No estaba en mis planes Capítulo 8
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Capítulo 8

C assidy apoya las dos manos sobre el mármol del lavabo y observa en el espejo cómo su sonrisa se va expandiendo hasta un punto que casi le duele la cara. El verde bosque parece un prado en una mañana especialmente soleada donde no hay más que brillo y el augurio de que el día será increíble.

Coge la máscara de pestañas y se aplica un poco para que sus párpados se vean más abiertos. Luego pasa la brocha gruesa por sus pómulos, dejando una fina capa de colorete en polvo que la hace ver —al menos— medio viva.

—Enhorabuena, Cass. —Los brazos de Payton se aferran a su cuerpo por detrás—. Sabía que lo lograrías.

Cassidy suelta una carcajada después de torcer el gesto, no se suponía que fuera tan duro, de hecho, lo suyo eran seis meses de práctica y si se ganaba el puesto, el departamento de marketing de Whitestone sería el siguiente paso.

Lo que nunca debió pasar fue que la jefa Carter pusiera una diana en su pecho y Cassidy estuviera un mes entero demostrando sus conocimientos y luchando por mantenerse en pie.

—El viernes no quedes con nadie —la apunta con el dedo Payton—, te llevaré a cenar a ese lugar que tanto te gusta.

—No te preocupes, esta batalla campal que he tenido que pelear me ha dejado tan exhausta que no he hecho más que trabajar y dormir.

Payton lo sabe porque apenas la veía por casa y cuando llegaba, lo hacía arrastrando los pies directamente hacia su habitación.

En varias ocasiones quiso decirle que lo dejara, que no le hacía falta porque ella podría pagarle las cuotas de los préstamos hasta que encontrara un nuevo trabajo, pero se abstuvo porque Cassidy —al igual que ella— no se rinde a la primera, mucho menos cuando alguien la señala, intenta humillarla o meterle en la cabeza que no es buena para algo.

Las hermanas salen del baño cuando la cafetera les avisa de que está lista y la mayor de las dos sirve dos tazas enormes antes de sentarse en el taburete alto de la cocina.

—Tu jefa es una cabrona —suelta la abogada, que conoce desde el inicio la animadversión de Diane por su hermana—. Espero que la echen por abuso de poder.

Una sonrisa baila en los labios de Cassidy porque, aunque su hermana no deje de tener la razón, no ve a Diane Carter siendo despedida por haber apretado de más a un empleado.

En ese mes que ha estado trabajando bajo su supervisión —en el que su jefa apenas se dirigió a ella directamente y la mayoría de tareas se las delegaba a través de Jason Thompson— ha descubierto muchas cosas de la que apodan —con toda razón— la Cobra.

Diane lleva una década y media a la cabeza del departamento de desarrollo de negocios en Whitestone y los rumores van desde que un antiguo amante sexagenario le dio el puesto, hasta que envenenó a su predecesor para conseguir ser la jefa.

La chica no creyó en nada de lo que le dijeron, está convencida de que una mujer como ella llega a un cargo así demostrando lo que vale sin dejar cabos sin atar.

Donde no hay demasiada información es en su vida privada, cuando asiste a las celebraciones que hace la consultoría, aparece durante un par de horas, posa para las fotos correspondientes y se marcha.

No lleva acompañante, no habla con nadie más que con algunos miembros de la directiva y con Clara Fitzgerald.

A Cassidy su radar queer no le está funcionando muy bien con Diane, hay veces que piensa que es una lesbiana de manual, pero otras veces parece la típica hetero devorahombres, así que está muy confundida, pero cuando la ve con la directora de marketing — que a esta sí que la detectó al segundo de conocerla— hay un sonido sordo que se instala en su oído derecho, una especie de alarma que le grita que entre esas dos hay una historia que contar.

—Lo es —confirma las palabras de Payton—, pero no puedo negar que es la mejor en lo suyo y cuando eres tan buena...

El resoplido de la abogada hace que Cassidy clave sus ojos en ella.

—Eso no le da derecho a tratar a sus compañeros —hace énfasis en esta palabra porque, que ella sepa, Diane no tiene empleados, no es la dueña de la empresa—, con la punta del pie. En los años que llevo en el despacho he visto ese perfil dos veces y ¿sabes cómo han acabado?

La rubia se lleva la taza a los labios mientras encoge los hombros.

—En la calle y sin un mísero contacto que les pueda ayudar a encontrar un nuevo empleo. —Payton se acaba el café, se pone de pie y deja la taza en el fregadero—. Y por todo lo que me has contado, estoy bastante segura de que ese es el futuro que le espera.

Cassidy dedica un momento para analizar las palabras de su hermana y está de acuerdo salvo por una cosa: tiene la convicción personal de que Diane sabe perfectamente quién es y lo que ha sembrado en su camino profesional, por lo que, si acaba despedida, no cree que necesite un nuevo trabajo, porque seguro que se ha preparado para cuando llegue ese momento.

—Nos vemos esta noche —se despiden cuando el ruido de las calles de California se hace presente y ambas toman caminos contrarios.

Los cuarenta minutos que dura el trayecto hasta Whitestone dan para mucho, sobre todo cuando la mente agitada de Cassidy no deja de pensar en por qué esa fascinación casi insana por Diane Carter.

No busca su validación, eso lo tiene claro, tampoco llamar su atención, es algo diferente, como si quisiera verla en una posición distinta a la de la reina en su trono, una más vulnerable, bajo su cuerpo si es posible.

Mientras aparca su coche en el aparcamiento para empleados, intenta sacarse esa tontería de la cabeza, ella no es de las que convierten a una mujer heterosexual —en el caso de que Diane lo sea— o fuerzan una situación para conseguir ligar con una mujer.

Ella es de las que tienen un perfil muy bien trabajado en Halo —una aplicación que le ha dado unos resultados maravillosos— o de las que van a West Hollywood los viernes por la noche y acaba enredada en la cama con una desconocida, algo que hará a final de semana después de cenar con su hermana.

—No te me acerques demasiado. —Tanya estornuda tres veces seguidas y Cassidy retrocede con rapidez—. He despertado esta mañana con la cara llena de mocos y la garganta seca.

La becaria arruga la nariz y mira con pena su puesto al lado de su infecciosa compañera.

—Mejor me voy... —Cassidy señala hacia atrás con el dedo pulgar sin saber muy bien adónde irá.

—Sí, es lo más inteligente. —Tanya se suena la nariz con un pañuelo de papel y lo tira a la papelera—. Perdona, tenía que haberme movido yo, pero lo he pensado tarde.

Cassidy agita la mano en un gesto despreocupado para después huir hacia la única mesa libre que está entre el baño y la nevera.

Cuando lleva casi una hora trabajando en una propuesta que le ha pasado Jason, escucha unos pasos cerca de ella y cómo se detienen de golpe.

—Hola, ¿qué haces aquí sentada?

Cassidy gira el cuello hacia la voz y el rostro amable de Clara aparece en su visión.

—Mi compañera ha traído consigo hoy una cantidad de virus que me niego a coger. —Clara levanta las cejas y la chica sonríe—. No hay ningún sitio desocupado más que este.

Clara tiene que echarse a un lado cuando del baño sale un chico, y la puerta retumba cuando se cierra. Luego clava su mirada en la nevera, que hace un zumbido continuo y molesto que la hace entender por qué esa mesa estaba libre.

—No sé cómo te concentras aquí.

Cassidy se señala los pequeños auriculares dentro de sus oídos.

—Es la única manera. —Se encoge de hombros quitándole importancia al asunto.

—Ven, vamos a mi despacho. —Clara no se lo piensa cuando mueve la cabeza instando a Cassidy a seguirla—. Está la mesa de la esquina que a menudo usa mi asistente. Puedes utilizarla hoy.

La rubia salta de su asiento, recoge sus cosas y camina detrás de Clara.

Entran al despacho en el que ha estado varias veces a lo largo de ese mes y va directa a la mesa.

La silla sin duda es de mejor calidad que la que suelen usar el resto de trabajadores y la disposición en la que está el escritorio —al lado de una de las dos ventanas pequeñas— le da la suficiente luz natural como para sentir que no está trabajando en una cueva.

Vuelve a ponerse los auriculares cuando se da cuenta de que la directora de marketing ya está trabajando con el móvil pegado a la oreja, pero no pasan ni dos minutos cuando la puerta del despacho se abre y ese olor amaderado la golpea como si hubiera recibido un puñetazo directamente en la nariz.

Diane Carter contrae la mandíbula cuando sus ojos se van directamente a la esquina y esa mirada intensa la observa sin pestañar.

Por un instante se queda congelada porque lo último que había esperado ese miércoles era abrir la puerta del despacho de Clara y encontrarse allí dentro a la chica que sin saberlo —ni falta que hace que se entere— ha sacudido de un modo incomprensible su bien organizado mundo.

—¿Necesitabas algo? —Clara se quita las gafas al mismo tiempo que corta la llamada y las deja sobre la madera con gesto de aburrimiento. Diane y esa manía de entrar a su despacho sin llamar.

La mujer de los ojos oceánicos avanza hacia ella con la espalda rígida y unas ganas casi incontrolables de salir de allí.

—Ha llamado el CEO de Arnico, está contento con los resultados de la estrategia y quiere que le hagamos una propuesta para una adquisición que están planeando hacer.

—Su voz es tan mecánica que Cassidy está segura de que, de no haberla conocido antes, no le cabría duda de que esa mujer es un androide.

No la mira ni una vez, la ignora tan deliberadamente que la becaria podría pensar que no se ha percatado de su presencia.

El detalle es que sí lo ha hecho porque Cassidy ha visto el ligero espasmo en el ojo izquierdo que ya ha detectado antes cuando una situación le molesta o le incomoda, y se pregunta —una vez más— por qué esa mujer la detesta tanto.

—Esta tarde a las tres tengo una hora. —Clara revisa lo que parece su agenda en la pantalla del ordenador—. ¿Lo vemos luego?

—Te veo en mi despacho.

Diane se gira y aunque vuelve a escuchar la voz de Clara, no se detiene... no hasta que escucha su nombre.

—...y Cassidy puede estar presente.

—No —lo dice incluso antes de girarse por completo.

Clara suspira, pero ese «no» es inaceptable. Ella es tan jefa como Diane y las decisiones en ese ámbito son conjuntas.

—El periodo de prueba de Cassidy acabó hace dos días. —Junta ambas manos con calma sobre la mesa—, y salvo error, no se le ha comunicado ni a ella ni a mí que no lo ha superado.

La mujer se pone de pie, rodea su escritorio y apoya el culo en la madera mientras se cruza de brazos.

—Por lo que ahora es una becaria que trabaja en tu departamento y da soporte al mío cuando hay un proyecto que involucra a ambas partes.

—Clara deja que el silencio caiga entre ellas como un escudo protector contra los misiles azules de Diane—.

Que Tatiana me envíe el resumen de lo que pide el cliente y ponga en copia a Cassidy.

—Gira el cuello para mirar a la chica y hablarle a ella—.

En cuanto te llegue, evalúa qué tipo de propuesta podemos hacer.

La becaria asiente.

—¿Qué hago con el análisis de Jason?

Diane no controla el momento en el que sus cejas se fruncen, espera estar equivocada y que no se trate de lo que le pidió al responsable de equipo de su departamento para esa tarde.

—¿Qué análisis es? —Diane se adelanta a preguntar antes de que Clara pueda abrir la boca.

El repiqueo de los tacones marca para Cassidy una especie de cuenta regresiva y cuando llega a cero, su jefa está tan cerca de ella que puede notar cómo su calor corporal la envuelve.

—El impacto de la estrategia de negocios que hemos aplicado en los últimos tres meses. —Cassidy señala su pantalla donde el correo de Jason se lo explica de la manera más escueta posible.

Diane necesita apretar el puño varias veces para que la sangre no se le vaya directamente a la cabeza y acabe desplomada en la moqueta víctima de un accidente cerebrovascular.

Jason le parece un parásito de los que se instalan en la piel y te va matando solo con su presencia.

Hace tiempo que no lo quiere cerca de ella, pero es amigo de dos socios que le ofrecieron a ella un buen trato —actualización de dispositivos para su departamento y el cambio de dos empleados que estaban en Análisis de Riesgos— para que lo aceptara como responsable de equipo ante el despido de Levi Hall.

Le dijeron que era un tipo capaz y además era de los dóciles. Se suponía que no le daría problemas.

—Deja eso y trabaja en el análisis que te enviaré ahora mismo. —Diane la mira un momento y luego se concentra en su teléfono móvil—. Ya lo tienes, ponte a ello.

—Voy a avisarle a Ja...

—Yo hablaré con él —sisea, fría y directa—. Tú haz lo que te he pedido.

Y sin decir nada más, Diane Carter camina hacia la puerta del despacho. Lo hace erguida mientras disimula el ardor que le ha dejado en la piel la cercanía de una chica que ni siquiera tendría que trabajar para ella.