendo la misma zorra de siempre y es imposible que una chica como Cassidy Collins esté dispuesta a besar esos labios de fuego.

—Clara llega a las ocho. —La rubia es quien rompe el silencio—. Quería hacer una última revisión contigo.

—Ya lo hemos revisado —sisea Diane sin apenas mover los labios. No le gusta tener que repetir algo que ha hecho ya varias veces.

Cassidy ignora su comentario.

—A las nueve llegará el CEO, así que deberíais estar en la sala un poco antes. —Cassidy se pasa una mano por la melena suelta—. Buena suerte.

—No creo en la suerte.

—A veces hay que creer en algo. —La chica ladea la cabeza mientras la observa.

«Prefiero creer en ti».

—Avisa a Baker para que esté preparada —pide Diane refiriéndose a Tanya, que, desde que Cassidy asumió el cargo, trabaja más con ella.

—No soy tu secretaria. —Cassidy se gira y vuelve a sentir los dedos de Diane aferrarse a su brazo. Esta vez el movimiento va acompañado de un tirón suave que la pega al cuerpo de su jefa.

—Cuidado con esa boca, Collins —bisbisea Diane con el mismo tono de desprecio que usa para los subordinados que considera inútiles, aunque la diferencia es que a ellos no los besa.

Los labios de Cassidy se abren y reciben la lengua caliente de la mujer con la que lleva meses acostándose, esa víbora insoportable que media compañía detesta, pero que ella sabe amansar algunas noches y, por alguna razón que aún no le pone nombre, le encanta.

—Cierra la puerta al salir —exige Diane tan fría como siempre, y se da la vuelta para coger su reloj de pulsera, ponérselo y seguir trabajando. La diversión se ha acabado.