No estaba en mis planes Capítulo 9
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Capítulo 9

—La idea es presentar un plan que abarque desde la fase estratégica y financiera hasta la integración posterior a la compra, con especial atención a la identificación de sinergias operativas, optimización de costes, alineación cultural y definición de una hoja de ruta para los primeros cien días tras el cierre de la operación.

—Cassidy hace una pausa y le entrega a las dos mujeres frente a ella una hoja con tres gráficas—.

Quieren una propuesta sólida, con un enfoque eminentemente práctico y orientada a maximizar el valor de la adquisición, minimizando los riesgos de ejecución y garantizando una transición ordenada para ambas organizaciones.

—¿Qué es esto? —Diane no despega los ojos de los círculos con colores de la hoja.

—La primera gráfica simula la reducción de costes operativos.

—Cassidy se acerca a ella y desde arriba su mirada se va directamente al escote de su jefa, pero la retira de inmediato—.

Esta de aquí mide los riesgos previstos, aunque es para nosotras, no podemos presentarle al cliente un número que no podemos controlar.

Y la tercera es la de progreso en el que podemos medir las integraciones de tipo tecnológica, operativa y financiera.

Diane está tan erguida que siente que tiene una barra de metal atravesada en la espalda.

Lleva tres días trabajando codo a codo con Cassidy Collins y su cuerpo solo ha reaccionado como si la chica fuera el estrés hecho mujer.

Tiene el estómago cerrado, el pulso más acelerado de lo normal y un zumbido taladrándole el cerebro del que no logra deshacerse.

Clara levanta la vista y sus ojos se van a la figura tensa de Diane. Lleva días observándola porque, sin miedo a equivocarse, sabe que ese rechazo que demuestra hacia la becaria no es más que una respuesta a lo desconcertada que está por lo que está experimentando y se niega a aceptar.

—¿Y cuál es tu apreciación final? —La directora de marketing prefiere seguir evaluando la propuesta en la que ha trabajado la chica en vez de analizar a su compañera.

—He hecho un análisis cruzando datos de la adquisición que hicieron hace dos años con los recursos que tienen ahora y, si mis cálculos son correctos, Arnico empezará a tener beneficios tan solo seis meses después.

El ojo izquierdo de Diane se contrae porque esa chica que está asegurando el éxito de una transacción es la misma que hace cinco semanas le discutió el porcentaje de ganancias que la jefa de negocios prometía a un cliente.

—¿Y este análisis no depende de la bolsa? —Lo pregunta con calma mientras levanta la barbilla—. Tu previsión es exacta y tal parece que la mía era una promesa vacía.

Cassidy levanta el labio en un gesto que esconde su sonrisa.

—Esta adquisición no depende de ningún factor externo que no sean los recursos de Arnico.

—Se coloca frente a ella y la mira desde arriba a los ojos—.

Nos han facilitado sus números y he hecho mi estudio basándome en eso.

Una vez cerrada la adquisición, el producto será el mismo por lo que las ventas no son de nuestra competencia.

Entonces, cuando termina su respuesta y sin poder evitarlo, Cassidy Collins se atreve a guiñarle un ojo a la Cobra, dejándola paralizada y prácticamente con la boca sellada.

Clara se quita las gafas porque está bastante segura de que nunca había visto a ningún empleado contestar de una manera tan contundente a Diane y sin duda es lo más interesante que ha vivido en los últimos meses.

Lo que más le gusta de la becaria no es solo su conocimiento o su forma de trabajar, es que sus respuestas están respaldadas y no teme defenderlas ante quien haga falta, así le cueste su puesto de trabajo.

Diane se pone de pie, mareada, con una inmensa necesidad de salir de allí. Mira su reloj de pulsera por simple costumbre y desvía los ojos hacia Clara.

—Que el equipo financiero haga su análisis y lo tenga listo para esta misma tarde. —A pesar de que siente la mirada de la becaria sobre ella, la ignora—. Mañana a las tres tomamos una decisión.

La estela que deja al salir es casi la misma que el flautista de Hamelín provocó con su música en aquella célebre leyenda y Cassidy tiene que anclar los pies en el suelo con fuerza para no ir tras ella.

—Sigue así, Collins. —Clara le pone una mano en el hombro y se lo aprieta una vez—. Lo estás haciendo mejor de lo esperado.

—No creo que todos estén de acuerdo contigo —Cassidy lo dice sin mirarla mientras va recogiendo su portátil para salir de la sala donde están.

Clara se pasa los dedos por el pelo corto, una manía que adquirió hace unos años cuando decidió pasar de esa melena que tanto le molestaba a su corte pixie actual que ama.

No piensa defender a Diane Carter por mucho que sepa de primera mano que debajo de ese caparazón de acero se oculta una mujer que ha sufrido lo suyo. Ese no es su labor.

—¿Tú crees que estás haciendo un buen trabajo?

La pregunta hace que la rubia clave sus ojos en Clara.

—Espero que sí.

—Esa no es la respuesta que quiero escuchar. —La jefa de departamento endurece la voz y por un momento ella y la Cobra parecen la misma persona—. Es una respuesta de sí o no y estoy segura de que sabes qué decir.

Las aletas de la nariz de la becaria se abren como si oliese la sangre de una presa a la que lleva rato persiguiendo. No sabe si se trata de una pregunta trampa, pero ella decide soltar lo que piensa.

—Sí, creo que lo estoy haciendo bien. —Se lanza al vacío.

Clara Fitzgerald asiente.

—Entonces eso es lo único que importa porque si eres buena en lo que haces, hay mucho mundo donde elegir.

—Antes de dar un paso más, Clara vuelve a tocarse el pelo y abre la boca—.

Me recuerdas mucho a alguien cuando comenzó en Whitestone.

Por aquel entonces, la empresa estaba dirigida por carcamales que por fortuna hoy no están y no se lo pusieron nada fácil, pero aun así, no se dio por vencida. Tú tampoco lo hagas.

Clara sale de la sala y Cassidy se queda un instante pensando en sus palabras.

Puede que se esté refiriendo a sí misma, a Diane o a cualquier otra persona, pero de cualquier manera, la becaria no es de las que abandona con facilidad porque alguien decide poner piedras en su camino.

Tiene veintiocho años que pesan el doble y desde que era una niña entendió que no tenía absolutamente nada que perder.

No intentarlo, no luchar por lo que quiere es lo que considera una pérdida.

● ● ●

—La niña ya es toda una mujer que trabaja en grandes corporaciones. —Kenny levanta su vaso y las dos mujeres brindan con él.

—Ya no soy una niña —farfulla Cassidy mientras da un largo trago a su cerveza—. Joder, qué mala está.

Kenny suelta una carcajada que resuena como la de un niño que está haciendo una travesura. A pesar de que tiene treinta y seis años y es el mayor de los tres, sigue actuando como si tuviera los dieciséis cuando se vieron en la primera casa de acogida en la que se conocieron.

—Te has empeñado en beber esa basura. —Kenny se encoge de hombros y da un sorbo a su refresco sin azúcar—. La cerveza lleva alcohol y no es ese invento terrible de los modernos que insisten en quitarle la diversión a todo.

Payton los mira desde el otro lado de la mesa y sonríe al ver a sus dos hermanos discutiendo por el mismo tema absurdo desde que Cassidy decidió elegir la cerveza sin alcohol cuando están juntos.

Hace cinco años, estos momentos no existían, solo había ansiedad mezclada con miedo cada vez que sonaba el teléfono y ella pensaba que se trataba de la policía avisándole que habían detenido a Kenny o, peor aún, que lo habían encontrado sin vida en algún tugurio de mala muerte.

—Has comprado la más barata, por eso sabe fatal —se queja Cassidy, observando el vaso como si estuviera lleno de vómito y no de líquido claro.

Kenny vuelve a reírse y el diente partido que lleva años en el mismo estado le da un aspecto de chico malo que en realidad no es ni nunca ha sido.

—Lo siento, Cass, no todos tenemos tu cerebro de chica lista para conseguir un buen empleo y comprar cervezas de calidad —el hombre lo dice ladeando una sonrisa—, pero te prometo que para la próxima las tendrás. Te lo mereces, hermanita.

La rubia se muerde el interior de la mejilla y acepta el cumplido.

—No deberíamos estar celebrando. —Se levanta, camina hasta la cocina y cambia la cerveza rancia por agua—. Solo he pasado una de las tantas pruebas. Sigo siendo una becaria.

—De Whitestone Consulting Group nada menos —aporta Payton levantando las cejas—. Si esa arpía que tienes por jefa te deja terminar las prácticas, estoy segura de que vas a conseguir trabajo en cualquier sitio.

—O podemos darle un pequeño susto a la señora arpía. —Kenny se inclina sobre la mesa con tono conspirador—. Ya sabéis que se me da muy bien.

A Payton le cambia la expresión.

—Ni se te ocurra, Kenneth Pierce. —Lo señala la abogada y la risa aniñada vuelve a emerger de la garganta del hombre.

Levanta las manos en señal de rendición y compone su mejor gesto de inocencia.

—Nada de problemas —confirma y da un trago a su bebida.

La conversación entre los tres continúa y se alarga hasta las diez de la noche.

Payton quería llevar a Cassidy a un diner antiguo que vende hamburguesas gigantes y patatas que saben demasiado a aceite —su sitio favorito, el que recuerda con mucho cariño y en el que celebra cada logro de su existencia—, pero Kenny no va bien de dinero y sabe que por mucho que insistiera, no iba a permitir que ella pagara toda la cena.

Antes de que buscara formas inapropiadas de encontrar algunos dólares, la abogada eligió hacer una reunión tranquila en casa y dejaría el final de la semana solo de chicas.

—Hora de irme. —Kenny termina de ayudar a recoger la mesa y se acerca a sus hermanas—. Gracias por la cena.

Payton es la primera en abrazarlo, siempre ha tenido debilidad por Kenny, vivió junto a él cada pesadilla nocturna que lo despertaba desde que lo conoció y un día se prometió que jamás lo abandonaría. En parte, se convirtió en abogada para poder defenderlo siempre.

—Cuídate, pequeña. —Ahora le da un beso en la mejilla a Cassidy—. Y no dejes que nada te detenga.

La becaria asiente con el gesto serio, es una frase que Kenny siempre le ha dicho y tiene mucho valor para ella.

Y es que Cassidy Collins no piensa permitir que nadie la frene y se promete a sí misma que dentro de cinco meses —cuando acabe su tiempo como becaria— estará en el lugar exacto que decida estar.